jueves, 9 de julio de 2026

El injerto de mi padre

Una mañana en el mandarinal de Los Pozos, junto a la vecina Elsa Quintana, se vuelve la escena para pensar los injertos que mi padre dejó hace cincuenta años y las vacas que alguna vez los rompieron. Entre líquenes que estrangulan las ramas y el recuerdo de una infancia trepada a los árboles, este ensayo cruza psicoanálisis, saber popular y una pregunta que me persigue hace tiempo: cómo construir con la tierra heredada un vínculo que no repita ni el mandato paterno ni la gestión familiar, sino que sea, por fin, elegido.


El injerto de mi padre

Notas sobre la poda, la gratitud y un territorio que empiezo a habitar por mí mismo

Los Pozos, 9 de julio de 2026

Elsa llega temprano, con esa puntualidad de quien no necesita reloj porque el cuerpo ya sabe la hora del sol sobre las mandarinas. La invito al predio de siempre, el que mi padre plantó hace medio siglo, y ella entra como quien vuelve a un lugar que también es suyo, aunque la escritura diga otra cosa. Vengo a proponerle una cosecha —mermeladas, dice, para no dejar que la fruta caiga sola y se pudra sin sentido— pero antes de que empecemos a cortar nada, Elsa ya está subida en el recuerdo: de chica se trepaba a estos mismos árboles, o a otros parecidos, para robarle al viaje interminable hasta la finca de su infancia, cerca de Güemes, un poco de dulzura inmediata. Mientras habla, yo miro los troncos gruesos, torcidos por la edad, y pienso que estoy frente a un archivo vivo: cincuenta años de savia que también son cincuenta años de mi padre.

No escribo esto como un cronista del huerto. Escribo como alguien que, cada vez que vuelve a Los Pozos, se encuentra con una escena que lo excede y lo convoca a la vez. Elsa señala las plantas "envichadas", los líquenes, las trepadoras que van cerrando su nudo alrededor de las ramas hasta ahorcarlas. Habla de podar pronto, de motosierra o de mano según el caso, de volver el sábado al mediodía. Y mientras planificamos la faena concreta —una faena que en cualquier crónica agrícola sería apenas un dato de manejo—, algo en mí empieza a leer ese trabajo como se lee un sueño: no por lo que dice, sino por lo que deja entrever.

La cicatriz que sostiene

Menciono, casi al pasar, que las vacas alguna vez "liquidaron los injertos". La frase se me queda pegada más que cualquier otra de la mañana. Un injerto es una intervención deliberada sobre lo dado: alguien —mi padre, en este caso— corta una rama ajena a la genética original del árbol y la une a un patrón más resistente, apostando a que la unión prenda, a que lo nuevo se vuelva indistinguible de lo viejo y produzca, sin embargo, un fruto distinto. Es una operación de deseo tanto como de agronomía. Y las vacas, animales del pastoreo sin intención, sin proyecto, representan aquí lo que Lacan llamaría lo real: la fuerza bruta que no negocia con el sentido, que no sabe que ahí había una apuesta, un trabajo fino de injertador, y que simplemente pasa y arrasa.

Pienso en cuántas veces algo mío —una idea propia, una forma de nombrar mi deseo, una voz que no coincidía con el mandato familiar o institucional— fue, en algún momento, un injerto: una unión frágil todavía no consolidada con el tronco que me sostiene, expuesta a que un mandato ciego, sin mala intención pero sin cuidado, la arrancara de cuajo. La vulnerabilidad del injerto no es su debilidad esencial; es su condición transitoria. Necesita tiempo, cerco, atención, para que la cicatriz —esa línea visible donde lo nuevo se cosió a lo antiguo— deje de ser una herida abierta y se vuelva estructura. Winnicott hablaría de un entorno suficientemente bueno (Winnicott, 1965): no el que impide todo daño, sino el que sostiene lo suficiente como para que la herida cicatrice sin desorganizar al sujeto.

