jueves, 10 de septiembre de 2026

El algarrobo que reverdece

Vuelvo de La Esperanza y en el camino se me abre otra vez el mismo mapa: el algarrobo que reverdece, el galpón parado sobre la casa donde dormía de chico, el pozo del río donde aprendí de los silencios un 23 de diciembre con mi hermano todavía niño, llorando por atención en la orilla. No hay una sola versión mía que se quede quieta en esta tierra. Está el que a los diecinueve escondía a Carlos de su padre y hoy defiende banderas ajenas frente al fuego de un vecino. Está el que se ahogaba en Los Pozos y hoy vuelve a la finca buscando aire. Está el hermano que lloraba junto al agua y hoy administra conmigo, con otra lógica, el mismo suelo. Nombrar esto no lo resuelve: lo nombré hace años y el dibujo se repite, apenas un poco más alto en la espiral. Quizá envejecer en el campo sea solo aprender a cultivar alrededor de las heridas, no a cerrarlas.

El algarrobo que reverdece

Crónica de una visita a La Esperanza — Paso de la Cruz, Anta, 10 de septiembre de 2026

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

Vasos comunicantes: auto-presentación metodológica y epistemológica


I. El portón de doble hoja

Hacía un par de años que no cruzaba ese portón, aunque Julián vive a seis kilómetros de donde yo vivo, aunque somos vecinos en el sentido más antiguo y más exigente de la palabra: los que comparten alambrado, agua y memoria. La distancia nunca se mide solo en la huella que separa dos tranqueras. Se mide en el tiempo que uno decide entregarle a lo que tiene cerca. Abrí el portón metálico de doble hoja —el nombre de la finca inscripto en el hierro, La Esperanza— y avancé con la camioneta negra por una senda ancha, prolija, emparejada para el paso de dos vehículos. Ya en ese primer tramo empecé a leer los signos de una mutación profunda: hacia la derecha, un camino nuevo que muere en un desbajerado, en una loma que pronto será corral de engorde a feedlot para terneros. La tierra cambiando de vocación bajo mis ojos, como cambia un cuerpo que empieza a ejercitarse de otro modo.

Y mientras la huella de la camioneta iba dejando su rastro hacia el casco de la finca, donde compartiría un asado con Julián, se me vino encima —sin permiso, como vienen siempre estas cosas— el recorrido que hacía por el mismo camino cuatro décadas atrás, de niño, con mi padre, con mi madre Clotilde y con mi abuela Flora, para las yerras en el puesto que comandaba Elías Gómez. El mismo sitio, exactamente el mismo suelo, donde hoy se levanta la finca moderna de Julián. Reconocí el terreno como se reconoce un palimpsesto: ahí estaba el gran algarrobo que este setiembre empieza a reverdecer, el mismo que ya daba sombra entonces; y donde hoy hay un galpón nuevo, enorme, estuvo la casa de Elías y de Esperanza Chávez, la mujer que le dio nombre a esta tierra sin saber que su nombre iba a seguir nombrándola. A esa casa del puesto me quedaba a dormir, en tantas oportunidades que perdí la cuenta, y ahí jugaba con los chivos armando, a mi manera infantil, la misma ceremonia que los adultos hacían en serio con el ganado vacuno en la yerra: marcar, sujetar, nombrar lo que es de uno.

No es la única capa de esta geografía que me pertenece. En este mismo departamento de Anta, a una distancia que en la infancia me parecía continental y que hoy sé que es apenas un puñado de kilómetros, queda Los Pozos, la finca de mi familia. Ahí cumplí diecinueve años, un diciembre de hace cuarenta y dos, y lo escribí esa misma noche: un día aburrido, sin gracia, casi penoso. Estaba en la finca porque acepté ir para hacer buena letra —esas fueron mis palabras entonces— y poder viajar después a Tucumán; y porque a un nivel menos confesado quería averiguar cómo ayudar a mi padre, a quien todavía no conocía bien, a quien en ese diciembre empezaba recién a dejar de ver como el monstruo que siempre había representado para mí. Un repuesto de tractor que no aparecía, una hacienda que no se pudo vender, un viaje a Tucumán que se cayó por decisión de mi padre bajo la influencia de mi madre: y yo escribiendo que sentí como si me hubiesen cortado una manguera de oxígeno. Diecinueve años y ya sabía nombrar la asfixia con esa precisión.

Hoy volví a cruzar ese paisaje y no sentí nada de esa asfixia. Al contrario: el encuentro con Julián está siempre cargado de afecto y de reconocimiento, y liga mi adultez con mi infancia sin necesidad de que yo tenga que forzar el gesto. En torno al fuego, con la carne ya en la parrilla y las humitas y los tamales que trajo de Tucumán calentándose al costado, empezó la primera parte de la charla. Sería luego a la mesa con los peones, y más tarde entre los toros, en el corral.

