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martes, 15 de septiembre de 2026

Una fiesta con muchas voces: Milagro en Piquete de Anta

El 15 de septiembre de 2026, Piquete de Anta celebró al Señor y a la Virgen del Milagro con una misa, una procesión y un desfile de gauchos a caballo. Estuve ahí, y escuché un sacerdote que habla de renunciar a lo que creemos merecer, una locutora que convierte el desfile en ofrenda, una feria que cobra por transferencia y un grupo de jóvenes gays que miran, ríen, aprenden una receta y cuidan del regreso a casa. Entre el rito solemne del templo y la fiesta que se despliega afuera, descubrí que lo popular no se opone a la fe, sino que la traduce a su propio idioma. Y que, cuando la tradición es de todos, también sabe resistir con humor, deseo y memoria.

Una fiesta con muchas voces: lo que vi y escuché en la celebración del Señor y la Virgen del Milagro en Piquete de Anta



Por Fernando Pequeño Ragone


Contenidos:

Introducción

1.Qué pasó ese día: la misa, la procesión y el desfile

2.La voz que animó el desfile

3.Las palabras del sacerdote

4.Dos maneras de vivir la misma fiesta

5.La fiesta vista por jóvenes gays

Conclusión:lo popular sabe resistir

 

Introducción

Cada septiembre, en Piquete de Anta, un pueblo de la provincia de Salta, se celebra al Señor y a la Virgen del Milagro. El 15 de septiembre de 2026, entre las 11 y las 14 horas, estuve en esa fiesta. Vi una misa, una procesión con las imágenes sagradas, un desfile de gauchos a caballo y una feria de comidas a la vera del camino. Grabé mi descripción de la jornada inmediatamente regresé a casa como requiere el registro etnográfico, focalizando descripciones y emotividades en la misa, el desfile y la feria, y usé ese registro después con atención para escribir este texto.

Lo que registré no se limita a lo que cualquiera esperaría de una fiesta religiosa y tradicional. Entre la multitud había jóvenes varones gays, hijos de familias rurales que hoy viven entre pueblos más urbanizados y su lugar de origen. Su presencia es parte de la fiesta, porque ellos también miran, comen, conversan y eligen cómo participar. Sus voces, que quedaron en mi grabación, permiten ver esta celebración desde un ángulo que rara vez se cuenta.

Aunque la escena es salteña, creo que lo que muestra resulta familiar en cualquier lugar donde una tradición antigua convive con gente diversa. Por eso escribí este ensayo para lectores de cualquier parte, con o sin experiencia del campo.

1. Qué pasó ese día: la misa, la procesión y el desfile

Tres momentos en una sola mañana

Cuando ordené lo que había registrado, la jornada se resumía en tres palabras: liturgia, pacto y tradición gaucha. La liturgia es la misa. El pacto es la promesa de fidelidad que la comunidad renueva cada año ante sus patronos. La tradición gaucha es el desfile de jinetes, con sus ponchos, sombreros y banderas.

Qué buscaba cada parte de la fiesta

Al escuchar los audios distinguí cuatro propósitos que conviven sin estorbarse:

  • Un propósito espiritual: recordar que la fe pide constancia y desprendimiento, sobre todo en los momentos difíciles.
  • Un propósito comunitario: ordenar la procesión, acompañar a las autoridades presentes y cuidar el lugar donde se celebra.
  • Un propósito cultural: valorar la tradición gaucha y pasarla a los chicos y jóvenes.
  • Un propósito económico y social: dar trabajo a los vendedores y ofrecer un espacio de encuentro familiar.

Quiénes participaron

Varios grupos dieron vida a la jornada. El Padre Arturo, sacerdote de la comunidad, celebró la misa, y todos lo reconocen también como gaucho. Un monitor guio las oraciones de los fieles. Una locutora animó el desfile por micrófono. Un coro cantó en la iglesia y siguió cantando en la calle desde una camioneta con sonido. Los vendedores ofrecieron helados, frutas y manzanas caramelizadas. Un grupo de asistentes comentó todo lo que veía. Y el pueblo, es decir los gauchos a caballo, los peregrinos en bicicleta, las familias, el intendente, su esposa Silvia y otras autoridades, llenó las calles.

Lo que dijo cada uno

El sacerdote habló de renunciar a los caprichos y de cumplir la palabra dada. El monitor pidió por una Iglesia fiel a la verdad, por gobernantes justos y por la paz de los pueblos golpeados por guerras y catástrofes, e invitó a una colecta para quienes más lo necesitan. La locutora pidió cuidar la identidad criolla, la tierra y el ambiente. Los vendedores anunciaron sus precios: helado de fruta, naranja o vainilla a $3000, ensaladas de fruta a $4000, manzanas o frutillas a $1000. Los asistentes hablaron de la sorpresa de ver a un cura en el desfile, de recetas, de pagos por transferencia y de cómo volver a casa.

Lo que la comunidad se comprometió a hacer

La jornada dejó una lista de compromisos simples. Se renovó la promesa de fidelidad a los patronos y se pidió juntar la basura en bolsas y dejar el lugar limpio. Se ordenó el cortejo, con la cruz adelante, luego la Virgen, el intendente y su esposa, los funcionarios, las autoridades policiales, judiciales y educativas, la imagen del Señor del Milagro y, al final, el pueblo. Se resguardaron las imágenes del sol y la iglesia quedó abierta hasta las 18:00 h. Se pidió despejar la calle para los ciclistas peregrinos y se buscó al dueño de un celular perdido, el de la Sra. Maradita Vanela.

Hay un dato que no quiero omitir: aunque las autoridades estuvieron presentes, en mis registros no aparece que asumieran compromisos concretos en materia de políticas públicas u obras.

2. La voz que animó el desfile

Una mujer al micrófono

Mientras los jinetes pasaban, una mujer conducía la fiesta con un micrófono. No llegué a registrar su nombre, pero su papel fue central: presentaba a cada agrupación, daba avisos prácticos y hablaba con la gente como quien habla con vecinos.

Un relato lleno de cariño

Su tono era alegre y cercano. Saludó a Don Paulino Gusto, a los demás gauchos y al Padre Arturo, "el cura gaucho". Recordó con emoción a Paulino Freezer, gaucho fallecido, como alguien que acompaña el desfile desde el cielo. Dedicó un largo tramo a las "damas gauchas": dijo que "los gauchos no son nadie" sin una mujer que sostenga la familia y cuide el hogar. Y se detuvo en los niños y jóvenes que desfilaban, a quienes llamó "los futuros gauchos que no dejarán morir nuestra tierra ni nuestro trabajo".

Pidió también que el público participara: vivas, aplausos, pañuelos al viento, chasquidos de rebenque, y frases como "¡Que no se acaben los aplausos, hermanos, es fiesta!". Fue nombrando con devoción las banderas argentina, salteña y papal, y las imágenes sagradas.

Entre saludo y saludo, avisos de utilidad

Cada tanto interrumpía el clima festivo con información útil. Avisó que las imágenes se guardarían por el sol fuerte y que la iglesia seguiría abierta hasta las 18:00 h. Anunció el celular perdido y pidió despejar la calle para los ciclistas. Presentó las chacareras que bailaron los chicos en plena calle.

Lo que quiso transmitir

Al analizar su mensaje encontré cuatro ideas. La primera es que el desfile es una ofrenda de fe y no un simple espectáculo, ya que amar la tierra y las costumbres criollas es una manera de agradecer. La segunda es el consuelo: rezó por los enfermos, por los ancianos y por los peregrinos que sufrieron un accidente camino a la capital salteña. La tercera une la fe con el cuidado del entorno, porque ser "buenos cristianos" es dejar limpio el lugar. La cuarta mira hacia adelante, con el deseo de volver a encontrarse el año próximo.

3. Las palabras del sacerdote


Una idea central

En su homilía (la reflexión que el sacerdote ofrece durante la misa), el Padre Arturo habló de un tema exigente: la mortificación cotidiana, que significa aprender a renunciar a lo que uno cree merecer. Para él, celebrar el Milagro es asumir un compromiso serio con la fe, no una costumbre más.

Cómo lo explicó

Comenzó por la vida de Jesús. Nació en una familia pobre, en un pesebre, y muy pronto tuvo que huir a Egipto. El sacerdote, apoyándose en una carta bíblica, dijo que Jesús "aprendió en el sufrimiento lo que es obedecer" y que su entrega fue una renuncia diaria, un "morir cada día", y no solo un hecho ocurrido en la cruz.