Lo que mi padre injertó en estas plantas —y en mí, aunque de otra manera— no desapareció cuando las vacas rompieron el cerco. Quedó el tronco, quedó la cicatriz, y cincuenta años después seguimos discutiendo, Elsa y yo, cómo liberar esas mismas plantas de un nuevo estrangulamiento, esta vez vegetal: el liquen, la enredadera, lo que crece encima sin ser invitado y termina por asfixiar lo que alguna vez fue salvado. No dejo de notar la simetría con mis propios textos sobre la burocracia y sus formas de ahogo: distintos territorios, misma gramática de la asfixia. Podar, en ese sentido, nunca es solo agronomía doméstica; es, también, un modo de pensar qué me está estrangulando hoy y decidir, con la motosierra o con la palabra, cortar.

Elsa, o el vaso lleno

Hay algo en la manera en que Elsa nombra su relación con la tierra que me desacomoda productivamente. Frente a los líquenes y las plantas dañadas, ella no despliega queja sino asombro agradecido: "me parece una bendición de Dios, nosotros somos elegidos", dice, comparando el aire limpio y la fruta al alcance de la mano con la carencia de tantos otros. No es ingenuidad; es una ética. Y es, sobre todo, un habitus distinto al mío (Bourdieu, 1980): donde yo —formado en la sospecha crítica, entrenado para leer instituciones y detectar sus violencias— tiendo a nombrar primero lo que falla, lo que oprime, lo que asfixia, Elsa nombra primero lo que sostiene. No se trata de que una mirada sea más verdadera que la otra, sino de que provienen de campos distintos de experiencia y de capital: ella hereda un saber agrario encarnado, hecho de manos en la tierra desde la infancia; yo heredo un saber que se ejerce mayormente desde el texto, la reunión, el informe.

Por eso Elsa funciona, en esta escena, de un modo parecido a como funciona César en la Estancia González: como un puente hacia un mundo que conozco de oídas —el mundo de mi padre, el de Rodrigo, el de la finca operativa— pero que no habito con la misma naturalidad. La diferencia es que con César discuto poder y sucesión; con Elsa discuto gratitud y cuidado. Son las dos caras de la misma pregunta que me persigue en este territorio: ¿cómo se hace pie en una tierra que no elegí pero que heredé, sin repetir mecánicamente ni el mandato de mi padre ni la lógica de mi hermano? Elsa no me da la respuesta, pero me presta, por una tarde, su vaso lleno. Y yo, que suelo entrar a cualquier escena buscando la grieta, aprendo algo simplemente dejándome estar en su versión de la abundancia.


Lo que no se hereda con obligación

Vengo escribiendo, desde hace tiempo, que mi diario —estas más de cuatro décadas de archivos de recuerdos— constituye un legado que no se siembra con bueyes: una forma de trascendencia que no necesita del arado ni de la sucesión agrícola para ser legítima. Esa tesis sigue en pie. Pero esta tarde con Elsa me obliga a matizarla, no a abandonarla. Porque aquí estoy, después de todo, con las manos metidas en un proyecto agrícola —planificando una poda, coordinando un sábado, hablando de motosierras— y sin embargo no siento que esté reproduciendo la lógica del buey. La diferencia no está en el objeto (la tierra, las plantas) sino en el régimen de deseo que organiza el gesto.

Cuando pienso en Rodrigo administrando la finca, o en la manera en que la propiedad se relaciona conmigo a través de un objeto materno internalizado —ese lugar simbólico que estructura casi todo mi vínculo con Los Pozos y que rara vez elijo, sino que hereda su forma de otra parte—, reconozco una obligación: la finca como mandato, como algo que hay que sostener aunque no lo haya decidido. Lo que hago esta tarde con Elsa es distinto. Nadie me lo pidió. No hay sucesión en juego, no hay una autoridad paterna o materna supervisando el gesto. Elijo podar estas mandarinas específicas, con esta vecina específica, en este momento específico, y ese acto de elección es lo que lo separa del "buey": no es la tierra la que se hereda con obligación, es la obligación la que a veces se disfraza de tierra. Aquí, por una mañana, la tierra se vuelve proyecto propio, no herencia impuesta.

Es, quizás, la primera vez que anoto con esta claridad que se puede tener un vínculo autónomo con Los Pozos sin que ese vínculo pase necesariamente por la mediación materna ni por el eje productivo de mi hermano. Los injertos que identificamos el sábado no serán menos legítimos que el que sostiene, hoja tras hoja desde 1984, mi diario. Son dos maneras de plantar algo que dure: una en la tierra que heredé, otra en el papel que elegí. Ninguna reemplaza a la otra. Pero solo hoy entiendo que ambas pueden, por fin, ser mías.

