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jueves, 30 de diciembre de 2021

Llevando pieza hidráulica para rastra

Viaje 13
2021-12-30 

(fotos)


El peso del maíz y el ciclo de la herencia: Desarmar para recordar

Viaje 13 – diciembre 2021
Texto construido 2026-09-22

Es 30 de diciembre de 2021. La noche de un año que me partió la vida por la mitad se acerca, y yo manejo mi viejo Peugeot azul por las rutas calientes del departamento de Anta. En el asiento de atrás, Malko asoma la cabeza por el vidrio entreabierto, buscando el viento denso del verano salteño, mientras Choco descansa paciente en el sillón trasero. Llevo conmigo una pieza hidráulica del tractor para que la reparen en Las Lajitas. Este viaje mecánico y logístico es, en el fondo, un viaje por las ruinas de un modelo que cruje. A mi alrededor, el paisaje me devuelve la imagen de un territorio asediado: paso por la vieja finca de Balcanera, que recientemente se ha vendido para pasar a manos de nuevos dueños. Es el pulso implacable de la patria agroexportadora que devora la historia y la convierte en capital anónimo, ese "pulpo que tracciona y converge y acumula todo lo que hay a su alrededor" (Pequeño Ragone, 2025).

Al llegar al predio de Los Pozos, la metáfora del exceso se materializa frente a mis ojos. Veo las bolsas de maíz acumuladas sobre el viejo acoplado. Es una montaña amarilla, pesada, ciega. Siento un enojo inmediato y visceral con José, el hijo de Matilde Córdoba, por haber apilado tantas bolsas, ignorando el riesgo inminente de que los elásticos del acoplado estallen por la presión. Se lo hago notar, y en el instante en que las palabras salen de mi boca, percibo que el tono ha sido agresivo. La violencia de la exigencia productiva se ha colado en mi voz. Me alejo rumiando esa incomodidad, preguntándome cuál será la mejor manera de expresarse, de marcar una diferencia o un límite sin resultar hostil para el otro. Es la misma tensión que registro en mi diario cuando pienso en las distancias sociales, en los lugares de poder en los que uno está situado, y en cómo la ceguera ante esas asimetrías termina lastimando a personas como Matías o Emanuel (Pequeño Ragone, 2025). ¿Cómo se construye una autoridad en la finca que no sea la del patriarca dominador? ¿Cómo se ejerce el cuidado de la infraestructura sin reproducir la violencia objetivante que la masculinidad rural hegemónica nos ha enseñado a naturalizar (Pequeño Ragone, 2026a)?.

Caminando por el predio, mi mirada se topa con el viejo "tasher" y depósito que armó mi papá. Está atestado de cosas, de fierros, de herramientas herrumbradas y materiales que fue acumulando con los años. Es un mausoleo del trabajo rural, un archivo de cosas que probablemente ya nunca más se van a usar. Frente a ese galpón repleto, siento el peso de la muerte de mi padre, ocurrida hace apenas seis meses, en junio de este mismo año. Su ausencia lo llena todo. Me pregunto, mirando esa acumulación de herencia inerte, si no es mi tarea volver a desarmar ese espacio, exactamente como desarmé la casa de la calle Urquiza. Desarmar no para destruir, sino para limpiar, para depurar la memoria y darle un nuevo ciclo de vida al espacio. El naturalismo occidental nos enseñó a acumular objetos y a dominar el entorno (Descola, 2001, citado en Pequeño Ragone, 2026a), pero la verdadera conservación, aquella que me legó mi abuelo Miguel Ragone, exige entender el territorio como un flujo de relaciones, no como un depósito de bienes estancados (Pequeño Ragone, 2026b).

Ese depósito del padre es también la materialidad de un mandato. Destituir el modelo de masculinidad fuerte y proveedora que él representaba implica, necesariamente, desmantelar los espacios físicos que sostenían esa ilusión de control (Pequeño Ragone, 2026a). Si quiero ensayar una masculinidad ecológica, anclada en la ética del cuidado y la interdependencia con el monte y sus habitantes, debo liberar a Los Pozos del peso muerto del pasado para que el presente pueda respirar.

Emprendo el regreso a Salta para pasar el Año Nuevo en familia. El cansancio del día y el peso de los pensamientos me obligan a detenerme. Paro en el histórico bar del cruce de Lumbreras, un lugar que hemos hecho nuestro a lo largo de estos años de tránsito (Pequeño Ragone, 2025). Me siento a tomar una Fanta en lata. Ya es de noche. Es la noche del 30 de diciembre del año en el que se murió mi papá. El silencio del cruce rutero me envuelve, apenas interrumpido por el sonido lejano de algún camión sojero que atraviesa la oscuridad. Pienso en la soledad de este duelo, en la reconfiguración de mi familia, y en el desafío inmenso de encontrar alianzas para sostener Los Pozos sin traicionar mis propias convicciones éticas y políticas.

Afuera, en la penumbra, el autito azul descansa. Adentro me esperan, con esa lealtad que no exige explicaciones, Malko y Choco. Su presencia respirando en la noche no es un detalle menor; son mis compañeros en esta diplomacia interespecífica, testigos silenciosos de un hombre que viaja entre las ruinas del extractivismo intentando, a fuerza de ensayo y error, recomponer el mundo común. Tomo el último trago de la Fanta fría, arranco el Peugeot, y me lanzo a la ruta hacia el 2022, sabiendo que la memoria de los que ya no están no se honra guardando sus fierros oxidados, sino manteniendo vivo el movimiento de la tierra que amaron.

Referencias

  • Pequeño Ragone, F. (2025). Diario Personal (DPersonal). Archivo personal inédito.
  • Pequeño Ragone, F. (2026a). Ontologías de la Naturaleza, Violencia y Cuidado: Hacia una Ecología Política de las Masculinidades. Ensayo inédito.
  • Pequeño Ragone, F. (2026b). El monte como contrato: Miguel Ragone, la soberanía sobre los recursos naturales y las ontologías no hegemónicas de la naturaleza. Ensayo elaborado para la proyección del documental Ragone x Ragone. Facultad de Ciencias Naturales, Universidad Nacional de Salta.

 


jueves, 23 de diciembre de 2021

Recorriendo alambrado sobre la ruta en El Mollar

Viaje 12. 
2021-12-23


Texto creado en 2025-07-01
(Tres años y medios después)
Contenido:

El Corazón Lodoso de la Autenticidad: Un Retrato de Vida en Los Pozos

Viaje y encuentro en el Parque Nacional El Rey

La Compañía de Malko y Chocolate

La casa de Los Pozos y la conexión con el pasado

La casa de Humberto López y el alambre del viejo

El ternero, la represa y el renacer

Reflexiones sobre el corral y los terneros

 



Viaje y encuentro en el Parque Nacional El Rey

El viaje del 23 de diciembre de 2021, un día antes de la navidad, fue el día del encuentro con Eloy López, intendente del Parque Nacional El Rey. El propósito era medir la hectárea de tierra que le quería yo donar en El Molar al Parque Nacional El Rey para que construyera un lugar sobre la ruta. En ese momento, yo no tenía idea de la estructura de Parques Nacionales. En ese momento, no tenía idea de la estructura de Parques Nacionales. Queda para mí la reflexión de describir lo que es esa estructura y la forma en que mira esa tierra que yo amo y a la gente que yo amo, y cómo me mira a mí mismo.

Fue un día lluvioso. Ese día se hizo presente el arquitecto de la APN dirección noa que me cayó tan mal, el arquitecto que no quiso ir a la casa del gaucho. Imagino las tensiones internas entre la gente que trabaja en la Dirección Regional NOA de Parques Nacionales. Cuando uno anda camino, comienza a poder ver cómo funcionan las instituciones.

La Compañía de Malco y Chocolate

La compañía de Malco y Chocolate es para mí una extensión de mí mismo para entrar al monte. La velocidad a la que se desplazan la interiorizo como mi propia velocidad mental y mi fuerza. Es un poco la fuerza con la que ellos me alimentan.

