martes, 15 de septiembre de 2026

Una fiesta con muchas voces: Milagro en Piquete de Anta

El 15 de septiembre de 2026, Piquete de Anta celebró al Señor y a la Virgen del Milagro con una misa, una procesión y un desfile de gauchos a caballo. Estuve ahí, y escuché un sacerdote que habla de renunciar a lo que creemos merecer, una locutora que convierte el desfile en ofrenda, una feria que cobra por transferencia y un grupo de jóvenes gays que miran, ríen, aprenden una receta y cuidan del regreso a casa. Entre el rito solemne del templo y la fiesta que se despliega afuera, descubrí que lo popular no se opone a la fe, sino que la traduce a su propio idioma. Y que, cuando la tradición es de todos, también sabe resistir con humor, deseo y memoria.

Una fiesta con muchas voces: lo que vi y escuché en la celebración del Señor y la Virgen del Milagro en Piquete de Anta



Por Fernando Pequeño Ragone


Contenidos:

Introducción

1.Qué pasó ese día: la misa, la procesión y el desfile

2.La voz que animó el desfile

3.Las palabras del sacerdote

4.Dos maneras de vivir la misma fiesta

5.La fiesta vista por jóvenes gays

Conclusión:lo popular sabe resistir

 

Introducción

Cada septiembre, en Piquete de Anta, un pueblo de la provincia de Salta, se celebra al Señor y a la Virgen del Milagro. El 15 de septiembre de 2026, entre las 11 y las 14 horas, estuve en esa fiesta. Vi una misa, una procesión con las imágenes sagradas, un desfile de gauchos a caballo y una feria de comidas a la vera del camino. Grabé mi descripción de la jornada inmediatamente regresé a casa como requiere el registro etnográfico, focalizando descripciones y emotividades en la misa, el desfile y la feria, y usé ese registro después con atención para escribir este texto.

Lo que registré no se limita a lo que cualquiera esperaría de una fiesta religiosa y tradicional. Entre la multitud había jóvenes varones gays, hijos de familias rurales que hoy viven entre pueblos más urbanizados y su lugar de origen. Su presencia es parte de la fiesta, porque ellos también miran, comen, conversan y eligen cómo participar. Sus voces, que quedaron en mi grabación, permiten ver esta celebración desde un ángulo que rara vez se cuenta.

Aunque la escena es salteña, creo que lo que muestra resulta familiar en cualquier lugar donde una tradición antigua convive con gente diversa. Por eso escribí este ensayo para lectores de cualquier parte, con o sin experiencia del campo.

1. Qué pasó ese día: la misa, la procesión y el desfile

Tres momentos en una sola mañana

Cuando ordené lo que había registrado, la jornada se resumía en tres palabras: liturgia, pacto y tradición gaucha. La liturgia es la misa. El pacto es la promesa de fidelidad que la comunidad renueva cada año ante sus patronos. La tradición gaucha es el desfile de jinetes, con sus ponchos, sombreros y banderas.

Qué buscaba cada parte de la fiesta

Al escuchar los audios distinguí cuatro propósitos que conviven sin estorbarse:

  • Un propósito espiritual: recordar que la fe pide constancia y desprendimiento, sobre todo en los momentos difíciles.
  • Un propósito comunitario: ordenar la procesión, acompañar a las autoridades presentes y cuidar el lugar donde se celebra.
  • Un propósito cultural: valorar la tradición gaucha y pasarla a los chicos y jóvenes.
  • Un propósito económico y social: dar trabajo a los vendedores y ofrecer un espacio de encuentro familiar.

Quiénes participaron

Varios grupos dieron vida a la jornada. El Padre Arturo, sacerdote de la comunidad, celebró la misa, y todos lo reconocen también como gaucho. Un monitor guio las oraciones de los fieles. Una locutora animó el desfile por micrófono. Un coro cantó en la iglesia y siguió cantando en la calle desde una camioneta con sonido. Los vendedores ofrecieron helados, frutas y manzanas caramelizadas. Un grupo de asistentes comentó todo lo que veía. Y el pueblo, es decir los gauchos a caballo, los peregrinos en bicicleta, las familias, el intendente, su esposa Silvia y otras autoridades, llenó las calles.

Lo que dijo cada uno

El sacerdote habló de renunciar a los caprichos y de cumplir la palabra dada. El monitor pidió por una Iglesia fiel a la verdad, por gobernantes justos y por la paz de los pueblos golpeados por guerras y catástrofes, e invitó a una colecta para quienes más lo necesitan. La locutora pidió cuidar la identidad criolla, la tierra y el ambiente. Los vendedores anunciaron sus precios: helado de fruta, naranja o vainilla a $3000, ensaladas de fruta a $4000, manzanas o frutillas a $1000. Los asistentes hablaron de la sorpresa de ver a un cura en el desfile, de recetas, de pagos por transferencia y de cómo volver a casa.

Lo que la comunidad se comprometió a hacer

La jornada dejó una lista de compromisos simples. Se renovó la promesa de fidelidad a los patronos y se pidió juntar la basura en bolsas y dejar el lugar limpio. Se ordenó el cortejo, con la cruz adelante, luego la Virgen, el intendente y su esposa, los funcionarios, las autoridades policiales, judiciales y educativas, la imagen del Señor del Milagro y, al final, el pueblo. Se resguardaron las imágenes del sol y la iglesia quedó abierta hasta las 18:00 h. Se pidió despejar la calle para los ciclistas peregrinos y se buscó al dueño de un celular perdido, el de la Sra. Maradita Vanela.