El sábado que viene

Nos despedimos con la fecha puesta: sábado al mediodía, limpieza y naranjas. Es un compromiso modesto, casi doméstico, y sin embargo lo anoto con la misma seriedad con que anoto cualquier viraje interior, porque sé, por experiencia de cuarenta años de escritura, que en mi vida los movimientos grandes rara vez llegan como epifanía y casi siempre llegan disfrazados de tarea pendiente. Esta espiral que vengo recorriendo —la de aprender a habitar Los Pozos sin repetir mecánicamente ni la nostalgia de mi padre ni la gestión de Rodrigo ni la vigilancia silenciosa de mi madre— vuelve a pasar, esta mañana, por el mismo punto de siempre, pero un poco más arriba: ya no me pregunto solamente qué significa este territorio para mi familia, sino qué puedo, yo, plantar en él por mi propia cuenta. La respuesta, esta vez, tiene forma de mandarina, de liquen retirado a mano, de una vecina que me presta su fe en la abundancia mientras yo le presto mi costumbre de leer entre líneas lo que la tierra, sin saberlo, sigue contando.

domingo, 22 de febrero de 2026

El Unicornio del Castellano


 

El río siempre supo antes que nadie cuándo iban a llegar.

Esa tarde, Rana, Lalo y Lalo salieron del puesto de La Laguna con el sol todavía alto. Cabalgaban despacio, como quien no tiene apuro pero tampoco pierde el rumbo. Los perros iban al costado, husmeando los pastos altos, cruzando la huella para volver, fieles como sombras propias.

El río Castellanos apareció entre los árboles con su sonido de siempre: ese murmullo que no dice nada y lo dice todo. La propiedad empezaba ahí, en esa orilla. Más de cien años de historia mojándose los pies en el mismo lugar.

— Ahí está la zanja — dijo Rana, señalando sin detener el caballo.

No hacía falta decir más. La Zanja de los Pozos era el tipo de obra de la naturaleza que se hace en siglos. Y se había convertido en parte de mi identidad. Sentían orgullo, sí, pero también la certeza de pertenecer a un lugar. De ser, en parte, tierra.

Los perros se detuvieron primero.

Fue uno de los chancheros el que levantó el hocico hacia el cielo, con las orejas paradas, sin ladrar. Los caballos lo siguieron, inquietos pero sin miedo. Y entonces los changos miraron hacia arriba.

Sobre el río, cruzando el paisaje con una calma que no era de este mundo, volaba un unicornio. Las alas eran blancas, enormes, del color del cielo cuando todavía no es de noche. El cuerno captaba el último sol de la tarde y lo devolvía como un faro suave. No hacía ruido. Pasó sobre el Castellano como pasan las cosas que nadie olvida aunque nadie pueda explicar: despacio, con dignidad, como si supiera exactamente adónde iba: hacia el alto de la peña donde Fernando quiere hacer su cabaña.

Lalo y Rana no dijeron nada. El río siguió corriendo. Los perros volvieron a caminar.

Después, cuando el unicornio ya era solo una mancha blanca perdiéndose hacia el monte, detrás de la peña; Lalo habló en voz baja, casi para él mismo:

— Hay cosas que este campo guarda que no aparecen en ningún mapa.

Siguieron cabalgando junto al Castellano hasta que el puesto de La Laguna en lo alto de la loma apareció a lo lejos con su luz encendida y los viejos corrales. Esa noche hablarían de Evelia, del almuerzo de la semana pasada, de los proyectos que venían. Pero también, sin decirlo demasiado, de lo que habían visto: que hay lugares en la tierra donde el orgullo de haber construido algo verdadero llama a cosas que el ojo común no ve.

La zanja de los pozos brillaba en la oscuridad con el agua adentro. El río Castellanos corría como siempre. Y La Laguna dormía, entera, sobre su propia historia.

sábado, 24 de enero de 2026

Procesamiento y Uso del Mistol

 


Esta es una excelente imagen de frutos de mistol (Sarcomphalus mistol), un recurso ancestral fundamental en las regiones áridas y semiáridas de Sudamérica. A continuación, presento un informe detallado sobre su procesamiento para infusiones, sus antecedentes y los lugares donde persiste esta tradición.

