2021-12-30
(fotos)
El Corazón Lodoso de la Autenticidad: Un Retrato de Vida en Los Pozos
Viaje y encuentro en el Parque Nacional El Rey
La Compañía de Malko y Chocolate
La casa de Los Pozos y la conexión con el pasado
La casa de Humberto López y el alambre del viejo
El ternero, la represa y el renacer
Reflexiones sobre el corral y los terneros
El viaje del 23 de diciembre de 2021, un día antes de
la navidad, fue el día del encuentro con Eloy López, intendente del Parque
Nacional El Rey. El propósito era medir la hectárea de tierra que le
quería yo donar en El Molar al Parque Nacional El Rey para que construyera
un lugar sobre la ruta. En ese momento, yo no tenía idea de la estructura de
Parques Nacionales. En ese momento, no tenía idea de la estructura de
Parques Nacionales. Queda para mí la reflexión de describir lo que es
esa estructura y la forma en que mira esa tierra que yo amo y a la gente que yo
amo, y cómo me mira a mí mismo.
Fue un día lluvioso. Ese día se hizo presente el
arquitecto de la APN dirección noa que me cayó tan mal, el arquitecto que no
quiso ir a la casa del gaucho. Imagino las tensiones internas entre la gente
que trabaja en la Dirección Regional NOA de Parques Nacionales. Cuando uno anda
camino, comienza a poder ver cómo funcionan las instituciones.
La compañía de Malco y Chocolate es para mí una extensión
de mí mismo para entrar al monte. La velocidad a la que se desplazan la
interiorizo como mi propia velocidad mental y mi fuerza. Es un poco la fuerza
con la que ellos me alimentan.
Una entrada sobre la mano derecha de la ruta hacia el gran
peñón del Juramento, cerquita al centenario puente de hierro que cruza
Lumbreras, se ha vuelto con el tiempo el camino o la parada obligada
porque a Malko y a Chocolate les encanta bajarse un rato y correr ahí después
de casi una hora de disfrute del viaje en auto.
Mas tarde en el día, el disfrute de Malco y Chocolate en
el barro de la represa que comienza a llenarse como de una vida que empieza
a rebrotar ahora más mía que nunca, me impulsa a buscar con fuerza tirar mis
raíces ahí. La alegría y el disfrute de ellos es lo que nutre mi propia energía
necesaria para sentarme ahí.
Ya en ese diciembre de 2021, a casi cinco meses de la muerte
de mi papá, había encontrado y apropiado el lugar en la casa donde iban a
comer Malko y Chocolate, y ya les había llevado su recipiente donde toman
agua y donde comen, que uso desde hace cuatro años, es decir, desde que mi papá
ya no está.
En la casa de Los Pozos están dispuestos alrededor los
restos de lo que quedó de la obra de reparación y mejora de la casa familiar que estaba haciendo mi viejo cuando
se murió y la disposición espacial y emotiva que tenían los hombres que a
él lo acompañaban.
Yo limpié todo eso como una parte de mi herida. Cada
carretilla de basura y de mangueras que sacaba era como limpiar el alma y
autorizarme a habitar este mundo. Fue la primera acción de apropiarme del
espacio.
El balido de los terneros del destete que tuvimos que
hacer por la seca de ese verano del 2021 cuando se murió mi papá, también me
aferran a esa tierra, me permiten habitarla porque me conectan con mi infancia.
Ese mismo balido de las vacas en el corral temprano en la
mañana, cuando yo, cargado de la emoción y la energía de un chico de siete u
ocho años, iba corriendo al corral a encontrarme con Natividad y sus hijos para
ordeñar las vacas, también me conecta con el lugar.
La gran cantidad de cítricos, básicamente mandarinas, al
costado de la casa en el predio alambrado, me conectan con el esfuerzo de
mis padres en la década del 90 para poner sus marcas de utilidad en el lugar y
verlos hoy es la continuidad del esfuerzo de ellos. Los contemplaba esa mañana
bajo la lluvia con el disfrute de que estaban recibiendo el agua que tanto
necesitábamos por la sequía inmensa de ese año. Supe después que son mandarinas
muy amargas. Desde este 2025 tan húmedo que hemos tenido, veo ahora el retraso
de esos mandarinos por las secas y por la falta de atención de poder
hacerles llegar el agua que necesitan. Entonces, quiero comprometerme a
extender las mangueras necesarias para poder regarlos.
La casa de Humberto López, esa cocina llena de
perros, llena de pavas, el humo del fuego que nos calienta en ese día frío y
húmedo y lluvioso y nublado de diciembre, me conecta también con mi forma de
habitar Los Pozos en la adolescencia.
Ese Humberto, ahora adulto, frente a este otro adulto que
soy yo, me retrotrae al Humberto de fines de los 80, cuando atrapábamos los
caballos en el corral y en el potrero próximo a la casa en Los Pozos y salíamos
en andanzas hacia la Laguna de castellanos y hacia tantos sitios. Es también
una forma de poder apropiarme hoy de esa tierra. En esa tierra de la Laguna
estaba creciendo como yo, Matilde Córdoba, con quien me encontraría en estos
años buscando el arraigo. Alamas que se miran entre los vericuetos del tiempo
de cada quien.