II. El alambrado que linda con el río

La charla junto al fuego —techo de chapa, sin cerramiento, esa cocina improvisada que es marca registrada de los puestos sobre la ruta 5 de Anta— fue, ante todo, una conversación de coordinación agropecuaria, pero yo la escuché también como se escucha un mapa de lo que un hombre teme y de lo que un hombre protege. Julián me habló de la necesidad de encuadrar y declarar formalmente ante el SENASA la actividad del corral de recría, para no quedar mal categorizado y no exponerse a inspecciones impositivas desmedidas; me habló de una intoxicación por guindilla y de afecciones en los toros que había que resolver rápido, coordinando con los veterinarios el envío de antitóxicos y antibióticos; me habló del Manejo de Bosques con Ganadería Integrada como el modo correcto —el modo que no genera multas— de hacer los desbajerados que necesita. Y me habló, también, del recambio completo del alambrado deteriorado en la franja que linda con el río.

Ese alambrado, esa frontera de hierro entre el potrero y el agua, fue la que me devolvió otra vez a Los Pozos, a otro río, al que fuimos aquel domingo 23 de diciembre de 1984 con Ana, el Negro, Juana y mi hermano Rodrigo. Rodrigo tenía entonces la costumbre de llorar por caprichos, gran parte del tiempo, hasta que —al ver que nadie le prestaba demasiada atención— se cansaba y se integraba al grupo por su cuenta. Lavamos la camioneta en la orilla; nos bañamos en un pozo del río lo bastante profundo como para nadar; Ana y Juana se quedaron mirando desde la playa, y yo, paranoico y esperanzado a la vez, les pregunté de qué hablaban y me dijeron que de todo, entre risas. Escribí esa noche que el campo era lindo cuando lograba mirarlo con tranquilidad, separando los problemas de mis padres de los míos.

Cuarenta y dos años después decidí volver a instalarme en la finca en tramos de quince días corridos, en sociedad con mi hermano, para encarar un proyecto de engorde de terneros que me saque del aislamiento. La misma palabra —aislamiento— que en 1984 yo le aplicaba al encierro forzado en el campo, hoy la uso para nombrar exactamente lo contrario: lo que el campo, compartido con Rodrigo, viene a resolver. No sé si eso es una cura o apenas un cambio de nombre para la misma herida. Lo que sí sé es que instalé internet en el establecimiento para no perder el contacto operativo, y que el vecindario rural sigue siendo tan heterogéneo como entonces: está César Alderete, aislado en la Estancia González, casi sin nadie que le tienda una mano; y está Evelia, a quien trato de sostener regulando el paso de sus chanchos hacia los campos linderos. Julián, con su misma lógica pragmática de siempre, prefiere absorber el costo del tratamiento veterinario del rodeo antes que pelearse con el vecino, y tolera la intrusión ocasional de los cerdos de Evelia a cambio de algún lechón. Se puede vivir en el campo sin estado que contenga, aprendí de chico y confirmo ahora, siempre que uno arme, con lo que tiene alrededor, una red de reciprocidades que haga las veces de institución.

III. Raíces y banderas provisorias

Ya en la mesa del quincho, con los peones, la charla se volvió más ancha y más honda. Hablamos del contraste entre el engorde intensivo en corral y el manejo semi-intensivo en piquetes; de las pérdidas que la chicharrita le infligió al maíz de Los Pozos. Julián contó que mi hermano Rodrigo hace cuchillos artesanales, un oficio que a la vez cura y da de comer. Reconoció, sin drama, el cierre de su antiguo emprendimiento de gaseosas, y se quejó de las lluvias que atrasaron el alambrado y la obra de su casa dentro del predio.

Y fue ahí, entre bocado y bocado, que Julián señaló una bandera del arcoíris en la fachada de una casa del pueblo y dijo, con esa franqueza sin filtro que tiene la camaradería rural, que él nunca pondría una bandera diciendo que es hétero, que esas cosas son del ámbito privado. Yo le respondí que no se trata de una provocación personal sino de un símbolo de visibilidad de todos, de la diversidad como hecho social y no como intimidad que hay que guardar. Discutimos sin que se alterara el clima de trabajo, sin que dejáramos de compartir el mismo asado, y eso —lo pienso ahora, ya lejos de la mesa— también es una forma de habitar el campo: la que permite disentir sin fractura.