 

Procesamiento y Uso del Mistol

1. Antecedentes y Contexto Cultural

El mistol es un árbol nativo de la región chaqueña que abarca Argentina, Bolivia, Paraguay y parte de Perú. Para los pueblos originarios (como los wichís, qom y diaguitas), el mistol no es solo alimento, sino un pilar de su cosmovisión y medicina. Históricamente, se lo ha valorado por su alto contenido energético y sus propiedades pectorales.

Antiguamente, en el Noroeste Argentino (NOA), era común que los almaceneros regalaran un puñado de mistol a los niños como "yapa" (obsequio). Su consumo está profundamente ligado a la identidad rural y a la economía de subsistencia del monte.

 

2. Lugares de Práctica

El procesamiento artesanal del mistol se mantiene vivo principalmente en:

  • Argentina: Provincias de Santiago del Estero (considerada la "capital" del mistol), Salta, Chaco, Formosa, Tucumán, Catamarca y el norte de Córdoba.
  • Bolivia y Paraguay: En las regiones correspondientes al Gran Chaco.

3. Procesamiento para Infusiones (Café de Mistol)

El proceso para transformar estos frutos en una infusión similar al café (conocida popularmente como "Café de Mistol") sigue pasos tradicionales que garantizan su sabor dulce y achocolatado, sin cafeína.

Etapas del proceso:

  1. Recolección y Selección: Se cosechan los frutos maduros (como los de tu foto, de color rojo ladrillo a pardo). Es vital que estén sanos y sin rastros de insectos.
  2. Secado: Los frutos se extienden al sol durante varios días hasta que pierden la mayor parte de su humedad natural y la pulpa se vuelve más compacta.
  3. Tostado (Torrado): Este es el paso crítico. Se colocan los frutos enteros en una paila (sartén grande de hierro) o tostadora artesanal sobre fuego de leña. Se deben remover constantemente para que el azúcar natural del fruto se caramelice sin quemarse. El fruto cambia de rojo a un marrón oscuro/negro brillante.
  4. Molienda: Una vez tostados y fríos, los frutos (incluyendo el carozo, que aporta estructura) se muelen en un mortero o molino manual hasta obtener un polvo fino o granulado.

  1. Preparación de la Infusión:
    • Método de hervor: Se coloca una cucharada de polvo por taza en agua fría y se lleva a ebullición. Se deja hervir 2 o 3 minutos para extraer todo el sabor y luego se filtra.
    • Método de filtro: Se puede usar en cafeteras de goteo o prensa francesa, aunque el método tradicional de hervor resalta mejor su cuerpo.

4. Otras Preparaciones Tradicionales

Además del café, con los frutos de tu imagen se elaboran:

  • Bolanchao: Una golosina preparada moliendo el fruto maduro hasta formar una pasta que se moldea en bolitas y se pasa por harina de algarroba o maíz tostado.
  • Arrope de Mistol: Un almíbar espeso y oscuro obtenido tras una cocción prolongada del fruto en agua, muy utilizado como remedio natural para la tos.

5. Propiedades Medicinales

La infusión de mistol es valorada en la medicina popular por ser:

  • Expectorante: Ideal para tratar resfriados, bronquitis y congestión.
  • Digestiva: Ayuda en casos de estreñimiento y cólicos.
  • Energizante natural: Al no poseer cafeína ni alcaloides excitantes, es una opción saludable para personas con hipertensión.

Nota: Los frutos que tienes en el recipiente están en el punto ideal de madurez para comenzar el proceso de secado y posterior tostado. ¡Es un tesoro del monte!

Si decides saltarte el secado al sol y meter los frutos directamente al horno, el resultado cambiará drásticamente. El secado al sol no es solo una cuestión de "quitar agua", sino un proceso de maduración bioquímica y concentración de azúcares.

Esto es lo que ocurriría técnicamente si usas el horno directamente:

1. El riesgo del "Sancochado" (Cocción vs. Secado)

Al tener mucha humedad interna, si la temperatura del horno es media o alta, el fruto se cocerá en su propio jugo antes de secarse. En lugar de obtener un fruto deshidratado y crujiente para moler, obtendrás una pulpa blanda, pegajosa y difícil de procesar.

2. Caramelización vs. Quemado

El mistol tiene un altísimo contenido de azúcar natural.