El recorrido del alambre, junto a Humberto, Eloy, el
arquitercto, ese día de lluvia; el recorrido de ese viejo alambre que hizo
mi viejo por el lado norte del Mollar, que lindera con los vecinos hasta el
límite de la finca de Francisco Arias en el este, arriba en El Mollar, también
me ha permitido ingresar a esa tierra, a ese monte, hacerlo tangible para mí. Lo
estábamos recorriendo con Eloy y el arquitecto para ver el deslinde, acompañado
por Humberto. Él es el que me ayuda a introducirme a esta tierra. Todavía no lo
conocía al Rana y todavía no había ni imaginado la posibilidad del convenio con
Rana para habitar esa tierra.
La visita a la casa del gaucho Amado y la caricia a ese
ternero también me conectaba con esa tierra y con mi deseo de tener un ternero
para poder vivir ahí. A ese ternero quiero llamarle "Oaky", como me
llamo yo porque mi abuelo Ragone así lo dispuso cuando yo era un pequeño
travieso a comienzos de la década de los setenta. Es como la fortaleza que me
dan mis perros cuando corren. Es proyectar o introyectar, no sé, la fuerza de
ellos en mí, el monte en el que ellos se desplazan tan naturalmente, meterlo en
mí.
Veo la represa seca de Los Pozos por esa seca intensa
de unos tres años que ya venía produciéndose y que iba a terminar dos años más
adelante, en 2024. Habíamos decidido invertir plata para cavar esa represa
que estaba seca.
Creo que será la única vez en la vida que pueda verla tan
seca y marca como un recomenzar, como un nuevo tiempo después de la
muerte de mi papá, como un límite final para poder salir hacia adelante
inaugurando una nueva época. La sequía de esta represa y la decisión de
conservarla y de rearmarla junto a mi mamá, a mi hermano y a mi hermana
también.
El bebedero improvisado para las vacas con un viejo tacho
lleno de lonas enclavado en algunos postes improvisados al costado de la
represa, para tirarles agua con la bomba, me emociona hasta el infinito. Me
habla de la precariedad y de la resistencia para improvisar soluciones,
que es uno de los rasgos más fuertes de quienes habitan esa región. Y un rasgo
que yo quiero copiar para apropiarlo también: a veces menos proyectos, menos
planificaciones y más pragmatismo. Es lo que te enseña el monte.
Encuentro esa parte más profunda de la represa donde había
entrado algo de agua de lluvia muy poquito. Y donde día a día le tirábamos agua
con la bomba para que fuera llenándose y siempre resultaba insuficiente. Pero
fue lo que salvó a las vacas de morirse de sed ese verano del 2021.
Camino con esos botines que heredé de mi papá entre
ese barro de la tierra recién removida de la represa excavada y las primeras
plantas que brotan encima, todo húmedo. Y no hay nada más descriptivo de la vida
que brota con fuerza, también inaugurando una nueva era.
Los terneros del destete en el corral, al acercarme a
verlos con Malko y Chocolate y observar el encuentro entre ellos, esos
terneritos tan hermosos y tan sacrificables para alimentarnos, me marcan
siempre un contraste que me paraliza, casi que me atormenta.
Es el contraste entre el amor del cuidado y el
pragmatismo del sacrificio para que ellos también se transformen en vida. Pienso
aquí, ¿cómo será ese juego de elaborar yo el terror que me produce la
violencia? Tendré que analizarlo alguna vez.
Y pensaba, mirando ese corral de barro, lo necesario que se
hace intervenir el desnivel de la loma para desviar el agua y preservar el
corral tanto de la erosión como para hacerlo vivible para esos terneros y esas
vacas.
El video filmado en "Los Pozos" durante un día de
diciembre de 2021 es un poema visual que captura la esencia de una vida rural
sin adornos, una sinfonía de barro, lluvia, fuego y lealtad animal. No es un
mero registro de un día en el campo, sino una inmersión profunda en un
ecosistema donde el ser humano, sus animales y la tierra coexisten en una
simbiosis tan tangible como el lodo que lo cubre todo.
El relato comienza con el Río Juramento como protagonista
silencioso y poderoso. Sus aguas, turbias y crecidas, no son las de una postal
turística, sino las de un afluente vivo y enérgico, que moldea el paisaje con
su fuerza. Los barrancos rojizos que lo flanquean actúan como guardianes de
este escenario, mientras dos perros, nuestros guías a lo largo de esta jornada,
corren con una libertad que solo el campo puede ofrecer. Son ellos los que nos
introducen al verdadero espíritu del lugar: una energía vital que no se detiene
ante el clima adverso, sino que se nutre de él.
La lluvia, que podría ser un elemento de melancolía, se
transforma aquí en un catalizador de comunidad. La cámara nos lleva al interior
de un rústico refugio donde el fuego se convierte en el epicentro de la vida.
Alrededor de sus llamas danzantes, no solo se congregan los humanos, sino
también una comunidad Inter especie de perros y gatos que buscan calor y
compañía. Esta escena, cargada de una calidez conmovedora, revela el núcleo
emocional del video: en medio de la humedad y el frío del exterior, el hogar es
un santuario de afecto compartido, donde las barreras entre especies se
disuelven ante la necesidad universal de refugio y consuelo.