Una entrada sobre la mano derecha de la ruta hacia el gran peñón del Juramento, cerquita al centenario puente de hierro que cruza Lumbreras, se ha vuelto con el tiempo el camino o la parada obligada porque a Malko y a Chocolate les encanta bajarse un rato y correr ahí después de casi una hora de disfrute del viaje en auto.

Mas tarde en el día, el disfrute de Malco y Chocolate en el barro de la represa que comienza a llenarse como de una vida que empieza a rebrotar ahora más mía que nunca, me impulsa a buscar con fuerza tirar mis raíces ahí. La alegría y el disfrute de ellos es lo que nutre mi propia energía necesaria para sentarme ahí.

Ya en ese diciembre de 2021, a casi cinco meses de la muerte de mi papá, había encontrado y apropiado el lugar en la casa donde iban a comer Malko y Chocolate, y ya les había llevado su recipiente donde toman agua y donde comen, que uso desde hace cuatro años, es decir, desde que mi papá ya no está.

La casa de Los Pozos y la conexión con el pasado

En la casa de Los Pozos están dispuestos alrededor los restos de lo que quedó de la obra de reparación y mejora de la casa  familiar que estaba haciendo mi viejo cuando se murió y la disposición espacial y emotiva que tenían los hombres que a él lo acompañaban.

Yo limpié todo eso como una parte de mi herida. Cada carretilla de basura y de mangueras que sacaba era como limpiar el alma y autorizarme a habitar este mundo. Fue la primera acción de apropiarme del espacio.

El balido de los terneros del destete que tuvimos que hacer por la seca de ese verano del 2021 cuando se murió mi papá, también me aferran a esa tierra, me permiten habitarla porque me conectan con mi infancia.

Ese mismo balido de las vacas en el corral temprano en la mañana, cuando yo, cargado de la emoción y la energía de un chico de siete u ocho años, iba corriendo al corral a encontrarme con Natividad y sus hijos para ordeñar las vacas, también me conecta con el lugar.

La gran cantidad de cítricos, básicamente mandarinas, al costado de la casa en el predio alambrado, me conectan con el esfuerzo de mis padres en la década del 90 para poner sus marcas de utilidad en el lugar y verlos hoy es la continuidad del esfuerzo de ellos. Los contemplaba esa mañana bajo la lluvia con el disfrute de que estaban recibiendo el agua que tanto necesitábamos por la sequía inmensa de ese año. Supe después que son mandarinas muy amargas. Desde este 2025 tan húmedo que hemos tenido, veo ahora el retraso de esos mandarinos por las secas y por la falta de atención de poder hacerles llegar el agua que necesitan. Entonces, quiero comprometerme a extender las mangueras necesarias para poder regarlos.

La casa de Humberto López y el alambre del viejo

La casa de Humberto López, esa cocina llena de perros, llena de pavas, el humo del fuego que nos calienta en ese día frío y húmedo y lluvioso y nublado de diciembre, me conecta también con mi forma de habitar Los Pozos en la adolescencia.

Ese Humberto, ahora adulto, frente a este otro adulto que soy yo, me retrotrae al Humberto de fines de los 80, cuando atrapábamos los caballos en el corral y en el potrero próximo a la casa en Los Pozos y salíamos en andanzas hacia la Laguna de castellanos y hacia tantos sitios. Es también una forma de poder apropiarme hoy de esa tierra. En esa tierra de la Laguna estaba creciendo como yo, Matilde Córdoba, con quien me encontraría en estos años buscando el arraigo. Alamas que se miran entre los vericuetos del tiempo de cada quien.

El recorrido del alambre, junto a Humberto, Eloy, el arquitercto, ese día de lluvia; el recorrido de ese viejo alambre que hizo mi viejo por el lado norte del Mollar, que lindera con los vecinos hasta el límite de la finca de Francisco Arias en el este, arriba en El Mollar, también me ha permitido ingresar a esa tierra, a ese monte, hacerlo tangible para mí. Lo estábamos recorriendo con Eloy y el arquitecto para ver el deslinde, acompañado por Humberto. Él es el que me ayuda a introducirme a esta tierra. Todavía no lo conocía al Rana y todavía no había ni imaginado la posibilidad del convenio con Rana para habitar esa tierra.

El ternero, la represa y el renacer

La visita a la casa del gaucho Amado y la caricia a ese ternero también me conectaba con esa tierra y con mi deseo de tener un ternero para poder vivir ahí. A ese ternero quiero llamarle "Oaky", como me llamo yo porque mi abuelo Ragone así lo dispuso cuando yo era un pequeño travieso a comienzos de la década de los setenta. Es como la fortaleza que me dan mis perros cuando corren. Es proyectar o introyectar, no sé, la fuerza de ellos en mí, el monte en el que ellos se desplazan tan naturalmente, meterlo en mí.

Veo la represa seca de Los Pozos por esa seca intensa de unos tres años que ya venía produciéndose y que iba a terminar dos años más adelante, en 2024. Habíamos decidido invertir plata para cavar esa represa que estaba seca.

Creo que será la única vez en la vida que pueda verla tan seca y marca como un recomenzar, como un nuevo tiempo después de la muerte de mi papá, como un límite final para poder salir hacia adelante inaugurando una nueva época. La sequía de esta represa y la decisión de conservarla y de rearmarla junto a mi mamá, a mi hermano y a mi hermana también.

El bebedero improvisado para las vacas con un viejo tacho lleno de lonas enclavado en algunos postes improvisados al costado de la represa, para tirarles agua con la bomba, me emociona hasta el infinito. Me habla de la precariedad y de la resistencia para improvisar soluciones, que es uno de los rasgos más fuertes de quienes habitan esa región. Y un rasgo que yo quiero copiar para apropiarlo también: a veces menos proyectos, menos planificaciones y más pragmatismo. Es lo que te enseña el monte.

Encuentro esa parte más profunda de la represa donde había entrado algo de agua de lluvia muy poquito. Y donde día a día le tirábamos agua con la bomba para que fuera llenándose y siempre resultaba insuficiente. Pero fue lo que salvó a las vacas de morirse de sed ese verano del 2021.

Camino con esos botines que heredé de mi papá entre ese barro de la tierra recién removida de la represa excavada y las primeras plantas que brotan encima, todo húmedo. Y no hay nada más descriptivo de la vida que brota con fuerza, también inaugurando una nueva era.

Reflexiones sobre el corral y los terneros

Los terneros del destete en el corral, al acercarme a verlos con Malko y Chocolate y observar el encuentro entre ellos, esos terneritos tan hermosos y tan sacrificables para alimentarnos, me marcan siempre un contraste que me paraliza, casi que me atormenta.

Es el contraste entre el amor del cuidado y el pragmatismo del sacrificio para que ellos también se transformen en vida. Pienso aquí, ¿cómo será ese juego de elaborar yo el terror que me produce la violencia? Tendré que analizarlo alguna vez.

Y pensaba, mirando ese corral de barro, lo necesario que se hace intervenir el desnivel de la loma para desviar el agua y preservar el corral tanto de la erosión como para hacerlo vivible para esos terneros y esas vacas.


El Corazón Lodoso de la Autenticidad: Un Retrato de Vida en Los Pozos

El video filmado en "Los Pozos" durante un día de diciembre de 2021 es un poema visual que captura la esencia de una vida rural sin adornos, una sinfonía de barro, lluvia, fuego y lealtad animal. No es un mero registro de un día en el campo, sino una inmersión profunda en un ecosistema donde el ser humano, sus animales y la tierra coexisten en una simbiosis tan tangible como el lodo que lo cubre todo.

