Vuelvo de La Esperanza y en el camino se me abre otra vez el mismo mapa: el algarrobo que reverdece, el galpón parado sobre la casa donde dormía de chico, el pozo del río donde aprendí de los silencios un 23 de diciembre con mi hermano todavía niño, llorando por atención en la orilla. No hay una sola versión mía que se quede quieta en esta tierra. Está el que a los diecinueve escondía a Carlos de su padre y hoy defiende banderas ajenas frente al fuego de un vecino. Está el que se ahogaba en Los Pozos y hoy vuelve a la finca buscando aire. Está el hermano que lloraba junto al agua y hoy administra conmigo, con otra lógica, el mismo suelo. Nombrar esto no lo resuelve: lo nombré hace años y el dibujo se repite, apenas un poco más alto en la espiral. Quizá envejecer en el campo sea solo aprender a cultivar alrededor de las heridas, no a cerrarlas.
El algarrobo que reverdece
Crónica de una visita a La Esperanza —
Paso de la Cruz, Anta, 10 de septiembre de 2026
Por
Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA
A
cerca de mi escritura asistida con IA.
I. El portón de
doble hoja
Hacía un par de años que no cruzaba ese portón, aunque Julián vive a
seis kilómetros de donde yo vivo, aunque somos vecinos en el sentido más
antiguo y más exigente de la palabra: los que comparten alambrado, agua y
memoria. La distancia nunca se mide solo en la huella que separa dos
tranqueras. Se mide en el tiempo que uno decide entregarle a lo que tiene
cerca. Abrí el portón metálico de doble hoja —el nombre de la finca inscripto
en el hierro, La Esperanza— y avancé con la camioneta negra por una senda ancha,
prolija, emparejada para el paso de dos vehículos. Ya en ese primer tramo
empecé a leer los signos de una mutación profunda: hacia la derecha, un camino
nuevo que muere en un desbajerado, en una loma que pronto será corral de
engorde a feedlot para terneros. La tierra cambiando de vocación bajo mis ojos,
como cambia un cuerpo que empieza a ejercitarse de otro modo.
Y mientras la huella de la camioneta iba dejando su rastro hacia el
casco de la finca, donde compartiría un asado con Julián, se me vino encima
—sin permiso, como vienen siempre estas cosas— el recorrido que hacía por el
mismo camino cuatro décadas atrás, de niño, con mi padre, con mi madre Clotilde
y con mi abuela Flora, para las yerras en el puesto que comandaba Elías Gómez.
El mismo sitio, exactamente el mismo suelo, donde hoy se levanta la finca
moderna de Julián. Reconocí el terreno como se reconoce un palimpsesto: ahí
estaba el gran algarrobo que este setiembre empieza a reverdecer, el mismo que
ya daba sombra entonces; y donde hoy hay un galpón nuevo, enorme, estuvo la
casa de Elías y de Esperanza Chávez, la mujer que le dio nombre a esta tierra
sin saber que su nombre iba a seguir nombrándola. A esa casa del puesto me
quedaba a dormir, en tantas oportunidades que perdí la cuenta, y ahí jugaba con
los chivos armando, a mi manera infantil, la misma ceremonia que los adultos
hacían en serio con el ganado vacuno en la yerra: marcar, sujetar, nombrar lo
que es de uno.
No es la única capa de esta geografía que me pertenece. En este mismo
departamento de Anta, a una distancia que en la infancia me parecía continental
y que hoy sé que es apenas un puñado de kilómetros, queda Los Pozos, la finca
de mi familia. Ahí cumplí diecinueve años, un diciembre de hace cuarenta y dos,
y lo escribí esa misma noche: un día aburrido, sin gracia, casi penoso. Estaba
en la finca porque acepté ir para hacer buena letra —esas fueron mis palabras
entonces— y poder viajar después a Tucumán; y porque a un nivel menos confesado
quería averiguar cómo ayudar a mi padre, a quien todavía no conocía bien, a
quien en ese diciembre empezaba recién a dejar de ver como el monstruo que
siempre había representado para mí. Un repuesto de tractor que no aparecía, una
hacienda que no se pudo vender, un viaje a Tucumán que se cayó por decisión de
mi padre bajo la influencia de mi madre: y yo escribiendo que sentí como si me
hubiesen cortado una manguera de oxígeno. Diecinueve años y ya sabía nombrar la
asfixia con esa precisión.
Hoy volví a cruzar ese paisaje y no sentí nada de esa asfixia. Al
contrario: el encuentro con Julián está siempre cargado de afecto y de
reconocimiento, y liga mi adultez con mi infancia sin necesidad de que yo tenga
que forzar el gesto. En torno al fuego, con la carne ya en la parrilla y las
humitas y los tamales que trajo de Tucumán calentándose al costado, empezó la
primera parte de la charla. Sería luego a la mesa con los peones, y más tarde
entre los toros, en el corral.