Sin embargo, el verdadero clímax de esta oda a la vida
rústica se encuentra en la explosión de alegría pura y sin filtros de los
perros jugando en una represa de barro. Lejos de evitar la suciedad, se
zambullen en ella con un abandono total, transformando el lodazal en su paraíso
personal. Cada salpicadura, cada carrera y cada sacudida es una declaración de
intenciones: la felicidad no reside en la pulcritud, sino en la capacidad de
abrazar el momento presente con todo el cuerpo y el espíritu. Esta escena es
una metáfora poderosa de la filosofía que impregna todo el video: la vida
auténtica es inherentemente desordenada, y es en ese desorden donde se
encuentra la alegría más genuina.
Pero el lodo de Los Pozos no es meramente un patio de recreo; es también el escenario donde se desarrollan los rituales diarios del trabajo y la vida, un lienzo sobre el cual se escribe la historia del sustento. Esta realidad se manifiesta con una fuerza sobrecogedora en la escena del valido de terneros en el viejo corral. Bajo el cielo plomizo de la mañana de diciembre, un mar de lodo espeso y profundo define el espacio. El corral, una estructura de postes irregulares y alambre, parece tan antiguo como los árboles que lo rodean, con su madera curtida por incontables inviernos y veranos. Dentro, un mosaico de pieles —negras, pardas, manchadas de blanco— se mueve con una mezcla de curiosidad y aprensión. Son los terneros, el futuro del rancho, con sus ojos grandes e inquisitivos y sus balidos agudos que se mezclan con el sonido sordo de sus pezuñas hundiéndose en el fango. El hombre y sus perros trabajan en armonía, guiando al joven ganado hacia una sección del cercado. El perro oscuro, ágil y concentrado, se mueve con un propósito instintivo, mientras el labrador observa desde la periferia. No hay prisa, solo el ritmo constante y metódico del trabajo de campo, un ciclo ininterrumpido de nacimiento, cuidado y labor que ha definido esta tierra por generaciones.
Esta escena de
trabajo colectivo, sin embargo, no borra el afecto individual. Es el mismo
hombre que, minutos antes o después, acariciará con ternura a un ternero en
particular, reconociendo en cada animal no solo un número en el rebaño, sino
una vida a su cargo. Este equilibrio entre la pragmática labor ganadera y la
conexión personal es lo que dota a la vida en Los Pozos de su profunda
humanidad.
Al final, cuando los perros, cubiertos de barro, pero
satisfechos, regresan a la casa para comer su ración en el porche, el círculo
se completa. El video de "Los Pozos" nos deja con una sensación de
profunda paz. Es un recordatorio de que existe una belleza profunda en la
simplicidad, en el olor a tierra mojada, en la lealtad de un perro y en el
calor de un fuego en un día de lluvia. Es un canto a la autenticidad, un
testimonio de que la vida más rica no es la que se exhibe, sino la que se vive
con las manos, y las patas, firmemente plantadas en la tierra.
Viaje 10
| Patio de la escuela |
Durante la mañana del martes 30 de noviembre se realizó un encuentro entre quienes vivimos actualmente o estamos por algún motivo ligados al territorio sobre la ruta 5 entre Lumbreras y Las Lajitas. Entre los convocantes estuvieron la Asociación Miguel Ragone, el Proyecto JUCO, Parque Nacional El Rey, La Municipalidad de Las Lajitas, Secretaría de Ambiente de Salta, la mesa de Tierra del Ministerio Público Fiscal, la Universidad Nacional de Salta, el Consejo Económico Social y el Consejo Asesor para el Ordenamiento Territorial.
Se trabajó en tres módulos. El primer momento fue un encuentro con jovenes estudiantes del nivel primario de las escuelas rurales de la zona. El segundo módulo involucró la participación de instituciones ligadas a la conservación del monte y los modelos de desarrollo sustentable. Se continuó con un conversatorio abierto a la participación de los vecinos sobre sus visiones locales de requerimientos para el desarrollo. Se cerró con un almuerzo donde compartimos "un cuarto de choripanes", gaseosas y dulces; con la mejor voluntad, dado que el cálculo de participación se superó con creces, contando entre los presentes más de 60 personas.
Primer módulo del encuentro:
Taller de lectura con estudiantes del primer nivel de las escuelas locales.
| Taller con jóvenes estudiantes del nivel primario, vecinos de la ruta provincial Nº 5, en la Escuela de Paso de la Cruz, Anta. |
Ver fotografías del encuentro (200 aproximadamente)
Desde cuatro escuelas de Ruta 5, Municipio Las Lajitas, los alumnos llegaron con sus delantales blancos, sus maestros y la emoción por el encuentro. Se entrelazaron niños de las escuelas Nº 4251 de Arballito en Cabeza de Anta, de la escuela Nº 4624 en Las Víboras, la de Parque El Rey; junto a los de la escuela Nº 4482 “Flora Paz de Pequeño” en Paso de la Cruz. En el predio de esta última, La Asociación Miguel Ragone junto al Proyecto JUCO, el Parque Nacional El Rey y la Municipalidad de Las Lajitas, organizaron el día martes 30 de noviembre un Taller de lectura, dentro del marco de un Conversatorio con vecinos de la zona. Allí fui invitada como investigadora y escritora y con alegría asistí a mi lugar en el mundo: Anta. Me recibieron con respeto y espontaneidad y esbozaron sonrisas en globos repartidos por la Directora María Romero, luego del desayuno.
