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lunes, 20 de julio de 2026

El aire y el barro: a cerca de doble conducciones y proyectos propios

Un almuerzo familiar en La Puló a cerca de Los Pozos —tractores rotos, un rodeo desbandado, el reproche de un hermano que se siente desautorizado— se convierte en la puerta de entrada a cuatro décadas de un mismo conflicto repetido en espiral. "El aire y el barro" cruza la escena del 20 de julio de 2026 con otros registros del diario: la "vacunada" de enero, casi idéntica; el encontronazo por la instalación eléctrica de 2023; la vez, en 2022, en que estuvo a punto de perderse un hermano de verdad, no en sentido figurado. Entre la pena que sostiene a un peón viejo y la que sostiene a un hermano, entre el mando que se ejerce desde el aire acondicionado y el que se aprende pisando el barro, el ensayo persigue una pregunta que no termina de cerrarse: quién hereda la tierra y quién hereda solamente la palabra, y si esa herencia partida todavía puede llamarse familia.



El aire y el barro:
a cerca de doble conducciones
y proyectos propios

Crónica de una sobremesa en La Puló, sobre Los Pozos,
con el eco de otros veranos e inviernos — 20 de julio de 2026



Síntesis auditiva

I. La mesa como escena primaria

Hay almuerzos que son, en realidad, juicios. Nos sentamos con mi hermano y con mi madre entre nosotros como quien pone una almohada entre dos cuerpos que se han empujado toda la noche, y ahí, sobre el mantel, volvió a abrirse la vieja herida: quién manda, quién sabe, quién decide en Los Pozos cuando el barro está fresco y el tractor no arranca. No fue una discusión sobre alambres. Fue, otra vez, la discusión de siempre, la que vengo escribiendo desde que tengo memoria de escribir: quién es el hijo que se queda con la tierra y quién es el hijo que se queda con la palabra.

Rodrigo llegó cargado. "Cómo me tratás, pelotudo", me dijo, y en ese insulto cariñoso y filoso a la vez reconocí algo que no es nuevo: el reproche de quien se sintió abandonado en el momento exacto en que más necesitaba que yo lo sostuviera. Había un quilombo de tractores, un rodeo desbandado, un peón que decidía por su cuenta lo que debía articular con otros. Y en medio de esa emergencia, yo le exigí algo que él no pudo darme: prever. Anticiparse. Sostener la escena antes de que se rompiera. Lo humillé, dice él, delante de otro pelotudo. Yo digo que no fue delante de nadie. Pero la memoria de la humillación dela cantidad de veces en que medió la posición de nuestro padre frente a los peones, no negocia con los hechos: se aloja en el cuerpo y ahí se queda, esperando el próximo almuerzo para salir a cobrarse.

Y mientras escribo esto caigo en la cuenta de algo que no es casual: esta misma escena, casi con el mismo reparto y el mismo libreto, ya la escribí seis meses antes. El 16 de enero anoté, después de una vacunada, que mi hermano había hecho catarsis delante de mi mamá, acusándome de haberlo "frustrado" porque en cinco años la finca solo creció veinte terneros. Julio no inaugura nada. Julio repite enero con otra excusa —los tractores en vez de las vacas—, como si el conflicto necesitara, cada seis meses, un pretexto nuevo para decir siempre lo mismo.

II. La pena que hereda del padre

Hay una frase de Rodrigo que no dejo de masticar: a Sato, dice, "lo banco por el papá". Ahí está todo. Ahí está el nudo que ninguno de los dos nombra en voz alta pero que los dos arrastramos como un objeto interno pesado, heredado, no elegido. Sato no es un empleado ineficiente: es un resto del padre, una prueba viviente de que el padre existió, mandó, quiso, protegió a los suyos aunque fueran unos vagos. Sostener a Sato es, para Rodrigo, sostener un pedazo de la autoridad paterna que ya no está. Por eso lo defiende aunque lo insulte. Por eso lo llama "viejo gordo choto" en la misma frase en que lo justifica.

Y yo, que en esta familia cargo fama de sensible, de intelectual, de archivista de mis propios sentimientos, soy el que dice: a mí también me da pena, pero lo define la plata. Me sorprendo escribiéndolo. Porque durante años pensé que el límite, la ley, el corte, era terreno de Rodrigo, el pragmático, el que administra. Y resulta que en Los Pozos el orden simbólico se invirtió: yo introduzco la norma y él sostiene el afecto desregulado.

Ya lo había anotado en enero de este año, cuando escribí sobre "la camioneta del sufrimiento": mi hermano se negaba a prestármela para cargar cemento, no porque la necesitara él, sino porque no soporta someterla a la carga. Ahí mismo anoté algo que hoy releo con otros ojos: que no lo veía como algo recurrente frente a la figura de nuestro padre, sino como algo que lo oprime y le produce sufrimiento a él mismo. Su miedo a no poder sostener el nivel de vida actual, a no alcanzar la imagen que tiene de nuestro papá, se manifiesta en el cuidado excesivo de una herramienta que para mí es solo una herramienta de trabajo. Sato y la camioneta son la misma cosa disfrazada dos veces: objetos que no se pueden tocar porque tocarlos sería aceptar que el padre ya no está para juzgar cómo los tratamos.

III. Doble conducción, doble herida

"Yo no quiero que haya una doble conducción", le dije. Y en el momento de decirlo pensé en el campo, en Rafucho haciendo una picada sin entenderse del todo con Rodrigo, en Sato negándose a buscar el repuesto porque prefiere bañarse. Pero ahora, escribiéndolo de noche, entiendo que la doble conducción no es solo un problema de organigrama. Es la estructura misma de nuestra fraternidad. Somos dos mandos que nunca terminaron de repartirse el territorio: el de Rodrigo, que administra desde la ciudad, desde el aire acondicionado, desde el WhatsApp; y el mío, que se ensucia las botas, que camina el kilómetro que él calcula como  trescientos cincuenta metros, que sabe exactamente dónde está caído el alambre porque lo pisé.

Cuando Rodrigo me dice "manéjalo vos, a vos te respetan diez veces más", no me está delegando: me está devolviendo, con rabia, un lugar que en el fondo le duele haber perdido. Ahí hay celos, sí, pero también hay algo más antiguo: la competencia entre hermanos por el amor de un padre que ya no puede repartir nada, ni afecto ni autoridad, porque está muerto y solo queda su nombre flotando sobre la finca como una nube que no llueve.

Y esa doble conducción no es una figura retórica mía: es un riesgo real, que ya se cobró una víctima este mismo año. En abril anoté, camino a Lajitas, que Rafucho estaba pensando en irse de la finca porque "tanto mi hermano Rodrigo como yo hemos estado ausentes": él con un manejo que apenas sostiene por falta de diálogo, yo desconociendo el manejo del dinero y las tensiones internas. No es que Rafucho se retobe por gusto, como leí el episodio del repuesto con Sato en julio. Es que dos mandos ausentes, cada uno mirando para otro lado, terminan produciendo el mismo vacío que después nombramos como insubordinación. La culpa que le pongo a los peones es, muchas veces, el nombre que le doy a nuestra propia ausencia repartida.

Yo tuve que aclararle a Rodrigo, con una firmeza que me costó encontrar, que no estoy compitiendo por su lugar. Que mi proyecto en Los Pozos no es una copia del suyo ni una revancha. Es mío. Se relaciona con el de él, se cruza con Sato y con Roberto, pero no le pertenece. Decirlo en voz alta fue, quizás, la frase más importante del almuerzo, aunque haya quedado sepultada bajo el ruido de los tractores.

