El Gran Banquete del Mistol: Un Solo Latido en Los Pozos
Compartir el mistol en el monte es como participaren una olla popular comunitaria: no importa quién llega primeroo quién tiene las manos más grandes, lo importante esque todos cuiden el fuego para que la olla nunca se vacíe.
El sol de enero apenas comenzaba a despuntar sobre el horizonte de la región chaqueña cuando el papá Fernando y el pequeño Máximo se adentraron en el monte. El aire ya vibraba con un sonido familiar: el grito ruidoso de las charatas, que desde las copas de los árboles anunciaban a todo el bosque que el mistol estaba finalmente maduro.
Se encontraban en los
alrededores del Parque Nacional El Rey, una zona de transición donde la
selva de montaña se abraza con el monte chaqueño. Allí, la población criolla
mantiene viva una sabiduría que ha pasado de generación en generación. Para los
pobladores de esta zona de Salta, el mistol no es solo un árbol, es parte de su
economía de subsistencia y un símbolo de su arraigo a la tierra.
Al acercarse, vieron cómo un grupo de loros habladores
revoloteaba en lo más alto. Los loros mordían los frutos y, con un
aparente descuido, dejaban caer muchos al suelo. Máximo se
agachó para recogerlos, pero su abuelo le puso una mano en el hombro con
suavidad.
Mientras llenaban sus tachos, una vaca del vecindario
se acercó curiosa a olisquear los frutos caídos. Lejos de espantarla, Fernando
le permitió acercarse. Explicó a Máximo que existe un respeto
tradicional y una simbiosis profunda: los animales, al comer el fruto y caminar
por el monte, actúan como sembradores naturales. Como dicen los antiguos
en el campo: "donde hubo bosta de vaca, ahí nace el mistol", pues el
paso por el tracto digestivo ayuda a que la semilla germine con más fuerza.
Máximo recordó las historias de los wichís y diaguitas, y de quienes viven en el monte próximo al Parque El Rey, para quienes este árbol no es solo comida, sino un pilar de su cosmovisión y medicina. Pero también pensó en su propia gente, la población criolla de Salta, que utiliza la infusión de mistol como un remedio infalible para las afecciones del pecho, tan comunes cuando bajan los vientos fríos de los cerros del Parque.
Sintió una calidez especial al pensar que ese mismo fruto,
que ahora compartían con aves y mamíferos, se convertiría pronto en bolanchao
o en ese café de mistol con aroma a chocolate y bizcocho que el abuelo
preparaba en la paila de hierro. Al regresar a la casa, con los tachos cargados
de "yapa" natural, Máximo comprendió que en el monte no hay
jerarquías de poder, sino turnos de cuidado.
Humanos y no humanos se entrelazan en un ciclo de
agradecimiento donde el árbol es el corazón y todos los demás, desde la charata
más pequeña hasta el anciano más sabio, son un solo latido bajo la sombra del
mistol.

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