Hay un dato que no quiero omitir: aunque las autoridades estuvieron presentes, en mis registros no aparece que asumieran compromisos concretos en materia de políticas públicas u obras.

2. La voz que animó el desfile

Una mujer al micrófono

Mientras los jinetes pasaban, una mujer conducía la fiesta con un micrófono. No llegué a registrar su nombre, pero su papel fue central: presentaba a cada agrupación, daba avisos prácticos y hablaba con la gente como quien habla con vecinos.

Un relato lleno de cariño

Su tono era alegre y cercano. Saludó a Don Paulino Gusto, a los demás gauchos y al Padre Arturo, "el cura gaucho". Recordó con emoción a Paulino Freezer, gaucho fallecido, como alguien que acompaña el desfile desde el cielo. Dedicó un largo tramo a las "damas gauchas": dijo que "los gauchos no son nadie" sin una mujer que sostenga la familia y cuide el hogar. Y se detuvo en los niños y jóvenes que desfilaban, a quienes llamó "los futuros gauchos que no dejarán morir nuestra tierra ni nuestro trabajo".

Pidió también que el público participara: vivas, aplausos, pañuelos al viento, chasquidos de rebenque, y frases como "¡Que no se acaben los aplausos, hermanos, es fiesta!". Fue nombrando con devoción las banderas argentina, salteña y papal, y las imágenes sagradas.

Entre saludo y saludo, avisos de utilidad

Cada tanto interrumpía el clima festivo con información útil. Avisó que las imágenes se guardarían por el sol fuerte y que la iglesia seguiría abierta hasta las 18:00 h. Anunció el celular perdido y pidió despejar la calle para los ciclistas. Presentó las chacareras que bailaron los chicos en plena calle.

Lo que quiso transmitir

Al analizar su mensaje encontré cuatro ideas. La primera es que el desfile es una ofrenda de fe y no un simple espectáculo, ya que amar la tierra y las costumbres criollas es una manera de agradecer. La segunda es el consuelo: rezó por los enfermos, por los ancianos y por los peregrinos que sufrieron un accidente camino a la capital salteña. La tercera une la fe con el cuidado del entorno, porque ser "buenos cristianos" es dejar limpio el lugar. La cuarta mira hacia adelante, con el deseo de volver a encontrarse el año próximo.

3. Las palabras del sacerdote


Una idea central

En su homilía (la reflexión que el sacerdote ofrece durante la misa), el Padre Arturo habló de un tema exigente: la mortificación cotidiana, que significa aprender a renunciar a lo que uno cree merecer. Para él, celebrar el Milagro es asumir un compromiso serio con la fe, no una costumbre más.

Cómo lo explicó

Comenzó por la vida de Jesús. Nació en una familia pobre, en un pesebre, y muy pronto tuvo que huir a Egipto. El sacerdote, apoyándose en una carta bíblica, dijo que Jesús "aprendió en el sufrimiento lo que es obedecer" y que su entrega fue una renuncia diaria, un "morir cada día", y no solo un hecho ocurrido en la cruz.

Luego describió, sentido por sentido, lo que Jesús habría soportado en la Pasión: el mal olor de sus verdugos, los latigazos en lugar de caricias, los insultos en lugar de las palabras de consuelo de su madre, el vinagre en lugar de agua. Con esas imágenes buscó mostrar hasta dónde llega la entrega.

Un espejo para la comunidad

Después pasó a lo cotidiano. Contrastó el silencio de Jesús con nuestra costumbre de reclamar: "yo merezco respeto", "merezco vacaciones", "merezco un asado", "por qué no me llevaron a mí". Aclaró que la fe no prohíbe disfrutar de las cosas buenas, y que lo que pide es no poner el corazón en ellas ni convertirlas en exigencias.

Presentó a María como modelo de esa actitud. Al pie de la cruz, dijo, no protestó ni reclamó justicia, sino que acompañó en silencio y guardó todo en su corazón.

Una promesa mutua

Cerró con una frase que resume su mensaje: "celebrar el milagro es cosa seria". La fe, explicó, es un pacto de dos: "Yo soy tuyo porque tú eres mío". Invitó a mirar hacia las cosas del cielo sin quedar atrapados en las vanidades del mundo. Me llamó la atención su manera de hablar: usa ejemplos de la vida diaria, como el asado o las vacaciones, para que ideas difíciles se entiendan sin esfuerzo.

4. Dos maneras de vivir la misma fiesta

Un cuadro para ver las diferencias

Al llegar a este punto quise comparar lo que ocurrió dentro de la iglesia con lo que ocurrió afuera. Armé este cuadro.

Dentro: la misa

Afuera: el desfile y la feria

Quiénes hablan

Sacerdote, monitor, coro, asamblea

Locutora, vendedores, asistentes

Cómo se habla

Solemne, con un orden fijo

Alegre, cercano, espontáneo

Qué se busca

Renovar el pacto con Dios

Celebrar la identidad criolla y la convivencia

Símbolos

Cruz, altar, pan y vino, rosarios

Banderas, sombreros, ponchos, rebenques

Dónde ocurre

En el templo y el inicio de la procesión

En calles, feria y orillas del río

Qué se pide a la gente

Ser solidaria y humilde

Cuidar el ambiente y la seguridad

Lo que cambia y lo que se parece

Adentro se habla de renuncia, y afuera se celebra la vida del campo. Adentro todo sigue un libreto antiguo, con Credo, consagración y cantos como "Sobre tu altar", "Santo" o "Cordero de Dios". Afuera manda la espontaneidad: vivas, pañuelos, música folklórica y chacareras improvisadas. La procesión tiene un orden estricto de personas y funciones, mientras que en la calle importan cosas más cotidianas, como cuidar el lugar, devolver lo perdido y evitar accidentes. Y mientras el templo tiene su colecta solidaria, la feria tiene su economía informal, con precios anunciados a viva voz y cobros por transferencia y tarjeta.