IV. El hilo que se repite: la electricidad del padre

Cuando Rodrigo insiste en dividir el potrero con un alambre eléctrico improvisado, minimizando el esfuerzo que eso requiere, no es la primera vez que la electricidad de Los Pozos nos hace chocar. En enero de 2023, después de un "encontronazo" con él por la instalación eléctrica de la finca, anoté algo que hoy vuelve casi textual: que el dolor no era por los postes ni por los cables, sino por el traslado que hago en mi hermano de la reminiscencia de mi viejo viva en él. Me pasé cuatro días masticando esa frase entonces. La sigo masticando ahora, dos años y medio después, frente al mismo tipo de discusión, con otro alambre y otro potrero.

Hay algo revelador en que sea justamente la electricidad —la instalación que ilumina, que conecta, que hace habitable la casa de noche— el símbolo recurrente de nuestro desencuentro. Instalar luz en Los Pozos es, en el fondo, decidir qué parte de la finca queda iluminada y quién se queda en la zona de sombra. En abril de este año escribí que llevaba seis meses sin registrar el estado de las baterías de electricidad en Los Pozos, y que esa ceguera simbolizaba mi propia ausencia del proyecto. El alambre eléctrico de julio, entonces, no es un capricho de Rodrigo: es el enésimo capítulo de una disputa que ya lleva, por lo menos, tres años de historia escrita, y que probablemente sea mucho más vieja que mi diario.

V. El mando de aire y el mando de barro

Llevo años notando esta diferencia sin encontrarle nombre justo, y hoy, revisando la escena, aparece con claridad: Rodrigo gestiona la finca con el hábito adquirido de quien nunca tuvo que aprender el territorio con el cuerpo. Calcula mal las distancias —confunde trescientos cincuenta metros con más de un kilómetro— no por descuido, sino porque su relación con Los Pozos siempre fue mediada: por mi madre, por los capataces, por los informes que alguien más le lleva. La finca, para él, es un mapa mental. Para mí, cada vez más, es una topografía que piso, que huelo después de la lluvia, que conozco por los alambres que se caen y por los que resisten.

No lo digo con soberbia. Sé que mi propia relación con la tierra también fue, durante mucho tiempo, prestada: entraba a Los Pozos de la mano de mi madre, como visita autorizada, como hijo que acompaña pero no decide. En abril, en una entrada que titulé "El Umbral", escribí algo que hoy leo como una premonición de este almuerzo: que sé, de manera vaga pero firme, que no puedo seguir siendo el hombre que pide permiso para plantar; que no puedo seguir midiendo mi lugar en la finca según la sombra de un árbol que otros pusieron ahí antes de que yo naciera. Y anticipé, con una lucidez que me sorprende releer, que Rodrigo iba a llamar "enredo" a lo que yo llamo necesidad, y que mi madre iba a seguir soltando sin soltar.

Eso fue exactamente lo que pasó el 20 de julio, casi palabra por palabra, aunque yo no lo tuviera presente mientras discutíamos. Puede que esto sea lo que verdaderamente estábamos negociando en la mesa, sin decirlo: quién de los dos, a esta altura, tiene un vínculo autónomo con la tierra, y quién todavía la mira desde una ventana con aire acondicionado.

VI. Lo que casi se pierde: la vez que estuve a punto de perder un hermano

Hay una razón por la que esta pelea, con toda su dureza, nunca alcanza cierto punto de no retorno entre nosotros, y esa razón tiene nombre y fecha. En enero de 2022 estuve a punto de perder algo mucho más grave que una discusión sobre alambres: casi pierdo a mi hermano de verdad, no en sentido figurado. Un proyecto que armamos con sus hijos, un bar que sostuve durante años, se desmoronó en un conflicto con Laura, su mujer, que terminó con sus hijos y su cuñada sacando cosas del local mientras yo, del otro lado, sentía que mi ofrecimiento de incorporarlos a la familia se leía como codicia. Escribí entonces una frase que todavía me duele: "Hoy yo perdí tres sobrinos y una cuñada, que tal vez nunca tuve. Ellos perdieron un tío y una herencia. Me queda averiguar que no haya perdido un hermano."

Leído desde julio de 2026, ese enero de 2022 es la clave que le falta a la escena del almuerzo. Cuando hoy me peleo a los gritos con Rodrigo por un tractor o por un alambre, lo hago sabiendo, en algún lugar que no siempre está a la vista, que ya estuvimos al borde de algo peor y que sobrevivimos. La doble conducción de la finca es grave, pero no es lo más grave que nos pasó. Tal vez por eso, después de pelear, todavía podemos reírnos de la tormenta del catamarán: porque los dos sabemos, sin decirlo, que la pelea de hoy no es la que de verdad podría separarnos.

VII. El nudo: lo que mi madre sostiene al sostenerlo a él

En marzo de este año escribí una entrada que titulé "Nudo de hermanos: silencio y dependencia", y ahí aparece, dicha con una crudeza que en la mesa del almuerzo no me permito, la otra cara de la pena que Rodrigo siente por Sato: la pena que mi madre siente por Rodrigo, y que se traduce en autoridad. Anoté que ella volvió a su rigidez de siempre: que mi hermano define el futuro de la finca y su modalidad de trabajo porque siempre fue así, porque él conoce ese oficio y yo no, y porque —dijo— me porté mal con él y con mi hermana al expresar mis sentimientos.

Admite que mi diferencia puede ser correcta, escribí esa noche, pero me destituye entre ellos: me pinta agresivo, incapaz de hacerme entender. Y agregué algo que no me atrevo a decir en voz alta frente a ella pero que aquí, en el diario, puedo nombrar con su peso exacto: que sentía la castración que ella operó sobre mí toda la vida, sosteniendo a Rodrigo como quien no se banca perder al último hijo que le queda cerca. Cuando en el almuerzo de julio Rodrigo me dice que a mí me respetan diez veces más, no me está regalando nada: me está devolviendo, por un instante, un poder que mi madre nunca terminó de darme del todo. Y cuando yo insisto en poner límites de plata, de organización, de mando, estoy discutiendo con dos personas a la vez, aunque en la mesa solo hable con una.

VIII. Jubilar la orfandad

En medio de la tensión apareció un acuerdo inesperado para ordenar lo que quedó suelto. Me sorprendió lo fácil que fue coincidir en esto, después de tanto pelear por el resto. Y entiendo por qué.  Ahí donde no hay herencia afectiva en juego, Rodrigo y yo somos capaces de una lucidez quirúrgica. Donde sí la hay —en Sato, en los alambres del padre, en la manera en que se organiza el trabajo— todo se vuelve pantano.

Me pregunto si no es momento de aplicar la misma lucidez, poco a poco, en los otros terrenos. No para desprendernos de la pena, que probablemente nunca deje de dolernos ver envejecer y fallar a quienes acompañaron a nuestro padre, sino para separar, como aprendí a hacerlo con la plata frente a Sato, el afecto legítimo de la parálisis que ese afecto produce cuando se disfraza de lealtad. Cuidar no tiene por qué significar sostener indefinidamente el desorden. Cobrar lo que se nos debe —en trabajo, en respeto, en orden— no tiene por qué ser un acto de crueldad extractiva. Esa distinción, que vengo trabajando en mí mismo desde hace años, hoy la vi actuada en una mesa, entre el arroz y las milanesas, sin que nadie la nombrara.

IX. La tormenta que nos volvió hermanos otra vez

Lo que más me conmueve, al releer el almuerzo, es lo que pasó después de la pelea. Cuando ya no quedaba nada más que reclamarnos, apareció el relato del catamarán, la tormenta, la manguera que chupó aire y casi los da vuelta, y ahí, en el miedo compartido y ya pasado, Rodrigo y yo volvimos a ser simplemente dos hermanos contando una anécdota. Después vino el partido de Argentina contra Inglaterra, la bronca futbolera, tan liviana comparada con la bronca de los tractores. Fue como si el peligro real —el agua entrando en el bote, el miedo físico y concreto— nos devolviera a un territorio donde no hace falta pelear por el mando, porque ahí el mando es de nadie: es del viento, de la ola, de la suerte.