Desde niña conocí y más tarde investigué sobre el pasado y la cosmovisión de la mujer y el hombre de Anta y su memoria legendaria; los niños entusiasmados y en un clima de diálogo y charla amena, contaron mágicas leyendas de la zona. Allí cobraron vida el Ucumar de Parque El Rey, la Mujer de Blanco de la centenaria tipa de Las Víboras, la Mulánima, el Duende con sus travesuras en Arballito y otros seres sobrenaturales que pueblan la comarca. Una experiencia única que me regaló emociones y recuerdos. Al finalizar, entregué actividades de producción e investigación para que no perdiera esa rica tradición oral que pervive en el imaginario anteño y riovallense.
Por otro lado, surgieron proyectos interesantes para lograr mejorar la calidad de vida. Un grupo de vecinos y los miembros de las instituciones organizadoras (Supervisor regional del Ministerio de Educación, Guardaparques de El Rey, biólogos, propietarios de fincas como Los Pozos y otras), demostraron que estar unidos y organizar conversatorios en pos del bien común son relevantes para seguir preservando la historia y la identidad regional.
Viaje 09. El Latido de la Tierra: Ternura y Destino en la Finca
| Cambitá |
"¡Hola perrito! ¡Hola!" Fernando graba a Gladys y a un grupo de cachorros en un campo rodeado de árboles y matorrales. Hay una pila de ramitas a un lado del encuadre y se puede ver la sombra de Fernando mientras captura el momento.
Gladys se agacha mientras los perritos corren hacia ella, y Fernando comenta: "Hola, aquí está el colito". Gladys explica que solo hay una hembra en el grupo, apodada "la maharita". Los cachorros, de pelaje negro, marrón claro y algunos con manchas blancas, se arremolinan alrededor de ella para recibir caricias.
"¡Hola perritos! ¡Hola, hola! Qué bonitos", exclama Fernando con entusiasmo. Mientras Gladys los consiente, ambos mencionan que son "hermosos" y que han estado explorando la casa todo el día. Entre este alegre grupo se encuentra Cambá, quien pronto tendrá un nuevo hogar; será criado en Salta por otro Fernando, amigo del Fernando que está filmando. Los cachorros continúan saltando y ladrando suavemente frente a la cámara, marcando el inicio de su historia.
Entre la ternura y el destino de un viaje
La escena capturada por la cámara de Fernando
trasciende el simple registro de una camada de cachorros; se convierte en un
testimonio visual de la conexión intrínseca entre el ser humano, el animal y el
territorio. Situada en un entorno rural donde la naturaleza impone su ritmo, la
interacción entre Gladys y los perritos revela una dimensión emotiva
construida sobre la base del afecto cotidiano y la esperanza de un futuro
compartido.
La Espacialidad como Escenario de Libertad
El espacio físico no es un mero fondo, sino un actor que
condiciona la emotividad del video. El campo abierto, custodiado por árboles y
matorrales, ofrece un escenario de libertad absoluta para los animales. El
desorden natural de las ramas y el césped bajo el sol sugiere un ambiente de
seguridad donde los cachorros pueden explorar el mundo por primera vez. La
presencia de la sombra de Fernando, proyectándose sobre el suelo mientras
filma, integra al observador en este ecosistema de paz, convirtiéndolo en un
guardián silencioso de la escena.
La Dimensión Emotiva: Ternura y Pertenencia
La emotividad del video emana principalmente de la voz y los
gestos. La voz de Fernando, cargada de una alegría genuina al exclamar
"¡Hola perritos!", establece un tono de celebración por la vida.
Gladys, por su parte, aporta la calidez física al agacharse y permitir que los
cachorros se arremolinen a su alrededor. Esta acción de ponerse a su nivel es
un símbolo de respeto y cuidado maternal.
El uso de nombres y apodos —"el colito", "la
maharita"— demuestra que estos perros no son vistos como una masa
indiferenciada, sino como individuos con identidad propia dentro de la familia.
La frase que menciona que han estado "andando todo el día por la
casa" evoca una domesticidad cálida, donde el hogar se expande más allá de
las paredes para abarcar toda la finca.
Cambá y el Vínculo hacia Salta
El clímax emocional de esta narrativa se proyecta hacia el
futuro con la mención de Cambá. Entre el juego y los ladridos suaves, se
teje el destino de uno de los cachorros que viajará a Salta para ser
criado por el otro Fernando, amigo del primero. Este detalle transforma una
escena de juego en una de transición. El nombre "Cambá" ya carga al
animal de una herencia cultural y afectiva, mientras que el viaje hacia Salta
simboliza un puente de amistad que se fortalece a través de la crianza de una
vida nueva.
En definitiva, el video es un poema visual sobre la
sencillez del cariño. La combinación de un espacio natural abierto y la ternura
desbordante de Gladys y Fernando crea una atmósfera de bienestar absoluto. La
historia de Cambá nos recuerda que los vínculos entre amigos a menudo se sellan
con gestos tan nobles como el cuidado de un animal, asegurando que la alegría
nacida en ese campo perdure y se traslade a nuevos horizontes.