II. El
alambrado que linda con el río
La charla junto al fuego —techo de chapa, sin cerramiento, esa cocina
improvisada que es marca registrada de los puestos sobre la ruta 5 de Anta—
fue, ante todo, una conversación de coordinación agropecuaria, pero yo la
escuché también como se escucha un mapa de lo que un hombre teme y de lo que un
hombre protege. Julián me habló de la necesidad de encuadrar y declarar
formalmente ante el SENASA la actividad del corral de recría, para no quedar
mal categorizado y no exponerse a inspecciones impositivas desmedidas; me habló
de una intoxicación por guindilla y de afecciones en los toros que había que
resolver rápido, coordinando con los veterinarios el envío de antitóxicos y
antibióticos; me habló del Manejo de Bosques con Ganadería Integrada como el
modo correcto —el modo que no genera multas— de hacer los desbajerados que
necesita. Y me habló, también, del recambio completo del alambrado deteriorado
en la franja que linda con el río.
Ese alambrado, esa frontera de hierro entre el potrero y el agua, fue
la que me devolvió otra vez a Los Pozos, a otro río, al que fuimos aquel
domingo 23 de diciembre de 1984 con Ana, el Negro, Juana y mi hermano Rodrigo.
Rodrigo tenía entonces la costumbre de llorar por caprichos, gran parte del
tiempo, hasta que —al ver que nadie le prestaba demasiada atención— se cansaba
y se integraba al grupo por su cuenta. Lavamos la camioneta en la orilla; nos
bañamos en un pozo del río lo bastante profundo como para nadar; Ana y Juana se
quedaron mirando desde la playa, y yo, paranoico y esperanzado a la vez, les
pregunté de qué hablaban y me dijeron que de todo, entre risas. Escribí esa
noche que el campo era lindo cuando lograba mirarlo con tranquilidad, separando
los problemas de mis padres de los míos.
Cuarenta y dos años después decidí volver a instalarme en la finca en
tramos de quince días corridos, en sociedad con mi hermano, para encarar un
proyecto de engorde de terneros que me saque del aislamiento. La misma palabra
—aislamiento— que en 1984 yo le aplicaba al encierro forzado en el campo, hoy
la uso para nombrar exactamente lo contrario: lo que el campo, compartido con
Rodrigo, viene a resolver. No sé si eso es una cura o apenas un cambio de
nombre para la misma herida. Lo que sí sé es que instalé internet en el
establecimiento para no perder el contacto operativo, y que el vecindario rural
sigue siendo tan heterogéneo como entonces: está César Alderete, aislado en la
Estancia González, casi sin nadie que le tienda una mano; y está Evelia, a
quien trato de sostener regulando el paso de sus chanchos hacia los campos
linderos. Julián, con su misma lógica pragmática de siempre, prefiere absorber
el costo del tratamiento veterinario del rodeo antes que pelearse con el
vecino, y tolera la intrusión ocasional de los cerdos de Evelia a cambio de
algún lechón. Se puede vivir en el campo sin estado que contenga, aprendí de
chico y confirmo ahora, siempre que uno arme, con lo que tiene alrededor, una
red de reciprocidades que haga las veces de institución.
III. Raíces y
banderas provisorias
Ya en la mesa del quincho, con los peones, la charla se volvió más
ancha y más honda. Hablamos del contraste entre el engorde intensivo en corral
y el manejo semi-intensivo en piquetes; de las pérdidas que la chicharrita le
infligió al maíz de Los Pozos. Julián contó que mi hermano Rodrigo hace
cuchillos artesanales, un oficio que a la vez cura y da de comer. Reconoció,
sin drama, el cierre de su antiguo emprendimiento de gaseosas, y se quejó de
las lluvias que atrasaron el alambrado y la obra de su casa dentro del predio.
Y fue ahí, entre bocado y bocado, que Julián señaló una bandera del
arcoíris en la fachada de una casa del pueblo y dijo, con esa franqueza sin
filtro que tiene la camaradería rural, que él nunca pondría una bandera
diciendo que es hétero, que esas cosas son del ámbito privado. Yo le respondí
que no se trata de una provocación personal sino de un símbolo de visibilidad
de todos, de la diversidad como hecho social y no como intimidad que hay que
guardar. Discutimos sin que se alterara el clima de trabajo, sin que dejáramos
de compartir el mismo asado, y eso —lo pienso ahora, ya lejos de la mesa—
también es una forma de habitar el campo: la que permite disentir sin fractura.