Luego describió, sentido por sentido, lo que Jesús habría soportado en la Pasión: el mal olor de sus verdugos, los latigazos en lugar de caricias, los insultos en lugar de las palabras de consuelo de su madre, el vinagre en lugar de agua. Con esas imágenes buscó mostrar hasta dónde llega la entrega.

Un espejo para la comunidad

Después pasó a lo cotidiano. Contrastó el silencio de Jesús con nuestra costumbre de reclamar: "yo merezco respeto", "merezco vacaciones", "merezco un asado", "por qué no me llevaron a mí". Aclaró que la fe no prohíbe disfrutar de las cosas buenas, y que lo que pide es no poner el corazón en ellas ni convertirlas en exigencias.

Presentó a María como modelo de esa actitud. Al pie de la cruz, dijo, no protestó ni reclamó justicia, sino que acompañó en silencio y guardó todo en su corazón.

Una promesa mutua

Cerró con una frase que resume su mensaje: "celebrar el milagro es cosa seria". La fe, explicó, es un pacto de dos: "Yo soy tuyo porque tú eres mío". Invitó a mirar hacia las cosas del cielo sin quedar atrapados en las vanidades del mundo. Me llamó la atención su manera de hablar: usa ejemplos de la vida diaria, como el asado o las vacaciones, para que ideas difíciles se entiendan sin esfuerzo.

4. Dos maneras de vivir la misma fiesta

Un cuadro para ver las diferencias

Al llegar a este punto quise comparar lo que ocurrió dentro de la iglesia con lo que ocurrió afuera. Armé este cuadro.

Dentro: la misa

Afuera: el desfile y la feria

Quiénes hablan

Sacerdote, monitor, coro, asamblea

Locutora, vendedores, asistentes

Cómo se habla

Solemne, con un orden fijo

Alegre, cercano, espontáneo

Qué se busca

Renovar el pacto con Dios

Celebrar la identidad criolla y la convivencia

Símbolos

Cruz, altar, pan y vino, rosarios

Banderas, sombreros, ponchos, rebenques

Dónde ocurre

En el templo y el inicio de la procesión

En calles, feria y orillas del río

Qué se pide a la gente

Ser solidaria y humilde

Cuidar el ambiente y la seguridad

Lo que cambia y lo que se parece

Adentro se habla de renuncia, y afuera se celebra la vida del campo. Adentro todo sigue un libreto antiguo, con Credo, consagración y cantos como "Sobre tu altar", "Santo" o "Cordero de Dios". Afuera manda la espontaneidad: vivas, pañuelos, música folklórica y chacareras improvisadas. La procesión tiene un orden estricto de personas y funciones, mientras que en la calle importan cosas más cotidianas, como cuidar el lugar, devolver lo perdido y evitar accidentes. Y mientras el templo tiene su colecta solidaria, la feria tiene su economía informal, con precios anunciados a viva voz y cobros por transferencia y tarjeta.

Un puente entre ambos mundos

Las dos dimensiones no se dan la espalda. El Padre Arturo es un puente: es sacerdote y es gaucho, celebra la misa y desfila con los fortines. Y lo que se promete adentro se vuelve visible afuera, cuando los jinetes saludan con el sombrero a las imágenes de los santos.

5. La fiesta vista por jóvenes gays

Quiénes son y por qué importan

Rio del Valle a la altura de Piquete

En este último apartado retomo las conversaciones que registré entre los asistentes con un dato esencial: quienes hablaban eran jóvenes varones gays de la comunidad LGBTIQ. Se criaron en familias rurales y hoy se mueven entre pueblos más urbanizados y su lugar de origen. Para leerlos me apoyé en pensadores latinoamericanos como Néstor Perlongher y Marlene Wayar, que estudiaron cómo las personas diversas habitan los lugares tradicionales.

Este grupo está entre dos mundos. Conoce el campo, pero también otros ámbitos, y su forma de participar mezcla humor, ironía, cariño y observación.

Tres voces del grupo

Distinguí tres maneras de hablar dentro del grupo.

El que mira y coquetea. Comentaba con picardía cómo la gente se mira en el desfile. Decía, por ejemplo, "se lo pasan mirando más" y "a mí me molesta que me miren", y recordaba con nostalgia una época en que le resultaba más fácil pedir un número de teléfono. Interpreto en esas frases una mezcla de incomodidad y disfrute, muy propia de quien vive en un lugar donde todos se conocen. Un desfile pensado para exaltar la masculinidad del jinete se vuelve también un escenario donde se mira con deseo, algo que rara vez se dice en voz alta.

El que observa y aprende. Le llamaba la atención la belleza de los jóvenes que desfilaban ("Pero si son hermosos, ¿cómo no te van a mirar?") y celebraba la imagen del cura gaucho: "la primera vez un cura coqueando y desfilando. Está bonito". (Coquear es masticar hojas de coca, una costumbre andina extendida.) También quería aprender a hacer las manzanas acarameladas, y explicaba el procedimiento: pasar la fruta un instante por agua hirviendo, elegir buenas manzanas y usar azúcar rubia con colorante. Además notaba que los vendedores ya cobran por transferencia y tarjeta, y que la feria cambió con la tecnología. Su mirada me mostró que se puede querer una tradición sin someterse a sus reglas, gozar de su belleza y reírse con cariño de sus rigideces.

El que cuida y organiza. Era quien recordaba no dejar el celular al sol, buscaba dónde estacionar, atendía que el grupo llegara a un baño y planeaba cómo cruzar el río sin caer en los pozos. También fijaba la hora de regreso: a las dos de la tarde, en casa. Con humor se quejaba de que "no le tocó ningún lindo", y lo cerraba con un "disgustos". Su papel muestra que el grupo funciona como una pequeña red de cuidado mutuo, un lugar seguro donde se puede hablar sin filtro.

Lo que este apartado agrega

Los compromisos del grupo son modestos: proteger los teléfonos del calor, resolver baños y estacionamiento, cruzar el río con seguridad y llegar a la casa familiar a las 14:00 h. Pero dicen algo importante. Estos jóvenes no son visitantes ni extraños en el campo. Conocen el río, los pozos y los horarios de su familia. Pertenecen a los dos mundos a la vez, y por eso son una prueba de que la tradición también los incluye.

Conclusión: lo popular sabe resistir

Si algo me enseñó la fiesta de Piquete de Anta, es que una celebración religiosa no vive solo de su ritual. La misa tiene un orden que casi no cambia, una jerarquía y palabras fijadas por siglos. Pero la fiesta que se despliega alrededor no obedece del mismo modo. Mientras el sacerdote habla de renunciar, la calle celebra. Mientras adentro se guarda silencio, afuera se aplaude, se baila, se vende, se cobra, se comenta y se mira.

Ese desborde tiene algo de resistencia, en el sentido más amable de la palabra: la capacidad de una cultura para conservar su propia voz, aun dentro de un marco que no le pertenece. Lo popular no se enfrenta a la Iglesia ni rechaza el pacto de fidelidad. Lo traduce a su idioma. La locutora convierte el desfile en una ofrenda, los jinetes saludan a los santos con el sombrero, y ser un "buen cristiano" pasa a significar, además de rezar, dejar limpio el lugar. Incluso el cura se vuelve gaucho, como si la tradición local también supiera dar forma a la institución.

Los jóvenes gays hacen algo parecido, con otra sutileza. No piden permiso ni disputan el altar. Miran, ríen, aprenden una receta, se cuidan entre sí y vuelven a tiempo para el almuerzo familiar. Habitan la fiesta como propia, con el mismo derecho que cualquier otro vecino, y así ensanchan la tradición sin romperla.

La fiesta del Milagro puede entenderse, entonces, como un doble pacto. Hay uno solemne, que se proclama en la iglesia. Y hay otro silencioso, que el pueblo renueva por su cuenta, hecho de humor, cuidado, memoria, comercio y deseo. Ese segundo pacto no necesita bendición, y probablemente es el que hace que todos vuelvan al año siguiente. Yo me fui de Piquete de Anta con esa sensación: la de haber visto una fe que se sostiene en el templo y una fiesta que se sostiene sola.