Viaje 09 . El Regreso a Los Pozos: El Tiempo Detenido y la Vida que Brota
Caminar por la Finca Los Pozos después de tantos años no es simplemente recorrer un terreno; es desenterrar una versión de mí mismo que quedó guardada bajo el polvo y la maleza. Al encender la cámara, no busco documentar una propiedad, sino capturar el instante exacto en que el pasado y el presente finalmente se dan la mano.
El Espacio: Un Mapa de Recuerdos
Al principio, la espacialidad de la finca me resultó abrumadora. Mis ojos, acostumbrados a los límites estrechos de la ciudad, chocaron contra este horizonte que parece no tener fin. Cada plano que registro con la cámara es un intento de medir el vacío. Al enfocar los pastizales secos y los árboles que han crecido a su antojo, siento que el espacio ha recuperado una soberanía que yo le había quitado con mi ausencia.
La casa, con sus paredes de ladrillo y sus techos de teja, se alza como un testigo silencioso. Al filmar sus texturas desgastadas, la emotividad me golpea: no es el deterioro lo que veo, sino la patina del tiempo. Cada grieta es una arruga en la piel de un viejo amigo. La espacialidad aquí es circular; no importa cuánto camine hacia los cerros, siempre termino regresando al centro de mi propia historia.
Los Perros: El Puente hacia el Presente
Si este regreso hubiera sido en soledad, el peso de la nostalgia habría sido insoportable. Pero allí están ellos. Mis perros Malko y Chocolate -ó Chocolate y Malko- corren, saltan y olfatean con una libertad que me envidia. Para ellos, Los Pozos no es un lugar de recuerdos, sino un territorio de posibilidades infinitas.
Observarlos a través del visor de la cámara me ancla al presente. Cuando Chocolate se pierde entre los matorrales o el más claro corre hacia el horizonte, están rompiendo la quietud del pasado. Su alegría es contagiosa y necesaria; son ellos quienes me enseñan que la finca no es un museo de lo que fue, sino un organismo vivo que respira de nuevo a través de sus patas y sus ladridos. Su energía transforma el paisaje estático en una coreografía de vida.
La Emotividad del Reencuentro
Hay una melancolía dulce en este proceso. Al filmar el detalle de una rama o el movimiento del viento sobre el pasto, siento que estoy pidiendo permiso a la tierra para volver a pertenecer. La emotividad de estas escenas reside en el silencio compartido. Ya no hay prisa. El sonido de mis pisadas sobre la tierra seca es el ritmo de una reconciliación.
Re-vivir la finca es aceptar que, aunque yo me fui, ella siempre estuvo aquí, esperándome. Al cerrar la grabación, me doy cuenta de que no he filmado solo un paisaje; he filmado el inicio de mi propia restauración. Los Pozos ya no es una coordenada en el mapa de mis ausencias, sino el lugar donde, junto a mis perros, vuelvo a echar raíces.
El Pacto entre Malko, Choco y Fernando en el Horizonte
Nos detuvimos cerca del viejo algarrobo, allí donde la luz
de la tarde tiñe todo de un dorado casi místico. Me senté en una piedra, con la
cámara descansando sobre mis rodillas, y por un momento, el silencio de la
finca se llenó de voces que no necesitaban palabras para ser entendidas.
Malko, con su energía inagotable, se acercó primero,
jadeando con una sonrisa que solo los perros conocen. Sus ojos brillaban como
brasas.
—“Fernando, ¿sentiste el olor del aire aquí?” —parecía
decirme con un movimiento de cabeza hacia los cerros—. “Aquí el tiempo no nos
persigue. He corrido más en estas horas que en mil años de ciudad. Mis patas
reconocen esta tierra, como si siempre hubieran pertenecido a este suelo seco.
No nos lleves de vuelta al cemento. Déjanos ser este viento.”
Chocolate, siempre más observador y profundo, se echó a mis
pies, apoyando su cabeza sobre mis botas empolvadas. Me miró fijo, con esa
sabiduría ancestral que guardan los perros que han visto mucho.
—“Aquí no hay ruidos que nos asusten, Fernando” —sentí que
susurraba su mirada—. “En la ciudad solo escuchamos el eco de tu prisa, pero
aquí escuchamos tu corazón. Mira cómo tus manos han dejado de temblar. Amamos
este lugar porque aquí tú también eres libre. Queremos quedarnos, queremos ver
cómo cambia la luna sobre este techo todos los días de nuestra vida.”
Un nudo se me formó en la garganta. Miré la casa, las cercas
que necesitan arreglo, y luego volví a mirarlos a ellos. Extendí mis manos para
acariciar sus orejas, sintiendo el calor de su piel y la verdad de su pedido.
—Se los prometo —les dije en voz alta, y mi voz sonó firme,
como una sentencia escrita en la tierra—. Vamos a quedarnos. Voy a hacer lo
necesario, Malko. Voy a cambiar el rumbo de mis días, a soltar las amarras que
me atan a ese otro mundo que ya no nos pertenece.
Miré a Chocolate y sentí que la promesa no era solo hacia
afuera, hacia el trabajo o el dinero, sino hacia adentro.
—Voy a cambiar yo también, viejo amigo. Voy a limpiar mi
interior de la misma forma que vamos a limpiar esta maleza. Haré espacio para
el silencio y la paz que esta finca nos regala. Si tengo que dar un giro de
ciento ochenta grados a mi vida para que este sea nuestro hogar, lo haré. Ya no
somos visitantes; somos parte de Los Pozos.
