jueves, 9 de julio de 2026

El injerto de mi padre

Una mañana en el mandarinal de Los Pozos, junto a la vecina Elsa Quintana, se vuelve la escena para pensar los injertos que mi padre dejó hace cincuenta años y las vacas que alguna vez los rompieron. Entre líquenes que estrangulan las ramas y el recuerdo de una infancia trepada a los árboles, este ensayo cruza psicoanálisis, saber popular y una pregunta que me persigue hace tiempo: cómo construir con la tierra heredada un vínculo que no repita ni el mandato paterno ni la gestión familiar, sino que sea, por fin, elegido.


El injerto de mi padre

Notas sobre la poda, la gratitud y un territorio que empiezo a habitar por mí mismo

Los Pozos, 9 de julio de 2026

Elsa llega temprano, con esa puntualidad de quien no necesita reloj porque el cuerpo ya sabe la hora del sol sobre las mandarinas. La invito al predio de siempre, el que mi padre plantó hace medio siglo, y ella entra como quien vuelve a un lugar que también es suyo, aunque la escritura diga otra cosa. Vengo a proponerle una cosecha —mermeladas, dice, para no dejar que la fruta caiga sola y se pudra sin sentido— pero antes de que empecemos a cortar nada, Elsa ya está subida en el recuerdo: de chica se trepaba a estos mismos árboles, o a otros parecidos, para robarle al viaje interminable hasta la finca de su infancia, cerca de Güemes, un poco de dulzura inmediata. Mientras habla, yo miro los troncos gruesos, torcidos por la edad, y pienso que estoy frente a un archivo vivo: cincuenta años de savia que también son cincuenta años de mi padre.

No escribo esto como un cronista del huerto. Escribo como alguien que, cada vez que vuelve a Los Pozos, se encuentra con una escena que lo excede y lo convoca a la vez. Elsa señala las plantas "envichadas", los líquenes, las trepadoras que van cerrando su nudo alrededor de las ramas hasta ahorcarlas. Habla de podar pronto, de motosierra o de mano según el caso, de volver el sábado al mediodía. Y mientras planificamos la faena concreta —una faena que en cualquier crónica agrícola sería apenas un dato de manejo—, algo en mí empieza a leer ese trabajo como se lee un sueño: no por lo que dice, sino por lo que deja entrever.

La cicatriz que sostiene

Menciono, casi al pasar, que las vacas alguna vez "liquidaron los injertos". La frase se me queda pegada más que cualquier otra de la mañana. Un injerto es una intervención deliberada sobre lo dado: alguien —mi padre, en este caso— corta una rama ajena a la genética original del árbol y la une a un patrón más resistente, apostando a que la unión prenda, a que lo nuevo se vuelva indistinguible de lo viejo y produzca, sin embargo, un fruto distinto. Es una operación de deseo tanto como de agronomía. Y las vacas, animales del pastoreo sin intención, sin proyecto, representan aquí lo que Lacan llamaría lo real: la fuerza bruta que no negocia con el sentido, que no sabe que ahí había una apuesta, un trabajo fino de injertador, y que simplemente pasa y arrasa.

Pienso en cuántas veces algo mío —una idea propia, una forma de nombrar mi deseo, una voz que no coincidía con el mandato familiar o institucional— fue, en algún momento, un injerto: una unión frágil todavía no consolidada con el tronco que me sostiene, expuesta a que un mandato ciego, sin mala intención pero sin cuidado, la arrancara de cuajo. La vulnerabilidad del injerto no es su debilidad esencial; es su condición transitoria. Necesita tiempo, cerco, atención, para que la cicatriz —esa línea visible donde lo nuevo se cosió a lo antiguo— deje de ser una herida abierta y se vuelva estructura. Winnicott hablaría de un entorno suficientemente bueno (Winnicott, 1965): no el que impide todo daño, sino el que sostiene lo suficiente como para que la herida cicatrice sin desorganizar al sujeto.

Lo que mi padre injertó en estas plantas —y en mí, aunque de otra manera— no desapareció cuando las vacas rompieron el cerco. Quedó el tronco, quedó la cicatriz, y cincuenta años después seguimos discutiendo, Elsa y yo, cómo liberar esas mismas plantas de un nuevo estrangulamiento, esta vez vegetal: el liquen, la enredadera, lo que crece encima sin ser invitado y termina por asfixiar lo que alguna vez fue salvado. No dejo de notar la simetría con mis propios textos sobre la burocracia y sus formas de ahogo: distintos territorios, misma gramática de la asfixia. Podar, en ese sentido, nunca es solo agronomía doméstica; es, también, un modo de pensar qué me está estrangulando hoy y decidir, con la motosierra o con la palabra, cortar.