Y no es la primera vez que una reconciliación así nos salva. En mayo de este año, después de otra pelea con mi madre, anoté que almorzamos juntos con Rodrigo en el Café de los Poetas, que compramos mercadería para la finca y arreglamos juntos una rueda pinchada del auto, y que hablamos de comprar entre todos una camioneta usada para Los Pozos. Fue un día lindo, escribí entonces, casi con sorpresa, como quien anota un hallazgo. Creo que ahí está la clave de por qué, a pesar de todo, seguimos sentándonos a la misma mesa. No porque hayamos resuelto la doble conducción, ni la herencia, ni el lugar de cada uno frente al fantasma de nuestro padre. Sino porque en algún momento siempre aparece esa otra escena —el catamarán, la rueda pinchada, la mercadería compartida— que nos recuerda que antes de ser administradores en pugna fuimos, y todavía somos a ratos, dos hermanos sin más.

Cierre. Lo que queda del barro en las manos

Escribo esto de noche, lejos ya de la mesa, y pienso que Los Pozos no es solamente una finca que administrar: es el lugar donde Rodrigo y yo seguimos discutiendo, entrada tras entrada en mi diario, año tras año, quién de los dos va a ser digno de sostener lo que el padre dejó sin instrucciones claras. Lo escribí en enero con la vacunada, lo escribí en 2023 con la electricidad, lo escribí en abril con el árbol caído, lo escribí en marzo con el nudo de silencio, y lo vuelvo a escribir ahora, en julio, con los tractores y el alambre. No es que no aprenda: es que la espiral no se cierra de una vez, se recorre de nuevo cada tanto, un poco más alto cada vez.

No hay organigrama que resuelva eso del todo. Pero algo se movió hoy: dije en voz alta que mi proyecto es mío, que no compito, que puedo poner un límite sin necesidad de humillar a nadie. Y descubrí, con algo de vértigo, que ya no entro a la finca de la mano de mi madre. Entro con mis propias botas, calculando yo mismo la distancia entre un poste y otro, un kilómetro ó trescientos cincuenta metros que ya no necesito que nadie me confirme.


domingo, 19 de julio de 2026

Choco, o la administración del amor en tiempos de finitud: El comprimido y medio

Choco, o la administración del amor en tiempos de finitud es un ensayo que explora el declive físico de un perro como el metrónomo de un duelo y una reconstrucción identitaria. Mediante el gesto cotidiano de dosificar un "comprimido y medio", el autor despliega una cartografía afectiva donde el cuidado del animal se entrelaza con la memoria de la abuela Clotilde, la figura del padre y la genealogía masculina en la finca Los Pozos.

Los perros, descritos como "pedazos de mí", no son meros acompañantes, sino mediadores en la construcción de una pertenencia propia, no heredada, en un territorio antes dominado por los ancestros. El texto transita desde la vitalidad desbordada del cachorro hasta la "pirca afectiva" de la vejez, revelando cómo el cuerpo del animal traduce tensiones familiares —incluyendo la relación con el hermano y el rechazo táctico del padre— que la palabra directa no alcanza a nombrar. En última instancia, el cuidado de Choco en su fragilidad se revela como un ejercicio de emancipación subjetiva y una forma de habitar la propia finitud con paz.


19 de julio de 2026, con posdata de cuarenta años.



Síntesis auditiva

I. La dosis exacta

Le digo a mi madre que tengo que acordarme de llevar lo del Choco. Se lo digo casi de pasada, como quien menciona un trámite, y sin embargo ahí está ya todo: un comprimido y medio, un perro de veintidós o veintitrés kilos, un cálculo de dosis que hago en voz alta en la mesa del almuerzo del 19 de julio porque necesito que el número me organice algo que las palabras solas no alcanzan a contener. Mi vieja me corrige: dale uno nomás, con uno solo va a ser lo mismo. Y en esa corrección hay una ternura práctica que reconozco de toda la vida: ella también administra, también dosifica, también convierte el amor en instrucción precisa cuando el amor a secas se vuelve insoportable de sostener.

El Choco está muy debilitado. Se cae, falla. Y mi madre, que lleva más años que yo mirando cuerpos envejecer, me dice sin dramatismo que ahora ya no le duele, que eso ya pasó, que va a haber que darle el calmante cuando vuelvan los fríos. Habla del perro y habla, sé que habla, de otra cosa: de que la vida es nacimiento y muerte, nacimiento y muerte, un estado más entre los estados, y que yo voy a tener tiempo de hacer lo mío. No sé si le creo del todo. Pero anoto la frase porque intuyo que la voy a necesitar.

II. Los ocho meses, la rabia sin vacunar

Busco en el archivo y encuentro al Choco cachorro. Es octubre de 2015, hace frío en Salta, unos ocho grados, y escribo que Choco corre y corre en el parque con la fuerza y la energía de cualquier joven a sus ocho meses. Todavía no lo había vacunado contra la rabia — anoto el dato con la misma precisión con que hoy calculo el comprimido, como si desde siempre mi manera de querer a este perro pasara por la exactitud de un cuidado técnico. Esa misma tarde almorcé con una viejita en silla de ruedas, sentada junto a una estufa a gas, con la prolijidad de alguien que ya está de vuelta de todo. Me refiero a Mi “mami linda”, mi viejita, mi abuela Clotilde, la mamá de mi mamá. La escena quedó registrada sin que yo advirtiera entonces lo que ahora se me impone: un cachorro desbordado de vida al lado de un cuerpo que ya administraba su propia lentitud. Once años antes de este almuerzo con mi madre, ya había puesto uno junto al otro la vitalidad y el declive, sin saber que estaba ensayando el vocabulario con el que hoy nombro la vejez de ese mismo perro.

III. La puerta de la Santa Fe

Un año después, en 2016, Chocolate y su compañero de entonces — Cirjua ó Cirujita como lo llampe al final de sus días y después de su muerte— entran y salen por la puerta de casa una y otra vez, toman agua, chequean que todo siga en su lugar, se regocijan. Escribo que esa satisfacción de ellos me satisface a mí, y que cuando vuelven y se acuestan cada uno a un costado de la mesa del patio donde escribo, y me piden caricias, siento una plenitud que casi me angustia de tan completa. Es un pedazo de mí, anoté entonces sobre Chocolate. No una posesión ni una mascota: un pedazo de mí. La formulación no es casual. Ahí, temprano, el perro ya funciona como una zona intermedia entre lo que soy y lo que me rodea — un objeto que no es del todo otro ni del todo yo, sostén silencioso de una intimidad que en esos años, como en tantos otros, se construye más fácil con un animal que con las personas.

IV. El que se levanta primero

Los años pasan y la casa se puebla de a poco: llega Malko, y con él una coreografía doméstica que registro con el detalle de un etnógrafo de su propia intimidad. Choco ya se levanta conmigo, escribo en 2022, mientras Malko sigue en la cama disfrutando de dar vueltas y estirarse solo. Es una observación mínima y sin embargo dice mucho: en la pareja de perros que me acompaña hay temperamentos, hay un orden, hay quien acompaña el ritmo de mis mañanas y quien se toma su tiempo. Esa misma entrada anoto que se me hace insoportable ver cómo, a veinte años de distancia, tantos espacios y personas ya no están, porque la vida nos separó o porque se murieron. Y entonces escribo: quiero la contundencia de ir con mis perros al parque. Afecto y verdad, los pilares de esta época. Ya en 2022 el vínculo con Choco y Malko funcionaba como ancla frente a la erosión de todo lo demás — la cosa más simple y más cierta en medio de lo que se pierde.