El relato comienza con el Río Juramento como protagonista silencioso y poderoso. Sus aguas, turbias y crecidas, no son las de una postal turística, sino las de un afluente vivo y enérgico, que moldea el paisaje con su fuerza. Los barrancos rojizos que lo flanquean actúan como guardianes de este escenario, mientras dos perros, nuestros guías a lo largo de esta jornada, corren con una libertad que solo el campo puede ofrecer. Son ellos los que nos introducen al verdadero espíritu del lugar: una energía vital que no se detiene ante el clima adverso, sino que se nutre de él.

La lluvia, que podría ser un elemento de melancolía, se transforma aquí en un catalizador de comunidad. La cámara nos lleva al interior de un rústico refugio donde el fuego se convierte en el epicentro de la vida. Alrededor de sus llamas danzantes, no solo se congregan los humanos, sino también una comunidad Inter especie de perros y gatos que buscan calor y compañía. Esta escena, cargada de una calidez conmovedora, revela el núcleo emocional del video: en medio de la humedad y el frío del exterior, el hogar es un santuario de afecto compartido, donde las barreras entre especies se disuelven ante la necesidad universal de refugio y consuelo.

Sin embargo, el verdadero clímax de esta oda a la vida rústica se encuentra en la explosión de alegría pura y sin filtros de los perros jugando en una represa de barro. Lejos de evitar la suciedad, se zambullen en ella con un abandono total, transformando el lodazal en su paraíso personal. Cada salpicadura, cada carrera y cada sacudida es una declaración de intenciones: la felicidad no reside en la pulcritud, sino en la capacidad de abrazar el momento presente con todo el cuerpo y el espíritu. Esta escena es una metáfora poderosa de la filosofía que impregna todo el video: la vida auténtica es inherentemente desordenada, y es en ese desorden donde se encuentra la alegría más genuina.

Pero el lodo de Los Pozos no es meramente un patio de recreo; es también el escenario donde se desarrollan los rituales diarios del trabajo y la vida, un lienzo sobre el cual se escribe la historia del sustento. Esta realidad se manifiesta con una fuerza sobrecogedora en la escena del valido de terneros en el viejo corral. Bajo el cielo plomizo de la mañana de diciembre, un mar de lodo espeso y profundo define el espacio. El corral, una estructura de postes irregulares y alambre, parece tan antiguo como los árboles que lo rodean, con su madera curtida por incontables inviernos y veranos. Dentro, un mosaico de pieles —negras, pardas, manchadas de blanco— se mueve con una mezcla de curiosidad y aprensión. Son los terneros, el futuro del rancho, con sus ojos grandes e inquisitivos y sus balidos agudos que se mezclan con el sonido sordo de sus pezuñas hundiéndose en el fango. El hombre y sus perros trabajan en armonía, guiando al joven ganado hacia una sección del cercado. El perro oscuro, ágil y concentrado, se mueve con un propósito instintivo, mientras el labrador observa desde la periferia. No hay prisa, solo el ritmo constante y metódico del trabajo de campo, un ciclo ininterrumpido de nacimiento, cuidado y labor que ha definido esta tierra por generaciones.

Esta escena de trabajo colectivo, sin embargo, no borra el afecto individual. Es el mismo hombre que, minutos antes o después, acariciará con ternura a un ternero en particular, reconociendo en cada animal no solo un número en el rebaño, sino una vida a su cargo. Este equilibrio entre la pragmática labor ganadera y la conexión personal es lo que dota a la vida en Los Pozos de su profunda humanidad.

Al final, cuando los perros, cubiertos de barro, pero satisfechos, regresan a la casa para comer su ración en el porche, el círculo se completa. El video de "Los Pozos" nos deja con una sensación de profunda paz. Es un recordatorio de que existe una belleza profunda en la simplicidad, en el olor a tierra mojada, en la lealtad de un perro y en el calor de un fuego en un día de lluvia. Es un canto a la autenticidad, un testimonio de que la vida más rica no es la que se exhibe, sino la que se vive con las manos, y las patas, firmemente plantadas en la tierra.



jueves, 9 de diciembre de 2021

Conociendo Parque El Rey

 

Viaje 11. 


El Umbral de las Serranías: Memorias y Travesía por el Parque Nacional El Rey

Por Fernando Pequeño Ragone
Texto creado 2026-09-20

Resulta una paradoja íntima que, tras casi medio siglo de pertenecer a la finca Los Pozos —esa tierra entrañable que nuestra familia sostiene sobre la Ruta Provincial 5, en el departamento de Anta—, jamás hubiera cruzado el límite para conocer el Parque Nacional El Rey. La reserva siempre estuvo allí, del otro lado de las serranías, como un horizonte mítico y cercano pero inaccesible. Esta visita el 9 de diciembre de 2021 no nació del azar, sino de una invitación franca de su entonces Intendente, Eloy López. Con Eloy compartíamos un sueño común: imaginábamos un Parque vivo, próximo a sus vecinos, integrado a un sistema de conservación participativo que involucrara activamente a las comunidades y fincas del entorno.

Aquella utopía territorial no prosperó. Pocos meses después, Eloy fue desplazado y la gestión quedó en manos de un intendente tucumano de línea más dura, tradicional y dogmática en materia de conservación. Frente a esa política burocrática, críptica y cerrada que históricamente caracterizó a Parques Nacionales en Salta, terminé por perder el interés y desilusionarme de la institucionalidad. Sin embargo, al contemplar hoy las imágenes del recorrido grabado aquel día, redescubro el valor sagrado de aquel primer encuentro con la selva pedemontana.

Portal de acceso al Parque Nacional El Rey, generada por IA

Ilustración 1Portal de acceso al Parque Nacional El Rey.

La Entrada y la Naciente del Agua

El viaje comienza en el portal de acceso, donde el cartel de la Administración de Parques Nacionales marca el tránsito sutil entre el paisaje intervenido de la frontera agrícola y la fronda intrincada de las Yungas. Nos adentramos hacia el sector norte por el área del río Popayán, donde las aguas cristalinas forman remansos y pozos profundos entre piedras pulidas. La estación de control en Popayán, con sus paneles solares silenciosos insertos en la vegetación, daba cuenta de esa búsqueda de autonomía e integración armónica con el entorno que conversábamos con Eloy.

Caminar por la senda encajonada hacia el lecho del río Popayán es entender la física y el alma de esta microrregión. Al pisar las márgenes pedregosas, observando cómo el agua se escurre con fuerza entre los bloques de roca, contemplé la naciente misma del río del Valle. Es el agua que nutre los suelos de nuestra región, la misma que atraviesa la memoria productiva y natural de Anta.

Cauce pedregoso del río Popayán, generada por IA

Ilustración 2 Cauce pedregoso del río Popayán

Vestigios e Historia Institucional

Al avanzar hacia el área de la Intendencia, el paisaje natural dialoga con la historia humana. En las paredes de madera y piedra descansan las placas conmemorativas, como el reconocimiento de la Red Latinoamericana y del Caribe para la Conservación de los Murciélagos (RELCOM/AICOM), recordando la biodiversidad nocturna e invisible que sostiene este ecosistema.

Detenerse en las galerías de la Intendencia para observar el archivo de fotografías históricas de la antigua Estancia El Rey es un ejercicio de memoria telúrica. Esas imágenes en blanco y negro muestran las antiguas marcadas, los pioneros y la antigua explotación forestal y ganadera antes de la creación del parque en 1948; vestigios de una época en que la frontera entre la finca tradicional y el espacio protegido era permeable.

La Humedad del Monte y el Redescubrimiento

Hacia el tramo final del recorrido, nos dirigimos a la histórica Laguna de los Pájaros (o Laguna Los Pollitos). Allí, la torre de observación se alza entre un espejo de agua donde el avance paulatino del juncal y la vegetación palustre testimonia el ritmo propio de la naturaleza cuando no se la interrumpe. Instantes después, la lluvia de la tarde comenzó a cerrar el dosel del monte, cubriendo de bruma los cerros del norte y saturando el aire con ese olor verde y húmedo tan característico de las serranías.