Elsa, o el vaso lleno

Hay algo en la manera en que Elsa nombra su relación con la tierra que me desacomoda productivamente. Frente a los líquenes y las plantas dañadas, ella no despliega queja sino asombro agradecido: "me parece una bendición de Dios, nosotros somos elegidos", dice, comparando el aire limpio y la fruta al alcance de la mano con la carencia de tantos otros. No es ingenuidad; es una ética. Y es, sobre todo, un habitus distinto al mío (Bourdieu, 1980): donde yo —formado en la sospecha crítica, entrenado para leer instituciones y detectar sus violencias— tiendo a nombrar primero lo que falla, lo que oprime, lo que asfixia, Elsa nombra primero lo que sostiene. No se trata de que una mirada sea más verdadera que la otra, sino de que provienen de campos distintos de experiencia y de capital: ella hereda un saber agrario encarnado, hecho de manos en la tierra desde la infancia; yo heredo un saber que se ejerce mayormente desde el texto, la reunión, el informe.

Por eso Elsa funciona, en esta escena, de un modo parecido a como funciona César en la Estancia González: como un puente hacia un mundo que conozco de oídas —el mundo de mi padre, el de Rodrigo, el de la finca operativa— pero que no habito con la misma naturalidad. La diferencia es que con César discuto poder y sucesión; con Elsa discuto gratitud y cuidado. Son las dos caras de la misma pregunta que me persigue en este territorio: ¿cómo se hace pie en una tierra que no elegí pero que heredé, sin repetir mecánicamente ni el mandato de mi padre ni la lógica de mi hermano? Elsa no me da la respuesta, pero me presta, por una tarde, su vaso lleno. Y yo, que suelo entrar a cualquier escena buscando la grieta, aprendo algo simplemente dejándome estar en su versión de la abundancia.


Lo que no se hereda con obligación

Vengo escribiendo, desde hace tiempo, que mi diario —estas más de cuatro décadas de archivos de recuerdos— constituye un legado que no se siembra con bueyes: una forma de trascendencia que no necesita del arado ni de la sucesión agrícola para ser legítima. Esa tesis sigue en pie. Pero esta tarde con Elsa me obliga a matizarla, no a abandonarla. Porque aquí estoy, después de todo, con las manos metidas en un proyecto agrícola —planificando una poda, coordinando un sábado, hablando de motosierras— y sin embargo no siento que esté reproduciendo la lógica del buey. La diferencia no está en el objeto (la tierra, las plantas) sino en el régimen de deseo que organiza el gesto.

Cuando pienso en Rodrigo administrando la finca, o en la manera en que la propiedad se relaciona conmigo a través de un objeto materno internalizado —ese lugar simbólico que estructura casi todo mi vínculo con Los Pozos y que rara vez elijo, sino que hereda su forma de otra parte—, reconozco una obligación: la finca como mandato, como algo que hay que sostener aunque no lo haya decidido. Lo que hago esta tarde con Elsa es distinto. Nadie me lo pidió. No hay sucesión en juego, no hay una autoridad paterna o materna supervisando el gesto. Elijo podar estas mandarinas específicas, con esta vecina específica, en este momento específico, y ese acto de elección es lo que lo separa del "buey": no es la tierra la que se hereda con obligación, es la obligación la que a veces se disfraza de tierra. Aquí, por una mañana, la tierra se vuelve proyecto propio, no herencia impuesta.

Es, quizás, la primera vez que anoto con esta claridad que se puede tener un vínculo autónomo con Los Pozos sin que ese vínculo pase necesariamente por la mediación materna ni por el eje productivo de mi hermano. Los injertos que identificamos el sábado no serán menos legítimos que el que sostiene, hoja tras hoja desde 1984, mi diario. Son dos maneras de plantar algo que dure: una en la tierra que heredé, otra en el papel que elegí. Ninguna reemplaza a la otra. Pero solo hoy entiendo que ambas pueden, por fin, ser mías.

El sábado que viene

Nos despedimos con la fecha puesta: sábado al mediodía, limpieza y naranjas. Es un compromiso modesto, casi doméstico, y sin embargo lo anoto con la misma seriedad con que anoto cualquier viraje interior, porque sé, por experiencia de cuarenta años de escritura, que en mi vida los movimientos grandes rara vez llegan como epifanía y casi siempre llegan disfrazados de tarea pendiente. Esta espiral que vengo recorriendo —la de aprender a habitar Los Pozos sin repetir mecánicamente ni la nostalgia de mi padre ni la gestión de Rodrigo ni la vigilancia silenciosa de mi madre— vuelve a pasar, esta mañana, por el mismo punto de siempre, pero un poco más arriba: ya no me pregunto solamente qué significa este territorio para mi familia, sino qué puedo, yo, plantar en él por mi propia cuenta. La respuesta, esta vez, tiene forma de mandarina, de liquen retirado a mano, de una vecina que me presta su fe en la abundancia mientras yo le presto mi costumbre de leer entre líneas lo que la tierra, sin saberlo, sigue contando.

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