  • Al sol: El agua se evapora lentamente y los azúcares se estabilizan.
  • En el horno: El calor del horno es más agresivo. Es muy probable que la cáscara se queme y tome un sabor amargo (acre) antes de que el interior del fruto esté realmente seco. Esto arruinaría el sabor "achocolatado" característico de la infusión.



3. Dificultad en la Molienda

Si el fruto no está perfectamente seco por dentro (especialmente la zona cercana al carozo), al intentar molerlo para hacer el café, obtendrás una pasta húmeda en lugar de un polvo fino. Esta pasta se pudre rápidamente debido a la humedad residual y no se puede almacenar.

 


¿Cómo hacerlo correctamente si decides usar el horno?

Si por razones climáticas (humedad o falta de sol) necesitas usar el horno, no lo uses para "tostar" de inmediato, sino para deshidratar. Sigue estos consejos:

  1. Temperatura mínima: Pon el horno a la temperatura más baja posible (idealmente entre 50°C y 60°C). Si tu horno es muy fuerte, deja la puerta entreabierta (apoyada con una cuchara de madera).
  2. Circulación de aire: Es fundamental que el vapor salga. Si el horno está cerrado, la humedad se queda adentro y los frutos se ablandan.
  3. Tiempo prolongado: Este proceso puede tardar varias horas. Debes mover los frutos cada 30 minutos para que el calor sea parejo.
  4. La prueba del tacto: Sabrás que están listos para el tostado final cuando, al presionarlos, se sientan duros como una piedra y no cedan ante la presión de los dedos.

En resumen: El sol es el método ideal porque es gradual y gratuito, pero si usas horno, hazlo como un proceso de deshidratación lenta y no como un horneado convencional.

¿Te gustaría que te explique cómo darte cuenta exactamente del punto justo de tostado para que el café no salga amargo?

 

 

Para lograr un café de mistol equilibrado —que sea dulce, con cuerpo y notas de chocolate, pero sin el amargor del quemado— el punto de tostado es el paso más artístico y delicado.

Aquí tienes la guía para identificar el punto justo:

1. La técnica de la paila (o sartén)

Incluso si los secaste en el horno, el tostado final es mejor hacerlo en una sartén o paila de hierro para tener control total.

  • Fuego: Debe ser moderado y constante.
  • Movimiento: No puedes dejar de remover ni un segundo. El azúcar del mistol es muy sensible y se quema en segundos si queda estático.

2. Las tres señales del punto justo

Debes usar tus sentidos para saber cuándo retirar los frutos del fuego:

  • El Color: Los frutos pasarán de su rojo amarronado actual a un marrón muy oscuro (color chocolate amargo). Si llegan a verse de un negro azabache mate, se han pasado y la infusión sabrá a carbón. Busca un marrón oscuro con un ligero brillo aceitoso.
  • El Aroma: Al principio olerá a fruta cocida. El punto ideal es cuando el aroma cambia a caramelo tostado o bizcocho recién horneado. Si empiezas a sentir un olor picante o irritante en la nariz, retíralos inmediatamente: se están quemando.
  • El Sonido: A medida que se tuestan, los frutos se vuelven más livianos y "suenan" distinto al chocar contra la sartén, un sonido más metálico o seco, como piedritas.

3. El secreto del "Enfriado Rápido"

Este es el error más común: apagar el fuego y dejar los frutos en la sartén caliente. El calor residual seguirá cocinando el azúcar interno y los quemará por dentro.

  • Qué hacer: Apenas alcancen el color marrón oscuro, vuelca los frutos sobre una superficie fría (una bandeja de metal o una mesa de piedra) y extiéndelos para que el calor se disipe rápido.

4. La prueba de la molienda

Antes de moler toda la tanda, toma un par de frutos tostados y tritúralos con una piedra o mortero:

  • Punto correcto: El interior debe estar quebradizo y el polvo debe oler dulce y tostado.
  • Falto de tostado: Si el interior se siente "gomoso" o cuesta romperlo, le falta fuego.
  • Pasado de tostado: Si el polvo es negro ceniza y el olor es acre, se quemó.

 

Un último consejo de sabor:

En Santiago del Estero, algunas familias agregan una cascarita de naranja seca o una pizca de canela al momento de moler el mistol. Esto realza las notas naturales del fruto y suaviza cualquier rastro de amargor que haya quedado del tostado.