 

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

El algarrobo que reverdece

Vuelvo de La Esperanza y en el camino se me abre otra vez el mismo mapa: el algarrobo que reverdece, el galpón parado sobre la casa donde dormía de chico, el pozo del río donde aprendí de los silencios un 23 de diciembre con mi hermano todavía niño, llorando por atención en la orilla. No hay una sola versión mía que se quede quieta en esta tierra. Está el que a los diecinueve escondía a Carlos de su padre y hoy defiende banderas ajenas frente al fuego de un vecino. Está el que se ahogaba en Los Pozos y hoy vuelve a la finca buscando aire. Está el hermano que lloraba junto al agua y hoy administra conmigo, con otra lógica, el mismo suelo. Nombrar esto no lo resuelve: lo nombré hace años y el dibujo se repite, apenas un poco más alto en la espiral. Quizá envejecer en el campo sea solo aprender a cultivar alrededor de las heridas, no a cerrarlas.

El algarrobo que reverdece

Crónica de una visita a La Esperanza — Paso de la Cruz, Anta, 10 de septiembre de 2026

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

Vasos comunicantes: auto-presentación metodológica y epistemológica


I. El portón de doble hoja

Hacía un par de años que no cruzaba ese portón, aunque Julián vive a seis kilómetros de donde yo vivo, aunque somos vecinos en el sentido más antiguo y más exigente de la palabra: los que comparten alambrado, agua y memoria. La distancia nunca se mide solo en la huella que separa dos tranqueras. Se mide en el tiempo que uno decide entregarle a lo que tiene cerca. Abrí el portón metálico de doble hoja —el nombre de la finca inscripto en el hierro, La Esperanza— y avancé con la camioneta negra por una senda ancha, prolija, emparejada para el paso de dos vehículos. Ya en ese primer tramo empecé a leer los signos de una mutación profunda: hacia la derecha, un camino nuevo que muere en un desbajerado, en una loma que pronto será corral de engorde a feedlot para terneros. La tierra cambiando de vocación bajo mis ojos, como cambia un cuerpo que empieza a ejercitarse de otro modo.

Y mientras la huella de la camioneta iba dejando su rastro hacia el casco de la finca, donde compartiría un asado con Julián, se me vino encima —sin permiso, como vienen siempre estas cosas— el recorrido que hacía por el mismo camino cuatro décadas atrás, de niño, con mi padre, con mi madre Clotilde y con mi abuela Flora, para las yerras en el puesto que comandaba Elías Gómez. El mismo sitio, exactamente el mismo suelo, donde hoy se levanta la finca moderna de Julián. Reconocí el terreno como se reconoce un palimpsesto: ahí estaba el gran algarrobo que este setiembre empieza a reverdecer, el mismo que ya daba sombra entonces; y donde hoy hay un galpón nuevo, enorme, estuvo la casa de Elías y de Esperanza Chávez, la mujer que le dio nombre a esta tierra sin saber que su nombre iba a seguir nombrándola. A esa casa del puesto me quedaba a dormir, en tantas oportunidades que perdí la cuenta, y ahí jugaba con los chivos armando, a mi manera infantil, la misma ceremonia que los adultos hacían en serio con el ganado vacuno en la yerra: marcar, sujetar, nombrar lo que es de uno.

No es la única capa de esta geografía que me pertenece. En este mismo departamento de Anta, a una distancia que en la infancia me parecía continental y que hoy sé que es apenas un puñado de kilómetros, queda Los Pozos, la finca de mi familia. Ahí cumplí diecinueve años, un diciembre de hace cuarenta y dos, y lo escribí esa misma noche: un día aburrido, sin gracia, casi penoso. Estaba en la finca porque acepté ir para hacer buena letra —esas fueron mis palabras entonces— y poder viajar después a Tucumán; y porque a un nivel menos confesado quería averiguar cómo ayudar a mi padre, a quien todavía no conocía bien, a quien en ese diciembre empezaba recién a dejar de ver como el monstruo que siempre había representado para mí. Un repuesto de tractor que no aparecía, una hacienda que no se pudo vender, un viaje a Tucumán que se cayó por decisión de mi padre bajo la influencia de mi madre: y yo escribiendo que sentí como si me hubiesen cortado una manguera de oxígeno. Diecinueve años y ya sabía nombrar la asfixia con esa precisión.

Hoy volví a cruzar ese paisaje y no sentí nada de esa asfixia. Al contrario: el encuentro con Julián está siempre cargado de afecto y de reconocimiento, y liga mi adultez con mi infancia sin necesidad de que yo tenga que forzar el gesto. En torno al fuego, con la carne ya en la parrilla y las humitas y los tamales que trajo de Tucumán calentándose al costado, empezó la primera parte de la charla. Sería luego a la mesa con los peones, y más tarde entre los toros, en el corral.

II. El alambrado que linda con el río

La charla junto al fuego —techo de chapa, sin cerramiento, esa cocina improvisada que es marca registrada de los puestos sobre la ruta 5 de Anta— fue, ante todo, una conversación de coordinación agropecuaria, pero yo la escuché también como se escucha un mapa de lo que un hombre teme y de lo que un hombre protege. Julián me habló de la necesidad de encuadrar y declarar formalmente ante el SENASA la actividad del corral de recría, para no quedar mal categorizado y no exponerse a inspecciones impositivas desmedidas; me habló de una intoxicación por guindilla y de afecciones en los toros que había que resolver rápido, coordinando con los veterinarios el envío de antitóxicos y antibióticos; me habló del Manejo de Bosques con Ganadería Integrada como el modo correcto —el modo que no genera multas— de hacer los desbajerados que necesita. Y me habló, también, del recambio completo del alambrado deteriorado en la franja que linda con el río.

Ese alambrado, esa frontera de hierro entre el potrero y el agua, fue la que me devolvió otra vez a Los Pozos, a otro río, al que fuimos aquel domingo 23 de diciembre de 1984 con Ana, el Negro, Juana y mi hermano Rodrigo. Rodrigo tenía entonces la costumbre de llorar por caprichos, gran parte del tiempo, hasta que —al ver que nadie le prestaba demasiada atención— se cansaba y se integraba al grupo por su cuenta. Lavamos la camioneta en la orilla; nos bañamos en un pozo del río lo bastante profundo como para nadar; Ana y Juana se quedaron mirando desde la playa, y yo, paranoico y esperanzado a la vez, les pregunté de qué hablaban y me dijeron que de todo, entre risas. Escribí esa noche que el campo era lindo cuando lograba mirarlo con tranquilidad, separando los problemas de mis padres de los míos.

Cuarenta y dos años después decidí volver a instalarme en la finca en tramos de quince días corridos, en sociedad con mi hermano, para encarar un proyecto de engorde de terneros que me saque del aislamiento. La misma palabra —aislamiento— que en 1984 yo le aplicaba al encierro forzado en el campo, hoy la uso para nombrar exactamente lo contrario: lo que el campo, compartido con Rodrigo, viene a resolver. No sé si eso es una cura o apenas un cambio de nombre para la misma herida. Lo que sí sé es que instalé internet en el establecimiento para no perder el contacto operativo, y que el vecindario rural sigue siendo tan heterogéneo como entonces: está César Alderete, aislado en la Estancia González, casi sin nadie que le tienda una mano; y está Evelia, a quien trato de sostener regulando el paso de sus chanchos hacia los campos linderos. Julián, con su misma lógica pragmática de siempre, prefiere absorber el costo del tratamiento veterinario del rodeo antes que pelearse con el vecino, y tolera la intrusión ocasional de los cerdos de Evelia a cambio de algún lechón. Se puede vivir en el campo sin estado que contenga, aprendí de chico y confirmo ahora, siempre que uno arme, con lo que tiene alrededor, una red de reciprocidades que haga las veces de institución.

III. Raíces y banderas provisorias

Ya en la mesa del quincho, con los peones, la charla se volvió más ancha y más honda. Hablamos del contraste entre el engorde intensivo en corral y el manejo semi-intensivo en piquetes; de las pérdidas que la chicharrita le infligió al maíz de Los Pozos. Julián contó que mi hermano Rodrigo hace cuchillos artesanales, un oficio que a la vez cura y da de comer. Reconoció, sin drama, el cierre de su antiguo emprendimiento de gaseosas, y se quejó de las lluvias que atrasaron el alambrado y la obra de su casa dentro del predio.

