lunes, 20 de julio de 2026

El aire y el barro: a cerca de doble conducciones y proyectos propios

Un almuerzo familiar en La Puló a cerca de Los Pozos —tractores rotos, un rodeo desbandado, el reproche de un hermano que se siente desautorizado— se convierte en la puerta de entrada a cuatro décadas de un mismo conflicto repetido en espiral. "El aire y el barro" cruza la escena del 20 de julio de 2026 con otros registros del diario: la "vacunada" de enero, casi idéntica; el encontronazo por la instalación eléctrica de 2023; la vez, en 2022, en que estuvo a punto de perderse un hermano de verdad, no en sentido figurado. Entre la pena que sostiene a un peón viejo y la que sostiene a un hermano, entre el mando que se ejerce desde el aire acondicionado y el que se aprende pisando el barro, el ensayo persigue una pregunta que no termina de cerrarse: quién hereda la tierra y quién hereda solamente la palabra, y si esa herencia partida todavía puede llamarse familia.



El aire y el barro:
a cerca de doble conducciones
y proyectos propios

Crónica de una sobremesa en La Puló, sobre Los Pozos,
con el eco de otros veranos e inviernos — 20 de julio de 2026



Síntesis auditiva

I. La mesa como escena primaria

Hay almuerzos que son, en realidad, juicios. Nos sentamos con mi hermano y con mi madre entre nosotros como quien pone una almohada entre dos cuerpos que se han empujado toda la noche, y ahí, sobre el mantel, volvió a abrirse la vieja herida: quién manda, quién sabe, quién decide en Los Pozos cuando el barro está fresco y el tractor no arranca. No fue una discusión sobre alambres. Fue, otra vez, la discusión de siempre, la que vengo escribiendo desde que tengo memoria de escribir: quién es el hijo que se queda con la tierra y quién es el hijo que se queda con la palabra.

Rodrigo llegó cargado. "Cómo me tratás, pelotudo", me dijo, y en ese insulto cariñoso y filoso a la vez reconocí algo que no es nuevo: el reproche de quien se sintió abandonado en el momento exacto en que más necesitaba que yo lo sostuviera. Había un quilombo de tractores, un rodeo desbandado, un peón que decidía por su cuenta lo que debía articular con otros. Y en medio de esa emergencia, yo le exigí algo que él no pudo darme: prever. Anticiparse. Sostener la escena antes de que se rompiera. Lo humillé, dice él, delante de otro pelotudo. Yo digo que no fue delante de nadie. Pero la memoria de la humillación dela cantidad de veces en que medió la posición de nuestro padre frente a los peones, no negocia con los hechos: se aloja en el cuerpo y ahí se queda, esperando el próximo almuerzo para salir a cobrarse.

Y mientras escribo esto caigo en la cuenta de algo que no es casual: esta misma escena, casi con el mismo reparto y el mismo libreto, ya la escribí seis meses antes. El 16 de enero anoté, después de una vacunada, que mi hermano había hecho catarsis delante de mi mamá, acusándome de haberlo "frustrado" porque en cinco años la finca solo creció veinte terneros. Julio no inaugura nada. Julio repite enero con otra excusa —los tractores en vez de las vacas—, como si el conflicto necesitara, cada seis meses, un pretexto nuevo para decir siempre lo mismo.

II. La pena que hereda del padre

Hay una frase de Rodrigo que no dejo de masticar: a Sato, dice, "lo banco por el papá". Ahí está todo. Ahí está el nudo que ninguno de los dos nombra en voz alta pero que los dos arrastramos como un objeto interno pesado, heredado, no elegido. Sato no es un empleado ineficiente: es un resto del padre, una prueba viviente de que el padre existió, mandó, quiso, protegió a los suyos aunque fueran unos vagos. Sostener a Sato es, para Rodrigo, sostener un pedazo de la autoridad paterna que ya no está. Por eso lo defiende aunque lo insulte. Por eso lo llama "viejo gordo choto" en la misma frase en que lo justifica.

Y yo, que en esta familia cargo fama de sensible, de intelectual, de archivista de mis propios sentimientos, soy el que dice: a mí también me da pena, pero lo define la plata. Me sorprendo escribiéndolo. Porque durante años pensé que el límite, la ley, el corte, era terreno de Rodrigo, el pragmático, el que administra. Y resulta que en Los Pozos el orden simbólico se invirtió: yo introduzco la norma y él sostiene el afecto desregulado.