¿Tienes un mortero de madera o manual para molerlos, o planeas usar algún molinillo eléctrico? (Si usas eléctrico, hay un truco para que no se pegue por el azúcar).

 

 

Consumiendo el mistol en el monte

El mistol no solo es un tesoro para los humanos; en el ecosistema del Gran Chaco y el NOA, es un evento biológico masivo. Cuando el mistol fructifica (generalmente entre diciembre y marzo), el monte se transforma en un escenario de intensa actividad animal.

1. ¿Qué animales lo consumen y por qué?

El mistol es sumamente atractivo para la fauna debido a su alto contenido de azúcares y carbohidratos, lo que proporciona una energía rápida y vital en los meses de calor extremo.

  • Aves: Son las principales consumidoras. Destacan las charatas (aves ruidosas que suelen anunciar la presencia del fruto), los loros habladores, los tordos, las reinas moras y los zorzales. Les gusta porque la pulpa es dulce y fácil de digerir.
  • Mamíferos mayores: El pecarí (chancho del monte), el tapir y el zorro gris. Estos animales suelen comer los frutos que caen al suelo. El mistol es fundamental para ellos porque les permite acumular reservas antes de la temporada más seca.
  • Ganado doméstico: Las cabras y las vacas son fanáticas del mistol. En las zonas rurales de Santiago del Estero y Salta, los pastores saben que cuando el mistol madura, las cabras "se pierden" en el monte buscando los árboles cargados.

2. Comportamientos y Momentos de Consumo

El consumo del mistol tiene "turnos" según la especie:

  • El amanecer y el atardecer: Es el momento de las aves. Las charatas se posan en las copas de los árboles y, con movimientos acrobáticos, seleccionan los frutos más rojos. Es un momento de mucho ruido; el "grito" de la charata es sinónimo de que el mistol está maduro.
  • La noche: Los mamíferos terrestres como los pecaríes y los zorros aprovechan la frescura nocturna para recorrer el pie de los árboles y recoger los frutos que cayeron por el viento o por la acción de las aves durante el día.

3. La Relación con las Personas: Una Competencia Amistosa

La relación entre los animales y las personas en torno al mistol es histórica y ambivalente:

  • La señal de cosecha: El habitante del monte observa el comportamiento de los animales para saber cuándo empezar su propia cosecha. Si las charatas empiezan a congregarse masivamente en un "mistolar", la gente sabe que es el momento de ir con los tachos y mantas para recolectar.
  • El "compartir" el monte: Existe un respeto tradicional. Los recolectores artesanales nunca sacan todos los frutos de un árbol; siempre dejan una parte para "los bichos del monte", entendiendo que la salud del bosque depende de que esos animales dispersen las semillas.
  • Conflicto con el ganado: A veces hay una competencia directa. Las cabras, al comer el fruto del suelo, pueden dejar a la familia sin la materia prima para el bolanchao o el café. Por eso, en muchas casas se "protegen" ciertos árboles cercanos a la vivienda o se madrugan más que el ganado para juntar lo caído.
  • Dispersión y Simbiosis: Los animales desempeñan un rol que las personas valoran: al comer el fruto y defecar la semilla en otros lugares, los animales (especialmente el zorro y las vacas) actúan como sembradores naturales. Muchas personas del campo dicen: "Donde hubo bosta de vaca, ahí nace el mistol", reconociendo que el paso por el tracto digestivo del animal ayuda a que la semilla germine más rápido (escarificación natural).

4. Un dato curioso: El "Mistol de los Loros"

A veces, los loros desperdician mucho fruto; muerden uno, lo tiran y agarran otro. Este comportamiento, que parece un desperdicio, es fundamental para los animales terrestres (como el pecarí o incluso para la recolección humana), ya que los loros hacen el trabajo de "bajar" el fruto de las ramas más altas e inalcanzables.

En resumen, el mistol es un punto de encuentro. La gente del monte no ve a los animales como enemigos, sino como compañeros de cosecha que marcan el ritmo de la naturaleza y aseguran que el ciclo del árbol continúe año tras año.

