El 15 de septiembre de 2026, Piquete de Anta celebró al Señor y a la Virgen del Milagro con una misa, una procesión y un desfile de gauchos a caballo. Estuve ahí, y escuché un sacerdote que habla de renunciar a lo que creemos merecer, una locutora que convierte el desfile en ofrenda, una feria que cobra por transferencia y un grupo de jóvenes gays que miran, ríen, aprenden una receta y cuidan del regreso a casa. Entre el rito solemne del templo y la fiesta que se despliega afuera, descubrí que lo popular no se opone a la fe, sino que la traduce a su propio idioma. Y que, cuando la tradición es de todos, también sabe resistir con humor, deseo y memoria.
Una fiesta con muchas voces: lo que vi y escuché en la celebración del Señor y la Virgen del Milagro en Piquete de Anta
A cerca de mi escritura asistida con IA.
Vasos comunicantes: auto-presentación metodológica y epistemológica.
Contenidos:
1.Qué pasó ese día: la misa, la procesión y el desfile
4.Dos maneras de vivir la misma fiesta
5.La fiesta vista por jóvenes gays
Conclusión:lo popular sabe resistir
Introducción
Cada septiembre, en Piquete de Anta, un pueblo de la
provincia de Salta, se celebra al Señor y a la Virgen del Milagro. El 15 de
septiembre de 2026, entre las 11 y las 14 horas, estuve en esa fiesta. Vi una
misa, una procesión con las imágenes sagradas, un desfile de gauchos a caballo
y una feria de comidas a la vera del camino. Grabé mi descripción de la jornada inmediatamente regresé a casa como requiere el registro etnográfico, focalizando descripciones y emotividades en la misa, el desfile y la feria, y usé ese registro después con
atención para escribir este texto.
Lo que registré no se limita a lo que cualquiera esperaría
de una fiesta religiosa y tradicional. Entre la multitud había jóvenes varones
gays, hijos de familias rurales que hoy viven entre pueblos más urbanizados y
su lugar de origen. Su presencia es parte de la fiesta, porque ellos también
miran, comen, conversan y eligen cómo participar. Sus voces, que quedaron en mi
grabación, permiten ver esta celebración desde un ángulo que rara vez se
cuenta.
Aunque la escena es salteña, creo que lo que muestra resulta
familiar en cualquier lugar donde una tradición antigua convive con gente
diversa. Por eso escribí este ensayo para lectores de cualquier parte, con o
sin experiencia del campo.
1. Qué pasó ese día: la misa, la procesión y el
desfile
Tres momentos en una sola mañana
Cuando ordené lo que había registrado, la jornada se resumía
en tres palabras: liturgia, pacto y tradición gaucha. La liturgia es la misa.
El pacto es la promesa de fidelidad que la comunidad renueva cada año ante sus
patronos. La tradición gaucha es el desfile de jinetes, con sus ponchos,
sombreros y banderas.
Qué buscaba cada parte de la fiesta
Al escuchar los audios distinguí cuatro propósitos que
conviven sin estorbarse:
- Un
propósito espiritual: recordar que la fe pide constancia y
desprendimiento, sobre todo en los momentos difíciles.
- Un
propósito comunitario: ordenar la procesión, acompañar a las autoridades
presentes y cuidar el lugar donde se celebra.
- Un
propósito cultural: valorar la tradición gaucha y pasarla a los chicos y
jóvenes.
- Un propósito económico y social: dar trabajo a los vendedores y ofrecer un espacio de encuentro familiar.
Quiénes participaron
Varios grupos dieron vida a la jornada. El Padre Arturo,
sacerdote de la comunidad, celebró la misa, y todos lo reconocen también como
gaucho. Un monitor guio las oraciones de los fieles. Una locutora animó el
desfile por micrófono. Un coro cantó en la iglesia y siguió cantando en la
calle desde una camioneta con sonido. Los vendedores ofrecieron helados, frutas
y manzanas caramelizadas. Un grupo de asistentes comentó todo lo que veía. Y el
pueblo, es decir los gauchos a caballo, los peregrinos en bicicleta, las
familias, el intendente, su esposa Silvia y otras autoridades, llenó las
calles.