Ya lo había anotado en enero de este año, cuando escribí sobre "la camioneta del sufrimiento": mi hermano se negaba a prestármela para cargar cemento, no porque la necesitara él, sino porque no soporta someterla a la carga. Ahí mismo anoté algo que hoy releo con otros ojos: que no lo veía como algo recurrente frente a la figura de nuestro padre, sino como algo que lo oprime y le produce sufrimiento a él mismo. Su miedo a no poder sostener el nivel de vida actual, a no alcanzar la imagen que tiene de nuestro papá, se manifiesta en el cuidado excesivo de una herramienta que para mí es solo una herramienta de trabajo. Sato y la camioneta son la misma cosa disfrazada dos veces: objetos que no se pueden tocar porque tocarlos sería aceptar que el padre ya no está para juzgar cómo los tratamos.

III. Doble conducción, doble herida

"Yo no quiero que haya una doble conducción", le dije. Y en el momento de decirlo pensé en el campo, en Rafucho haciendo una picada sin entenderse del todo con Rodrigo, en Sato negándose a buscar el repuesto porque prefiere bañarse. Pero ahora, escribiéndolo de noche, entiendo que la doble conducción no es solo un problema de organigrama. Es la estructura misma de nuestra fraternidad. Somos dos mandos que nunca terminaron de repartirse el territorio: el de Rodrigo, que administra desde la ciudad, desde el aire acondicionado, desde el WhatsApp; y el mío, que se ensucia las botas, que camina el kilómetro que él calcula como  trescientos cincuenta metros, que sabe exactamente dónde está caído el alambre porque lo pisé.

Cuando Rodrigo me dice "manéjalo vos, a vos te respetan diez veces más", no me está delegando: me está devolviendo, con rabia, un lugar que en el fondo le duele haber perdido. Ahí hay celos, sí, pero también hay algo más antiguo: la competencia entre hermanos por el amor de un padre que ya no puede repartir nada, ni afecto ni autoridad, porque está muerto y solo queda su nombre flotando sobre la finca como una nube que no llueve.

Y esa doble conducción no es una figura retórica mía: es un riesgo real, que ya se cobró una víctima este mismo año. En abril anoté, camino a Lajitas, que Rafucho estaba pensando en irse de la finca porque "tanto mi hermano Rodrigo como yo hemos estado ausentes": él con un manejo que apenas sostiene por falta de diálogo, yo desconociendo el manejo del dinero y las tensiones internas. No es que Rafucho se retobe por gusto, como leí el episodio del repuesto con Sato en julio. Es que dos mandos ausentes, cada uno mirando para otro lado, terminan produciendo el mismo vacío que después nombramos como insubordinación. La culpa que le pongo a los peones es, muchas veces, el nombre que le doy a nuestra propia ausencia repartida.

Yo tuve que aclararle a Rodrigo, con una firmeza que me costó encontrar, que no estoy compitiendo por su lugar. Que mi proyecto en Los Pozos no es una copia del suyo ni una revancha. Es mío. Se relaciona con el de él, se cruza con Sato y con Roberto, pero no le pertenece. Decirlo en voz alta fue, quizás, la frase más importante del almuerzo, aunque haya quedado sepultada bajo el ruido de los tractores.

IV. El hilo que se repite: la electricidad del padre

Cuando Rodrigo insiste en dividir el potrero con un alambre eléctrico improvisado, minimizando el esfuerzo que eso requiere, no es la primera vez que la electricidad de Los Pozos nos hace chocar. En enero de 2023, después de un "encontronazo" con él por la instalación eléctrica de la finca, anoté algo que hoy vuelve casi textual: que el dolor no era por los postes ni por los cables, sino por el traslado que hago en mi hermano de la reminiscencia de mi viejo viva en él. Me pasé cuatro días masticando esa frase entonces. La sigo masticando ahora, dos años y medio después, frente al mismo tipo de discusión, con otro alambre y otro potrero.

Hay algo revelador en que sea justamente la electricidad —la instalación que ilumina, que conecta, que hace habitable la casa de noche— el símbolo recurrente de nuestro desencuentro. Instalar luz en Los Pozos es, en el fondo, decidir qué parte de la finca queda iluminada y quién se queda en la zona de sombra. En abril de este año escribí que llevaba seis meses sin registrar el estado de las baterías de electricidad en Los Pozos, y que esa ceguera simbolizaba mi propia ausencia del proyecto. El alambre eléctrico de julio, entonces, no es un capricho de Rodrigo: es el enésimo capítulo de una disputa que ya lleva, por lo menos, tres años de historia escrita, y que probablemente sea mucho más vieja que mi diario.