Un puente entre ambos mundos

Las dos dimensiones no se dan la espalda. El Padre Arturo es un puente: es sacerdote y es gaucho, celebra la misa y desfila con los fortines. Y lo que se promete adentro se vuelve visible afuera, cuando los jinetes saludan con el sombrero a las imágenes de los santos.

5. La fiesta vista por jóvenes gays

Quiénes son y por qué importan

Rio del Valle a la altura de Piquete

En este último apartado retomo las conversaciones que registré entre los asistentes con un dato esencial: quienes hablaban eran jóvenes varones gays de la comunidad LGBTIQ. Se criaron en familias rurales y hoy se mueven entre pueblos más urbanizados y su lugar de origen. Para leerlos me apoyé en pensadores latinoamericanos como Néstor Perlongher y Marlene Wayar, que estudiaron cómo las personas diversas habitan los lugares tradicionales.

Este grupo está entre dos mundos. Conoce el campo, pero también otros ámbitos, y su forma de participar mezcla humor, ironía, cariño y observación.

Tres voces del grupo

Distinguí tres maneras de hablar dentro del grupo.

El que mira y coquetea. Comentaba con picardía cómo la gente se mira en el desfile. Decía, por ejemplo, "se lo pasan mirando más" y "a mí me molesta que me miren", y recordaba con nostalgia una época en que le resultaba más fácil pedir un número de teléfono. Interpreto en esas frases una mezcla de incomodidad y disfrute, muy propia de quien vive en un lugar donde todos se conocen. Un desfile pensado para exaltar la masculinidad del jinete se vuelve también un escenario donde se mira con deseo, algo que rara vez se dice en voz alta.

El que observa y aprende. Le llamaba la atención la belleza de los jóvenes que desfilaban ("Pero si son hermosos, ¿cómo no te van a mirar?") y celebraba la imagen del cura gaucho: "la primera vez un cura coqueando y desfilando. Está bonito". (Coquear es masticar hojas de coca, una costumbre andina extendida.) También quería aprender a hacer las manzanas acarameladas, y explicaba el procedimiento: pasar la fruta un instante por agua hirviendo, elegir buenas manzanas y usar azúcar rubia con colorante. Además notaba que los vendedores ya cobran por transferencia y tarjeta, y que la feria cambió con la tecnología. Su mirada me mostró que se puede querer una tradición sin someterse a sus reglas, gozar de su belleza y reírse con cariño de sus rigideces.

El que cuida y organiza. Era quien recordaba no dejar el celular al sol, buscaba dónde estacionar, atendía que el grupo llegara a un baño y planeaba cómo cruzar el río sin caer en los pozos. También fijaba la hora de regreso: a las dos de la tarde, en casa. Con humor se quejaba de que "no le tocó ningún lindo", y lo cerraba con un "disgustos". Su papel muestra que el grupo funciona como una pequeña red de cuidado mutuo, un lugar seguro donde se puede hablar sin filtro.

Lo que este apartado agrega

Los compromisos del grupo son modestos: proteger los teléfonos del calor, resolver baños y estacionamiento, cruzar el río con seguridad y llegar a la casa familiar a las 14:00 h. Pero dicen algo importante. Estos jóvenes no son visitantes ni extraños en el campo. Conocen el río, los pozos y los horarios de su familia. Pertenecen a los dos mundos a la vez, y por eso son una prueba de que la tradición también los incluye.

Conclusión: lo popular sabe resistir

Si algo me enseñó la fiesta de Piquete de Anta, es que una celebración religiosa no vive solo de su ritual. La misa tiene un orden que casi no cambia, una jerarquía y palabras fijadas por siglos. Pero la fiesta que se despliega alrededor no obedece del mismo modo. Mientras el sacerdote habla de renunciar, la calle celebra. Mientras adentro se guarda silencio, afuera se aplaude, se baila, se vende, se cobra, se comenta y se mira.

Ese desborde tiene algo de resistencia, en el sentido más amable de la palabra: la capacidad de una cultura para conservar su propia voz, aun dentro de un marco que no le pertenece. Lo popular no se enfrenta a la Iglesia ni rechaza el pacto de fidelidad. Lo traduce a su idioma. La locutora convierte el desfile en una ofrenda, los jinetes saludan a los santos con el sombrero, y ser un "buen cristiano" pasa a significar, además de rezar, dejar limpio el lugar. Incluso el cura se vuelve gaucho, como si la tradición local también supiera dar forma a la institución.

Los jóvenes gays hacen algo parecido, con otra sutileza. No piden permiso ni disputan el altar. Miran, ríen, aprenden una receta, se cuidan entre sí y vuelven a tiempo para el almuerzo familiar. Habitan la fiesta como propia, con el mismo derecho que cualquier otro vecino, y así ensanchan la tradición sin romperla.