Un año antes había anotado, entre risas, que Chocolate se ponía como loco al presenciar la sexualidad de sus mayores caninos, y que el pobre Choco quedaba expuesto a eso sin quererlo. Lo recupero no por anécdota sino porque ahí, en ese registro casi cómico, el Choco todavía es puro cuerpo joven, puro impulso, un perro que se agita frente a la vida de los otros. La distancia entre ese Choco y el que hoy se cae y falla es, exactamente, la distancia que estoy aprendiendo a nombrar.

V. El monte, el mundo nuevo

En 2023 Malko y Choco llegan a Los Pozos y descubren, escribo, ese nuevo mundo del monte, lleno de vacas y caballos y perros. Yo mismo llego impactado por tanta presencia de vida. No es casual que los perros entren a la finca al mismo tiempo que yo intento construir ahí una pertenencia propia, no heredada ni mediada por mi madre ni por mi hermano. Los perros aprenden el territorio conmigo; se integran a un lugar que para mí sigue siendo, en tantos sentidos, un lugar por conquistar en sus propios términos. Cuando en 2026 escribo que la gata Blancanieves está aprendiendo a mirar la ruta como aprendieron Malko y Choco hace cinco años, entiendo que esos cinco años no son un dato menor: son casi exactamente los años que llevo intentando construir con Los Pozos una relación que no dependa de la mediación materna ni de la gestión de mi hermano. Los perros llegaron a la finca conmigo, en el mismo movimiento en que yo empezaba a intentar llegar por mi cuenta.

VI. La represa, la castración, el padre

Hay una entrada de enero de este año que no puedo leer sin que se me apriete algo en el pecho. Camino sobre la represa de Los Pozos al atardecer, después de una lluvia constante. Malko chapotea entre los camalotes. Choco ya no se moja por su vejez; ese día, además, está medio rengo. Y escribo — lo escribo yo, antes de este almuerzo con mi madre, antes del comprimido y medio — que caminar por ese lugar donde empecé a andar de una manera nueva hace casi cinco años me produce paz, porque ahí conecto mi masculinidad con la de mi papá y de mi abuelo en un camino de emancipación subjetiva. Le puse un nombre a esa entrada: La represa de Malko y Choco, trascendiendo la castración original. El envejecimiento del perro y mi propia genealogía masculina quedaron anudados en la misma frase, en el mismo paseo, mucho antes de que mi madre me dijera en la mesa que la vida es nacimiento y muerte.

Un mes después la anudadura se vuelve todavía más explícita, casi violenta. Bañando a los perros para restaurar mi espacio más íntimo, Choco me muerde y me lastima la planta del pie. Me agarra una angustia impresionante, escribo, porque no espero que quien cuido tanto me muerda. Y ahí mismo interpreto: la mordida del perro es el emergente de mi relación con mi hermano, quien está afrontando que no puede ocupar el lugar de mi papá en la finca; él me desconoce en mi identidad, y eso resuena como el rechazo táctico de mi padre de toda la vida. Le pongo por título a esa entrada De la mordida del Choco al salvataje del ecosistema de Los Pozos, y ahí, sin proponérmelo del todo, ya estaba haciendo lo que hago ahora con este ensayo: dejar que el cuerpo del perro me revele, un poco antes de tiempo, lo que todavía no puedo nombrar en el cuerpo de la familia.

VII. Cinco años, todos los viajes

Y hay una tercera entrada, de comienzos de enero de este 2026, que quizás sea la más simple y la más definitiva de las tres. Paso el peaje de la ruta 34, camino a la finca, primer viaje del año. Me acompañan Malko y Chocolate, escribo, a quienes veo envejecer; ellos están conmigo desde la muerte de mi papá. Ya van a ser cinco años de cada viaje que hago a la finca. Desearía que fueran eternos, pero su envejecimiento es una marca del tiempo que me pasa y de lo que voy logrando hacer en la finca. Ahí está, dicho sin metáfora: los perros no son solamente los perros. Son la medida del tiempo que llevo vivo después de mi padre. Verlos envejecer es llevar la cuenta de los años que él ya no cuenta y que yo sí, de lo que voy construyendo en un territorio que antes era suyo y en el que dejó su presencia mi abuelo Ragone. Cuando hoy calculo el comprimido y medio para el Choco, cuando mi madre me dice que me voy a ir preparando, en el fondo los dos estamos haciendo la misma cuenta que empecé a hacer solo, en la represa, hace ya casi cinco años.

VIII. La pirca afectiva

No hay novedad, entonces, en que el declive del Choco me devuelva a mi propia finitud: llevo por lo menos once años — desde el cachorro de ocho meses sin vacunar, desde el pedazo de mí que entraba y salía por la puerta de la Santa Fe — construyendo con este perro un lenguaje para nombrar lo que de otro modo no sé cómo decir. Lo nuevo, si hay algo nuevo en este almuerzo de julio con mi madre, es la claridad con la que puedo verlo: que cuidar el cuerpo de Choco, calcular su dosis, abrigarlo del frío que vuelve, ha sido siempre mi manera de cuidar aquello que en mi propia historia masculina — el padre, el abuelo, la finca, el hermano — se volvió intratable en palabras directas. El perro tradujo, todos estos años, lo que yo todavía no conseguía traducirme a mí mismo.

Mi madre tiene razón en una cosa: voy a tener tiempo de hacer lo mío. Pero también la tengo yo, cuando escribo que el envejecimiento de Choco es una marca del tiempo que me pasa: no hay manera de separar del todo su tiempo del mío, y tal vez no haga falta separarlos por completo, sino aprender — como escribí en la represa, medio rengo, sin mojarse ya por su vejez — a caminar ese trecho final con la misma paz con que empecé a caminar, hace cinco años, el camino de mi propia emancipación. Cuidarlo en su fragilidad, sin dolor, sigue siendo la pirca afectiva más noble que puedo construirle en esta etapa. Y quizás, también, la única forma en que sé construírmela a mí.

La verdad de la milanesa: almuerzo con mi madre y el mandato de la tierra

Domingo de almuerzo con mi madre

Mandato, límite y arraigo en el almuerzo del 19 de julio de 2026


El domingo tiene, desde hace años, una geometría fija: cuando me encuentra en la finca me esfuerzo por llegar, ella esperándome en la ciudad, y una mesa que oficia de altar semanal. Esta vez el altar fue el Restaurante del Paseo de los Poetas, un lugar que terminamos de gastar en esa misma comida. La comida venía cada vez peor, la atención tenía ese tono servicial que en realidad es una forma de la distancia, y el ambiente —mesas ajustadas, un televisor de fondo transmitiendo un partido del Mundial— no ofrecía ninguna intimidad que no fuéramos nosotros mismos construyendo con lo que teníamos para decirnos. Decidimos, casi sin decirlo, no volver.

Me interesa dejar registrado ese detalle menor porque es sintomático. Hablamos de herencia, de arraigo, de lo que dura generaciones, en un sitio que decidimos desechar en una sola tarde. El contraste no es casual: la finca, la pirca de César, el mandato de mi abuelo, pertenecen todos al orden de lo que se sostiene en el tiempo. El restaurante, en cambio, fue puro continente desechable — un lugar de paso para un contenido que sí va a quedar escrito.

Lo que sigue organiza, en la conversación de ese domingo, seis órdenes de temas que fueron apareciendo entreverados y que aquí separo para pensarlos mejor: la pregunta por el mandato del arraigo y su reparto desigual entre hermanos; la economía de la finca como territorio de verdad y de disputa; los dos modos de mando que se juegan en el cuerpo —el de la ausencia y el de la presencia— y su correlato en cómo pienso la pedagogía con la generación que sigue; la visita a la Estancia González de César Alderete, con su carga de memoria material y de deseo no dicho; la ley del límite que empecé a ejercer esa semana con un inquilino, un peón y una trabajadora; y, por último, los afectos menores y domésticos —un perro que envejece, una gata que elige dónde dormir— que en apariencia no dicen nada y en realidad lo dicen casi todo.