Al contemplar la lluvia caer sobre las copas de los cedros y tipas, sentí una profunda necesidad de celebración íntima. Celebraba el haber conectado, finalmente, la tierra de la finca Los Pozos con esta inmensidad que no llegué a conocer durante la vida de mi padre. Aunque los proyectos institucionales se hayan diluido en los laberintos de la burocracia, este recorrido me hizo descubrir, en el corazón mismo del monte, la posibilidad real y poética de una conservación integrada, donde la memoria familiar y el resguardo de la tierra caminan bajo la misma lluvia.

 


Los pozos

 

Viaje 11. 



Por Fernando Pequeño Ragone
Texto creado 2026-09-2

La mañana transcurre en la finca con un pulso pausado y silvestre. En la represa, el espejo de agua refleja la luz limpia de diciembre mientras las vacas se acercan a beber, con sus pasos lentos abriéndose paso entre la vegetación seca. En los corrales y potreros, los animales se congregan alrededor de los comederos, buscando refugio e hidratación. Un ternero amamanta pacientemente junto a su madre bajo la sombra, un gesto diminuto de continuidad y vida que contrasta con el vigor áspero del paisaje.

Estamos saliendo de una rigurosa temporada de tres años de sequía que se ha ido acentuando año a año en la región. En el monte, las vacas sufren la seca: el pasto escasea y el agua es un recurso precioso. Aunque en esta tierra la pérdida de hacienda no alcanzó la gravedad de las zonas planas de cría intensiva y desmontes —como ha ocurrido en las regiones de Metán o Joaquín V. González, donde la mortalidad fue mucho mayor—, el dolor de las pérdidas se siente en el aire.

Sin embargo, en estos primeros meses que recorro estos caminos tras la partida de mi padre, estar aquí y observar al ganado beber en el tajamar es un ejercicio de memoria y asentamiento. Verlas es conectar con una parte íntima que empieza, de a poco, a extender sus raíces en este suelo que me convoca de formas que apenas voy descubriendo. Hay un estado de absorción y maravilla frente a la serenidad de lo cotidiano.

Acompañando ese andar constante, la presencia de los perros Malko y Chocolate aporta un vitalismo despeinado y alegre. Corren libres por los caminos de tierra, se sumergen sin dudarlo en los charcos de barro para combatir el calor del mediodía y luego se sacuden el agua entre los patios de la casa. Hacia la tarde, la escena se traslada al interior del hogar: el descanso reposado sobre la cama, la cercanía afectiva y ese impulso repentino por salir corriendo juntos hacia el comedor, llenando de movimiento cada rincón.

Esta estancia en la finca es también la antesala de un anhelo antiguo. Antes de emprender la subida con Eloy López hacia el Parque Nacional El Rey —un territorio imaginado de múltiples maneras a lo largo de la vida de mi papá—, el espacio invita a proyectar. Deseo decenas de cosas para este lugar. Será cuestión de ir descubriendo, paso a paso, qué es posible construir entre todos: la familia y la gente que ha habitado y sostenido siempre la finca, unidos en lo que seremos capaces de crear hacia adelante.


martes, 30 de noviembre de 2021

Historia local e identidad: Taller de lectura con estudiantes vecinos de la ruta 5, Anta.

 Viaje 10 

Patio de la escuela
Fue durante la mañana del martes 30
en la Escuela de Paso de la Cruz
y asistieron más de 60 vecinos. 






Durante la mañana del martes 30 de noviembre se realizó un encuentro entre quienes vivimos actualmente o estamos por algún motivo ligados al territorio sobre la ruta 5 entre Lumbreras y Las Lajitas. Entre los convocantes  estuvieron la Asociación Miguel Ragone, el Proyecto JUCO, Parque Nacional El Rey, La Municipalidad de Las Lajitas, Secretaría de Ambiente de Salta, la mesa de Tierra del Ministerio Público Fiscal, la Universidad Nacional de Salta, el Consejo Económico Social y el Consejo Asesor para el Ordenamiento Territorial.

Se trabajó en tres módulos. El primer momento fue un encuentro con jovenes estudiantes del nivel primario de las escuelas rurales de la zona. El segundo módulo involucró la participación de instituciones ligadas a la conservación del monte y los modelos de desarrollo sustentable. Se continuó con un conversatorio abierto a la participación de los vecinos sobre sus visiones locales de requerimientos para el desarrollo. Se cerró con un almuerzo donde compartimos "un cuarto de choripanes", gaseosas y dulces; con la mejor voluntad, dado que el cálculo de participación se superó con creces, contando entre los presentes más de 60 personas.  


Primer módulo del encuentro:
Taller de lectura con estudiantes del primer nivel de las escuelas locales. 

Taller con jóvenes estudiantes del nivel primario, 
vecinos de la ruta provincial Nº 5, en la Escuela de Paso de la Cruz, Anta. 


Ver fotografías del encuentro (200 aproximadamente)

Programa del conversatorio

Fundamentos


Por  Sonia María Diez Gómez
Docente, escritora e investigadora de la región

Desde cuatro escuelas de Ruta 5, Municipio Las Lajitas, los alumnos llegaron con sus delantales blancos, sus maestros y la emoción por el encuentro. Se entrelazaron niños de las escuelas Nº 4251 de Arballito en Cabeza de Anta, de la escuela Nº 4624 en Las Víboras, la de Parque El Rey; junto a los de la escuela Nº 4482 “Flora Paz de Pequeño” en Paso de la Cruz. En el predio de esta última, La Asociación Miguel Ragone junto al Proyecto JUCO, el Parque Nacional El Rey y la Municipalidad de Las Lajitas, organizaron el día martes 30 de noviembre un Taller de lectura, dentro del marco de un Conversatorio con vecinos de la zona. Allí fui invitada como investigadora y escritora y con alegría asistí a mi lugar en el mundo: Anta. Me recibieron con respeto y espontaneidad y esbozaron sonrisas en globos repartidos por la Directora María Romero, luego del desayuno.


  Los alumnitos -hijos de los vecinos- curiosos, me escucharon con atención  y  recibieron de mi voz narradora  el relato de su propia  historia, la cual  se estructura a partir del Río del Valle y el paso de los conquistadores desde el siglo XVII.  

Desde niña conocí y más tarde investigué sobre el pasado y la cosmovisión de la mujer y el hombre de Anta y  su memoria legendaria; los niños entusiasmados y en un clima de diálogo y charla amena, contaron  mágicas leyendas de la zona. Allí cobraron vida el Ucumar de Parque El Rey, la Mujer de Blanco de la centenaria tipa de Las Víboras, la Mulánima, el Duende con sus travesuras en Arballito y otros seres sobrenaturales que pueblan la comarca. Una experiencia única que me regaló emociones y recuerdos. Al finalizar, entregué actividades de producción e investigación para que no perdiera esa rica tradición oral que pervive en el imaginario anteño y riovallense.

Por otro lado, surgieron proyectos interesantes para lograr mejorar la calidad de vida. Un grupo de vecinos y los miembros de las instituciones organizadoras (Supervisor regional del Ministerio de Educación, Guardaparques de El Rey, biólogos, propietarios de fincas como Los Pozos y otras), demostraron que estar unidos y organizar conversatorios en pos del bien común son relevantes para seguir preservando la  historia y la identidad  regional.

                                                      

   




domingo, 21 de noviembre de 2021

¿Quien es Cambá?

 Viaje 09. El Latido de la Tierra: Ternura y Destino en la Finca

Cambitá 
Cambá, (del guaraní:oscuro)
un futuro rastreador en la investigación biológica. 







"¡Hola perrito! ¡Hola!" Fernando graba a Gladys y a un grupo de cachorros en un campo rodeado de árboles y matorrales. Hay una pila de ramitas a un lado del encuadre y se puede ver la sombra de Fernando mientras captura el momento.

Gladys se agacha mientras los perritos corren hacia ella, y Fernando comenta: "Hola, aquí está el colito". Gladys explica que solo hay una hembra en el grupo, apodada "la maharita". Los cachorros, de pelaje negro, marrón claro y algunos con manchas blancas, se arremolinan alrededor de ella para recibir caricias.