Los dos movieron la cola al unísono, como sellando un
contrato sagrado. En ese momento, la cámara registró no solo un paisaje, sino
el nacimiento de un destino compartido.
Viaje 08. El Polvo y la Sed: Crónica de una Muerte Anunciada en Los Pozos
Los ciclos de sequía en el monte chaqueño de transición entretejen situaciones extremas como esta muerte. Es cuando el agua se valora para la vida como oro líquido. Y se desea entonces... la lluvia. Oct 2021, en Los Pozos, Anta. Y prevenir todo lo que se pueda, para que la seca, no se lleve vidas.
La imagen es devastadora por su quietud. En el centro de un
corral de tierra cuarteada, una vaca madre blanca yace de costado, con las
costillas marcadas como un mapa de la escasez. No es una imagen aislada; es el
registro de una tragedia ocurrida en la finca Los Pozos en diciembre de
2021, el punto de quiebre tras tres años de una sequía implacable que asfixió
la región.
Este registro visual no solo documenta la pérdida de una
vida animal, sino que expone las costuras de un sistema que, a menudo, olvida
la fragilidad del ecosistema rural.
La Impotencia frente a la Emergencia
En el video, se observa a mi madre y el encargado de cuidar
los animales intentando, con una manguera y un abrevadero metálico, devolverle
la vida a un cuerpo que ya no tiene fuerzas para sostenerse. Es el dolor de la "no
posibilidad": ese momento donde la voluntad humana choca contra la
realidad irreversible de la deshidratación extrema. Cuando el agua llega solo
como un auxilio de último minuto, ya es demasiado tarde.
El Agua y el Monte: Pilares de Vida
La importancia vital del agua es obvia, pero este registro
nos recuerda algo más profundo: la necesidad de conservar el monte. Un
ecosistema sano actúa como una esponja, reteniendo la humedad y protegiendo el
suelo de la erosión que vemos en las imágenes. Sin la protección del monte y
sin una gestión hídrica eficiente, el paisaje se convierte en un escenario de
sacrificio.
La Prevención como Única Salida
La lección de Los Pozos es clara y urgente: la muerte por
sed es el resultado de la falta de previsión, obras e inversión. No se
puede luchar contra una sequía de tres años con medidas reactivas cuando el
ganado ya está colapsando.
La verdadera gestión rural ocurre en los años de abundancia,
mediante:
Este video es un recordatorio incómodo de que la naturaleza
tiene límites. Ignorar la necesidad de trabajar en prevención es condenar a los
animales —y a quienes viven de ellos— a repetir este ciclo de polvo, sed y
silencio.
Viaje 08. El Retorno a Los Pozos: Clotilde y el Legado entre el Polvo y la Memoria
De atrás para adelante, la vida es un poco dejar ir, para que todo suceda. Y estás ahí, en cada cavidad... siempre. Entre el sol anteño y las vacas poceñas, las memorias van y vienen, para renacer.
La Geografía del Duelo y el Paisaje de la Ausencia
El video, filmado en octubre de 2021, no es solo una crónica
de tareas rurales; es el registro de un umbral emocional. Tras la muerte de
Fernando en junio, el regreso de Clotilde a la finca Los Pozos marca el fin de
un silencio de cuatro meses. Espacialmente, el corral deja de ser un simple
recinto de madera rústica para convertirse en un santuario de la memoria. Cada
poste desgastado y cada tranca de madera que Clotilde observa o toca está
impregnada de los cincuenta años de trabajo compartido con su esposo.
La composición visual del video, con sus planos abiertos de
la llanura y el encierro del ganado, refleja la dualidad interna de la
protagonista: la inmensidad del vacío dejado por Fernando frente a la solidez
de la obra que construyeron juntos. El polvo que levantan las vacas al moverse
funciona como un velo que une el pasado (la presencia de Fernando) con el
presente tangible de Clotilde.
Clotilde: La Mirada de Hierro y el Sombrero del Mando
La figura de Clotilde, con sus lentes de sol y su sombrero
de ala ancha, se erige como el eje gravitacional de la escena. Los lentes no
solo la protegen del sol de octubre, sino que actúan como un refugio para una
mirada que, aunque firme, carga con el peso de la viudez reciente. Al observar
el ganado —ese flujo de cuerpos cobrizos y rústicos—, Clotilde no ve
simplemente animales; ve el fruto de medio siglo de esfuerzos, desvelos y
sueños compartidos con el hombre que murió en esas mismas tierras apenas unos
meses atrás.
En el corral, el movimiento de las vacas es errático y
nervioso, pero la presencia de Clotilde es estática y poderosa. Hay una
emotividad silenciosa en su forma de habitar el espacio. Su pregunta interna —¿cómo
continuar adelante?— halla respuesta en la misma disposición espacial de
los que la rodean. El filmador, su hijo, captura no solo a una madre, sino a
una líder que reconoce en su descendencia (sus dos hijos y su hija) el soporte
necesario para que el engranaje de la finca no se detenga.