I. El mandato que no se hereda igual

La pregunta a César

Le pregunté a César por qué a él, así como a mí, le llegó ese amor por la tierra que no es de todos. Él lo hace remontar a su abuela. Yo lo hago remontar a mi papá y a mi abuelo, a la laguna, a un linaje de afectos que atraviesa generaciones sin pedir permiso. La pregunta no era ociosa: quería saber si el mandato —en el sentido más fuerte, casi de una ley que nos precede y nos constituye antes de que podamos elegirla— se transmite por sangre, por convivencia, o por un gesto repetido tantas veces que termina encarnado. César vive a cuarenta kilómetros de la ruta, adentro, hacia los cerros de El Rey. Esa distancia geográfica es también una distancia de época: la suya es una fidelidad de aislamiento; la mía, hasta ahora, había sido una fidelidad mediada por mi vieja.

Rodrigo y el mandatazo sin biografía

Mi hermano, en cambio, no heredó ese mandato ni por la rama paterna ni por la materna. Para él administrar es un modo, no una memoria: manda, hace, resuelve, y después se va a otra cosa, con esa energía que describo como "Aries" —una metáfora de impulso más que una lectura astrológica seria. No es que Rodrigo no tenga vínculo con la finca; tiene una historia previa a la mía y distinta de la mía, ligada al trabajo con nuestro padre en el campo, mientras que la mía se construyó por otros caminos, más tardíos, más deliberados. Ahí está el asunto: no hay un solo mandato familiar, hay mandatos que se reparten de manera desigual y que cada uno metaboliza con las herramientas que tiene. El mío viene con archivo, con diario, con pregunta. El de él viene con motor, con impulso, con distancia.

Eco de febrero de 2022

Esto no es nuevo. El 27 de febrero de 2022 escribí una entrada que titulé "El placer de sentir que podemos ser una familia", después de un viaje con Rodrigo hacia Lumbreras. Ahí ya anotaba que los recuerdos de mi hermano con nuestro padre en la finca pertenecían a una historia previa a la mía, y distinta. Cuatro años y medio después, en el almuerzo con mi vieja, esa misma observación reaparece casi textual, ahora aplicada al reparto del amor por la tierra entre Rodrigo y yo. Lo que cambió no es el contenido —la asimetría de las historias sigue siendo la misma— sino el lugar desde el que la digo. En 2022 la escribía como un hallazgo íntimo, casi con sorpresa, mirando a mi hermano manejar y quejarse todo el viaje, notando en él una forma de gozar hecha de queja constante. En 2026 la uso como una herramienta de comprensión estratégica: entiendo que ese mandato desigual explica por qué él puede dejar que me acerque justo ahora, en la crisis, después de cinco años en que "por mi diferencia" me tuvo desplazado. La misma verdad, dicha con menos dolor y más lucidez. Ese es, creo, el trabajo de estos años de diario: no cambiar lo que se ve, sino cambiar la distancia desde la que se lo mira.

Cierre: la pirca que estoy construyendo

Vuelvo al lugar del principio: un restaurante que decidimos no volver a pisar, sosteniendo una conversación sobre lo que sí queremos sostener. Ahí está, creo, el valor central de este almuerzo con mi vieja: no en un solo tema, sino en que todos los temas —el mandato desigual, la plata como verdad, los dos modos de mando, la visita a César, los límites que empecé a poner, los afectos menores— son, en realidad, un mismo movimiento visto desde ángulos distintos. Es el movimiento de construir un arraigo propio a Los Pozos, uno que ya no dependa de la mediación de mi madre ni se defina por oposición al de Rodrigo, sino que tenga su propia genealogía, su propio presupuesto, su propio cuchitril.

La pirca que estoy construyendo, a diferencia de la de César, no es de piedra: es de decisiones repetidas —un interés cobrado a tiempo, una hojita releída, un protocolo de mantenimiento, una pregunta hecha en voz alta sobre por qué el amor por la tierra le llega a algunos y a otros no. Cuarenta años de diario me enseñaron que estas espirales vuelven, que la misma observación sobre el mandato reaparece en 2022 y en 2026 casi con las mismas palabras. Lo que cambia, entrada a entrada, es la claridad con la que puedo sostenerla. Este almuerzo, en ese sentido, no fue una charla más sobre la finca: fue la comprobación de que el arraigo que busco ya no se pide prestado. Se está, letra por letra, escribiendo.



jueves, 9 de julio de 2026

El injerto de mi padre

Una mañana en el mandarinal de Los Pozos, junto a la vecina Elsa Quintana, se vuelve la escena para pensar los injertos que mi padre dejó hace cincuenta años y las vacas que alguna vez los rompieron. Entre líquenes que estrangulan las ramas y el recuerdo de una infancia trepada a los árboles, este ensayo cruza psicoanálisis, saber popular y una pregunta que me persigue hace tiempo: cómo construir con la tierra heredada un vínculo que no repita ni el mandato paterno ni la gestión familiar, sino que sea, por fin, elegido.


El injerto de mi padre

Notas sobre la poda, la gratitud y un territorio que empiezo a habitar por mí mismo

Los Pozos, 9 de julio de 2026

Elsa llega temprano, con esa puntualidad de quien no necesita reloj porque el cuerpo ya sabe la hora del sol sobre las mandarinas. La invito al predio de siempre, el que mi padre plantó hace medio siglo, y ella entra como quien vuelve a un lugar que también es suyo, aunque la escritura diga otra cosa. Vengo a proponerle una cosecha —mermeladas, dice, para no dejar que la fruta caiga sola y se pudra sin sentido— pero antes de que empecemos a cortar nada, Elsa ya está subida en el recuerdo: de chica se trepaba a estos mismos árboles, o a otros parecidos, para robarle al viaje interminable hasta la finca de su infancia, cerca de Güemes, un poco de dulzura inmediata. Mientras habla, yo miro los troncos gruesos, torcidos por la edad, y pienso que estoy frente a un archivo vivo: cincuenta años de savia que también son cincuenta años de mi padre.

No escribo esto como un cronista del huerto. Escribo como alguien que, cada vez que vuelve a Los Pozos, se encuentra con una escena que lo excede y lo convoca a la vez. Elsa señala las plantas "envichadas", los líquenes, las trepadoras que van cerrando su nudo alrededor de las ramas hasta ahorcarlas. Habla de podar pronto, de motosierra o de mano según el caso, de volver el sábado al mediodía. Y mientras planificamos la faena concreta —una faena que en cualquier crónica agrícola sería apenas un dato de manejo—, algo en mí empieza a leer ese trabajo como se lee un sueño: no por lo que dice, sino por lo que deja entrever.

La cicatriz que sostiene

Menciono, casi al pasar, que las vacas alguna vez "liquidaron los injertos". La frase se me queda pegada más que cualquier otra de la mañana. Un injerto es una intervención deliberada sobre lo dado: alguien —mi padre, en este caso— corta una rama ajena a la genética original del árbol y la une a un patrón más resistente, apostando a que la unión prenda, a que lo nuevo se vuelva indistinguible de lo viejo y produzca, sin embargo, un fruto distinto. Es una operación de deseo tanto como de agronomía. Y las vacas, animales del pastoreo sin intención, sin proyecto, representan aquí lo que Lacan llamaría lo real: la fuerza bruta que no negocia con el sentido, que no sabe que ahí había una apuesta, un trabajo fino de injertador, y que simplemente pasa y arrasa.