Pero mientras yo defendía en voz alta el derecho a la visibilidad, algo en mí volvía, otra vez sin permiso, a diciembre de 1984. A esa misma finca de Los Pozos donde, mientras esperaba una llamada de Carlos que no llegaba, calculaba con qué estrategia evitar que la noticia de esa relación llegara hasta mi padre; donde recuerdo que pensé que sería mejor no llevar a Carlos a la casa familiar sino a la de mi abuela Flora —la misma abuela que años antes me llevaba a las yerras de Elías Gómez—, porque ahí, en ese territorio custodiado por una mujer y no por la ley del padre, algo podía respirar sin vigilancia. A los diecinueve yo administraba mi propia clandestinidad con la misma prolijidad con la que Julián hoy administra el SENASA: declarando lo mínimo indispensable, ocultando lo que pudiera traer inspección. Lo que entonces no tenía nombre público, hoy lo defiendo en voz alta frente al fuego de otro. No sé si eso es coherencia o apenas la distancia que separa a un adolescente asustado de un hombre de casi sesenta años, a meses de cumplir cincuenta y ocho, que ya no necesita el permiso de nadie. Sospecho que es las dos cosas a la vez, y que ninguna cancela a la otra.

Del otro lado de la mesa, Juampi —el encargado, estudiante a distancia de Producción Agropecuaria— defendía el feedlot con el entusiasmo de quien encontró en los libros una forma de ordenar lo que antes era puro oficio heredado: el encierro y la ración balanceada, decía, evitan el gasto energético del desplazamiento en campo abierto y afinan la conversión de alimento en carne; programa la parición para que coincida con el rastrojo del maíz; controla el peso de entrada y salida de los terneros —ciento cincuenta, doscientos cincuenta kilos— para no perder plata en la venta. Julio, el plomero tucumano que oficiaba de asador, aportó su saber técnico sobre calefones a gas envasado, recomendó la marca Orbis y explicó cómo limpiar los quemadores cuando la garrafa deja hollín. Cada uno defendiendo, a su modo, un fragmento de orden dentro del desorden general del campo.

IV. Los toros y las marcas que duelen

Después del almuerzo caminamos hasta el corral, entre medio centenar de toros reproductores Hertford. Ahí la charla cambió de textura: se volvió cuerpo, cojera, herida. Le señalé a Julián que alguno rengueaba; discutimos sobre el dolor articular que arrastran los animales de servicio. Y fue en ese mismo terreno, entre las patas de los toros, donde retomamos la discusión de la bandera, como si el cuerpo animal fuera el lugar más honesto para seguir hablando de lo que el cuerpo humano todavía no termina de decir del todo.

Después la mirada se corrió hacia las marcas a fuego. Le dije a Julián que no entendía por qué tenían tantos números marcados a hierro sobre el mismo animal, que eso es sufrimiento innecesario, que alcanza con la caravana o con el botón electrónico para identificar a un reproductor. Él me explicó la necesidad de la trazabilidad, de un identificador único e indeleble. Inspeccionamos a un toro grande, de diez años, con el cuerpo ya gastado por tantas temporadas de servicio, y de ahí pasamos a lo genital: toros "apistolados", con la vaina del pene desviada, la penetración imposible, bolsitas irritadas por raspaduras contra el monte, tratamientos antibióticos que a veces dejan secuelas visibles en la zona ventral, cicatrices que quedan como una segunda marca, esta vez no elegida.

No sé si es casualidad que la anatomía de la reproducción sea, entre todos los cuerpos del corral, el punto donde con Julián discutimos con más franqueza sobre lo público y lo privado del deseo. La empatía por el dolor animal y la honestidad de la discrepancia ideológica convivieron sin pelearse, media hora entera, hasta que llegó una camioneta blanca con el proveedor del bebedero nuevo. Julián se despidió y se fue a mostrarle el sitio de la obra. Yo seguí solo, en mi camioneta negra, hacia la casa de Evelia, para llevarla a buscar el maíz que gestioné con Alcorta —el productor más grande de granos de la región— y que necesita para sus chanchos, los mismos que cruzan hacia la finca de Julián y que él tolera a cambio de algún lechón. Dormí una siesta en esa casa, y después fuimos por los granos con Mariana, la hermana de Evelia.

Coda: vuelta al pozo

Manejando de regreso pensé en el algarrobo que empieza a reverdecer, en el galpón que ocupa el lugar exacto donde dormía de chico en la casa de Elías y Esperanza, en el pozo del río donde aprendí a de los silencios un 23 de diciembre con mi hermano todavía chico llorando por atención. Pienso que no hay una sola versión de mí mismo que se pueda quedar quieta en esta tierra: está el que a los diecinueve escondía a Carlos de su padre y hoy defiende banderas ajenas frente al fuego; está el que se ahogaba en Los Pozos y hoy vuelve a la finca en busca de aire; está el hermano que lloraba en la orilla del río y hoy administra conmigo, con otra lógica, el mismo suelo. Nombrar esto no lo resuelve. Lo nombré hace años y el dibujo se repite, apenas un poco más alto en la espiral, con un poco más de conciencia y la misma tierra debajo. Quizá de eso se trata, en definitiva, envejecer en el campo: no de cerrar las heridas sino de aprender a cultivar alrededor de ellas, como se cultiva alrededor de un pozo de agua que nunca se termina de secar.

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