viernes, 9 de enero de 2026

Mistoleando

 















El Gran Banquete del Mistol: Un Solo Latido en Los Pozos

 
Compartir el mistol en el monte es como participar
en una olla popular comunitaria: no importa quién llega primero
o quién tiene las manos más grandes, lo importante es
que todos cuiden el fuego para que la olla nunca se vacíe.

El sol de enero apenas comenzaba a despuntar sobre el horizonte de la región chaqueña cuando el papá Fernando y el pequeño Máximo se adentraron en el monte. El aire ya vibraba con un sonido familiar: el grito ruidoso de las charatas, que desde las copas de los árboles anunciaban a todo el bosque que el mistol estaba finalmente maduro.


—Escucha, Máximo —dijo el padre, deteniéndose frente a un ejemplar ancestral de Sarcomphalus mistol cuyas ramas se doblaban bajo el peso de frutos color rojo ladrillo —. Las charatas son las dueñas del primer turno. Ellas nos avisan cuándo el monte está listo para compartir su tesoro.

Se encontraban en los alrededores del Parque Nacional El Rey, una zona de transición donde la selva de montaña se abraza con el monte chaqueño. Allí, la población criolla mantiene viva una sabiduría que ha pasado de generación en generación. Para los pobladores de esta zona de Salta, el mistol no es solo un árbol, es parte de su economía de subsistencia y un símbolo de su arraigo a la tierra.

Al acercarse, vieron cómo un grupo de loros habladores revoloteaba en lo más alto. Los loros mordían los frutos y, con un aparente descuido, dejaban caer muchos al suelo. Máximo se agachó para recogerlos, pero su abuelo le puso una mano en el hombro con suavidad.

—No pienses que los desperdician, hijo. En el monte, nada se pierde. Los loros son nuestros compañeros de cosecha; ellos nos bajan los frutos de las ramas que no podemos alcanzar y dejan el banquete servido para los que caminan por abajo, como el pecarí o el zorro gris, que vendrán cuando caiga el sol. Aquí, cerca de "El Rey", incluso el majestuoso tapir suele acercarse a estos árboles en las noches cerradas.

Mientras llenaban sus tachos, una vaca del vecindario se acercó curiosa a olisquear los frutos caídos. Lejos de espantarla, Fernando le permitió acercarse. Explicó a Máximo que existe un respeto tradicional y una simbiosis profunda: los animales, al comer el fruto y caminar por el monte, actúan como sembradores naturales. Como dicen los antiguos en el campo: "donde hubo bosta de vaca, ahí nace el mistol", pues el paso por el tracto digestivo ayuda a que la semilla germine con más fuerza.

—Nosotros no somos los jefes de este árbol —susurró el padre mientras seleccionaba solo los frutos más sanos para llevar a casa y secar al sol—. Somos parte de una misma mesa. Por eso, nunca vaciamos un árbol del todo; siempre dejamos una parte para "los bichos del monte". Si ellos están bien, el bosque sigue vivo y el mistol volverá el año que viene.

 

Máximo recordó las historias de los wichís y diaguitas, y de quienes viven en el monte próximo al Parque El Rey, para quienes este árbol no es solo comida, sino un pilar de su cosmovisión y medicina. Pero también pensó en su propia gente, la población criolla de Salta, que utiliza la infusión de mistol como un remedio infalible para las afecciones del pecho, tan comunes cuando bajan los vientos fríos de los cerros del Parque.

Sintió una calidez especial al pensar que ese mismo fruto, que ahora compartían con aves y mamíferos, se convertiría pronto en bolanchao o en ese café de mistol con aroma a chocolate y bizcocho que el abuelo preparaba en la paila de hierro. Al regresar a la casa, con los tachos cargados de "yapa" natural, Máximo comprendió que en el monte no hay jerarquías de poder, sino turnos de cuidado.

Humanos y no humanos se entrelazan en un ciclo de agradecimiento donde el árbol es el corazón y todos los demás, desde la charata más pequeña hasta el anciano más sabio, son un solo latido bajo la sombra del mistol.



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