Lo que dijo cada uno
El sacerdote habló de renunciar a los caprichos y de cumplir
la palabra dada. El monitor pidió por una Iglesia fiel a la verdad, por
gobernantes justos y por la paz de los pueblos golpeados por guerras y
catástrofes, e invitó a una colecta para quienes más lo necesitan. La locutora
pidió cuidar la identidad criolla, la tierra y el ambiente. Los vendedores
anunciaron sus precios: helado de fruta, naranja o vainilla a $3000, ensaladas
de fruta a $4000, manzanas o frutillas a $1000. Los asistentes hablaron de la
sorpresa de ver a un cura en el desfile, de recetas, de pagos por transferencia
y de cómo volver a casa.
Lo que la comunidad se comprometió a hacer
La jornada dejó una lista de compromisos simples. Se renovó
la promesa de fidelidad a los patronos y se pidió juntar la basura en bolsas y
dejar el lugar limpio. Se ordenó el cortejo, con la cruz adelante, luego la
Virgen, el intendente y su esposa, los funcionarios, las autoridades
policiales, judiciales y educativas, la imagen del Señor del Milagro y, al
final, el pueblo. Se resguardaron las imágenes del sol y la iglesia quedó
abierta hasta las 18:00 h. Se pidió despejar la calle para los ciclistas peregrinos
y se buscó al dueño de un celular perdido, el de la Sra. Maradita Vanela.
Hay un dato que no quiero omitir: aunque las autoridades
estuvieron presentes, en mis registros no aparece que asumieran compromisos
concretos en materia de políticas públicas u obras.
2. La voz que animó el desfile
Una mujer al micrófono
Mientras los jinetes pasaban, una mujer conducía la fiesta
con un micrófono. No llegué a registrar su nombre, pero su papel fue central:
presentaba a cada agrupación, daba avisos prácticos y hablaba con la gente como
quien habla con vecinos.
Un relato lleno de cariño
Su tono era alegre y cercano. Saludó a Don Paulino Gusto, a los demás gauchos y al Padre Arturo, "el cura gaucho". Recordó con emoción a Paulino Freezer, gaucho fallecido, como alguien que acompaña el desfile desde el cielo. Dedicó un largo tramo a las "damas gauchas": dijo que "los gauchos no son nadie" sin una mujer que sostenga la familia y cuide el hogar. Y se detuvo en los niños y jóvenes que desfilaban, a quienes llamó "los futuros gauchos que no dejarán morir nuestra tierra ni nuestro trabajo".
Pidió también que el público participara: vivas, aplausos,
pañuelos al viento, chasquidos de rebenque, y frases como "¡Que no se
acaben los aplausos, hermanos, es fiesta!". Fue nombrando con devoción las
banderas argentina, salteña y papal, y las imágenes sagradas.
Entre saludo y saludo, avisos de utilidad
Cada tanto interrumpía el clima festivo con información
útil. Avisó que las imágenes se guardarían por el sol fuerte y que la iglesia
seguiría abierta hasta las 18:00 h. Anunció el celular perdido y pidió despejar
la calle para los ciclistas. Presentó las chacareras que bailaron los chicos en
plena calle.
Lo que quiso transmitir
Al analizar su mensaje encontré cuatro ideas. La primera es
que el desfile es una ofrenda de fe y no un simple espectáculo, ya que amar la
tierra y las costumbres criollas es una manera de agradecer. La segunda es el
consuelo: rezó por los enfermos, por los ancianos y por los peregrinos que
sufrieron un accidente camino a la capital salteña. La tercera une la fe con el
cuidado del entorno, porque ser "buenos cristianos" es dejar limpio
el lugar. La cuarta mira hacia adelante, con el deseo de volver a encontrarse
el año próximo.
3. Las palabras del sacerdote
En su homilía (la reflexión que el sacerdote ofrece durante
la misa), el Padre Arturo habló de un tema exigente: la mortificación
cotidiana, que significa aprender a renunciar a lo que uno cree merecer. Para
él, celebrar el Milagro es asumir un compromiso serio con la fe, no una
costumbre más.
Cómo lo explicó
Comenzó por la vida de Jesús. Nació en una familia pobre, en
un pesebre, y muy pronto tuvo que huir a Egipto. El sacerdote, apoyándose en
una carta bíblica, dijo que Jesús "aprendió en el sufrimiento lo que es
obedecer" y que su entrega fue una renuncia diaria, un "morir cada
día", y no solo un hecho ocurrido en la cruz.