El Círculo de la Lealtad: Treinta Años en una Sola Tierra
Un elemento fundamental en la carga emotiva del registro es
la presencia de los trabajadores. Estos hombres, que han pasado casi tres
décadas bajo la guía de Fernando, son extensiones vivas de su legado. Al verlos
trabajar codo a codo con Clotilde, el video revela que la estructura de Los
Pozos no es solo económica, sino profundamente humana. La lealtad de estos
hombres, cuyas vidas han transcurrido en torno a este ganado, ofrece a Clotilde
una red de seguridad emocional y operativa.
El análisis de sus movimientos en el corral muestra una
coreografía de respeto. El trabajo con las vacas se convierte en un ritual de
homenaje. Cada grito de arreo y cada movimiento de las puertas es una forma de
honrar la memoria del patrón ausente y de reafirmar el compromiso con la mujer
que ahora queda al frente.
Conclusión: La Fuerza de la Tierra y la Continuidad
El ensayo visual culmina con una sensación de esperanza
austera. Clotilde, frente a las vacas que son el testimonio vivo de su vida con
Fernando, comprende que la fuerza no le falta. Su capacidad de organización y
el acompañamiento incondicional de su familia y sus trabajadores transforman el
duelo en una nueva forma de habitar el campo.
La emotividad del momento en el corral radica en la
aceptación: el ciclo de la vida en la naturaleza —nacimiento, crecimiento y
muerte— se refleja en la historia de la familia. Al final del día, entre el
polvo y el ocaso de octubre, Clotilde sabe que mientras el ganado siga
moviéndose y sus hijos estén a su lado, Fernando seguirá presente en cada
rincón de Los Pozos. El regreso no fue solo una visita, fue la reafirmación de
que la vida, a pesar de la pérdida, tiene raíces lo suficientemente profundas
como para seguir brotando.
La Sangre que no se Detiene: Los Cien Corazones de
Fernando en Los Pozos
El Espejo de las Miradas Jóvenes
En el polvo suspendido del corral de octubre, ocurre un
fenómeno místico detrás de lo cotidiano. Cuando el hijo de Clotilde levanta la
cámara y un ternero detiene su marcha para clavar sus ojos en la lente, el
tiempo se pliega. Esas pupilas oscuras y húmedas no son solo el reflejo de la
curiosidad animal; son el portal por donde Fernando regresa. El corazón que en
junio se detuvo, exhausto tras cincuenta años de latir al ritmo de la tierra,
no se ha apagado: ha estallado en mil fragmentos, multiplicándose en los
cientos de corazones jóvenes que hoy galopan dentro del corral.
Espacialmente, el ternero es el centro de un nuevo cosmos.
Mientras las vacas adultas representan el pasado construido, los terneros son
la sangre vigorosa de Fernando, una fuerza que fluye con una energía renovada,
casi eléctrica, entre las maderas viejas del corral.
La Voz en el Viento: El Mensaje a Clotilde
En el mugido sordo y en el golpe de los cascos sobre la
tierra, se escucha la voz de Fernando que, al unísono con el latir de la
hacienda, le habla a su compañera de vida. A Clotilde, que busca respuestas
tras sus lentes de sol, Fernando le susurra a través de la vitalidad de sus
animales:
"Mira la fuerza de estos hijos de nuestra tierra,
Clotilde. No te preguntes cómo seguir, porque ya estás siguiendo. Mi sangre
está en la de ellos, y mi esfuerzo en tus manos. La continuidad no es un deber,
es el flujo natural de lo que sembramos. Ves estos terneros y me ves a mí,
joven otra vez, listo para otros cincuenta años. No estoy en el silencio de
junio, estoy en el estrépido de este octubre. Tu organización y tu temple son
el cauce que este río de vida necesita."
El Reconocimiento: La Lente del Hijo
Para el hijo que filma, el ternero que mira a la cámara es
el gesto de reconocimiento final del padre. A través de esa mirada animal,
Fernando le habla directamente a quien sostiene la memoria visual de la
familia. Es un mensaje de validación: el padre reconoce al hijo que se queda,
al que documenta, al que cuida el legado con la misma devoción con la que él lo
fundó. Es un "te veo" que trasciende la muerte, un apretón de manos
invisible en medio de la faena.
A los trabajadores, que llevan treinta años siendo los
guardianes de este ecosistema, Fernando les habla desde la memoria del sudor
compartido. Les recuerda que su lealtad no es hacia una propiedad, sino hacia
una vida compartida que se renueva en cada parición.
Conclusión: El Triunfo de la Vida
El significado emotivo de este registro radica en la
transmutación del dolor en potencia. El corral de Los Pozos no es un escenario
de pérdida, sino un laboratorio de resurrección. Cada vez que un ternero mira a
la cámara, el vacío de junio se llena con el vigor de octubre.
La emotividad del momento alcanza su cúspide cuando
Clotilde, rodeada de sus hijos y de los hombres de confianza, comprende que
Fernando se ha multiplicado. Él está en la fuerza de la sangre nueva, en la
persistencia del trabajo y en la mirada curiosa de esos animales que son, en
esencia, la forma que ha tomado su eternidad. La vida, como el ganado en el
corral, puede parecer caótica y polvorienta, pero siempre encuentra su camino
hacia adelante, impulsada por el latido incesante de un legado que se niega a
morir.