 

viernes, 9 de enero de 2026

Mistoleando

 















El Gran Banquete del Mistol: Un Solo Latido en Los Pozos

 
Compartir el mistol en el monte es como participar
en una olla popular comunitaria: no importa quién llega primero
o quién tiene las manos más grandes, lo importante es
que todos cuiden el fuego para que la olla nunca se vacíe.

El sol de enero apenas comenzaba a despuntar sobre el horizonte de la región chaqueña cuando el papá Fernando y el pequeño Máximo se adentraron en el monte. El aire ya vibraba con un sonido familiar: el grito ruidoso de las charatas, que desde las copas de los árboles anunciaban a todo el bosque que el mistol estaba finalmente maduro.


—Escucha, Máximo —dijo el padre, deteniéndose frente a un ejemplar ancestral de Sarcomphalus mistol cuyas ramas se doblaban bajo el peso de frutos color rojo ladrillo —. Las charatas son las dueñas del primer turno. Ellas nos avisan cuándo el monte está listo para compartir su tesoro.

Se encontraban en los alrededores del Parque Nacional El Rey, una zona de transición donde la selva de montaña se abraza con el monte chaqueño. Allí, la población criolla mantiene viva una sabiduría que ha pasado de generación en generación. Para los pobladores de esta zona de Salta, el mistol no es solo un árbol, es parte de su economía de subsistencia y un símbolo de su arraigo a la tierra.

Al acercarse, vieron cómo un grupo de loros habladores revoloteaba en lo más alto. Los loros mordían los frutos y, con un aparente descuido, dejaban caer muchos al suelo. Máximo se agachó para recogerlos, pero su abuelo le puso una mano en el hombro con suavidad.

—No pienses que los desperdician, hijo. En el monte, nada se pierde. Los loros son nuestros compañeros de cosecha; ellos nos bajan los frutos de las ramas que no podemos alcanzar y dejan el banquete servido para los que caminan por abajo, como el pecarí o el zorro gris, que vendrán cuando caiga el sol. Aquí, cerca de "El Rey", incluso el majestuoso tapir suele acercarse a estos árboles en las noches cerradas.

Mientras llenaban sus tachos, una vaca del vecindario se acercó curiosa a olisquear los frutos caídos. Lejos de espantarla, Fernando le permitió acercarse. Explicó a Máximo que existe un respeto tradicional y una simbiosis profunda: los animales, al comer el fruto y caminar por el monte, actúan como sembradores naturales. Como dicen los antiguos en el campo: "donde hubo bosta de vaca, ahí nace el mistol", pues el paso por el tracto digestivo ayuda a que la semilla germine con más fuerza.

—Nosotros no somos los jefes de este árbol —susurró el padre mientras seleccionaba solo los frutos más sanos para llevar a casa y secar al sol—. Somos parte de una misma mesa. Por eso, nunca vaciamos un árbol del todo; siempre dejamos una parte para "los bichos del monte". Si ellos están bien, el bosque sigue vivo y el mistol volverá el año que viene.

 

Máximo recordó las historias de los wichís y diaguitas, y de quienes viven en el monte próximo al Parque El Rey, para quienes este árbol no es solo comida, sino un pilar de su cosmovisión y medicina. Pero también pensó en su propia gente, la población criolla de Salta, que utiliza la infusión de mistol como un remedio infalible para las afecciones del pecho, tan comunes cuando bajan los vientos fríos de los cerros del Parque.

Sintió una calidez especial al pensar que ese mismo fruto, que ahora compartían con aves y mamíferos, se convertiría pronto en bolanchao o en ese café de mistol con aroma a chocolate y bizcocho que el abuelo preparaba en la paila de hierro. Al regresar a la casa, con los tachos cargados de "yapa" natural, Máximo comprendió que en el monte no hay jerarquías de poder, sino turnos de cuidado.

Humanos y no humanos se entrelazan en un ciclo de agradecimiento donde el árbol es el corazón y todos los demás, desde la charata más pequeña hasta el anciano más sabio, son un solo latido bajo la sombra del mistol.



domingo, 9 de noviembre de 2025

Vieja 130

 Viaje 130. 


Más fotos, aquí


Más que un Colegio, una Comunidad: sobre la alegría de volver a encontrarnos

 

Finca Los Pozos, Domingo 9 de noviembre de 2025

 

A propósito de la nota de Lucrecia Martel que “nuestra” Martel nos invita a leer en el grupete.