Y fue ahí, entre bocado y bocado, que Julián señaló una bandera del arcoíris en la fachada de una casa del pueblo y dijo, con esa franqueza sin filtro que tiene la camaradería rural, que él nunca pondría una bandera diciendo que es hétero, que esas cosas son del ámbito privado. Yo le respondí que no se trata de una provocación personal sino de un símbolo de visibilidad de todos, de la diversidad como hecho social y no como intimidad que hay que guardar. Discutimos sin que se alterara el clima de trabajo, sin que dejáramos de compartir el mismo asado, y eso —lo pienso ahora, ya lejos de la mesa— también es una forma de habitar el campo: la que permite disentir sin fractura.

Pero mientras yo defendía en voz alta el derecho a la visibilidad, algo en mí volvía, otra vez sin permiso, a diciembre de 1984. A esa misma finca de Los Pozos donde, mientras esperaba una llamada de Carlos que no llegaba, calculaba con qué estrategia evitar que la noticia de esa relación llegara hasta mi padre; donde recuerdo que pensé que sería mejor no llevar a Carlos a la casa familiar sino a la de mi abuela Flora —la misma abuela que años antes me llevaba a las yerras de Elías Gómez—, porque ahí, en ese territorio custodiado por una mujer y no por la ley del padre, algo podía respirar sin vigilancia. A los diecinueve yo administraba mi propia clandestinidad con la misma prolijidad con la que Julián hoy administra el SENASA: declarando lo mínimo indispensable, ocultando lo que pudiera traer inspección. Lo que entonces no tenía nombre público, hoy lo defiendo en voz alta frente al fuego de otro. No sé si eso es coherencia o apenas la distancia que separa a un adolescente asustado de un hombre de casi sesenta años, a meses de cumplir cincuenta y ocho, que ya no necesita el permiso de nadie. Sospecho que es las dos cosas a la vez, y que ninguna cancela a la otra.

Del otro lado de la mesa, Juampi —el encargado, estudiante a distancia de Producción Agropecuaria— defendía el feedlot con el entusiasmo de quien encontró en los libros una forma de ordenar lo que antes era puro oficio heredado: el encierro y la ración balanceada, decía, evitan el gasto energético del desplazamiento en campo abierto y afinan la conversión de alimento en carne; programa la parición para que coincida con el rastrojo del maíz; controla el peso de entrada y salida de los terneros —ciento cincuenta, doscientos cincuenta kilos— para no perder plata en la venta. Julio, el plomero tucumano que oficiaba de asador, aportó su saber técnico sobre calefones a gas envasado, recomendó la marca Orbis y explicó cómo limpiar los quemadores cuando la garrafa deja hollín. Cada uno defendiendo, a su modo, un fragmento de orden dentro del desorden general del campo.

IV. Los toros y las marcas que duelen

Después del almuerzo caminamos hasta el corral, entre medio centenar de toros reproductores Hertford. Ahí la charla cambió de textura: se volvió cuerpo, cojera, herida. Le señalé a Julián que alguno rengueaba; discutimos sobre el dolor articular que arrastran los animales de servicio. Y fue en ese mismo terreno, entre las patas de los toros, donde retomamos la discusión de la bandera, como si el cuerpo animal fuera el lugar más honesto para seguir hablando de lo que el cuerpo humano todavía no termina de decir del todo.

Después la mirada se corrió hacia las marcas a fuego. Le dije a Julián que no entendía por qué tenían tantos números marcados a hierro sobre el mismo animal, que eso es sufrimiento innecesario, que alcanza con la caravana o con el botón electrónico para identificar a un reproductor. Él me explicó la necesidad de la trazabilidad, de un identificador único e indeleble. Inspeccionamos a un toro grande, de diez años, con el cuerpo ya gastado por tantas temporadas de servicio, y de ahí pasamos a lo genital: toros "apistolados", con la vaina del pene desviada, la penetración imposible, bolsitas irritadas por raspaduras contra el monte, tratamientos antibióticos que a veces dejan secuelas visibles en la zona ventral, cicatrices que quedan como una segunda marca, esta vez no elegida.

No sé si es casualidad que la anatomía de la reproducción sea, entre todos los cuerpos del corral, el punto donde con Julián discutimos con más franqueza sobre lo público y lo privado del deseo. La empatía por el dolor animal y la honestidad de la discrepancia ideológica convivieron sin pelearse, media hora entera, hasta que llegó una camioneta blanca con el proveedor del bebedero nuevo. Julián se despidió y se fue a mostrarle el sitio de la obra. Yo seguí solo, en mi camioneta negra, hacia la casa de Evelia, para llevarla a buscar el maíz que gestioné con Alcorta —el productor más grande de granos de la región— y que necesita para sus chanchos, los mismos que cruzan hacia la finca de Julián y que él tolera a cambio de algún lechón. Dormí una siesta en esa casa, y después fuimos por los granos con Mariana, la hermana de Evelia.

Coda: vuelta al pozo

Manejando de regreso pensé en el algarrobo que empieza a reverdecer, en el galpón que ocupa el lugar exacto donde dormía de chico en la casa de Elías y Esperanza, en el pozo del río donde aprendí a de los silencios un 23 de diciembre con mi hermano todavía chico llorando por atención. Pienso que no hay una sola versión de mí mismo que se pueda quedar quieta en esta tierra: está el que a los diecinueve escondía a Carlos de su padre y hoy defiende banderas ajenas frente al fuego; está el que se ahogaba en Los Pozos y hoy vuelve a la finca en busca de aire; está el hermano que lloraba en la orilla del río y hoy administra conmigo, con otra lógica, el mismo suelo. Nombrar esto no lo resuelve. Lo nombré hace años y el dibujo se repite, apenas un poco más alto en la espiral, con un poco más de conciencia y la misma tierra debajo. Quizá de eso se trata, en definitiva, envejecer en el campo: no de cerrar las heridas sino de aprender a cultivar alrededor de ellas, como se cultiva alrededor de un pozo de agua que nunca se termina de secar.

lunes, 20 de julio de 2026

El aire y el barro: a cerca de doble conducciones y proyectos propios

Un almuerzo familiar en La Puló a cerca de Los Pozos —tractores rotos, un rodeo desbandado, el reproche de un hermano que se siente desautorizado— se convierte en la puerta de entrada a cuatro décadas de un mismo conflicto repetido en espiral. "El aire y el barro" cruza la escena del 20 de julio de 2026 con otros registros del diario: la "vacunada" de enero, casi idéntica; el encontronazo por la instalación eléctrica de 2023; la vez, en 2022, en que estuvo a punto de perderse un hermano de verdad, no en sentido figurado. Entre la pena que sostiene a un peón viejo y la que sostiene a un hermano, entre el mando que se ejerce desde el aire acondicionado y el que se aprende pisando el barro, el ensayo persigue una pregunta que no termina de cerrarse: quién hereda la tierra y quién hereda solamente la palabra, y si esa herencia partida todavía puede llamarse familia.



El aire y el barro:
a cerca de doble conducciones
y proyectos propios

Crónica de una sobremesa en La Puló, sobre Los Pozos,
con el eco de otros veranos e inviernos — 20 de julio de 2026



Síntesis auditiva

I. La mesa como escena primaria

Hay almuerzos que son, en realidad, juicios. Nos sentamos con mi hermano y con mi madre entre nosotros como quien pone una almohada entre dos cuerpos que se han empujado toda la noche, y ahí, sobre el mantel, volvió a abrirse la vieja herida: quién manda, quién sabe, quién decide en Los Pozos cuando el barro está fresco y el tractor no arranca. No fue una discusión sobre alambres. Fue, otra vez, la discusión de siempre, la que vengo escribiendo desde que tengo memoria de escribir: quién es el hijo que se queda con la tierra y quién es el hijo que se queda con la palabra.

Rodrigo llegó cargado. "Cómo me tratás, pelotudo", me dijo, y en ese insulto cariñoso y filoso a la vez reconocí algo que no es nuevo: el reproche de quien se sintió abandonado en el momento exacto en que más necesitaba que yo lo sostuviera. Había un quilombo de tractores, un rodeo desbandado, un peón que decidía por su cuenta lo que debía articular con otros. Y en medio de esa emergencia, yo le exigí algo que él no pudo darme: prever. Anticiparse. Sostener la escena antes de que se rompiera. Lo humillé, dice él, delante de otro pelotudo. Yo digo que no fue delante de nadie. Pero la memoria de la humillación dela cantidad de veces en que medió la posición de nuestro padre frente a los peones, no negocia con los hechos: se aloja en el cuerpo y ahí se queda, esperando el próximo almuerzo para salir a cobrarse.