Pienso en cuántas veces algo mío —una idea propia, una forma de nombrar mi deseo, una voz que no coincidía con el mandato familiar o institucional— fue, en algún momento, un injerto: una unión frágil todavía no consolidada con el tronco que me sostiene, expuesta a que un mandato ciego, sin mala intención pero sin cuidado, la arrancara de cuajo. La vulnerabilidad del injerto no es su debilidad esencial; es su condición transitoria. Necesita tiempo, cerco, atención, para que la cicatriz —esa línea visible donde lo nuevo se cosió a lo antiguo— deje de ser una herida abierta y se vuelva estructura. Winnicott hablaría de un entorno suficientemente bueno (Winnicott, 1965): no el que impide todo daño, sino el que sostiene lo suficiente como para que la herida cicatrice sin desorganizar al sujeto.

Lo que mi padre injertó en estas plantas —y en mí, aunque de otra manera— no desapareció cuando las vacas rompieron el cerco. Quedó el tronco, quedó la cicatriz, y cincuenta años después seguimos discutiendo, Elsa y yo, cómo liberar esas mismas plantas de un nuevo estrangulamiento, esta vez vegetal: el liquen, la enredadera, lo que crece encima sin ser invitado y termina por asfixiar lo que alguna vez fue salvado. No dejo de notar la simetría con mis propios textos sobre la burocracia y sus formas de ahogo: distintos territorios, misma gramática de la asfixia. Podar, en ese sentido, nunca es solo agronomía doméstica; es, también, un modo de pensar qué me está estrangulando hoy y decidir, con la motosierra o con la palabra, cortar.

Elsa, o el vaso lleno

Hay algo en la manera en que Elsa nombra su relación con la tierra que me desacomoda productivamente. Frente a los líquenes y las plantas dañadas, ella no despliega queja sino asombro agradecido: "me parece una bendición de Dios, nosotros somos elegidos", dice, comparando el aire limpio y la fruta al alcance de la mano con la carencia de tantos otros. No es ingenuidad; es una ética. Y es, sobre todo, un habitus distinto al mío (Bourdieu, 1980): donde yo —formado en la sospecha crítica, entrenado para leer instituciones y detectar sus violencias— tiendo a nombrar primero lo que falla, lo que oprime, lo que asfixia, Elsa nombra primero lo que sostiene. No se trata de que una mirada sea más verdadera que la otra, sino de que provienen de campos distintos de experiencia y de capital: ella hereda un saber agrario encarnado, hecho de manos en la tierra desde la infancia; yo heredo un saber que se ejerce mayormente desde el texto, la reunión, el informe.

Por eso Elsa funciona, en esta escena, de un modo parecido a como funciona César en la Estancia González: como un puente hacia un mundo que conozco de oídas —el mundo de mi padre, el de Rodrigo, el de la finca operativa— pero que no habito con la misma naturalidad. La diferencia es que con César discuto poder y sucesión; con Elsa discuto gratitud y cuidado. Son las dos caras de la misma pregunta que me persigue en este territorio: ¿cómo se hace pie en una tierra que no elegí pero que heredé, sin repetir mecánicamente ni el mandato de mi padre ni la lógica de mi hermano? Elsa no me da la respuesta, pero me presta, por una tarde, su vaso lleno. Y yo, que suelo entrar a cualquier escena buscando la grieta, aprendo algo simplemente dejándome estar en su versión de la abundancia.


Lo que no se hereda con obligación

Vengo escribiendo, desde hace tiempo, que mi diario —estas más de cuatro décadas de archivos de recuerdos— constituye un legado que no se siembra con bueyes: una forma de trascendencia que no necesita del arado ni de la sucesión agrícola para ser legítima. Esa tesis sigue en pie. Pero esta tarde con Elsa me obliga a matizarla, no a abandonarla. Porque aquí estoy, después de todo, con las manos metidas en un proyecto agrícola —planificando una poda, coordinando un sábado, hablando de motosierras— y sin embargo no siento que esté reproduciendo la lógica del buey. La diferencia no está en el objeto (la tierra, las plantas) sino en el régimen de deseo que organiza el gesto.

Cuando pienso en Rodrigo administrando la finca, o en la manera en que la propiedad se relaciona conmigo a través de un objeto materno internalizado —ese lugar simbólico que estructura casi todo mi vínculo con Los Pozos y que rara vez elijo, sino que hereda su forma de otra parte—, reconozco una obligación: la finca como mandato, como algo que hay que sostener aunque no lo haya decidido. Lo que hago esta tarde con Elsa es distinto. Nadie me lo pidió. No hay sucesión en juego, no hay una autoridad paterna o materna supervisando el gesto. Elijo podar estas mandarinas específicas, con esta vecina específica, en este momento específico, y ese acto de elección es lo que lo separa del "buey": no es la tierra la que se hereda con obligación, es la obligación la que a veces se disfraza de tierra. Aquí, por una mañana, la tierra se vuelve proyecto propio, no herencia impuesta.

Es, quizás, la primera vez que anoto con esta claridad que se puede tener un vínculo autónomo con Los Pozos sin que ese vínculo pase necesariamente por la mediación materna ni por el eje productivo de mi hermano. Los injertos que identificamos el sábado no serán menos legítimos que el que sostiene, hoja tras hoja desde 1984, mi diario. Son dos maneras de plantar algo que dure: una en la tierra que heredé, otra en el papel que elegí. Ninguna reemplaza a la otra. Pero solo hoy entiendo que ambas pueden, por fin, ser mías.

El sábado que viene

Nos despedimos con la fecha puesta: sábado al mediodía, limpieza y naranjas. Es un compromiso modesto, casi doméstico, y sin embargo lo anoto con la misma seriedad con que anoto cualquier viraje interior, porque sé, por experiencia de cuarenta años de escritura, que en mi vida los movimientos grandes rara vez llegan como epifanía y casi siempre llegan disfrazados de tarea pendiente. Esta espiral que vengo recorriendo —la de aprender a habitar Los Pozos sin repetir mecánicamente ni la nostalgia de mi padre ni la gestión de Rodrigo ni la vigilancia silenciosa de mi madre— vuelve a pasar, esta mañana, por el mismo punto de siempre, pero un poco más arriba: ya no me pregunto solamente qué significa este territorio para mi familia, sino qué puedo, yo, plantar en él por mi propia cuenta. La respuesta, esta vez, tiene forma de mandarina, de liquen retirado a mano, de una vecina que me presta su fe en la abundancia mientras yo le presto mi costumbre de leer entre líneas lo que la tierra, sin saberlo, sigue contando.

jueves, 15 de mayo de 2025

El Sabor de la Esperanza y el Desencanto: Un Almuerzo en Pacha Kanchay como Espejo de una Comunidad en Transición

En el corazón polvoriento de la ruta 20, camino al majestuoso Parque Nacional El Rey, se alza Pacha Kanchay, un parador cuyo quincho se convierte, por un instante fugaz, en el epicentro de una comunidad que palpita entre la tradición rural y las punzantes expectativas de la juventud. El almuerzo que Cristina Pérez, alma y sazón del lugar, sirve con la generosidad de quien conoce el hambre del cuerpo y del espíritu, trasciende la mera necesidad fisiológica para transformarse en un ritual de encuentro, un espacio donde las emociones se despliegan y las visiones de futuro, a menudo contradictorias, encuentran voz. Este relato, tejido con los hilos del apetito compartido y las confesiones espontáneas, nos revela la emotividad de una juventud rural que, arraigada a la tierra por lazos ancestrales, anhela un horizonte más allá de los límites conocidos, mientras la figura de Cristina emerge como un faro de conexión en un paisaje social en constante redefinición.