Pero mientras yo defendía en voz alta el derecho a la visibilidad,
algo en mí volvía, otra vez sin permiso, a diciembre de 1984. A esa misma finca
de Los Pozos donde, mientras esperaba una llamada de Carlos que no llegaba,
calculaba con qué estrategia evitar que la noticia de esa relación llegara
hasta mi padre; donde recuerdo que pensé que sería mejor no llevar a Carlos a
la casa familiar sino a la de mi abuela Flora —la misma abuela que años antes
me llevaba a las yerras de Elías Gómez—, porque ahí, en ese territorio
custodiado por una mujer y no por la ley del padre, algo podía respirar sin
vigilancia. A los diecinueve yo administraba mi propia clandestinidad con la
misma prolijidad con la que Julián hoy administra el SENASA: declarando lo
mínimo indispensable, ocultando lo que pudiera traer inspección. Lo que
entonces no tenía nombre público, hoy lo defiendo en voz alta frente al fuego
de otro. No sé si eso es coherencia o apenas la distancia que separa a un
adolescente asustado de un hombre de casi sesenta años, a meses de cumplir cincuenta
y ocho, que ya no necesita el permiso de nadie. Sospecho que es las dos cosas a
la vez, y que ninguna cancela a la otra.
Del otro lado de la mesa, Juampi —el encargado, estudiante a
distancia de Producción Agropecuaria— defendía el feedlot con el entusiasmo de
quien encontró en los libros una forma de ordenar lo que antes era puro oficio
heredado: el encierro y la ración balanceada, decía, evitan el gasto energético
del desplazamiento en campo abierto y afinan la conversión de alimento en
carne; programa la parición para que coincida con el rastrojo del maíz;
controla el peso de entrada y salida de los terneros —ciento cincuenta,
doscientos cincuenta kilos— para no perder plata en la venta. Julio, el plomero
tucumano que oficiaba de asador, aportó su saber técnico sobre calefones a gas
envasado, recomendó la marca Orbis y explicó cómo limpiar los quemadores cuando
la garrafa deja hollín. Cada uno defendiendo, a su modo, un fragmento de orden
dentro del desorden general del campo.
IV. Los toros y
las marcas que duelen
Después del almuerzo caminamos hasta el corral, entre medio centenar
de toros reproductores Hertford. Ahí la charla cambió de textura: se volvió
cuerpo, cojera, herida. Le señalé a Julián que alguno rengueaba; discutimos
sobre el dolor articular que arrastran los animales de servicio. Y fue en ese
mismo terreno, entre las patas de los toros, donde retomamos la discusión de la
bandera, como si el cuerpo animal fuera el lugar más honesto para seguir
hablando de lo que el cuerpo humano todavía no termina de decir del todo.
Después la mirada se corrió hacia las marcas a fuego. Le dije a
Julián que no entendía por qué tenían tantos números marcados a hierro sobre el
mismo animal, que eso es sufrimiento innecesario, que alcanza con la caravana o
con el botón electrónico para identificar a un reproductor. Él me explicó la
necesidad de la trazabilidad, de un identificador único e indeleble.
Inspeccionamos a un toro grande, de diez años, con el cuerpo ya gastado por
tantas temporadas de servicio, y de ahí pasamos a lo genital: toros
"apistolados", con la vaina del pene desviada, la penetración
imposible, bolsitas irritadas por raspaduras contra el monte, tratamientos
antibióticos que a veces dejan secuelas visibles en la zona ventral, cicatrices
que quedan como una segunda marca, esta vez no elegida.
No sé si es casualidad que la anatomía de la reproducción sea, entre
todos los cuerpos del corral, el punto donde con Julián discutimos con más
franqueza sobre lo público y lo privado del deseo. La empatía por el dolor
animal y la honestidad de la discrepancia ideológica convivieron sin pelearse,
media hora entera, hasta que llegó una camioneta blanca con el proveedor del
bebedero nuevo. Julián se despidió y se fue a mostrarle el sitio de la obra. Yo
seguí solo, en mi camioneta negra, hacia la casa de Evelia, para llevarla a
buscar el maíz que gestioné con Alcorta —el productor más grande de granos de
la región— y que necesita para sus chanchos, los mismos que cruzan hacia la
finca de Julián y que él tolera a cambio de algún lechón. Dormí una siesta en
esa casa, y después fuimos por los granos con Mariana, la hermana de Evelia.
Coda: vuelta al
pozo
Manejando de regreso pensé en el algarrobo que empieza a reverdecer,
en el galpón que ocupa el lugar exacto donde dormía de chico en la casa de
Elías y Esperanza, en el pozo del río donde aprendí a de los silencios un 23 de
diciembre con mi hermano todavía chico llorando por atención. Pienso que no hay
una sola versión de mí mismo que se pueda quedar quieta en esta tierra: está el
que a los diecinueve escondía a Carlos de su padre y hoy defiende banderas
ajenas frente al fuego; está el que se ahogaba en Los Pozos y hoy vuelve a la
finca en busca de aire; está el hermano que lloraba en la orilla del río y hoy
administra conmigo, con otra lógica, el mismo suelo. Nombrar esto no lo
resuelve. Lo nombré hace años y el dibujo se repite, apenas un poco más alto en
la espiral, con un poco más de conciencia y la misma tierra debajo. Quizá de
eso se trata, en definitiva, envejecer en el campo: no de cerrar las heridas
sino de aprender a cultivar alrededor de ellas, como se cultiva alrededor de un
pozo de agua que nunca se termina de secar.

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