Y mientras escribo esto caigo en la cuenta de algo que no es casual: esta misma escena, casi con el mismo reparto y el mismo libreto, ya la escribí seis meses antes. El 16 de enero anoté, después de una vacunada, que mi hermano había hecho catarsis delante de mi mamá, acusándome de haberlo "frustrado" porque en cinco años la finca solo creció veinte terneros. Julio no inaugura nada. Julio repite enero con otra excusa —los tractores en vez de las vacas—, como si el conflicto necesitara, cada seis meses, un pretexto nuevo para decir siempre lo mismo.

II. La pena que hereda del padre

Hay una frase de Rodrigo que no dejo de masticar: a Sato, dice, "lo banco por el papá". Ahí está todo. Ahí está el nudo que ninguno de los dos nombra en voz alta pero que los dos arrastramos como un objeto interno pesado, heredado, no elegido. Sato no es un empleado ineficiente: es un resto del padre, una prueba viviente de que el padre existió, mandó, quiso, protegió a los suyos aunque fueran unos vagos. Sostener a Sato es, para Rodrigo, sostener un pedazo de la autoridad paterna que ya no está. Por eso lo defiende aunque lo insulte. Por eso lo llama "viejo gordo choto" en la misma frase en que lo justifica.

Y yo, que en esta familia cargo fama de sensible, de intelectual, de archivista de mis propios sentimientos, soy el que dice: a mí también me da pena, pero lo define la plata. Me sorprendo escribiéndolo. Porque durante años pensé que el límite, la ley, el corte, era terreno de Rodrigo, el pragmático, el que administra. Y resulta que en Los Pozos el orden simbólico se invirtió: yo introduzco la norma y él sostiene el afecto desregulado.

Ya lo había anotado en enero de este año, cuando escribí sobre "la camioneta del sufrimiento": mi hermano se negaba a prestármela para cargar cemento, no porque la necesitara él, sino porque no soporta someterla a la carga. Ahí mismo anoté algo que hoy releo con otros ojos: que no lo veía como algo recurrente frente a la figura de nuestro padre, sino como algo que lo oprime y le produce sufrimiento a él mismo. Su miedo a no poder sostener el nivel de vida actual, a no alcanzar la imagen que tiene de nuestro papá, se manifiesta en el cuidado excesivo de una herramienta que para mí es solo una herramienta de trabajo. Sato y la camioneta son la misma cosa disfrazada dos veces: objetos que no se pueden tocar porque tocarlos sería aceptar que el padre ya no está para juzgar cómo los tratamos.

III. Doble conducción, doble herida

"Yo no quiero que haya una doble conducción", le dije. Y en el momento de decirlo pensé en el campo, en Rafucho haciendo una picada sin entenderse del todo con Rodrigo, en Sato negándose a buscar el repuesto porque prefiere bañarse. Pero ahora, escribiéndolo de noche, entiendo que la doble conducción no es solo un problema de organigrama. Es la estructura misma de nuestra fraternidad. Somos dos mandos que nunca terminaron de repartirse el territorio: el de Rodrigo, que administra desde la ciudad, desde el aire acondicionado, desde el WhatsApp; y el mío, que se ensucia las botas, que camina el kilómetro que él calcula como  trescientos cincuenta metros, que sabe exactamente dónde está caído el alambre porque lo pisé.

Cuando Rodrigo me dice "manéjalo vos, a vos te respetan diez veces más", no me está delegando: me está devolviendo, con rabia, un lugar que en el fondo le duele haber perdido. Ahí hay celos, sí, pero también hay algo más antiguo: la competencia entre hermanos por el amor de un padre que ya no puede repartir nada, ni afecto ni autoridad, porque está muerto y solo queda su nombre flotando sobre la finca como una nube que no llueve.

Y esa doble conducción no es una figura retórica mía: es un riesgo real, que ya se cobró una víctima este mismo año. En abril anoté, camino a Lajitas, que Rafucho estaba pensando en irse de la finca porque "tanto mi hermano Rodrigo como yo hemos estado ausentes": él con un manejo que apenas sostiene por falta de diálogo, yo desconociendo el manejo del dinero y las tensiones internas. No es que Rafucho se retobe por gusto, como leí el episodio del repuesto con Sato en julio. Es que dos mandos ausentes, cada uno mirando para otro lado, terminan produciendo el mismo vacío que después nombramos como insubordinación. La culpa que le pongo a los peones es, muchas veces, el nombre que le doy a nuestra propia ausencia repartida.

Yo tuve que aclararle a Rodrigo, con una firmeza que me costó encontrar, que no estoy compitiendo por su lugar. Que mi proyecto en Los Pozos no es una copia del suyo ni una revancha. Es mío. Se relaciona con el de él, se cruza con Sato y con Roberto, pero no le pertenece. Decirlo en voz alta fue, quizás, la frase más importante del almuerzo, aunque haya quedado sepultada bajo el ruido de los tractores.

IV. El hilo que se repite: la electricidad del padre

Cuando Rodrigo insiste en dividir el potrero con un alambre eléctrico improvisado, minimizando el esfuerzo que eso requiere, no es la primera vez que la electricidad de Los Pozos nos hace chocar. En enero de 2023, después de un "encontronazo" con él por la instalación eléctrica de la finca, anoté algo que hoy vuelve casi textual: que el dolor no era por los postes ni por los cables, sino por el traslado que hago en mi hermano de la reminiscencia de mi viejo viva en él. Me pasé cuatro días masticando esa frase entonces. La sigo masticando ahora, dos años y medio después, frente al mismo tipo de discusión, con otro alambre y otro potrero.

Hay algo revelador en que sea justamente la electricidad —la instalación que ilumina, que conecta, que hace habitable la casa de noche— el símbolo recurrente de nuestro desencuentro. Instalar luz en Los Pozos es, en el fondo, decidir qué parte de la finca queda iluminada y quién se queda en la zona de sombra. En abril de este año escribí que llevaba seis meses sin registrar el estado de las baterías de electricidad en Los Pozos, y que esa ceguera simbolizaba mi propia ausencia del proyecto. El alambre eléctrico de julio, entonces, no es un capricho de Rodrigo: es el enésimo capítulo de una disputa que ya lleva, por lo menos, tres años de historia escrita, y que probablemente sea mucho más vieja que mi diario.

V. El mando de aire y el mando de barro

Llevo años notando esta diferencia sin encontrarle nombre justo, y hoy, revisando la escena, aparece con claridad: Rodrigo gestiona la finca con el hábito adquirido de quien nunca tuvo que aprender el territorio con el cuerpo. Calcula mal las distancias —confunde trescientos cincuenta metros con más de un kilómetro— no por descuido, sino porque su relación con Los Pozos siempre fue mediada: por mi madre, por los capataces, por los informes que alguien más le lleva. La finca, para él, es un mapa mental. Para mí, cada vez más, es una topografía que piso, que huelo después de la lluvia, que conozco por los alambres que se caen y por los que resisten.

No lo digo con soberbia. Sé que mi propia relación con la tierra también fue, durante mucho tiempo, prestada: entraba a Los Pozos de la mano de mi madre, como visita autorizada, como hijo que acompaña pero no decide. En abril, en una entrada que titulé "El Umbral", escribí algo que hoy leo como una premonición de este almuerzo: que sé, de manera vaga pero firme, que no puedo seguir siendo el hombre que pide permiso para plantar; que no puedo seguir midiendo mi lugar en la finca según la sombra de un árbol que otros pusieron ahí antes de que yo naciera. Y anticipé, con una lucidez que me sorprende releer, que Rodrigo iba a llamar "enredo" a lo que yo llamo necesidad, y que mi madre iba a seguir soltando sin soltar.

Eso fue exactamente lo que pasó el 20 de julio, casi palabra por palabra, aunque yo no lo tuviera presente mientras discutíamos. Puede que esto sea lo que verdaderamente estábamos negociando en la mesa, sin decirlo: quién de los dos, a esta altura, tiene un vínculo autónomo con la tierra, y quién todavía la mira desde una ventana con aire acondicionado.