La fiesta del Milagro puede entenderse, entonces, como un doble pacto. Hay uno solemne, que se proclama en la iglesia. Y hay otro silencioso, que el pueblo renueva por su cuenta, hecho de humor, cuidado, memoria, comercio y deseo. Ese segundo pacto no necesita bendición, y probablemente es el que hace que todos vuelvan al año siguiente. Yo me fui de Piquete de Anta con esa sensación: la de haber visto una fe que se sostiene en el templo y una fiesta que se sostiene sola.

 

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

El algarrobo que reverdece

Vuelvo de La Esperanza y en el camino se me abre otra vez el mismo mapa: el algarrobo que reverdece, el galpón parado sobre la casa donde dormía de chico, el pozo del río donde aprendí de los silencios un 23 de diciembre con mi hermano todavía niño, llorando por atención en la orilla. No hay una sola versión mía que se quede quieta en esta tierra. Está el que a los diecinueve escondía a Carlos de su padre y hoy defiende banderas ajenas frente al fuego de un vecino. Está el que se ahogaba en Los Pozos y hoy vuelve a la finca buscando aire. Está el hermano que lloraba junto al agua y hoy administra conmigo, con otra lógica, el mismo suelo. Nombrar esto no lo resuelve: lo nombré hace años y el dibujo se repite, apenas un poco más alto en la espiral. Quizá envejecer en el campo sea solo aprender a cultivar alrededor de las heridas, no a cerrarlas.

El algarrobo que reverdece

Crónica de una visita a La Esperanza — Paso de la Cruz, Anta, 10 de septiembre de 2026

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

Vasos comunicantes: auto-presentación metodológica y epistemológica


I. El portón de doble hoja

Hacía un par de años que no cruzaba ese portón, aunque Julián vive a seis kilómetros de donde yo vivo, aunque somos vecinos en el sentido más antiguo y más exigente de la palabra: los que comparten alambrado, agua y memoria. La distancia nunca se mide solo en la huella que separa dos tranqueras. Se mide en el tiempo que uno decide entregarle a lo que tiene cerca. Abrí el portón metálico de doble hoja —el nombre de la finca inscripto en el hierro, La Esperanza— y avancé con la camioneta negra por una senda ancha, prolija, emparejada para el paso de dos vehículos. Ya en ese primer tramo empecé a leer los signos de una mutación profunda: hacia la derecha, un camino nuevo que muere en un desbajerado, en una loma que pronto será corral de engorde a feedlot para terneros. La tierra cambiando de vocación bajo mis ojos, como cambia un cuerpo que empieza a ejercitarse de otro modo.

Y mientras la huella de la camioneta iba dejando su rastro hacia el casco de la finca, donde compartiría un asado con Julián, se me vino encima —sin permiso, como vienen siempre estas cosas— el recorrido que hacía por el mismo camino cuatro décadas atrás, de niño, con mi padre, con mi madre Clotilde y con mi abuela Flora, para las yerras en el puesto que comandaba Elías Gómez. El mismo sitio, exactamente el mismo suelo, donde hoy se levanta la finca moderna de Julián. Reconocí el terreno como se reconoce un palimpsesto: ahí estaba el gran algarrobo que este setiembre empieza a reverdecer, el mismo que ya daba sombra entonces; y donde hoy hay un galpón nuevo, enorme, estuvo la casa de Elías y de Esperanza Chávez, la mujer que le dio nombre a esta tierra sin saber que su nombre iba a seguir nombrándola. A esa casa del puesto me quedaba a dormir, en tantas oportunidades que perdí la cuenta, y ahí jugaba con los chivos armando, a mi manera infantil, la misma ceremonia que los adultos hacían en serio con el ganado vacuno en la yerra: marcar, sujetar, nombrar lo que es de uno.

No es la única capa de esta geografía que me pertenece. En este mismo departamento de Anta, a una distancia que en la infancia me parecía continental y que hoy sé que es apenas un puñado de kilómetros, queda Los Pozos, la finca de mi familia. Ahí cumplí diecinueve años, un diciembre de hace cuarenta y dos, y lo escribí esa misma noche: un día aburrido, sin gracia, casi penoso. Estaba en la finca porque acepté ir para hacer buena letra —esas fueron mis palabras entonces— y poder viajar después a Tucumán; y porque a un nivel menos confesado quería averiguar cómo ayudar a mi padre, a quien todavía no conocía bien, a quien en ese diciembre empezaba recién a dejar de ver como el monstruo que siempre había representado para mí. Un repuesto de tractor que no aparecía, una hacienda que no se pudo vender, un viaje a Tucumán que se cayó por decisión de mi padre bajo la influencia de mi madre: y yo escribiendo que sentí como si me hubiesen cortado una manguera de oxígeno. Diecinueve años y ya sabía nombrar la asfixia con esa precisión.

Hoy volví a cruzar ese paisaje y no sentí nada de esa asfixia. Al contrario: el encuentro con Julián está siempre cargado de afecto y de reconocimiento, y liga mi adultez con mi infancia sin necesidad de que yo tenga que forzar el gesto. En torno al fuego, con la carne ya en la parrilla y las humitas y los tamales que trajo de Tucumán calentándose al costado, empezó la primera parte de la charla. Sería luego a la mesa con los peones, y más tarde entre los toros, en el corral.