"¡Hola perritos! ¡Hola, hola! Qué bonitos", exclama Fernando con entusiasmo. Mientras Gladys los consiente, ambos mencionan que son "hermosos" y que han estado explorando la casa todo el día. Entre este alegre grupo se encuentra Cambá, quien pronto tendrá un nuevo hogar; será criado en Salta por otro Fernando, amigo del Fernando que está filmando. Los cachorros continúan saltando y ladrando suavemente frente a la cámara, marcando el inicio de su historia.

 






Roberto Dávila y Gladys Cardozo, propietarios de la madre y el padre de Cambá. 

   


Entre la ternura y el destino de un viaje

La escena capturada por la cámara de Fernando trasciende el simple registro de una camada de cachorros; se convierte en un testimonio visual de la conexión intrínseca entre el ser humano, el animal y el territorio. Situada en un entorno rural donde la naturaleza impone su ritmo, la interacción entre Gladys y los perritos revela una dimensión emotiva construida sobre la base del afecto cotidiano y la esperanza de un futuro compartido.

La Espacialidad como Escenario de Libertad

El espacio físico no es un mero fondo, sino un actor que condiciona la emotividad del video. El campo abierto, custodiado por árboles y matorrales, ofrece un escenario de libertad absoluta para los animales. El desorden natural de las ramas y el césped bajo el sol sugiere un ambiente de seguridad donde los cachorros pueden explorar el mundo por primera vez. La presencia de la sombra de Fernando, proyectándose sobre el suelo mientras filma, integra al observador en este ecosistema de paz, convirtiéndolo en un guardián silencioso de la escena.

La Dimensión Emotiva: Ternura y Pertenencia

La emotividad del video emana principalmente de la voz y los gestos. La voz de Fernando, cargada de una alegría genuina al exclamar "¡Hola perritos!", establece un tono de celebración por la vida. Gladys, por su parte, aporta la calidez física al agacharse y permitir que los cachorros se arremolinen a su alrededor. Esta acción de ponerse a su nivel es un símbolo de respeto y cuidado maternal.

El uso de nombres y apodos —"el colito", "la maharita"— demuestra que estos perros no son vistos como una masa indiferenciada, sino como individuos con identidad propia dentro de la familia. La frase que menciona que han estado "andando todo el día por la casa" evoca una domesticidad cálida, donde el hogar se expande más allá de las paredes para abarcar toda la finca.

Cambá y el Vínculo hacia Salta

El clímax emocional de esta narrativa se proyecta hacia el futuro con la mención de Cambá. Entre el juego y los ladridos suaves, se teje el destino de uno de los cachorros que viajará a Salta para ser criado por el otro Fernando, amigo del primero. Este detalle transforma una escena de juego en una de transición. El nombre "Cambá" ya carga al animal de una herencia cultural y afectiva, mientras que el viaje hacia Salta simboliza un puente de amistad que se fortalece a través de la crianza de una vida nueva.

 

En definitiva, el video es un poema visual sobre la sencillez del cariño. La combinación de un espacio natural abierto y la ternura desbordante de Gladys y Fernando crea una atmósfera de bienestar absoluto. La historia de Cambá nos recuerda que los vínculos entre amigos a menudo se sellan con gestos tan nobles como el cuidado de un animal, asegurando que la alegría nacida en ese campo perdure y se traslade a nuevos horizontes.

 






Choco y Malko en río Castellano y Los Pozos

 

Viaje 09 . El Regreso a Los Pozos: El Tiempo Detenido y la Vida que Brota

Caminar por la Finca Los Pozos después de tantos años no es simplemente recorrer un terreno; es desenterrar una versión de mí mismo que quedó guardada bajo el polvo y la maleza. Al encender la cámara, no busco documentar una propiedad, sino capturar el instante exacto en que el pasado y el presente finalmente se dan la mano.



El Espacio: Un Mapa de Recuerdos

Al principio, la espacialidad de la finca me resultó abrumadora. Mis ojos, acostumbrados a los límites estrechos de la ciudad, chocaron contra este horizonte que parece no tener fin. Cada plano que registro con la cámara es un intento de medir el vacío. Al enfocar los pastizales secos y los árboles que han crecido a su antojo, siento que el espacio ha recuperado una soberanía que yo le había quitado con mi ausencia.

La casa, con sus paredes de ladrillo y sus techos de teja, se alza como un testigo silencioso. Al filmar sus texturas desgastadas, la emotividad me golpea: no es el deterioro lo que veo, sino la patina del tiempo. Cada grieta es una arruga en la piel de un viejo amigo. La espacialidad aquí es circular; no importa cuánto camine hacia los cerros, siempre termino regresando al centro de mi propia historia.



Los Perros: El Puente hacia el Presente

Si este regreso hubiera sido en soledad, el peso de la nostalgia habría sido insoportable. Pero allí están ellos. Mis perros Malko y Chocolate -ó Chocolate y Malko- corren, saltan y olfatean con una libertad que me envidia. Para ellos, Los Pozos no es un lugar de recuerdos, sino un territorio de posibilidades infinitas.

Observarlos a través del visor de la cámara me ancla al presente. Cuando Chocolate se pierde entre los matorrales o el más claro corre hacia el horizonte, están rompiendo la quietud del pasado. Su alegría es contagiosa y necesaria; son ellos quienes me enseñan que la finca no es un museo de lo que fue, sino un organismo vivo que respira de nuevo a través de sus patas y sus ladridos. Su energía transforma el paisaje estático en una coreografía de vida.

La Emotividad del Reencuentro

Hay una melancolía dulce en este proceso. Al filmar el detalle de una rama o el movimiento del viento sobre el pasto, siento que estoy pidiendo permiso a la tierra para volver a pertenecer. La emotividad de estas escenas reside en el silencio compartido. Ya no hay prisa. El sonido de mis pisadas sobre la tierra seca es el ritmo de una reconciliación.

Re-vivir la finca es aceptar que, aunque yo me fui, ella siempre estuvo aquí, esperándome. Al cerrar la grabación, me doy cuenta de que no he filmado solo un paisaje; he filmado el inicio de mi propia restauración. Los Pozos ya no es una coordenada en el mapa de mis ausencias, sino el lugar donde, junto a mis perros, vuelvo a echar raíces.




 

El Pacto entre Malko, Choco y Fernando en el Horizonte

Nos detuvimos cerca del viejo algarrobo, allí donde la luz de la tarde tiñe todo de un dorado casi místico. Me senté en una piedra, con la cámara descansando sobre mis rodillas, y por un momento, el silencio de la finca se llenó de voces que no necesitaban palabras para ser entendidas.

Malko, con su energía inagotable, se acercó primero, jadeando con una sonrisa que solo los perros conocen. Sus ojos brillaban como brasas.

—“Fernando, ¿sentiste el olor del aire aquí?” —parecía decirme con un movimiento de cabeza hacia los cerros—. “Aquí el tiempo no nos persigue. He corrido más en estas horas que en mil años de ciudad. Mis patas reconocen esta tierra, como si siempre hubieran pertenecido a este suelo seco. No nos lleves de vuelta al cemento. Déjanos ser este viento.”

Chocolate, siempre más observador y profundo, se echó a mis pies, apoyando su cabeza sobre mis botas empolvadas. Me miró fijo, con esa sabiduría ancestral que guardan los perros que han visto mucho.

—“Aquí no hay ruidos que nos asusten, Fernando” —sentí que susurraba su mirada—. “En la ciudad solo escuchamos el eco de tu prisa, pero aquí escuchamos tu corazón. Mira cómo tus manos han dejado de temblar. Amamos este lugar porque aquí tú también eres libre. Queremos quedarnos, queremos ver cómo cambia la luna sobre este techo todos los días de nuestra vida.”