VI. Lo que casi se pierde: la vez que estuve a punto de perder un hermano

Hay una razón por la que esta pelea, con toda su dureza, nunca alcanza cierto punto de no retorno entre nosotros, y esa razón tiene nombre y fecha. En enero de 2022 estuve a punto de perder algo mucho más grave que una discusión sobre alambres: casi pierdo a mi hermano de verdad, no en sentido figurado. Un proyecto que armamos con sus hijos, un bar que sostuve durante años, se desmoronó en un conflicto con Laura, su mujer, que terminó con sus hijos y su cuñada sacando cosas del local mientras yo, del otro lado, sentía que mi ofrecimiento de incorporarlos a la familia se leía como codicia. Escribí entonces una frase que todavía me duele: "Hoy yo perdí tres sobrinos y una cuñada, que tal vez nunca tuve. Ellos perdieron un tío y una herencia. Me queda averiguar que no haya perdido un hermano."

Leído desde julio de 2026, ese enero de 2022 es la clave que le falta a la escena del almuerzo. Cuando hoy me peleo a los gritos con Rodrigo por un tractor o por un alambre, lo hago sabiendo, en algún lugar que no siempre está a la vista, que ya estuvimos al borde de algo peor y que sobrevivimos. La doble conducción de la finca es grave, pero no es lo más grave que nos pasó. Tal vez por eso, después de pelear, todavía podemos reírnos de la tormenta del catamarán: porque los dos sabemos, sin decirlo, que la pelea de hoy no es la que de verdad podría separarnos.

VII. El nudo: lo que mi madre sostiene al sostenerlo a él

En marzo de este año escribí una entrada que titulé "Nudo de hermanos: silencio y dependencia", y ahí aparece, dicha con una crudeza que en la mesa del almuerzo no me permito, la otra cara de la pena que Rodrigo siente por Sato: la pena que mi madre siente por Rodrigo, y que se traduce en autoridad. Anoté que ella volvió a su rigidez de siempre: que mi hermano define el futuro de la finca y su modalidad de trabajo porque siempre fue así, porque él conoce ese oficio y yo no, y porque —dijo— me porté mal con él y con mi hermana al expresar mis sentimientos.

Admite que mi diferencia puede ser correcta, escribí esa noche, pero me destituye entre ellos: me pinta agresivo, incapaz de hacerme entender. Y agregué algo que no me atrevo a decir en voz alta frente a ella pero que aquí, en el diario, puedo nombrar con su peso exacto: que sentía la castración que ella operó sobre mí toda la vida, sosteniendo a Rodrigo como quien no se banca perder al último hijo que le queda cerca. Cuando en el almuerzo de julio Rodrigo me dice que a mí me respetan diez veces más, no me está regalando nada: me está devolviendo, por un instante, un poder que mi madre nunca terminó de darme del todo. Y cuando yo insisto en poner límites de plata, de organización, de mando, estoy discutiendo con dos personas a la vez, aunque en la mesa solo hable con una.

VIII. Jubilar la orfandad

En medio de la tensión apareció un acuerdo inesperado para ordenar lo que quedó suelto. Me sorprendió lo fácil que fue coincidir en esto, después de tanto pelear por el resto. Y entiendo por qué.  Ahí donde no hay herencia afectiva en juego, Rodrigo y yo somos capaces de una lucidez quirúrgica. Donde sí la hay —en Sato, en los alambres del padre, en la manera en que se organiza el trabajo— todo se vuelve pantano.

Me pregunto si no es momento de aplicar la misma lucidez, poco a poco, en los otros terrenos. No para desprendernos de la pena, que probablemente nunca deje de dolernos ver envejecer y fallar a quienes acompañaron a nuestro padre, sino para separar, como aprendí a hacerlo con la plata frente a Sato, el afecto legítimo de la parálisis que ese afecto produce cuando se disfraza de lealtad. Cuidar no tiene por qué significar sostener indefinidamente el desorden. Cobrar lo que se nos debe —en trabajo, en respeto, en orden— no tiene por qué ser un acto de crueldad extractiva. Esa distinción, que vengo trabajando en mí mismo desde hace años, hoy la vi actuada en una mesa, entre el arroz y las milanesas, sin que nadie la nombrara.

IX. La tormenta que nos volvió hermanos otra vez

Lo que más me conmueve, al releer el almuerzo, es lo que pasó después de la pelea. Cuando ya no quedaba nada más que reclamarnos, apareció el relato del catamarán, la tormenta, la manguera que chupó aire y casi los da vuelta, y ahí, en el miedo compartido y ya pasado, Rodrigo y yo volvimos a ser simplemente dos hermanos contando una anécdota. Después vino el partido de Argentina contra Inglaterra, la bronca futbolera, tan liviana comparada con la bronca de los tractores. Fue como si el peligro real —el agua entrando en el bote, el miedo físico y concreto— nos devolviera a un territorio donde no hace falta pelear por el mando, porque ahí el mando es de nadie: es del viento, de la ola, de la suerte.

Y no es la primera vez que una reconciliación así nos salva. En mayo de este año, después de otra pelea con mi madre, anoté que almorzamos juntos con Rodrigo en el Café de los Poetas, que compramos mercadería para la finca y arreglamos juntos una rueda pinchada del auto, y que hablamos de comprar entre todos una camioneta usada para Los Pozos. Fue un día lindo, escribí entonces, casi con sorpresa, como quien anota un hallazgo. Creo que ahí está la clave de por qué, a pesar de todo, seguimos sentándonos a la misma mesa. No porque hayamos resuelto la doble conducción, ni la herencia, ni el lugar de cada uno frente al fantasma de nuestro padre. Sino porque en algún momento siempre aparece esa otra escena —el catamarán, la rueda pinchada, la mercadería compartida— que nos recuerda que antes de ser administradores en pugna fuimos, y todavía somos a ratos, dos hermanos sin más.

Cierre. Lo que queda del barro en las manos

Escribo esto de noche, lejos ya de la mesa, y pienso que Los Pozos no es solamente una finca que administrar: es el lugar donde Rodrigo y yo seguimos discutiendo, entrada tras entrada en mi diario, año tras año, quién de los dos va a ser digno de sostener lo que el padre dejó sin instrucciones claras. Lo escribí en enero con la vacunada, lo escribí en 2023 con la electricidad, lo escribí en abril con el árbol caído, lo escribí en marzo con el nudo de silencio, y lo vuelvo a escribir ahora, en julio, con los tractores y el alambre. No es que no aprenda: es que la espiral no se cierra de una vez, se recorre de nuevo cada tanto, un poco más alto cada vez.

No hay organigrama que resuelva eso del todo. Pero algo se movió hoy: dije en voz alta que mi proyecto es mío, que no compito, que puedo poner un límite sin necesidad de humillar a nadie. Y descubrí, con algo de vértigo, que ya no entro a la finca de la mano de mi madre. Entro con mis propias botas, calculando yo mismo la distancia entre un poste y otro, un kilómetro ó trescientos cincuenta metros que ya no necesito que nadie me confirme.


domingo, 19 de julio de 2026

Choco, o la administración del amor en tiempos de finitud: El comprimido y medio

Choco, o la administración del amor en tiempos de finitud es un ensayo que explora el declive físico de un perro como el metrónomo de un duelo y una reconstrucción identitaria. Mediante el gesto cotidiano de dosificar un "comprimido y medio", el autor despliega una cartografía afectiva donde el cuidado del animal se entrelaza con la memoria de la abuela Clotilde, la figura del padre y la genealogía masculina en la finca Los Pozos.

Los perros, descritos como "pedazos de mí", no son meros acompañantes, sino mediadores en la construcción de una pertenencia propia, no heredada, en un territorio antes dominado por los ancestros. El texto transita desde la vitalidad desbordada del cachorro hasta la "pirca afectiva" de la vejez, revelando cómo el cuerpo del animal traduce tensiones familiares —incluyendo la relación con el hermano y el rechazo táctico del padre— que la palabra directa no alcanza a nombrar. En última instancia, el cuidado de Choco en su fragilidad se revela como un ejercicio de emancipación subjetiva y una forma de habitar la propia finitud con paz.


19 de julio de 2026, con posdata de cuarenta años.