La llegada de Aníbal Teseyra y Nahuel Flores a la mesa de Cristina no es casual. Estos jóvenes trabajadores de Lumbreras, cansados por el trabajo reciente en las sendas de El Mollar, personifican la fuerza vital de una comunidad que se aferra al trabajo como un legado y una necesidad. Su entusiasmo palpable ante los fideos con "tuco", descritos con la visceralidad de un apetito genuino ("coma de hombre", "alpado", "zarpado"), no solo celebra la maestría culinaria de Cristina, sino que también subraya la importancia de estos momentos de pausa y camaradería en una rutina marcada por la exigencia física. Sin embargo, tras la satisfacción de los primeros bocados, emergen las notas de una emotividad más compleja: la de una juventud que, a pesar de su conexión intrínseca con el trabajo rural, vislumbra un futuro distante de los surcos y el monte.

Sus relatos laborales, que se remontan a la caza y la pesca de la infancia y se extienden a las cosechas lejanas y los proyectos municipales, pintan un cuadro de resiliencia y adaptabilidad. Han aprendido oficios sobre la marcha, forjando su identidad en la práctica y la necesidad. Pero es precisamente esta familiaridad con la dureza del trabajo rural la que alimenta su anhelo de "irse a otra parte". En sus voces resuena la emotividad del desencanto ante la falta de oportunidades sociales en Lumbreras, un pueblo que perciben como "aburrido" y donde la tradición parece haber perdido su brillo. Su franqueza al describir a sus habitantes con un términos crudos revela una profunda sensación de alienación y un quiebre con la identidad comunitaria que quizás las generaciones anteriores daban por sentada. Sus expectativas se dirigen hacia un horizonte urbano, hacia un dinamismo y una anonimidad que contrastan con la vida pausada y la omnipresente mirada vecinal de su pueblo natal.

En este contexto de anhelos juveniles y una comunidad en búsqueda de su nueva identidad, la figura de Cristina Pérez se vuelve un faro donde mirarse. Su establecimiento no es solo un lugar para saciar el hambre; es un punto de encuentro donde las historias se cruzan, las generaciones dialogan y, por un instante, se mitigan las distancias. Cristina, con su "fama de buena cocinera", no solo alimenta cuerpos cansados, sino que también nutre el tejido social. Su habilidad para preparar desde un sustancioso estofado hasta los emblemáticos "sandwichitos de milanga" la convierte en un referente para trabajadores de la ruta, viajeros y lugareños por igual. Su cocina, meticulosamente sincronizada con los horarios de llegada y las peticiones por mensaje, es un acto de servicio constante, una demostración de su arraigo y compromiso con la comunidad.

Es en torno a su mesa donde las expectativas y la emotividad de los jóvenes se confrontan con las realidades de una comunidad en transición. Aunque Aníbal y Nahuel expresen su deseo de partir, su presencia en Pacha Kanchay, su disfrute de la comida de Cristina y su interacción con Fernando sugieren un lazo que aún los une a su lugar de origen. Cristina, sin idealizar la vida rural, ofrece un espacio de acogida y conexión, un punto de referencia en un mundo que parece estar cambiando rápidamente. Su rol trasciende el de simple comerciante; se convierte en un eslabón que une diferentes generaciones y perspectivas, facilitando un diálogo implícito sobre el pasado, el presente y el futuro de la comunidad.

El almuerzo en Pacha Kanchay, en su fugacidad, captura la esencia de una comunidad rural que intenta reidentificarse en el contexto del trabajo y las cambiantes aspiraciones de sus jóvenes. La emotividad del desencanto juvenil, el anhelo de nuevas experiencias y la búsqueda de un lugar en el mundo contrastan con la figura central de Cristina, cuyo establecimiento se erige como un espacio de conexión y arraigo. En este cruce de caminos y de generaciones, la comida compartida se convierte en un símbolo de la persistencia de los lazos comunitarios, aunque estos se vean tensionados por las expectativas de un futuro incierto. Pacha Kanchay, con el sabor inconfundible de la cocina de Cristina, se convierte así como un microcosmos en la región de la ruta 5 próxima al Parque El Rey que, entre el trabajo duro y los sueños de la juventud, busca un nuevo camino para integrarse y definirse en el siglo XXI.

viernes, 3 de noviembre de 2023

Virgi Caldéz, sobre la muerte, la transcendencia y el orgullo de la autenticidad

 

Virgi Caldéz, sobre la muerte, la transcendencia y el orgullo de la autenticidad

Fuente: https://www.facebook.com/profile.php?id=100077087541036


Tal vez vengas a buscarme, 

cuando mis cabellos alborotados tapados 

estén por las cenizas que emana la lanza ardiente.


Ese fuego…


Quizás yo esté arrancando ancoche 

para atar aquella escoba emoliente fuerte 

resistente a eso …


Así obtener pan de la hermandad 

Con toda su muchosidad.

Ojalá me bese con los labios aroma a nogal.

Es mí deseo quedarme dormida

solo en un brazo de paz del río castellano,

que moje mí infancia dejándola fría, tiesa.


Quiero que la muerte se atreva 

a mirarme después de haberme bebido

a chorros esa damajuana entera 

de momentos desmedidos.


Anhelo me encuentre sobria de libertad.

Porque lo que sí sé, 

es que me embriagué siempre 

de revolución y sensatez 

jamás ocultando nada.


Ojalá reciba el regalo que le pido, 

un par de alas de sunchal; 

y me deje en la alborada 

a los hijos de mis hermanos 

en su lucha Venirles a cantar 

con luz infinita amiga de la soledad.


Que no se apague si me salpica el arroyo 

atravesándolo descalza ya 

sin miedos para volver un instante.


viernes, 13 de octubre de 2023

"FUEGO y ZONDA. Lo que trae la Chapanay" Teatro en Pacha Kanchay

Auspiciada por el Instituto Nacional del Teatro
Fuego y Zonda. Lo que trae la Chapanay está dirigida por Marcos Arano Forteza e interpretada y cocreada junto a Flavia Salim, Gustavo y Emiliano Vergara, y la música original y en vivo de Emiliano García Caffarena.


Escenas de la obra y mensaje de Pacha Kanchay en la voz de Marian Casares. (6 min aporx) 


Fuego y Zonda se emplaza em escenarios que constituyen una invitación a experimentar el teatro como se lo miraba en sus orígenes, en torno al fuego y al aire libre.

Cuenta las epopeyas de una mujer olvidada por la historia oficial para recuperar su presencia en nuestra historia. se trata de la legendaria Martina Chapanay.

Martina fue una caudilla y bandolera argentina de la época en que la patria se gestaba,a mediados del  siglo XIX. 

El escenario natural de la obra y su escenografía mínima, la construyen ante el púbico alrededor del fuego, como un relato ritual. El fuego invita a contar y escuchar. Y el en hablar se van diciendo cosas de nosotros mismos. Fuego y Zonda es una obra sobre historias que llevamos dentro de nosotros mismos. 

Esta obra de teatro  cuenta con el apoyo del Instituto Nacional del Teatro

Martina Chapanay es una figura de existencia real que compartía el fruto de sus robos con los más humildes, así como representa a Robin el folclore inglés medieval. La Chapanay fue una guerrillera que actuó en las guerras civiles argentinas del siglo XIX. Hija de un cacique huarpe, nació en la Intendencia de Córdoba del Tucumán (Virreinato del Río de la Plata) alrededor del 1800 -en las Lagunas de Guanacache, actual territorio de San Juan- y murió en 1887.

Célebre por haber vengado la muerte del caudillo riojano Ángel “Chacho” Peñaloza, jineteaba con una habilidad que pocos hombres conseguían igualar, galopaba caballos en los arenales, pialaba terneros, cazaba animales y nadaba con gran destreza.