Un nudo se me formó en la garganta. Miré la casa, las cercas que necesitan arreglo, y luego volví a mirarlos a ellos. Extendí mis manos para acariciar sus orejas, sintiendo el calor de su piel y la verdad de su pedido.

—Se los prometo —les dije en voz alta, y mi voz sonó firme, como una sentencia escrita en la tierra—. Vamos a quedarnos. Voy a hacer lo necesario, Malko. Voy a cambiar el rumbo de mis días, a soltar las amarras que me atan a ese otro mundo que ya no nos pertenece.

Miré a Chocolate y sentí que la promesa no era solo hacia afuera, hacia el trabajo o el dinero, sino hacia adentro.

—Voy a cambiar yo también, viejo amigo. Voy a limpiar mi interior de la misma forma que vamos a limpiar esta maleza. Haré espacio para el silencio y la paz que esta finca nos regala. Si tengo que dar un giro de ciento ochenta grados a mi vida para que este sea nuestro hogar, lo haré. Ya no somos visitantes; somos parte de Los Pozos.

Los dos movieron la cola al unísono, como sellando un contrato sagrado. En ese momento, la cámara registró no solo un paisaje, sino el nacimiento de un destino compartido.

 


jueves, 28 de octubre de 2021

Morir de sed

  Viaje 08. El Polvo y la Sed: Crónica de una Muerte Anunciada en Los Pozos

Los ciclos de sequía en el monte chaqueño de transición entretejen situaciones extremas como esta muerte. Es cuando el agua se valora para la vida como oro líquido. Y se desea entonces... la lluvia. Oct 2021, en Los Pozos, Anta. Y prevenir todo lo que se pueda, para que la seca, no se lleve vidas.


La imagen es devastadora por su quietud. En el centro de un corral de tierra cuarteada, una vaca madre blanca yace de costado, con las costillas marcadas como un mapa de la escasez. No es una imagen aislada; es el registro de una tragedia ocurrida en la finca Los Pozos en diciembre de 2021, el punto de quiebre tras tres años de una sequía implacable que asfixió la región.

Este registro visual no solo documenta la pérdida de una vida animal, sino que expone las costuras de un sistema que, a menudo, olvida la fragilidad del ecosistema rural.

La Impotencia frente a la Emergencia

En el video, se observa a mi madre y el encargado de cuidar los animales intentando, con una manguera y un abrevadero metálico, devolverle la vida a un cuerpo que ya no tiene fuerzas para sostenerse. Es el dolor de la "no posibilidad": ese momento donde la voluntad humana choca contra la realidad irreversible de la deshidratación extrema. Cuando el agua llega solo como un auxilio de último minuto, ya es demasiado tarde.

El Agua y el Monte: Pilares de Vida

La importancia vital del agua es obvia, pero este registro nos recuerda algo más profundo: la necesidad de conservar el monte. Un ecosistema sano actúa como una esponja, reteniendo la humedad y protegiendo el suelo de la erosión que vemos en las imágenes. Sin la protección del monte y sin una gestión hídrica eficiente, el paisaje se convierte en un escenario de sacrificio.

La Prevención como Única Salida

La lección de Los Pozos es clara y urgente: la muerte por sed es el resultado de la falta de previsión, obras e inversión. No se puede luchar contra una sequía de tres años con medidas reactivas cuando el ganado ya está colapsando.

La verdadera gestión rural ocurre en los años de abundancia, mediante:

  • La inversión en infraestructura de almacenamiento de agua.
  • La planificación de reservas forrajeras.
  • La protección de las áreas boscosas que regulan el clima local.

Este video es un recordatorio incómodo de que la naturaleza tiene límites. Ignorar la necesidad de trabajar en prevención es condenar a los animales —y a quienes viven de ellos— a repetir este ciclo de polvo, sed y silencio.



De atrás para adelante, dejando ir

 Viaje 08. El Retorno a Los Pozos: Clotilde y el Legado entre el Polvo y la Memoria

De atrás para adelante, la vida es un poco dejar ir, para que todo suceda. Y estás ahí, en cada cavidad... siempre. Entre el sol anteño y las vacas poceñas, las memorias van y vienen, para renacer.




https://photos.app.goo.gl/iv6WMQh2wsgVZLu89

La Geografía del Duelo y el Paisaje de la Ausencia

El video, filmado en octubre de 2021, no es solo una crónica de tareas rurales; es el registro de un umbral emocional. Tras la muerte de Fernando en junio, el regreso de Clotilde a la finca Los Pozos marca el fin de un silencio de cuatro meses. Espacialmente, el corral deja de ser un simple recinto de madera rústica para convertirse en un santuario de la memoria. Cada poste desgastado y cada tranca de madera que Clotilde observa o toca está impregnada de los cincuenta años de trabajo compartido con su esposo.

La composición visual del video, con sus planos abiertos de la llanura y el encierro del ganado, refleja la dualidad interna de la protagonista: la inmensidad del vacío dejado por Fernando frente a la solidez de la obra que construyeron juntos. El polvo que levantan las vacas al moverse funciona como un velo que une el pasado (la presencia de Fernando) con el presente tangible de Clotilde.

Clotilde: La Mirada de Hierro y el Sombrero del Mando

La figura de Clotilde, con sus lentes de sol y su sombrero de ala ancha, se erige como el eje gravitacional de la escena. Los lentes no solo la protegen del sol de octubre, sino que actúan como un refugio para una mirada que, aunque firme, carga con el peso de la viudez reciente. Al observar el ganado —ese flujo de cuerpos cobrizos y rústicos—, Clotilde no ve simplemente animales; ve el fruto de medio siglo de esfuerzos, desvelos y sueños compartidos con el hombre que murió en esas mismas tierras apenas unos meses atrás.

En el corral, el movimiento de las vacas es errático y nervioso, pero la presencia de Clotilde es estática y poderosa. Hay una emotividad silenciosa en su forma de habitar el espacio. Su pregunta interna —¿cómo continuar adelante?— halla respuesta en la misma disposición espacial de los que la rodean. El filmador, su hijo, captura no solo a una madre, sino a una líder que reconoce en su descendencia (sus dos hijos y su hija) el soporte necesario para que el engranaje de la finca no se detenga.

El Círculo de la Lealtad: Treinta Años en una Sola Tierra

Un elemento fundamental en la carga emotiva del registro es la presencia de los trabajadores. Estos hombres, que han pasado casi tres décadas bajo la guía de Fernando, son extensiones vivas de su legado. Al verlos trabajar codo a codo con Clotilde, el video revela que la estructura de Los Pozos no es solo económica, sino profundamente humana. La lealtad de estos hombres, cuyas vidas han transcurrido en torno a este ganado, ofrece a Clotilde una red de seguridad emocional y operativa.

El análisis de sus movimientos en el corral muestra una coreografía de respeto. El trabajo con las vacas se convierte en un ritual de homenaje. Cada grito de arreo y cada movimiento de las puertas es una forma de honrar la memoria del patrón ausente y de reafirmar el compromiso con la mujer que ahora queda al frente.

Conclusión: La Fuerza de la Tierra y la Continuidad

El ensayo visual culmina con una sensación de esperanza austera. Clotilde, frente a las vacas que son el testimonio vivo de su vida con Fernando, comprende que la fuerza no le falta. Su capacidad de organización y el acompañamiento incondicional de su familia y sus trabajadores transforman el duelo en una nueva forma de habitar el campo.

La emotividad del momento en el corral radica en la aceptación: el ciclo de la vida en la naturaleza —nacimiento, crecimiento y muerte— se refleja en la historia de la familia. Al final del día, entre el polvo y el ocaso de octubre, Clotilde sabe que mientras el ganado siga moviéndose y sus hijos estén a su lado, Fernando seguirá presente en cada rincón de Los Pozos. El regreso no fue solo una visita, fue la reafirmación de que la vida, a pesar de la pérdida, tiene raíces lo suficientemente profundas como para seguir brotando.



