domingo, 22 de febrero de 2026

El Unicornio del Castellano


 

El río siempre supo antes que nadie cuándo iban a llegar.

Esa tarde, Rana, Lalo y Lalo salieron del puesto de La Laguna con el sol todavía alto. Cabalgaban despacio, como quien no tiene apuro pero tampoco pierde el rumbo. Los perros iban al costado, husmeando los pastos altos, cruzando la huella para volver, fieles como sombras propias.

El río Castellanos apareció entre los árboles con su sonido de siempre: ese murmullo que no dice nada y lo dice todo. La propiedad empezaba ahí, en esa orilla. Más de cien años de historia mojándose los pies en el mismo lugar.

— Ahí está la zanja — dijo Rana, señalando sin detener el caballo.

No hacía falta decir más. La Zanja de los Pozos era el tipo de obra de la naturaleza que se hace en siglos. Y se había convertido en parte de mi identidad. Sentían orgullo, sí, pero también la certeza de pertenecer a un lugar. De ser, en parte, tierra.

Los perros se detuvieron primero.

Fue uno de los chancheros el que levantó el hocico hacia el cielo, con las orejas paradas, sin ladrar. Los caballos lo siguieron, inquietos pero sin miedo. Y entonces los changos miraron hacia arriba.

Sobre el río, cruzando el paisaje con una calma que no era de este mundo, volaba un unicornio. Las alas eran blancas, enormes, del color del cielo cuando todavía no es de noche. El cuerno captaba el último sol de la tarde y lo devolvía como un faro suave. No hacía ruido. Pasó sobre el Castellano como pasan las cosas que nadie olvida aunque nadie pueda explicar: despacio, con dignidad, como si supiera exactamente adónde iba: hacia el alto de la peña donde Fernando quiere hacer su cabaña.

Lalo y Rana no dijeron nada. El río siguió corriendo. Los perros volvieron a caminar.

Después, cuando el unicornio ya era solo una mancha blanca perdiéndose hacia el monte, detrás de la peña; Lalo habló en voz baja, casi para él mismo:

— Hay cosas que este campo guarda que no aparecen en ningún mapa.

Siguieron cabalgando junto al Castellano hasta que el puesto de La Laguna en lo alto de la loma apareció a lo lejos con su luz encendida y los viejos corrales. Esa noche hablarían de Evelia, del almuerzo de la semana pasada, de los proyectos que venían. Pero también, sin decirlo demasiado, de lo que habían visto: que hay lugares en la tierra donde el orgullo de haber construido algo verdadero llama a cosas que el ojo común no ve.

La zanja de los pozos brillaba en la oscuridad con el agua adentro. El río Castellanos corría como siempre. Y La Laguna dormía, entera, sobre su propia historia.

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