Domingo de almuerzo con mi madre
Mandato, límite y arraigo
en el almuerzo del 19 de julio de 2026
Me interesa
dejar registrado ese detalle menor porque es sintomático. Hablamos de herencia,
de arraigo, de lo que dura generaciones, en un sitio que decidimos desechar en
una sola tarde. El contraste no es casual: la finca, la pirca de César, el
mandato de mi abuelo, pertenecen todos al orden de lo que se sostiene en el
tiempo. El restaurante, en cambio, fue puro continente desechable — un lugar de
paso para un contenido que sí va a quedar escrito.
Lo que sigue
organiza, en la conversación de ese domingo, seis órdenes de temas que fueron
apareciendo entreverados y que aquí separo para pensarlos mejor: la pregunta
por el mandato del arraigo y su reparto desigual entre hermanos; la economía de
la finca como territorio de verdad y de disputa; los dos modos de mando que se
juegan en el cuerpo —el de la ausencia y el de la presencia— y su correlato en
cómo pienso la pedagogía con la generación que sigue; la visita a la Estancia
González de César Alderete, con su carga de memoria material y de deseo no
dicho; la ley del límite que empecé a ejercer esa semana con un inquilino, un
peón y una trabajadora; y, por último, los afectos menores y domésticos —un
perro que envejece, una gata que elige dónde dormir— que en apariencia no dicen
nada y en realidad lo dicen casi todo.
I. El mandato que no se
hereda igual
La pregunta a César
Le pregunté a
César por qué a él, así como a mí, le llegó ese amor por la tierra que no es de
todos. Él lo hace remontar a su abuela. Yo lo hago remontar a mi papá y a mi
abuelo, a la laguna, a un linaje de afectos que atraviesa generaciones sin
pedir permiso. La pregunta no era ociosa: quería saber si el mandato —en el
sentido más fuerte, casi de una ley que nos precede y nos constituye antes de
que podamos elegirla— se transmite por sangre, por convivencia, o por un gesto
repetido tantas veces que termina encarnado. César vive a cuarenta kilómetros
de la ruta, adentro, hacia los cerros de El Rey. Esa distancia geográfica es
también una distancia de época: la suya es una fidelidad de aislamiento; la
mía, hasta ahora, había sido una fidelidad mediada por mi vieja.
Rodrigo y el mandatazo
sin biografía
Mi hermano, en
cambio, no heredó ese mandato ni por la rama paterna ni por la materna. Para él
administrar es un modo, no una memoria: manda, hace, resuelve, y después se va
a otra cosa, con esa energía que describo como "Aries" —una metáfora
de impulso más que una lectura astrológica seria. No es que Rodrigo no tenga
vínculo con la finca; tiene una historia previa a la mía y distinta de la mía,
ligada al trabajo con nuestro padre en el campo, mientras que la mía se
construyó por otros caminos, más tardíos, más deliberados. Ahí está el asunto:
no hay un solo mandato familiar, hay mandatos que se reparten de manera
desigual y que cada uno metaboliza con las herramientas que tiene. El mío viene
con archivo, con diario, con pregunta. El de él viene con motor, con impulso,
con distancia.
Eco de febrero de 2022
Esto no es nuevo. El 27 de febrero de 2022 escribí una entrada que titulé "El placer de sentir que podemos ser una familia", después de un viaje con Rodrigo hacia Lumbreras. Ahí ya anotaba que los recuerdos de mi hermano con nuestro padre en la finca pertenecían a una historia previa a la mía, y distinta. Cuatro años y medio después, en el almuerzo con mi vieja, esa misma observación reaparece casi textual, ahora aplicada al reparto del amor por la tierra entre Rodrigo y yo. Lo que cambió no es el contenido —la asimetría de las historias sigue siendo la misma— sino el lugar desde el que la digo. En 2022 la escribía como un hallazgo íntimo, casi con sorpresa, mirando a mi hermano manejar y quejarse todo el viaje, notando en él una forma de gozar hecha de queja constante. En 2026 la uso como una herramienta de comprensión estratégica: entiendo que ese mandato desigual explica por qué él puede dejar que me acerque justo ahora, en la crisis, después de cinco años en que "por mi diferencia" me tuvo desplazado. La misma verdad, dicha con menos dolor y más lucidez. Ese es, creo, el trabajo de estos años de diario: no cambiar lo que se ve, sino cambiar la distancia desde la que se lo mira.
Cierre: la pirca que
estoy construyendo
Vuelvo al lugar
del principio: un restaurante que decidimos no volver a pisar, sosteniendo una
conversación sobre lo que sí queremos sostener. Ahí está, creo, el valor
central de este almuerzo con mi vieja: no en un solo tema, sino en que todos
los temas —el mandato desigual, la plata como verdad, los dos modos de mando,
la visita a César, los límites que empecé a poner, los afectos menores— son, en
realidad, un mismo movimiento visto desde ángulos distintos. Es el movimiento
de construir un arraigo propio a Los Pozos, uno que ya no dependa de la
mediación de mi madre ni se defina por oposición al de Rodrigo, sino que tenga
su propia genealogía, su propio presupuesto, su propio cuchitril.
La pirca que
estoy construyendo, a diferencia de la de César, no es de piedra: es de
decisiones repetidas —un interés cobrado a tiempo, una hojita releída, un
protocolo de mantenimiento, una pregunta hecha en voz alta sobre por qué el
amor por la tierra le llega a algunos y a otros no. Cuarenta años de diario me
enseñaron que estas espirales vuelven, que la misma observación sobre el
mandato reaparece en 2022 y en 2026 casi con las mismas palabras. Lo que
cambia, entrada a entrada, es la claridad con la que puedo sostenerla. Este
almuerzo, en ese sentido, no fue una charla más sobre la finca: fue la
comprobación de que el arraigo que busco ya no se pide prestado. Se está, letra
por letra, escribiendo.

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