La Sangre que no se Detiene: Los Cien Corazones de Fernando en Los Pozos

El Espejo de las Miradas Jóvenes

En el polvo suspendido del corral de octubre, ocurre un fenómeno místico detrás de lo cotidiano. Cuando el hijo de Clotilde levanta la cámara y un ternero detiene su marcha para clavar sus ojos en la lente, el tiempo se pliega. Esas pupilas oscuras y húmedas no son solo el reflejo de la curiosidad animal; son el portal por donde Fernando regresa. El corazón que en junio se detuvo, exhausto tras cincuenta años de latir al ritmo de la tierra, no se ha apagado: ha estallado en mil fragmentos, multiplicándose en los cientos de corazones jóvenes que hoy galopan dentro del corral.

Espacialmente, el ternero es el centro de un nuevo cosmos. Mientras las vacas adultas representan el pasado construido, los terneros son la sangre vigorosa de Fernando, una fuerza que fluye con una energía renovada, casi eléctrica, entre las maderas viejas del corral.

La Voz en el Viento: El Mensaje a Clotilde

En el mugido sordo y en el golpe de los cascos sobre la tierra, se escucha la voz de Fernando que, al unísono con el latir de la hacienda, le habla a su compañera de vida. A Clotilde, que busca respuestas tras sus lentes de sol, Fernando le susurra a través de la vitalidad de sus animales:

"Mira la fuerza de estos hijos de nuestra tierra, Clotilde. No te preguntes cómo seguir, porque ya estás siguiendo. Mi sangre está en la de ellos, y mi esfuerzo en tus manos. La continuidad no es un deber, es el flujo natural de lo que sembramos. Ves estos terneros y me ves a mí, joven otra vez, listo para otros cincuenta años. No estoy en el silencio de junio, estoy en el estrépido de este octubre. Tu organización y tu temple son el cauce que este río de vida necesita."

El Reconocimiento: La Lente del Hijo

Para el hijo que filma, el ternero que mira a la cámara es el gesto de reconocimiento final del padre. A través de esa mirada animal, Fernando le habla directamente a quien sostiene la memoria visual de la familia. Es un mensaje de validación: el padre reconoce al hijo que se queda, al que documenta, al que cuida el legado con la misma devoción con la que él lo fundó. Es un "te veo" que trasciende la muerte, un apretón de manos invisible en medio de la faena.

A los trabajadores, que llevan treinta años siendo los guardianes de este ecosistema, Fernando les habla desde la memoria del sudor compartido. Les recuerda que su lealtad no es hacia una propiedad, sino hacia una vida compartida que se renueva en cada parición.

Conclusión: El Triunfo de la Vida

El significado emotivo de este registro radica en la transmutación del dolor en potencia. El corral de Los Pozos no es un escenario de pérdida, sino un laboratorio de resurrección. Cada vez que un ternero mira a la cámara, el vacío de junio se llena con el vigor de octubre.

La emotividad del momento alcanza su cúspide cuando Clotilde, rodeada de sus hijos y de los hombres de confianza, comprende que Fernando se ha multiplicado. Él está en la fuerza de la sangre nueva, en la persistencia del trabajo y en la mirada curiosa de esos animales que son, en esencia, la forma que ha tomado su eternidad. La vida, como el ganado en el corral, puede parecer caótica y polvorienta, pero siempre encuentra su camino hacia adelante, impulsada por el latido incesante de un legado que se niega a morir.


El Encuentro en el Umbral: Clotilde y el Heredero del Viento


Ahí, entre el entrechocar de las maderas de la manga y el aroma denso a tierra removida, Clotilde se detiene. El sol de octubre cae oblicuo sobre su sombrero, pero su atención se clava en un punto exacto del corral. Un ternero pequeño, de pelaje encendido como la brasa, se ha separado del grupo. No corre, no huye. Se queda inmóvil, con las orejas tiesas y el hocico húmedo, desafiando con su mirada la lente de la cámara y la presencia de la mujer.

En ese segundo, el ruido del mundo desaparece. Clotilde no ve solo un animal de cría; ve un espejo. En la profundidad de esos ojos oscuros, ella reconoce un destello familiar, una chispa de terquedad y nobleza que solo Fernando poseía. Es como si el corazón que dejó de latir en junio hubiera encontrado un nuevo envase, más joven, más fiero, más lleno de mañana.

El ternero exhala un vapor fino que se confunde con el polvo del corral, y Clotilde siente un escalofrío que no es de viento, sino de certeza. Es Fernando diciéndole, sin palabras, que la muerte es solo una mudanza. Que él ha decidido quedarse en la fuerza de esas patas que golpean el suelo con ímpetu, en la sangre que corre veloz bajo el cuero nuevo, y en la mirada que la reconoce como la dueña absoluta de ese horizonte.

Ella endereza la espalda. El peso de la viudez, ese fardo invisible que cargó desde junio, parece aligerarse. El ternero sacude la cabeza y regresa al grupo, perdiéndose en la marea de lomos color tierra. Pero el mensaje ya ha sido entregado. Clotilde sabe ahora que no está sola en la finca; que cada vez que el ganado se mueva, habrá cientos de latidos recordándole que el amor de cincuenta años no se entierra, sino que se arrea, se cuida y se multiplica en cada primavera de Los Pozos.



viernes, 8 de octubre de 2021

Puesto y laguna de Castellano

 Viaje 06. 






Más fotografías aquí


Huella a La Laguna de Castellano, potrero cadeneado, emplanada de la laguna. Huella al puesto del pastajero, río Castellano y huella a los corrales del puesto. 
(Video 20 min aprox.)

El Ritual de la Sed y la Semilla: Un Adiós en Finca Los Pozos

En el corazón de la finca Los Pozos, la tierra no es solo suelo; es una memoria viva que guarda el sudor de más de cincuenta años de trabajo. El registro visual de diciembre de 2021 nos enfrenta a una escena cargada de simbolismo: el vertido de cerveza sobre la tierra seca mientras el agua comienza, finalmente, a fluir por la acequia que la toma y re conduce hasta la casa. Este gesto, que a simple vista parece una celebración de infraestructura, es en realidad un enterratorio simbólico, una despedida necesaria para cerrar un ciclo de dolor y abrir uno de esperanza.

La Despedida a Fernando: El Árbol que se Hace Tierra

Este ritual de "challa" o convite a la tierra tiene un destinatario silencioso pero omnipresente: Fernando, el padre y hacedor de esta finca durante medio siglo. Verter la bebida sobre el polvo no es solo alimentar a la Pachamama para que el agua no falte; es brindar con quien ya no está físicamente pero cuya visión impulsó cada metro de canal excavado.

Como en los antiguos enterratorios, donde se derrama licor para que el alma no tenga sed en su viaje, aquí se despide a Fernando entregándole el fruto de su perseverancia. Tras tres años de una sequía que agostó los campos, el agua que corre es la respuesta a su vida de esfuerzo.

El Ciclo de la Vaca y la Semilla

La muerte hace algunos días, de la vaca madre blanca, yaciendo exhausta sobre la tierra cuarteada, representa el final más crudo de la escasez. Sin embargo, en la lógica del monte, la muerte nunca es un punto final, sino una transformación. La vaca que cae se reintegra al suelo, volviéndose parte de ese "humus" emocional y físico donde descansan también las cenizas de Fernando.

Este proceso es idéntico al de la semilla: para que algo nuevo brote, lo viejo debe romperse, enterrarse y desaparecer en la oscuridad de la tierra; la muerte de la vaca es el sacrificio del ciclo que termina bajo la sed; la muerte de Fernando es la siembra de un legado de cincuenta años; el agua que fluye es la fuerza que activa esa semilla, permitiendo que la vida recomience bajo nuevas formas.

 

El Asombro de Continuar

Para quienes continuamos el camino en Los Pozos, el destino se nos presenta con un asombro teñido de incertidumbre. La presencia de Fernando era el muro de contención contra la adversidad; ahora, sin su guía, nosotros sus sucesores debemos aprender a leer las señales del monte por cuenta propia.