Ver también
https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/
lucrecia-martel-todo-ese-mundo-de-la-carrera-personal-del-prestigio-
del-premio-destrozo-la-utilidad-nid07112025/

El valor profundo de estar juntos

Compañeras y compañeros (o compañerxs):

Han pasado cuarenta años desde que egresamos del Colegio Belgrano. Hoy, los caminos nos llevan de regreso al mismo punto de partida, pero transformados por el tiempo, por nuestras experiencias y trayectorias. Nos volvemos a encontrar para celebrar, no solo lo que fuimos, sino lo que somos y lo que todavía podemos construir juntos. En este regreso, la emotividad de los abrazos, las risas y la nostalgia no para mí, señales vivas del valor de la comunidad que supimos tejer y que aún con el paso del tiempo, persiste.

Tiempos de reencuentro: afecto, humor y sentido

Reviviendo el chat del reencuentro, la alegría y la gratitud laten en cada mensaje: la emoción de vernos, de recordar historias compartidas, de darnos tiempo para apreciar la vida que tejimos juntos. Con humor y humanidad, nos reconocemos en los gestos y en la memoria, aceptando los cambios que nos trajo la vida y celebrando que el afecto atraviesa distancias y décadas. Compartimos fotos viejas y nuevas como declaraciones de identidad y pertenencia. De “la Perica Martel”, enlazada a la sensibilidad artística de Lucrecia, a quienes como en mi caso luchamos por el monte desde la raíz popular, nuestra diversidad también se reencuentra y se abraza.

En estos intercambios renace la comunidad: el grupo es refugio, es espejo, es la confirmación de que la vida vale más cuando la vivimos juntos, incluso desde el humor y la ternura de lo cotidiano. Como bien dijo uno de nosotros: sin este esfuerzo de reunirnos, “seguiríamos cada uno en lo suyo, encontrándonos solo por casualidad”. La celebración compartida es una reivindicación de la voluntad de ser y de hacer comunidad.

Cine, monte y diálogo: la comunidad como horizonte de sentido

Si miramos un poco más allá y cruzamos nuestras vivencias con el arte y la historia ambiental de nuestra tierra, el sentido de comunidad se profundiza. El cine de Lucrecia Martel —y su crítica al individualismo y la carrera personal— nos enseña que la conversación y el encuentro son la máxima aventura y el verdadero valor político de vivir. Al igual que en el cine, la trama de nuestra vida encuentra sentido real cuando se escribe en plural y desde la escucha.

Por otro lado, la defensa de nuestro monte y de los bosques nativos no es solo una causa ambiental, sino una apuesta al bienestar común, a los vínculos que nos unen a la tierra y entre nosotros. En la medida en que seamos capaces de dialogar —productores, artistas, defensores ambientales, gestores públicos, vecinos— podemos tejer una red que haga frente a la violencia, la fragmentación y la pérdida de sentido que hoy amenazan a la sociedad y a la naturaleza.

Ambas miradas —la del arte y la del monte— nos recuerdan que la comunidad no es un dato: es una creación permanente, frágil, pero poderosa. Es diálogo, cuidado, reconocimiento de la diversidad. Es también el recurso más importante para garantizar la felicidad y el bienestar real, mucho más allá de logros materiales o reconocimientos personales.

NUESTRO reencuentro como acto político y celebración vital

En este encuentro en el hermoso patio de los azares del Club, celebramos cuarenta años de historia vivida desde un origen común en el lejano ya Colegio Belgrano, pero más aún celebramos la persistencia de los lazos que nos sostienen. Nos reencontramos en la palabra, en el abrazo, en los recuerdos y en los sueños que aún podemos compartir. Construir y preservar comunidad —en el colegio, en la ciudad, en la defensa del monte, en la cultura— es el desafío y el horizonte que da sentido -desde mi más humilde opinión-  a cada uno de nuestros pasos.

Si el mundo se está haciendo más duro, más individualista, más fragmentado, la respuesta no es el encierro en uno mismo, sino la vuelta a lo colectivo. Que este reencuentro sea, entonces, memoria y promesa. Y que la conversación y la solidaridad que hoy renovamos nos sirvan como ejemplo para seguir tejiendo futuro, en comunidad y con esperanza. Los abrazo compañerxs.

 

"Droneando" en El Mollar de JFP