II. El alambrado que linda con el río

La charla junto al fuego —techo de chapa, sin cerramiento, esa cocina improvisada que es marca registrada de los puestos sobre la ruta 5 de Anta— fue, ante todo, una conversación de coordinación agropecuaria, pero yo la escuché también como se escucha un mapa de lo que un hombre teme y de lo que un hombre protege. Julián me habló de la necesidad de encuadrar y declarar formalmente ante el SENASA la actividad del corral de recría, para no quedar mal categorizado y no exponerse a inspecciones impositivas desmedidas; me habló de una intoxicación por guindilla y de afecciones en los toros que había que resolver rápido, coordinando con los veterinarios el envío de antitóxicos y antibióticos; me habló del Manejo de Bosques con Ganadería Integrada como el modo correcto —el modo que no genera multas— de hacer los desbajerados que necesita. Y me habló, también, del recambio completo del alambrado deteriorado en la franja que linda con el río.

Ese alambrado, esa frontera de hierro entre el potrero y el agua, fue la que me devolvió otra vez a Los Pozos, a otro río, al que fuimos aquel domingo 23 de diciembre de 1984 con Ana, el Negro, Juana y mi hermano Rodrigo. Rodrigo tenía entonces la costumbre de llorar por caprichos, gran parte del tiempo, hasta que —al ver que nadie le prestaba demasiada atención— se cansaba y se integraba al grupo por su cuenta. Lavamos la camioneta en la orilla; nos bañamos en un pozo del río lo bastante profundo como para nadar; Ana y Juana se quedaron mirando desde la playa, y yo, paranoico y esperanzado a la vez, les pregunté de qué hablaban y me dijeron que de todo, entre risas. Escribí esa noche que el campo era lindo cuando lograba mirarlo con tranquilidad, separando los problemas de mis padres de los míos.

Cuarenta y dos años después decidí volver a instalarme en la finca en tramos de quince días corridos, en sociedad con mi hermano, para encarar un proyecto de engorde de terneros que me saque del aislamiento. La misma palabra —aislamiento— que en 1984 yo le aplicaba al encierro forzado en el campo, hoy la uso para nombrar exactamente lo contrario: lo que el campo, compartido con Rodrigo, viene a resolver. No sé si eso es una cura o apenas un cambio de nombre para la misma herida. Lo que sí sé es que instalé internet en el establecimiento para no perder el contacto operativo, y que el vecindario rural sigue siendo tan heterogéneo como entonces: está César Alderete, aislado en la Estancia González, casi sin nadie que le tienda una mano; y está Evelia, a quien trato de sostener regulando el paso de sus chanchos hacia los campos linderos. Julián, con su misma lógica pragmática de siempre, prefiere absorber el costo del tratamiento veterinario del rodeo antes que pelearse con el vecino, y tolera la intrusión ocasional de los cerdos de Evelia a cambio de algún lechón. Se puede vivir en el campo sin estado que contenga, aprendí de chico y confirmo ahora, siempre que uno arme, con lo que tiene alrededor, una red de reciprocidades que haga las veces de institución.

III. Raíces y banderas provisorias

Ya en la mesa del quincho, con los peones, la charla se volvió más ancha y más honda. Hablamos del contraste entre el engorde intensivo en corral y el manejo semi-intensivo en piquetes; de las pérdidas que la chicharrita le infligió al maíz de Los Pozos. Julián contó que mi hermano Rodrigo hace cuchillos artesanales, un oficio que a la vez cura y da de comer. Reconoció, sin drama, el cierre de su antiguo emprendimiento de gaseosas, y se quejó de las lluvias que atrasaron el alambrado y la obra de su casa dentro del predio.

Y fue ahí, entre bocado y bocado, que Julián señaló una bandera del arcoíris en la fachada de una casa del pueblo y dijo, con esa franqueza sin filtro que tiene la camaradería rural, que él nunca pondría una bandera diciendo que es hétero, que esas cosas son del ámbito privado. Yo le respondí que no se trata de una provocación personal sino de un símbolo de visibilidad de todos, de la diversidad como hecho social y no como intimidad que hay que guardar. Discutimos sin que se alterara el clima de trabajo, sin que dejáramos de compartir el mismo asado, y eso —lo pienso ahora, ya lejos de la mesa— también es una forma de habitar el campo: la que permite disentir sin fractura.

Pero mientras yo defendía en voz alta el derecho a la visibilidad, algo en mí volvía, otra vez sin permiso, a diciembre de 1984. A esa misma finca de Los Pozos donde, mientras esperaba una llamada de Carlos que no llegaba, calculaba con qué estrategia evitar que la noticia de esa relación llegara hasta mi padre; donde recuerdo que pensé que sería mejor no llevar a Carlos a la casa familiar sino a la de mi abuela Flora —la misma abuela que años antes me llevaba a las yerras de Elías Gómez—, porque ahí, en ese territorio custodiado por una mujer y no por la ley del padre, algo podía respirar sin vigilancia. A los diecinueve yo administraba mi propia clandestinidad con la misma prolijidad con la que Julián hoy administra el SENASA: declarando lo mínimo indispensable, ocultando lo que pudiera traer inspección. Lo que entonces no tenía nombre público, hoy lo defiendo en voz alta frente al fuego de otro. No sé si eso es coherencia o apenas la distancia que separa a un adolescente asustado de un hombre de casi sesenta años, a meses de cumplir cincuenta y ocho, que ya no necesita el permiso de nadie. Sospecho que es las dos cosas a la vez, y que ninguna cancela a la otra.