Ha llegado a nuestros tiempos en la canción “Bandidos rurales” (2001), de León Gieco, con la colaboración del historiador y ensayista Hugo Chumbita; en la cueca “La Martina Chapanay”, del poeta y cantor mendocino Hilario Cuadros; en la novela “Martina Chapanay, montonera del Zonda” (2010), de la escritora Mabel Pagano.


A cerca del director de la obra, Marcos Arano Forteza.



Escenas de la época en que vivió Martina Chamanay






sábado, 7 de mayo de 2022

Encuentro de vecinos en Finca Paso de la Cruz

Convocado por los propietarios de la Finca Paso de la Cruz. 
El encuentro contó con la presencia de un centenar de vecinos de la zona de la ruta 5. 

Predio del encuentro en Finca Paso de la Cruz, Anta. 

Ver retratos del encuentro

Desde media mañana del sábado 7 de mayo y hasta avanzada la tarde, el concurrir de vecinos de la zona al predio de trabajo rural en la finca, dió lugar a un almuerzo donde no faltó el asado y las bebidas de todo tipo. Bajo la coordinación del matrimonio que desarrolla parte del trabajo estratégico de ganadería en la finca, el encuentro incluyó música típica y baile. 

Julián Albor, propietario del sitio, expresó en la oportunidad que la intención de las invitaciones ha sido crear un espacio que permita el conocimiento mutuo y la expresión de quienes viven en la región. 

lunes, 2 de mayo de 2022

Exposición policial en conflictos de "chivas"


Realizada en la Comisaría de Lumbreras, domingo 02 de mayo. 

 





Ragone Clotilde Custodia (71) Su exposición: 

En la localidad de Lumbreras, departamento de Metán, Provincia de Salta a los 02 días del mes de Mayo del año 2022 siendo las hs 17:30 se labra la presente acta correspondiente a una personas de nombre como ya antes menciono, DNI 6.383.343, fecha de nacimiento 20 de junio de 1950; domiciliada en Finca Los Pozos Km 50 de la ruta provincial nº 5, transitorio en la ciudad de Salta Pasaje Gabriel Puló 146, quien puesta en posición de la palabra, expresa que: primeramente es administradora de la sucesión de Jorge Fernando Pequeño, la que involucra a Finca Los Pozos, y que ha tomado conocimiento pro parte del arrendero el Sr Alcorta Juan, que se ha visto perjudicado por el daño ocasionado en el sembrado de soja en un potrero que colinda con la propiedad del Sr. OJEA Quintana, teléfono 3875500653 ubicado en la ruta nº 5 km 60, próximo al puente de la Pesebrera. En la oportunidad un grupo de chivas arruinó gran parte de la siembre, haciendo consta que ya en reiteradas oportunidades en años anteriores se acordó con el Sr OJEDA QUINTANA que tome medidas para prevenir este problema y que no se repitiera. Por lo expuesto se solicita se ponga en conocimiento al mismo y se acuerde en reparar el daño ocasionado. Nos siendo para más se da por finalizada el acta previa lectura y notificación de su contenido, por ante mi que certifico.


Firman: 


Clotilde Ragone                                         A consignar por comisaría




La mirada que me devuelve Virgi

Thiara Virginia Caldez, me regala este poema, a cerca de la relación con mi papá, y mi tiempo presente. Gracias  Su mirada desde la igualdad, en la diversidad... Nos potencia. En Anta, la vida arisca.


Río Castellano en ruta 5, Anta y retrato familiar de 2018


SUMERGIENDO PENSAMIENTOS 

CONTEMPLANDOTE ENTRE EL MONTE ENMARAÑADO...VERDE , TOSCO , DE COLORES SERIOS Y EN SU HONDO DIVAGAN COLIBRÍES ESPANTADOS.

SIENDO PARTE DE ALGODONES QUE CUELGAN DE TU CIELO ... ALLÍ ESTÁS TAN CLARO , LEJOS QUIZÁS , TAN CERCA SÍ LO SIENTO .

     IMPONENTE

SOY LAJA COLORIDA AMASADA POR EL TIEMPO

SERÉ CUERO FUERTE DE TU TROPILLA , QUE CONVERTIRÉ EN TIENTO ...

SI ME DAS MAS TIEMPO ,

ABRIRÉ CAMINOS QUE CONDUZCAN A ENCONTRARME..

CON TU ALMA GAUCHA FESTIVA.

ELEVARÉ PUENTES DE MADERAS DE AQUÉL ÁRBOL CAÍDO .

ACOSTADO PORQUE CAYERON ABATIDOS

Y LA SEQUÍA FUE BRAVA ,

TRAIGO MI BANDERA DE COLORES DIVERSOS PARA PLANTARLA , SERÁ VER ALLÍ FLAMEANTE ESFUMANDOSE CON TUS RISAS .

RESERVARÉ EN MIS PENSAMIENTOS 

TÚ RUDEZA , DEJARÉ QUE ESTOS MONTES

JUNTO A SUS AGUAS SIN PRISAS 

SACEEN MI CORAZÓN TRASTABILLADO 

POR LOS RUDOS GARABATOS QUE DAÑARON TU CAMISA.

ME BAÑARE TANTAS VECES DE SUDOR 

PARA FORJAR MIS MIL PENSARES 

ASÍ UNIDA TU ALMA JUNTO A LA MÍA,

ADMIREMOS, TU DESDE EL MAR ALTO AZUL 

Y YO DESDE MI ANTA QUERIDA.

QUIERO CONTARTE TAMBIÉN QUE AYER PLANTÉ MALVONES , FRÁGILES PERO DIVERTIDOS Y ASÍ VOY RELLENANDO LOS POZOS ,

CON AQUELLA MISMA PALA QUE TU PLANTASTE AQUÉL ORCON DONDE HOY REPOSO MIS PENSAMIENTOS .

HE VUELTO A CASA...EL MISTOL , LOS ALGARROBALES ESTÁN OBSEQUIANDO SUS FRUTOS DE LOS QUE QUIERO SIEMPRE LLENARME ...

ALLÍ HARÉ NIDO PARA ESPERARTE EN PRIMAVERA...

PORQUE SOY PEQUEÑO Y  ACÁ ME SIENTO INMENSAMENTE COMPLETO .


viernes, 28 de enero de 2022

lunes, 17 de enero de 2022

Proyecto Liubich

 

Pablo Liubich y Martina Jordán son vecinos en la región de la cañana de la ruta 5, Lumbreras - Lajitas, Anta. Desarrollan proyecto de sustentabilidad y producción en la finca de su propiedad ubicada en el área de cabeza de anta. Se trata del acceso al histórico pueblo Piquete de Anta de la época Virreinal.


martes, 4 de enero de 2022

Apertura de caminería: continuamos acciones con Parque El Rey

..."El desarrollo es con todos"... 
Consigna de organizaciones campesinas en la ruta 81 de Salta. 

Con objeto del desarrollo local con la integración de los vecinos y el fortalecimiento de las identidades regionales. 



Ver en este mismo sitio:
Propuesta de donación a Parque el Rey (10 nov 2021)

Planteo en estudio: sitio de donación terreno a Parque El Rey

Visita satelital del área sobre la cual avanzamos en gestiones para la donación de terreno a Parque Nacional El Rey, con el objeto de contribuir la construcción de una oficina - intendencia del Parque sobre la ruta provincial N º5 de Salta. En el marco de las políticas nacionales para hacer presente al Parque El Rey en la vida del territorio que lo circunda.


Navegar el sitio


Apertura de camineria y acceso. 

Picada sur


Picada norte


Acceso, apertura





Más fotografías (Click aquí)

Visita de autoridades de Parque y APN en la zona.


Informe de primer visita por autoridades de APN. Recomendaciones. 







"Droneando" en El Mollar de JFP