Luego describió, sentido por sentido, lo que Jesús habría
soportado en la Pasión: el mal olor de sus verdugos, los latigazos en lugar de
caricias, los insultos en lugar de las palabras de consuelo de su madre, el
vinagre en lugar de agua. Con esas imágenes buscó mostrar hasta dónde llega la
entrega.
Un espejo para la comunidad
Después pasó a lo cotidiano. Contrastó el silencio de Jesús
con nuestra costumbre de reclamar: "yo merezco respeto",
"merezco vacaciones", "merezco un asado", "por qué no
me llevaron a mí". Aclaró que la fe no prohíbe disfrutar de las cosas
buenas, y que lo que pide es no poner el corazón en ellas ni convertirlas en
exigencias.
Presentó a María como modelo de esa actitud. Al pie de la
cruz, dijo, no protestó ni reclamó justicia, sino que acompañó en silencio y
guardó todo en su corazón.
Una promesa mutua
Cerró con una frase que resume su mensaje: "celebrar el
milagro es cosa seria". La fe, explicó, es un pacto de dos: "Yo soy
tuyo porque tú eres mío". Invitó a mirar hacia las cosas del cielo sin
quedar atrapados en las vanidades del mundo. Me llamó la atención su manera de
hablar: usa ejemplos de la vida diaria, como el asado o las vacaciones, para
que ideas difíciles se entiendan sin esfuerzo.
4. Dos maneras de vivir la misma fiesta
Un cuadro para ver las diferencias
Al llegar a este punto quise comparar lo que ocurrió dentro
de la iglesia con lo que ocurrió afuera. Armé este cuadro.
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Dentro: la misa |
Afuera: el desfile y la feria |
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Quiénes hablan |
Sacerdote, monitor, coro, asamblea |
Locutora, vendedores, asistentes |
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Cómo se habla |
Solemne, con un orden fijo |
Alegre, cercano, espontáneo |
|
Qué se busca |
Renovar el pacto con Dios |
Celebrar la identidad criolla y la convivencia |
|
Símbolos |
Cruz, altar, pan y vino, rosarios |
Banderas, sombreros, ponchos, rebenques |
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Dónde ocurre |
En el templo y el inicio de la procesión |
En calles, feria y orillas del río |
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Qué se pide a la gente |
Ser solidaria y humilde |
Cuidar el ambiente y la seguridad |
Lo que cambia y lo que se parece
Adentro se habla de renuncia, y afuera se celebra la vida
del campo. Adentro todo sigue un libreto antiguo, con Credo, consagración y
cantos como "Sobre tu altar", "Santo" o "Cordero de
Dios". Afuera manda la espontaneidad: vivas, pañuelos, música folklórica y
chacareras improvisadas. La procesión tiene un orden estricto de personas y
funciones, mientras que en la calle importan cosas más cotidianas, como cuidar
el lugar, devolver lo perdido y evitar accidentes. Y mientras el templo tiene
su colecta solidaria, la feria tiene su economía informal, con precios
anunciados a viva voz y cobros por transferencia y tarjeta.
Un puente entre ambos mundos
Las dos dimensiones no se dan la espalda. El Padre Arturo es
un puente: es sacerdote y es gaucho, celebra la misa y desfila con los
fortines. Y lo que se promete adentro se vuelve visible afuera, cuando los
jinetes saludan con el sombrero a las imágenes de los santos.
5. La fiesta vista por jóvenes gays
Quiénes son y por qué importan
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| Rio del Valle a la altura de Piquete |
En este último apartado retomo las conversaciones que registré entre los asistentes con un dato esencial: quienes hablaban eran jóvenes varones gays de la comunidad LGBTIQ. Se criaron en familias rurales y hoy se mueven entre pueblos más urbanizados y su lugar de origen. Para leerlos me apoyé en pensadores latinoamericanos como Néstor Perlongher y Marlene Wayar, que estudiaron cómo las personas diversas habitan los lugares tradicionales.
Este grupo está entre dos mundos. Conoce el campo, pero
también otros ámbitos, y su forma de participar mezcla humor, ironía, cariño y
observación.
Tres voces del grupo
Distinguí tres maneras de hablar dentro del grupo.