El agua que hoy llena los reservorios es el primer capítulo de un libro que debemos escribir. Es el milagro de ver cómo, tras poner sus cenizas en este lugar que amaba y despedirlo con la saya de cerveza, la vida insiste en brotar. La finca ya no es la misma, pero en cada gota que golpea el abrevadero desde el cual la bomba que él compró pero no alcanzó a instalar y en cada rito que honra la tierra, late el asombro de saber que, aunque el sembrador haya partido, la cosecha de su vida apenas comienza a manifestarse.

 

¿Te gustaría que profundicemos en algún aspecto específico de la historia de Fernando o en cómo el diseño de estos nuevos canales refleja su visión a largo plazo?

 

Potrero cadenado


Emplanada de la laguna


Huella al puesto del pastajero y casa


Río Castellano


Huella a corrales del puesto y viejos corrales







Recorriendo el potrero viejo

Viaje 06.  




Recorriendo el potrero viejo

Viaje 06 — 8 de octubre de 2021

Hace cuatro meses que murió mi viejo y vuelvo, otra vez, al potrero de enfrente, el que queda del otro lado de la ruta, en Los Pozos. No vuelvo solo. Me acompañan Fernando del Moral y Noelia, y en esa compañía ya hay una confesión que me cuesta nombrar: vuelvo apoyándome en otros porque en mi familia nunca encontré el lenguaje que necesito para decir lo que este monte me provoca. Un lenguaje de cuidado, de protección ambiental, algo que se parezca a mi sensibilidad y no a la lógica de producción que aprendí a la fuerza en este mismo suelo. Busco afuera lo que adentro de mi casa nunca tuvo nombre.

Es primavera y el potrero está florecido. Entre las flores, las chivas intrusas del vecino pastan como si el alambrado no existiera, como si la propiedad —esa palabra tan sólida en mi familia— fuera apenas una sugerencia que los animales, más sabios que nosotros, se niegan a respetar. Me gusta eso. Me gusta que algo cruce el límite sin pedir permiso, porque yo llevo años intentando cruzar el mío y no lo consigo del todo.

El ómnibus que ya no tomo

Frente a la casa de Los Pozos pasa la ruta, y en esa ruta hubo, durante años, una parada que fue mi verdadera puerta de salida. Ahí tomaba el ómnibus de vuelta a Salta cada vez que la finca se volvía insoportable, cada vez que necesitaba huir de la escena familiar hacia la ciudad, hacia mis amigos, hacia una vida que no tuviera olor a tierra removida. Ese gesto —pararme en la banquina, esperar el motor que se acercaba, subir— era mi manera de decir que no pertenecía del todo a este lugar, aunque hubiera nacido perteneciéndole.

Después volvía, sí. Por lo menos una vez al año, para la marcada, ese ritual ganadero que reunía a la familia entera alrededor del fuego y del hierro caliente. Pero volver para un rito no es lo mismo que volver para habitar. Siento, escribiéndolo ahora, que en el fondo nunca volví. Fui, estuve, participé de la escena, y volví a subirme al ómnibus. Incluso hoy, que recorro este potrero en la camioneta de mi viejo —la misma que él manejaba— no logro sentir que esto sea mío. Manejar su camioneta no es heredar su lugar en el mundo. Son cosas distintas y yo las sigo confundiendo, como confundía, de adolescente, el salto entre lo que a mí no me importaba y lo que no me importaba de los demás.

Los troncos del desmonte

Este potrero tiene una fecha propia clavada en mi memoria, y no es una fecha cualquiera: es la fecha en la que me despedí de la finca sin saberlo. Fue en mi adolescencia, cuando mi viejo, recién hecho el desmonte, nos hacía juntar y limpiar los troncos derribados. Yo tenía diecisiete años, más o menos la edad en que escribí, en Los Pozos, un cumpleaños que registré como aburrido, sin gracia, casi penoso. Ese diciembre de 1984 anoté que el campo no iba conmigo, no como le iba a mi padre. Anoté que él me ponía a prueba sin que hiciera falta, que yo necesitaba demostrarle que no era vago, que podía trabajar, que valía algo. Treinta y siete años después, sigo demostrándoselo a un hombre que ya no está para verlo.

Ahí, en esos troncos que arrastrábamos entre las espinas del monte recién talado, se jugaba algo que todavía no termino de procesar: la diferencia entre trabajar la tierra y pertenecerle. Mi viejo hacía las dos cosas al mismo tiempo, sin fisura aparente. Yo solamente conseguía la primera, y con esfuerzo. El desmonte de entonces —esa violencia necesaria contra el monte para hacer lugar al cultivo— fue también, sin que nadie lo dijera, el desmonte de mi lugar en la genealogía de los hombres de mi familia. Ahí empezó mi despedida, mucho antes de que la finca me despidiera a mí, mucho antes de que la muerte de mi padre me obligara a volver.

Las listas y el silencio

Dos días antes de este viaje escribí, en mi diario, una lista de mensajes para la finca. Bidones de gasoil, tornillos para el tractor, la junta que había que dejar sobre la mesa, la herramienta debajo del asiento de la camioneta, el maíz colorado embolsado que había que cobrarle, el aceite que faltaba pedir. Ninguna emoción ahí. Ninguna palabra que se pareciera al duelo. Solamente la administración desnuda de una finca que, cuatro meses después de la muerte de su dueño, seguía necesitando gasoil y tornillos como si nada hubiera pasado.

Me doy cuenta, escribiendo esta entrada, de que esa lista fue mi manera de tocar la finca sin tocar el dolor. De estar presente en Los Pozos sin tener que sentir Los Pozos. Es un mecanismo que reconozco: cuando no puedo nombrar lo que siento, nombro lo que hay que hacer. Cuando el vínculo se vuelve insoportable, lo convierto en inventario. Y hoy, en el potrero viejo, el inventario no alcanza. Las chivas del vecino, las flores de primavera, el fantasma de mis diecisiete años entre los troncos: nada de eso entra en una lista de tornillos.

Buscar afuera lo que no está adentro

Por eso vine con Fernando y con Noelia. Porque necesito que alguien de afuera me preste las palabras que mi familia nunca tuvo para esto —para el monte, para el agua, para lo que se pierde cuando se desmonta sin cuidado, para lo que se pierde cuando un hijo crece sin que nadie le enseñe otra relación con la tierra que no sea la de producirla o abandonarla. Hay, lo sé, una historia más vieja y más honda ahí atrás: el miedo heredado a no encajar en el modelo de hombre que mi padre representaba, el miedo a que mi manera distinta de estar en el mundo —distinta también en otros terrenos que no voy a desplegar acá— fuera motivo de un rechazo que nunca se dijo con esas palabras pero que yo aprendí a temer igual. Buscar afuera una sensibilidad ambiental no es solamente ecología. Es también buscar un padre sustituto que no me ponga a prueba, que camine conmigo el potrero sin exigirme que limpie troncos para demostrar que sirvo.

No sentirlo mío

Y sin embargo —quiero anotarlo con toda su crudeza— no logro sentir que este potrero sea mío. Ni recorriéndolo en la camioneta de mi viejo, ni de la mano de quienes me prestan un lenguaje que la casa nunca me dio. Tengo la propiedad, tengo el vehículo, tengo hasta el permiso de mi propio duelo para estar acá. Lo que no tengo es la pertenencia, esa cosa que no se hereda por escritura, y que quizás mi viejo tampoco supo darme porque a él se la dieron de un modo que no admitía preguntas. Cuatro meses no alcanzan. Puede que treinta y siete años tampoco alcancen. Sigo, como aquel adolescente que tomaba el ómnibus en la ruta, buscando la salida y el regreso al mismo tiempo, sin saber todavía cuál de los dos gestos es el verdadero.




"Droneando" en El Mollar de JFP