El Encuentro en el Umbral: Clotilde y el Heredero del Viento
Ahí, entre el entrechocar de las maderas de la manga y el aroma denso a tierra removida, Clotilde se detiene. El sol de octubre cae oblicuo sobre su sombrero, pero su atención se clava en un punto exacto del corral. Un ternero pequeño, de pelaje encendido como la brasa, se ha separado del grupo. No corre, no huye. Se queda inmóvil, con las orejas tiesas y el hocico húmedo, desafiando con su mirada la lente de la cámara y la presencia de la mujer.
En ese segundo, el ruido del mundo desaparece. Clotilde no
ve solo un animal de cría; ve un espejo. En la profundidad de esos ojos
oscuros, ella reconoce un destello familiar, una chispa de terquedad y nobleza
que solo Fernando poseía. Es como si el corazón que dejó de latir en junio
hubiera encontrado un nuevo envase, más joven, más fiero, más lleno de mañana.
El ternero exhala un vapor fino que se confunde con el polvo
del corral, y Clotilde siente un escalofrío que no es de viento, sino de
certeza. Es Fernando diciéndole, sin palabras, que la muerte es solo una
mudanza. Que él ha decidido quedarse en la fuerza de esas patas que golpean el
suelo con ímpetu, en la sangre que corre veloz bajo el cuero nuevo, y en la
mirada que la reconoce como la dueña absoluta de ese horizonte.
Ella endereza la espalda. El peso de la viudez, ese fardo
invisible que cargó desde junio, parece aligerarse. El ternero sacude la cabeza
y regresa al grupo, perdiéndose en la marea de lomos color tierra. Pero el
mensaje ya ha sido entregado. Clotilde sabe ahora que no está sola en la finca;
que cada vez que el ganado se mueva, habrá cientos de latidos recordándole que
el amor de cincuenta años no se entierra, sino que se arrea, se cuida y se
multiplica en cada primavera de Los Pozos.
Viaje 06.
El Ritual de la Sed y la Semilla: Un Adiós en Finca Los
Pozos
En el corazón de la finca Los Pozos, la tierra no es
solo suelo; es una memoria viva que guarda el sudor de más de cincuenta años de
trabajo. El registro visual de diciembre de 2021 nos enfrenta a una escena
cargada de simbolismo: el vertido de cerveza sobre la tierra seca mientras el
agua comienza, finalmente, a fluir por la acequia que la toma y re conduce
hasta la casa. Este gesto, que a simple vista parece una celebración de
infraestructura, es en realidad un enterratorio simbólico, una despedida
necesaria para cerrar un ciclo de dolor y abrir uno de esperanza.
La Despedida a Fernando: El Árbol que se Hace Tierra
Este ritual de "challa" o convite a la tierra
tiene un destinatario silencioso pero omnipresente: Fernando, el padre y
hacedor de esta finca durante medio siglo. Verter la bebida sobre el polvo no
es solo alimentar a la Pachamama para que el agua no falte; es brindar con
quien ya no está físicamente pero cuya visión impulsó cada metro de canal
excavado.
Como en los antiguos enterratorios, donde se derrama licor
para que el alma no tenga sed en su viaje, aquí se despide a Fernando
entregándole el fruto de su perseverancia. Tras tres años de una sequía que
agostó los campos, el agua que corre es la respuesta a su vida de esfuerzo.
El Ciclo de la Vaca y la Semilla
La muerte hace algunos días, de la vaca madre blanca,
yaciendo exhausta sobre la tierra cuarteada, representa el final más crudo de
la escasez. Sin embargo, en la lógica del monte, la muerte nunca es un punto
final, sino una transformación. La vaca que cae se reintegra al suelo,
volviéndose parte de ese "humus" emocional y físico donde descansan
también las cenizas de Fernando.
Este proceso es idéntico al de la semilla: para que algo
nuevo brote, lo viejo debe romperse, enterrarse y desaparecer en la oscuridad
de la tierra; la muerte de la vaca es el sacrificio del ciclo que termina bajo
la sed; la muerte de Fernando es la siembra de un legado de cincuenta años; el
agua que fluye es la fuerza que activa esa semilla, permitiendo que la vida
recomience bajo nuevas formas.
El Asombro de Continuar
Para quienes continuamos el camino en Los Pozos, el destino
se nos presenta con un asombro teñido de incertidumbre. La presencia de
Fernando era el muro de contención contra la adversidad; ahora, sin su guía, nosotros
sus sucesores debemos aprender a leer las señales del monte por cuenta propia.
El agua que hoy llena los reservorios es el primer capítulo
de un libro que debemos escribir. Es el milagro de ver cómo, tras poner sus
cenizas en este lugar que amaba y despedirlo con la saya de cerveza, la vida
insiste en brotar. La finca ya no es la misma, pero en cada gota que golpea el
abrevadero desde el cual la bomba que él compró pero no alcanzó a instalar y en
cada rito que honra la tierra, late el asombro de saber que, aunque el
sembrador haya partido, la cosecha de su vida apenas comienza a manifestarse.
¿Te gustaría que profundicemos en algún aspecto
específico de la historia de Fernando o en cómo el diseño de estos nuevos
canales refleja su visión a largo plazo?
Potrero cadenado
Emplanada de la laguna
Huella al puesto del pastajero y casa
Río Castellano
Huella a corrales del puesto y viejos corrales