Síntesis auditiva

I. La dosis exacta

Le digo a mi madre que tengo que acordarme de llevar lo del Choco. Se lo digo casi de pasada, como quien menciona un trámite, y sin embargo ahí está ya todo: un comprimido y medio, un perro de veintidós o veintitrés kilos, un cálculo de dosis que hago en voz alta en la mesa del almuerzo del 19 de julio porque necesito que el número me organice algo que las palabras solas no alcanzan a contener. Mi vieja me corrige: dale uno nomás, con uno solo va a ser lo mismo. Y en esa corrección hay una ternura práctica que reconozco de toda la vida: ella también administra, también dosifica, también convierte el amor en instrucción precisa cuando el amor a secas se vuelve insoportable de sostener.

El Choco está muy debilitado. Se cae, falla. Y mi madre, que lleva más años que yo mirando cuerpos envejecer, me dice sin dramatismo que ahora ya no le duele, que eso ya pasó, que va a haber que darle el calmante cuando vuelvan los fríos. Habla del perro y habla, sé que habla, de otra cosa: de que la vida es nacimiento y muerte, nacimiento y muerte, un estado más entre los estados, y que yo voy a tener tiempo de hacer lo mío. No sé si le creo del todo. Pero anoto la frase porque intuyo que la voy a necesitar.

II. Los ocho meses, la rabia sin vacunar

Busco en el archivo y encuentro al Choco cachorro. Es octubre de 2015, hace frío en Salta, unos ocho grados, y escribo que Choco corre y corre en el parque con la fuerza y la energía de cualquier joven a sus ocho meses. Todavía no lo había vacunado contra la rabia — anoto el dato con la misma precisión con que hoy calculo el comprimido, como si desde siempre mi manera de querer a este perro pasara por la exactitud de un cuidado técnico. Esa misma tarde almorcé con una viejita en silla de ruedas, sentada junto a una estufa a gas, con la prolijidad de alguien que ya está de vuelta de todo. Me refiero a Mi “mami linda”, mi viejita, mi abuela Clotilde, la mamá de mi mamá. La escena quedó registrada sin que yo advirtiera entonces lo que ahora se me impone: un cachorro desbordado de vida al lado de un cuerpo que ya administraba su propia lentitud. Once años antes de este almuerzo con mi madre, ya había puesto uno junto al otro la vitalidad y el declive, sin saber que estaba ensayando el vocabulario con el que hoy nombro la vejez de ese mismo perro.

III. La puerta de la Santa Fe

Un año después, en 2016, Chocolate y su compañero de entonces — Cirjua ó Cirujita como lo llampe al final de sus días y después de su muerte— entran y salen por la puerta de casa una y otra vez, toman agua, chequean que todo siga en su lugar, se regocijan. Escribo que esa satisfacción de ellos me satisface a mí, y que cuando vuelven y se acuestan cada uno a un costado de la mesa del patio donde escribo, y me piden caricias, siento una plenitud que casi me angustia de tan completa. Es un pedazo de mí, anoté entonces sobre Chocolate. No una posesión ni una mascota: un pedazo de mí. La formulación no es casual. Ahí, temprano, el perro ya funciona como una zona intermedia entre lo que soy y lo que me rodea — un objeto que no es del todo otro ni del todo yo, sostén silencioso de una intimidad que en esos años, como en tantos otros, se construye más fácil con un animal que con las personas.

IV. El que se levanta primero

Los años pasan y la casa se puebla de a poco: llega Malko, y con él una coreografía doméstica que registro con el detalle de un etnógrafo de su propia intimidad. Choco ya se levanta conmigo, escribo en 2022, mientras Malko sigue en la cama disfrutando de dar vueltas y estirarse solo. Es una observación mínima y sin embargo dice mucho: en la pareja de perros que me acompaña hay temperamentos, hay un orden, hay quien acompaña el ritmo de mis mañanas y quien se toma su tiempo. Esa misma entrada anoto que se me hace insoportable ver cómo, a veinte años de distancia, tantos espacios y personas ya no están, porque la vida nos separó o porque se murieron. Y entonces escribo: quiero la contundencia de ir con mis perros al parque. Afecto y verdad, los pilares de esta época. Ya en 2022 el vínculo con Choco y Malko funcionaba como ancla frente a la erosión de todo lo demás — la cosa más simple y más cierta en medio de lo que se pierde.

Un año antes había anotado, entre risas, que Chocolate se ponía como loco al presenciar la sexualidad de sus mayores caninos, y que el pobre Choco quedaba expuesto a eso sin quererlo. Lo recupero no por anécdota sino porque ahí, en ese registro casi cómico, el Choco todavía es puro cuerpo joven, puro impulso, un perro que se agita frente a la vida de los otros. La distancia entre ese Choco y el que hoy se cae y falla es, exactamente, la distancia que estoy aprendiendo a nombrar.

V. El monte, el mundo nuevo

En 2023 Malko y Choco llegan a Los Pozos y descubren, escribo, ese nuevo mundo del monte, lleno de vacas y caballos y perros. Yo mismo llego impactado por tanta presencia de vida. No es casual que los perros entren a la finca al mismo tiempo que yo intento construir ahí una pertenencia propia, no heredada ni mediada por mi madre ni por mi hermano. Los perros aprenden el territorio conmigo; se integran a un lugar que para mí sigue siendo, en tantos sentidos, un lugar por conquistar en sus propios términos. Cuando en 2026 escribo que la gata Blancanieves está aprendiendo a mirar la ruta como aprendieron Malko y Choco hace cinco años, entiendo que esos cinco años no son un dato menor: son casi exactamente los años que llevo intentando construir con Los Pozos una relación que no dependa de la mediación materna ni de la gestión de mi hermano. Los perros llegaron a la finca conmigo, en el mismo movimiento en que yo empezaba a intentar llegar por mi cuenta.

VI. La represa, la castración, el padre

Hay una entrada de enero de este año que no puedo leer sin que se me apriete algo en el pecho. Camino sobre la represa de Los Pozos al atardecer, después de una lluvia constante. Malko chapotea entre los camalotes. Choco ya no se moja por su vejez; ese día, además, está medio rengo. Y escribo — lo escribo yo, antes de este almuerzo con mi madre, antes del comprimido y medio — que caminar por ese lugar donde empecé a andar de una manera nueva hace casi cinco años me produce paz, porque ahí conecto mi masculinidad con la de mi papá y de mi abuelo en un camino de emancipación subjetiva. Le puse un nombre a esa entrada: La represa de Malko y Choco, trascendiendo la castración original. El envejecimiento del perro y mi propia genealogía masculina quedaron anudados en la misma frase, en el mismo paseo, mucho antes de que mi madre me dijera en la mesa que la vida es nacimiento y muerte.

Un mes después la anudadura se vuelve todavía más explícita, casi violenta. Bañando a los perros para restaurar mi espacio más íntimo, Choco me muerde y me lastima la planta del pie. Me agarra una angustia impresionante, escribo, porque no espero que quien cuido tanto me muerda. Y ahí mismo interpreto: la mordida del perro es el emergente de mi relación con mi hermano, quien está afrontando que no puede ocupar el lugar de mi papá en la finca; él me desconoce en mi identidad, y eso resuena como el rechazo táctico de mi padre de toda la vida. Le pongo por título a esa entrada De la mordida del Choco al salvataje del ecosistema de Los Pozos, y ahí, sin proponérmelo del todo, ya estaba haciendo lo que hago ahora con este ensayo: dejar que el cuerpo del perro me revele, un poco antes de tiempo, lo que todavía no puedo nombrar en el cuerpo de la familia.

VII. Cinco años, todos los viajes

Y hay una tercera entrada, de comienzos de enero de este 2026, que quizás sea la más simple y la más definitiva de las tres. Paso el peaje de la ruta 34, camino a la finca, primer viaje del año. Me acompañan Malko y Chocolate, escribo, a quienes veo envejecer; ellos están conmigo desde la muerte de mi papá. Ya van a ser cinco años de cada viaje que hago a la finca. Desearía que fueran eternos, pero su envejecimiento es una marca del tiempo que me pasa y de lo que voy logrando hacer en la finca. Ahí está, dicho sin metáfora: los perros no son solamente los perros. Son la medida del tiempo que llevo vivo después de mi padre. Verlos envejecer es llevar la cuenta de los años que él ya no cuenta y que yo sí, de lo que voy construyendo en un territorio que antes era suyo y en el que dejó su presencia mi abuelo Ragone. Cuando hoy calculo el comprimido y medio para el Choco, cuando mi madre me dice que me voy a ir preparando, en el fondo los dos estamos haciendo la misma cuenta que empecé a hacer solo, en la represa, hace ya casi cinco años.