V. El mando de aire y el mando de barro

Llevo años notando esta diferencia sin encontrarle nombre justo, y hoy, revisando la escena, aparece con claridad: Rodrigo gestiona la finca con el hábito adquirido de quien nunca tuvo que aprender el territorio con el cuerpo. Calcula mal las distancias —confunde trescientos cincuenta metros con más de un kilómetro— no por descuido, sino porque su relación con Los Pozos siempre fue mediada: por mi madre, por los capataces, por los informes que alguien más le lleva. La finca, para él, es un mapa mental. Para mí, cada vez más, es una topografía que piso, que huelo después de la lluvia, que conozco por los alambres que se caen y por los que resisten.

No lo digo con soberbia. Sé que mi propia relación con la tierra también fue, durante mucho tiempo, prestada: entraba a Los Pozos de la mano de mi madre, como visita autorizada, como hijo que acompaña pero no decide. En abril, en una entrada que titulé "El Umbral", escribí algo que hoy leo como una premonición de este almuerzo: que sé, de manera vaga pero firme, que no puedo seguir siendo el hombre que pide permiso para plantar; que no puedo seguir midiendo mi lugar en la finca según la sombra de un árbol que otros pusieron ahí antes de que yo naciera. Y anticipé, con una lucidez que me sorprende releer, que Rodrigo iba a llamar "enredo" a lo que yo llamo necesidad, y que mi madre iba a seguir soltando sin soltar.

Eso fue exactamente lo que pasó el 20 de julio, casi palabra por palabra, aunque yo no lo tuviera presente mientras discutíamos. Puede que esto sea lo que verdaderamente estábamos negociando en la mesa, sin decirlo: quién de los dos, a esta altura, tiene un vínculo autónomo con la tierra, y quién todavía la mira desde una ventana con aire acondicionado.

VI. Lo que casi se pierde: la vez que estuve a punto de perder un hermano

Hay una razón por la que esta pelea, con toda su dureza, nunca alcanza cierto punto de no retorno entre nosotros, y esa razón tiene nombre y fecha. En enero de 2022 estuve a punto de perder algo mucho más grave que una discusión sobre alambres: casi pierdo a mi hermano de verdad, no en sentido figurado. Un proyecto que armamos con sus hijos, un bar que sostuve durante años, se desmoronó en un conflicto con Laura, su mujer, que terminó con sus hijos y su cuñada sacando cosas del local mientras yo, del otro lado, sentía que mi ofrecimiento de incorporarlos a la familia se leía como codicia. Escribí entonces una frase que todavía me duele: "Hoy yo perdí tres sobrinos y una cuñada, que tal vez nunca tuve. Ellos perdieron un tío y una herencia. Me queda averiguar que no haya perdido un hermano."

Leído desde julio de 2026, ese enero de 2022 es la clave que le falta a la escena del almuerzo. Cuando hoy me peleo a los gritos con Rodrigo por un tractor o por un alambre, lo hago sabiendo, en algún lugar que no siempre está a la vista, que ya estuvimos al borde de algo peor y que sobrevivimos. La doble conducción de la finca es grave, pero no es lo más grave que nos pasó. Tal vez por eso, después de pelear, todavía podemos reírnos de la tormenta del catamarán: porque los dos sabemos, sin decirlo, que la pelea de hoy no es la que de verdad podría separarnos.

VII. El nudo: lo que mi madre sostiene al sostenerlo a él

En marzo de este año escribí una entrada que titulé "Nudo de hermanos: silencio y dependencia", y ahí aparece, dicha con una crudeza que en la mesa del almuerzo no me permito, la otra cara de la pena que Rodrigo siente por Sato: la pena que mi madre siente por Rodrigo, y que se traduce en autoridad. Anoté que ella volvió a su rigidez de siempre: que mi hermano define el futuro de la finca y su modalidad de trabajo porque siempre fue así, porque él conoce ese oficio y yo no, y porque —dijo— me porté mal con él y con mi hermana al expresar mis sentimientos.

Admite que mi diferencia puede ser correcta, escribí esa noche, pero me destituye entre ellos: me pinta agresivo, incapaz de hacerme entender. Y agregué algo que no me atrevo a decir en voz alta frente a ella pero que aquí, en el diario, puedo nombrar con su peso exacto: que sentía la castración que ella operó sobre mí toda la vida, sosteniendo a Rodrigo como quien no se banca perder al último hijo que le queda cerca. Cuando en el almuerzo de julio Rodrigo me dice que a mí me respetan diez veces más, no me está regalando nada: me está devolviendo, por un instante, un poder que mi madre nunca terminó de darme del todo. Y cuando yo insisto en poner límites de plata, de organización, de mando, estoy discutiendo con dos personas a la vez, aunque en la mesa solo hable con una.