Del otro lado de la mesa, Juampi —el encargado, estudiante a distancia de Producción Agropecuaria— defendía el feedlot con el entusiasmo de quien encontró en los libros una forma de ordenar lo que antes era puro oficio heredado: el encierro y la ración balanceada, decía, evitan el gasto energético del desplazamiento en campo abierto y afinan la conversión de alimento en carne; programa la parición para que coincida con el rastrojo del maíz; controla el peso de entrada y salida de los terneros —ciento cincuenta, doscientos cincuenta kilos— para no perder plata en la venta. Julio, el plomero tucumano que oficiaba de asador, aportó su saber técnico sobre calefones a gas envasado, recomendó la marca Orbis y explicó cómo limpiar los quemadores cuando la garrafa deja hollín. Cada uno defendiendo, a su modo, un fragmento de orden dentro del desorden general del campo.

IV. Los toros y las marcas que duelen

Después del almuerzo caminamos hasta el corral, entre medio centenar de toros reproductores Hertford. Ahí la charla cambió de textura: se volvió cuerpo, cojera, herida. Le señalé a Julián que alguno rengueaba; discutimos sobre el dolor articular que arrastran los animales de servicio. Y fue en ese mismo terreno, entre las patas de los toros, donde retomamos la discusión de la bandera, como si el cuerpo animal fuera el lugar más honesto para seguir hablando de lo que el cuerpo humano todavía no termina de decir del todo.

Después la mirada se corrió hacia las marcas a fuego. Le dije a Julián que no entendía por qué tenían tantos números marcados a hierro sobre el mismo animal, que eso es sufrimiento innecesario, que alcanza con la caravana o con el botón electrónico para identificar a un reproductor. Él me explicó la necesidad de la trazabilidad, de un identificador único e indeleble. Inspeccionamos a un toro grande, de diez años, con el cuerpo ya gastado por tantas temporadas de servicio, y de ahí pasamos a lo genital: toros "apistolados", con la vaina del pene desviada, la penetración imposible, bolsitas irritadas por raspaduras contra el monte, tratamientos antibióticos que a veces dejan secuelas visibles en la zona ventral, cicatrices que quedan como una segunda marca, esta vez no elegida.

No sé si es casualidad que la anatomía de la reproducción sea, entre todos los cuerpos del corral, el punto donde con Julián discutimos con más franqueza sobre lo público y lo privado del deseo. La empatía por el dolor animal y la honestidad de la discrepancia ideológica convivieron sin pelearse, media hora entera, hasta que llegó una camioneta blanca con el proveedor del bebedero nuevo. Julián se despidió y se fue a mostrarle el sitio de la obra. Yo seguí solo, en mi camioneta negra, hacia la casa de Evelia, para llevarla a buscar el maíz que gestioné con Alcorta —el productor más grande de granos de la región— y que necesita para sus chanchos, los mismos que cruzan hacia la finca de Julián y que él tolera a cambio de algún lechón. Dormí una siesta en esa casa, y después fuimos por los granos con Mariana, la hermana de Evelia.

Coda: vuelta al pozo

Manejando de regreso pensé en el algarrobo que empieza a reverdecer, en el galpón que ocupa el lugar exacto donde dormía de chico en la casa de Elías y Esperanza, en el pozo del río donde aprendí a de los silencios un 23 de diciembre con mi hermano todavía chico llorando por atención. Pienso que no hay una sola versión de mí mismo que se pueda quedar quieta en esta tierra: está el que a los diecinueve escondía a Carlos de su padre y hoy defiende banderas ajenas frente al fuego; está el que se ahogaba en Los Pozos y hoy vuelve a la finca en busca de aire; está el hermano que lloraba en la orilla del río y hoy administra conmigo, con otra lógica, el mismo suelo. Nombrar esto no lo resuelve. Lo nombré hace años y el dibujo se repite, apenas un poco más alto en la espiral, con un poco más de conciencia y la misma tierra debajo. Quizá de eso se trata, en definitiva, envejecer en el campo: no de cerrar las heridas sino de aprender a cultivar alrededor de ellas, como se cultiva alrededor de un pozo de agua que nunca se termina de secar.

Viaje 151

 Viaje 151




sábado, 5 de septiembre de 2026

Laguna de Castellanos: entre el agua y la loma

 

 

El espejo flotante

Apuntes sobre la loma, la Laguna, el agua y lo que nunca se enterró

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA

…Ahí está otra vez la vieja herida familiar, disfrazada de gestión rural: la doble conducción de la finca es, en el fondo, la repetición de la doble conducción de nuestra historia, esa incapacidad heredada de ponernos de acuerdo sobre quién manda cuando el que debía mandar fue arrancado de cuajo...

…Si la laguna es el lugar donde deposito el duelo que no pude cerrar, el brete es el lugar donde recuerdo que, antes de la ruptura, hubo estructura, hubo fiesta, hubo un nombre marcado a fuego que decía que yo pertenecía a algo…

Queda el brete desvencijado donde en los '70 vi trabajar juntos a mi abuelo
Miguel Ragone y a mi padre J F Pequeño. En mi devenir de niño
 entre la laguna en el bajo y los corrales en la loma. 


I. La Loma

El brete: la fiesta del orden

Antes de que supiera nombrar nada de esto, ya lo sabía en el cuerpo: hay una loma en La Laguna de Castellanos donde todavía se sostiene, gris y correosa, la madera dura del viejo brete. La miro hoy y no es un corral en desuso: es un esqueleto que resistió el tiempo del mismo modo en que yo necesito creer que algo de mi familia resistió también. Ahí se hacía la yerra, y la yerra no era solamente trabajo: era una fiesta del orden. El fuego calentando el hierro, el olor a bosta seca y a humo, el grito de los peones arreando, las mujeres de mi familia organizando la comida y el paso de cada tarea como si tejieran, sin decirlo, la trama que nos sostenía a todos.