VIII. La pirca afectiva

No hay novedad, entonces, en que el declive del Choco me devuelva a mi propia finitud: llevo por lo menos once años — desde el cachorro de ocho meses sin vacunar, desde el pedazo de mí que entraba y salía por la puerta de la Santa Fe — construyendo con este perro un lenguaje para nombrar lo que de otro modo no sé cómo decir. Lo nuevo, si hay algo nuevo en este almuerzo de julio con mi madre, es la claridad con la que puedo verlo: que cuidar el cuerpo de Choco, calcular su dosis, abrigarlo del frío que vuelve, ha sido siempre mi manera de cuidar aquello que en mi propia historia masculina — el padre, el abuelo, la finca, el hermano — se volvió intratable en palabras directas. El perro tradujo, todos estos años, lo que yo todavía no conseguía traducirme a mí mismo.

Mi madre tiene razón en una cosa: voy a tener tiempo de hacer lo mío. Pero también la tengo yo, cuando escribo que el envejecimiento de Choco es una marca del tiempo que me pasa: no hay manera de separar del todo su tiempo del mío, y tal vez no haga falta separarlos por completo, sino aprender — como escribí en la represa, medio rengo, sin mojarse ya por su vejez — a caminar ese trecho final con la misma paz con que empecé a caminar, hace cinco años, el camino de mi propia emancipación. Cuidarlo en su fragilidad, sin dolor, sigue siendo la pirca afectiva más noble que puedo construirle en esta etapa. Y quizás, también, la única forma en que sé construírmela a mí.

La verdad de la milanesa: almuerzo con mi madre y el mandato de la tierra

Domingo de almuerzo con mi madre

Mandato, límite y arraigo en el almuerzo del 19 de julio de 2026


El domingo tiene, desde hace años, una geometría fija: cuando me encuentra en la finca me esfuerzo por llegar, ella esperándome en la ciudad, y una mesa que oficia de altar semanal. Esta vez el altar fue el Restaurante del Paseo de los Poetas, un lugar que terminamos de gastar en esa misma comida. La comida venía cada vez peor, la atención tenía ese tono servicial que en realidad es una forma de la distancia, y el ambiente —mesas ajustadas, un televisor de fondo transmitiendo un partido del Mundial— no ofrecía ninguna intimidad que no fuéramos nosotros mismos construyendo con lo que teníamos para decirnos. Decidimos, casi sin decirlo, no volver.

Me interesa dejar registrado ese detalle menor porque es sintomático. Hablamos de herencia, de arraigo, de lo que dura generaciones, en un sitio que decidimos desechar en una sola tarde. El contraste no es casual: la finca, la pirca de César, el mandato de mi abuelo, pertenecen todos al orden de lo que se sostiene en el tiempo. El restaurante, en cambio, fue puro continente desechable — un lugar de paso para un contenido que sí va a quedar escrito.

Lo que sigue organiza, en la conversación de ese domingo, seis órdenes de temas que fueron apareciendo entreverados y que aquí separo para pensarlos mejor: la pregunta por el mandato del arraigo y su reparto desigual entre hermanos; la economía de la finca como territorio de verdad y de disputa; los dos modos de mando que se juegan en el cuerpo —el de la ausencia y el de la presencia— y su correlato en cómo pienso la pedagogía con la generación que sigue; la visita a la Estancia González de César Alderete, con su carga de memoria material y de deseo no dicho; la ley del límite que empecé a ejercer esa semana con un inquilino, un peón y una trabajadora; y, por último, los afectos menores y domésticos —un perro que envejece, una gata que elige dónde dormir— que en apariencia no dicen nada y en realidad lo dicen casi todo.

I. El mandato que no se hereda igual

La pregunta a César

Le pregunté a César por qué a él, así como a mí, le llegó ese amor por la tierra que no es de todos. Él lo hace remontar a su abuela. Yo lo hago remontar a mi papá y a mi abuelo, a la laguna, a un linaje de afectos que atraviesa generaciones sin pedir permiso. La pregunta no era ociosa: quería saber si el mandato —en el sentido más fuerte, casi de una ley que nos precede y nos constituye antes de que podamos elegirla— se transmite por sangre, por convivencia, o por un gesto repetido tantas veces que termina encarnado. César vive a cuarenta kilómetros de la ruta, adentro, hacia los cerros de El Rey. Esa distancia geográfica es también una distancia de época: la suya es una fidelidad de aislamiento; la mía, hasta ahora, había sido una fidelidad mediada por mi vieja.

Rodrigo y el mandatazo sin biografía

Mi hermano, en cambio, no heredó ese mandato ni por la rama paterna ni por la materna. Para él administrar es un modo, no una memoria: manda, hace, resuelve, y después se va a otra cosa, con esa energía que describo como "Aries" —una metáfora de impulso más que una lectura astrológica seria. No es que Rodrigo no tenga vínculo con la finca; tiene una historia previa a la mía y distinta de la mía, ligada al trabajo con nuestro padre en el campo, mientras que la mía se construyó por otros caminos, más tardíos, más deliberados. Ahí está el asunto: no hay un solo mandato familiar, hay mandatos que se reparten de manera desigual y que cada uno metaboliza con las herramientas que tiene. El mío viene con archivo, con diario, con pregunta. El de él viene con motor, con impulso, con distancia.

Eco de febrero de 2022

Esto no es nuevo. El 27 de febrero de 2022 escribí una entrada que titulé "El placer de sentir que podemos ser una familia", después de un viaje con Rodrigo hacia Lumbreras. Ahí ya anotaba que los recuerdos de mi hermano con nuestro padre en la finca pertenecían a una historia previa a la mía, y distinta. Cuatro años y medio después, en el almuerzo con mi vieja, esa misma observación reaparece casi textual, ahora aplicada al reparto del amor por la tierra entre Rodrigo y yo. Lo que cambió no es el contenido —la asimetría de las historias sigue siendo la misma— sino el lugar desde el que la digo. En 2022 la escribía como un hallazgo íntimo, casi con sorpresa, mirando a mi hermano manejar y quejarse todo el viaje, notando en él una forma de gozar hecha de queja constante. En 2026 la uso como una herramienta de comprensión estratégica: entiendo que ese mandato desigual explica por qué él puede dejar que me acerque justo ahora, en la crisis, después de cinco años en que "por mi diferencia" me tuvo desplazado. La misma verdad, dicha con menos dolor y más lucidez. Ese es, creo, el trabajo de estos años de diario: no cambiar lo que se ve, sino cambiar la distancia desde la que se lo mira.

Cierre: la pirca que estoy construyendo

Vuelvo al lugar del principio: un restaurante que decidimos no volver a pisar, sosteniendo una conversación sobre lo que sí queremos sostener. Ahí está, creo, el valor central de este almuerzo con mi vieja: no en un solo tema, sino en que todos los temas —el mandato desigual, la plata como verdad, los dos modos de mando, la visita a César, los límites que empecé a poner, los afectos menores— son, en realidad, un mismo movimiento visto desde ángulos distintos. Es el movimiento de construir un arraigo propio a Los Pozos, uno que ya no dependa de la mediación de mi madre ni se defina por oposición al de Rodrigo, sino que tenga su propia genealogía, su propio presupuesto, su propio cuchitril.

La pirca que estoy construyendo, a diferencia de la de César, no es de piedra: es de decisiones repetidas —un interés cobrado a tiempo, una hojita releída, un protocolo de mantenimiento, una pregunta hecha en voz alta sobre por qué el amor por la tierra le llega a algunos y a otros no. Cuarenta años de diario me enseñaron que estas espirales vuelven, que la misma observación sobre el mandato reaparece en 2022 y en 2026 casi con las mismas palabras. Lo que cambia, entrada a entrada, es la claridad con la que puedo sostenerla. Este almuerzo, en ese sentido, no fue una charla más sobre la finca: fue la comprobación de que el arraigo que busco ya no se pide prestado. Se está, letra por letra, escribiendo.



"Droneando" en El Mollar de JFP