VIII. Jubilar la orfandad

En medio de la tensión apareció un acuerdo inesperado para ordenar lo que quedó suelto. Me sorprendió lo fácil que fue coincidir en esto, después de tanto pelear por el resto. Y entiendo por qué.  Ahí donde no hay herencia afectiva en juego, Rodrigo y yo somos capaces de una lucidez quirúrgica. Donde sí la hay —en Sato, en los alambres del padre, en la manera en que se organiza el trabajo— todo se vuelve pantano.

Me pregunto si no es momento de aplicar la misma lucidez, poco a poco, en los otros terrenos. No para desprendernos de la pena, que probablemente nunca deje de dolernos ver envejecer y fallar a quienes acompañaron a nuestro padre, sino para separar, como aprendí a hacerlo con la plata frente a Sato, el afecto legítimo de la parálisis que ese afecto produce cuando se disfraza de lealtad. Cuidar no tiene por qué significar sostener indefinidamente el desorden. Cobrar lo que se nos debe —en trabajo, en respeto, en orden— no tiene por qué ser un acto de crueldad extractiva. Esa distinción, que vengo trabajando en mí mismo desde hace años, hoy la vi actuada en una mesa, entre el arroz y las milanesas, sin que nadie la nombrara.

IX. La tormenta que nos volvió hermanos otra vez

Lo que más me conmueve, al releer el almuerzo, es lo que pasó después de la pelea. Cuando ya no quedaba nada más que reclamarnos, apareció el relato del catamarán, la tormenta, la manguera que chupó aire y casi los da vuelta, y ahí, en el miedo compartido y ya pasado, Rodrigo y yo volvimos a ser simplemente dos hermanos contando una anécdota. Después vino el partido de Argentina contra Inglaterra, la bronca futbolera, tan liviana comparada con la bronca de los tractores. Fue como si el peligro real —el agua entrando en el bote, el miedo físico y concreto— nos devolviera a un territorio donde no hace falta pelear por el mando, porque ahí el mando es de nadie: es del viento, de la ola, de la suerte.

Y no es la primera vez que una reconciliación así nos salva. En mayo de este año, después de otra pelea con mi madre, anoté que almorzamos juntos con Rodrigo en el Café de los Poetas, que compramos mercadería para la finca y arreglamos juntos una rueda pinchada del auto, y que hablamos de comprar entre todos una camioneta usada para Los Pozos. Fue un día lindo, escribí entonces, casi con sorpresa, como quien anota un hallazgo. Creo que ahí está la clave de por qué, a pesar de todo, seguimos sentándonos a la misma mesa. No porque hayamos resuelto la doble conducción, ni la herencia, ni el lugar de cada uno frente al fantasma de nuestro padre. Sino porque en algún momento siempre aparece esa otra escena —el catamarán, la rueda pinchada, la mercadería compartida— que nos recuerda que antes de ser administradores en pugna fuimos, y todavía somos a ratos, dos hermanos sin más.

Cierre. Lo que queda del barro en las manos

Escribo esto de noche, lejos ya de la mesa, y pienso que Los Pozos no es solamente una finca que administrar: es el lugar donde Rodrigo y yo seguimos discutiendo, entrada tras entrada en mi diario, año tras año, quién de los dos va a ser digno de sostener lo que el padre dejó sin instrucciones claras. Lo escribí en enero con la vacunada, lo escribí en 2023 con la electricidad, lo escribí en abril con el árbol caído, lo escribí en marzo con el nudo de silencio, y lo vuelvo a escribir ahora, en julio, con los tractores y el alambre. No es que no aprenda: es que la espiral no se cierra de una vez, se recorre de nuevo cada tanto, un poco más alto cada vez.

No hay organigrama que resuelva eso del todo. Pero algo se movió hoy: dije en voz alta que mi proyecto es mío, que no compito, que puedo poner un límite sin necesidad de humillar a nadie. Y descubrí, con algo de vértigo, que ya no entro a la finca de la mano de mi madre. Entro con mis propias botas, calculando yo mismo la distancia entre un poste y otro, un kilómetro ó trescientos cincuenta metros que ya no necesito que nadie me confirme.


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