El que mira y coquetea. Comentaba con picardía cómo
la gente se mira en el desfile. Decía, por ejemplo, "se lo pasan mirando
más" y "a mí me molesta que me miren", y recordaba con nostalgia
una época en que le resultaba más fácil pedir un número de teléfono. Interpreto
en esas frases una mezcla de incomodidad y disfrute, muy propia de quien vive
en un lugar donde todos se conocen. Un desfile pensado para exaltar la
masculinidad del jinete se vuelve también un escenario donde se mira con deseo,
algo que rara vez se dice en voz alta.
El que observa y aprende. Le llamaba la atención la
belleza de los jóvenes que desfilaban ("Pero si son hermosos, ¿cómo no te
van a mirar?") y celebraba la imagen del cura gaucho: "la primera vez
un cura coqueando y desfilando. Está bonito". (Coquear es masticar hojas
de coca, una costumbre andina extendida.) También quería aprender a hacer las
manzanas acarameladas, y explicaba el procedimiento: pasar la fruta un instante
por agua hirviendo, elegir buenas manzanas y usar azúcar rubia con colorante.
Además notaba que los vendedores ya cobran por transferencia y tarjeta, y que
la feria cambió con la tecnología. Su mirada me mostró que se puede querer una
tradición sin someterse a sus reglas, gozar de su belleza y reírse con cariño
de sus rigideces.
El que cuida y organiza. Era quien recordaba no dejar
el celular al sol, buscaba dónde estacionar, atendía que el grupo llegara a un
baño y planeaba cómo cruzar el río sin caer en los pozos. También fijaba la
hora de regreso: a las dos de la tarde, en casa. Con humor se quejaba de que
"no le tocó ningún lindo", y lo cerraba con un "disgustos".
Su papel muestra que el grupo funciona como una pequeña red de cuidado mutuo,
un lugar seguro donde se puede hablar sin filtro.
Lo que este apartado agrega
Los compromisos del grupo son modestos: proteger los
teléfonos del calor, resolver baños y estacionamiento, cruzar el río con
seguridad y llegar a la casa familiar a las 14:00 h. Pero dicen algo
importante. Estos jóvenes no son visitantes ni extraños en el campo. Conocen el
río, los pozos y los horarios de su familia. Pertenecen a los dos mundos a la
vez, y por eso son una prueba de que la tradición también los incluye.
Conclusión: lo popular sabe resistir
Si algo me enseñó la fiesta de Piquete de Anta, es que una
celebración religiosa no vive solo de su ritual. La misa tiene un orden que
casi no cambia, una jerarquía y palabras fijadas por siglos. Pero la fiesta que
se despliega alrededor no obedece del mismo modo. Mientras el sacerdote habla
de renunciar, la calle celebra. Mientras adentro se guarda silencio, afuera se
aplaude, se baila, se vende, se cobra, se comenta y se mira.
Ese desborde tiene algo de resistencia, en el sentido más
amable de la palabra: la capacidad de una cultura para conservar su propia voz,
aun dentro de un marco que no le pertenece. Lo popular no se enfrenta a la
Iglesia ni rechaza el pacto de fidelidad. Lo traduce a su idioma. La locutora
convierte el desfile en una ofrenda, los jinetes saludan a los santos con el
sombrero, y ser un "buen cristiano" pasa a significar, además de
rezar, dejar limpio el lugar. Incluso el cura se vuelve gaucho, como si la tradición
local también supiera dar forma a la institución.
Los jóvenes gays hacen algo parecido, con otra sutileza. No
piden permiso ni disputan el altar. Miran, ríen, aprenden una receta, se cuidan
entre sí y vuelven a tiempo para el almuerzo familiar. Habitan la fiesta como
propia, con el mismo derecho que cualquier otro vecino, y así ensanchan la
tradición sin romperla.
La fiesta del Milagro puede entenderse, entonces, como un
doble pacto. Hay uno solemne, que se proclama en la iglesia. Y hay otro
silencioso, que el pueblo renueva por su cuenta, hecho de humor, cuidado,
memoria, comercio y deseo. Ese segundo pacto no necesita bendición, y
probablemente es el que hace que todos vuelvan al año siguiente. Yo me fui de
Piquete de Anta con esa sensación: la de haber visto una fe que se sostiene en
el templo y una fiesta que se sostiene sola.




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