La marca en el cuero de cada animal era, en el fondo, la inscripción de un nombre: esto es nuestro, esto tiene linaje, esto pertenece a una casa. Yo tenía cinco, seis años, y ese orden con fuego y gritos no me asustaba: me daba, por primera vez, la certeza de formar parte de algo con estructura, algo que no se iba a derrumbar.

Los que eran más jóvenes que yo ahora

Ahora tengo 57 años y vuelvo a pararme frente a esa madera, y me pasa algo que todavía no termino de asimilar: en las fotos que llevo grabadas más que en papel, mi abuelo Miguel y mi padre trabajando en ese mismo brete son más jóvenes de lo que soy yo hoy. El tiempo se pliega sobre sí mismo de una manera que no es cómoda. Ya no soy el nieto que mira hacia arriba a dos hombres que lo saben todo: soy, sin haberlo pedido, el que quedó más viejo que ellos en esa imagen, el que ahora tendría que cuidar a esos muchachos jóvenes si el tiempo funcionara de otra manera.

Cargo la memoria de mi abuelo y de mi padre como quien carga a un hijo, no como quien todavía espera ser cargado. Nadie me preparó para esa inversión, y sin embargo ahí estoy, todas las veces que piso esa loma, sosteniendo yo a los que se supone deberían haberme sostenido a mí.

II. La Laguna

El juego incesante entre las dos orillas

Pero mi infancia entre La Laguna y Los Pozos no vivía instalada de un solo lado. Entre ese brete de la loma y la laguna de Castellanos en la planicie yo iba y venía sin parar, en un tránsito que ahora reconozco como el juego más importante de mi vida. Bajaba corriendo con el cuerpo todavía caliente del corral, del fuego y del polvo, y lo enfriaba en el agua quieta de la laguna, para después volver a subir. Era como caminar entre el padre y la madre, entre la regla y el sueño, sin tener que elegir ninguno de los dos: la loma me daba estructura, ley, pertenencia; la laguna me daba silencio, misterio, recogimiento.

Ese ir y venir extasiado era mi manera de sostener juntos dos mundos que, muchos años después, la historia se encargaría de separar a la fuerza.

Antes de la ruptura

Necesito arrancar por el sol, aunque me cueste, aunque hoy me resulte casi obsceno nombrarlo sin que la voz se me quiebre. Hubo una infancia en la que el calor de Salta no pesaba: era una membrana tibia que me sostenía sin pedirme nada a cambio. Mi abuelo Miguel todavía caminaba por el mundo y yo no sabía que ese caminar era prestado, que la historia ya le había puesto fecha. Después vino lo que vino: se lo llevaron, lo hicieron desaparecer, y en la familia empezó a crecer una grieta que no era metáfora sino intemperie real, un aire de desamparo que se instaló en cada comida, en cada silencio, en cada Navidad donde faltaba algo que nadie nombraba.

Ese fue el primer diluvio de mi vida: no de agua sino de ausencia. Y sin embargo —lo entiendo recién ahora, escribiendo esto— fue el agua la que se ofreció, años después, a cargar con lo que la palabra no podía.

La planicie que muere en la represa

Hay una mañana de julio, la del 24 de 2022, que vuelve a mí como una diapositiva que se proyecta sola. Estoy en Los Pozos, miro la planicie que muere en el corral hacia la represa, y no veo solamente pasto seco y alambre: veo, superpuestas, las fotografías viejas de los Paz retozando en ese mismo suelo, décadas antes de que yo naciera. La tierra ahí no es solamente productiva, es un palimpsesto: una cubierta donde sedimentan capas tras capas las generaciones, como las membranas de una cebolla. Cada vez que piso esa planicie estoy caminando sobre gente que ya no está, sobre una risa fotografiada que el tiempo canceló pero que el paisaje se niega a soltar.

La represa, en ese sentido, no contiene solamente agua para las vacas: contiene todo lo que en mi familia no tuvo dónde depositarse. Yo llego ahí, hijo y nieto de fantasmas, y el agua quieta me devuelve una calma que no me pertenece del todo: es una calma prestada, la que el paisaje sueña por mí cuando yo todavía no me animo a soñarla.

El barro de la doble conducción

Pero la Laguna no es solamente contemplación, y sería una trampa quedarme en la estampa. El 23 de julio de 2023, sentado con las hermanas Córdoba en su puesto, recordaba con ellas que fueron parte de aquellos días, los momentos donde las vacas bajaban con dificultad desde el corral en la loma hacia la laguna en el bajo plano, arriadas a los gritos por Hilario (el tío Hilario). Y en ese recuerdo compartido con las Córdoba entendí que ese territorio también es un lugar donde todo se traba. Los terneros se mueren de frío o se los come el león por las distancias que nadie termina de resolver. Hilario peleaba solo contra un terreno que le quedaba grande.

Y yo veo —con una lucidez que no me alivia, más bien me pesa— que Rodrigo no logra mirar de frente esa realidad, no acompaña a quienes hacen la vida de cada día en la finca, no ordena lo que hay que ordenar, no quiere ser parte estando sino a la distancia, que es como no serlo. Ahí está otra vez la vieja herida familiar, disfrazada de gestión rural: la doble conducción de la finca es, en el fondo, la repetición de la doble conducción de nuestra historia, esa incapacidad heredada de ponernos de acuerdo sobre quién manda cuando el que debía mandar fue arrancado de cuajo. El barro de la Laguna se me pega a las botas igual que se me pega esa parálisis: quiero empalizar, poner orden, y en cambio me encojo, siento que todo se vuelve imposible, que el barro tira para abajo cualquier intento de estructura.

Lo que el agua sostiene por mí

Y sin embargo vuelvo, semana tras semana, insistente, a esa Laguna que ni siquiera en mis cuadernos aparece siempre nombrada completa —Castellanos—, como si nombrarla del todo fuera demasiado. Ahora entiendo por qué. Mi abuelo no tuvo tumba. No hubo ritual, no hubo tierra removida con nuestras propias manos, no hubo ese cierre brutal y necesario que permite después seguir viviendo sin cargar todo el tiempo con el muerto a upa.

Cuando el duelo no puede completarse, busca dónde alojarse, y en mi caso eligió el agua quieta de un campo en Anta. La Laguna es el lugar donde deposito lo que no pude enterrar: no como metáfora bonita sino como necesidad psíquica concreta. Cuidarla, nombrarla, volver a ella, es mi manera de decirle a Miguel que todavía no lo solté, que sigo dándole sepultura todos los días, un poco, sin terminar nunca.

II. El agua

El dique, el deseo, el padre esquivo

Si la Laguna guarda el duelo, el agua en general —el dique, el río, la humedad de la madera de un banco— guarda también otra cosa: el deseo que insiste a pesar de todo. Mayo de 2014, el Cabra Corral. Recuerdo la humedad, el frío calándome, el cuerpo buscando refugio contra otro cuerpo frente al espejo de agua del dique. Y ahí, en medio del deseo, aparece —siempre aparece, no falla— la figura de mi padre, esquivo, y junto a él la finca inalcanzable, la que todavía no era mía, la que todavía no sabía habitar.

El agua, en esas escenas, no es solamente escenario: es la superficie donde se filtra todo lo que me falta de virilidad heredada, de linaje que se pueda tocar. Busco en el cuerpo de otro lo que no terminé de recibir de mi padre, y elijo, sin planearlo nunca, escenarios de agua para hacerlo, como si necesitara ese elemento de testigo.

Laguna de Castellanos.


Estar en el umbral

Me doy cuenta, escribiendo esto, de que toda mi vida el agua me ha puesto en el umbral: ni en la ciudad ni en el campo del todo, ni en la academia ni en el trabajo de la tierra del todo, ni en el duelo cerrado ni en el duelo ausente del todo. Frente al agua —sea la Laguna, sea el dique, sea la represa— dejo de ser el investigador de derechos humanos, dejo de ser el hermano en conflicto por la finca, dejo de ser el amante que busca padre en cada abrazo, y me convierto, por un rato, en alguien suspendido entre esas identidades, esperando a ver cuál se impone cuando vuelva a pisar tierra firme.

Ese estar-entre no es cómodo, pero es honesto: es el único lugar donde todas mis filiaciones —la intelectual, la rural, la militante, la deseante— pueden estar presentes a la vez sin pelearse a los gritos, como si el agua, por ser líquida, les permitiera por fin no competir por la forma.

Padre / Lugar seguro

Convertirme en finquero, a esta altura de mi vida, nunca fue un plan de negocios. Fue, y sigo sospechando que es, el intento de construir con mis propias manos el lugar seguro que la historia le negó a mi familia cuando se llevaron a mi abuelo. Cada vez que reviso los muros de las represas construidos por mi padre, cada vez que discuto con Rodrigo por el manejo del agua en el corral de engorde de los terneros, cada vez que vuelvo solo a mirar la Laguna sin decirle a nadie que voy, estoy negociando lo mismo: si un territorio puede, finalmente, sostenerme sin desaparecer también. Me abruma  la posibilidad que uno de los hermanos venda antes que yo me vaya de este mundo, y aún después.

No tengo la respuesta cerrada, y sospecho que no la voy a tener nunca, y quizás esa sea la única verdad que el agua me enseñó con paciencia: que hay preguntas que no se resuelven, se habitan. Yo habito esta, todos los días, un poco más cerca del fondo.

Pararme en la loma

Y sin embargo algo se corrige cuando vuelvo a la loma de la laguna de castellanos y no solamente al agua en la planicie. Si la laguna es el lugar donde deposito el duelo que no pude cerrar, el brete es el lugar donde recuerdo que, antes de la ruptura, hubo estructura, hubo fiesta, hubo un nombre marcado a fuego que decía que yo pertenecía a algo. Hoy, más viejo que Miguel y que mi padre en esa foto que no existe pero que llevo clavada en los ojos, entiendo que no vuelvo a ese corral para lamentar lo que perdimos. Vuelvo para pararme de pie en la misma loma donde aprendí, antes de saber nada de desapariciones ni de barro ni de hermanos que no se ponen de acuerdo, que yo era parte de un linaje.

No es una respuesta a la parálisis del barro ni al vacío que la laguna todavía guarda: es otra cosa, una vara distinta clavada en el mismo terreno. Sigo sin saber cuál de las dos orillas manda. Tal vez, como de chico, la verdad esté en seguir yendo y viniendo entre ellas.

"Droneando" en El Mollar de JFP