El río siempre supo antes que nadie cuándo iban a llegar.
Esa tarde, Rana, Lalo y Lalo salieron del puesto de La
Laguna con el sol todavía alto. Cabalgaban despacio, como quien no tiene apuro
pero tampoco pierde el rumbo. Los perros iban al costado, husmeando los pastos
altos, cruzando la huella para volver, fieles como sombras propias.
El río Castellanos apareció entre los árboles con su sonido
de siempre: ese murmullo que no dice nada y lo dice todo. La propiedad empezaba
ahí, en esa orilla. Más de cien años de historia mojándose los pies en el mismo
lugar.
— Ahí está la zanja — dijo Rana, señalando sin detener el
caballo.
No hacía falta decir más. La Zanja de los Pozos era el tipo
de obra de la naturaleza que se hace en siglos. Y se había convertido en parte
de mi identidad. Sentían orgullo, sí, pero también la certeza de pertenecer a
un lugar. De ser, en parte, tierra.
Los perros se detuvieron primero.
Fue uno de los chancheros el que levantó el hocico hacia el
cielo, con las orejas paradas, sin ladrar. Los caballos lo siguieron, inquietos
pero sin miedo. Y entonces los changos miraron hacia arriba.
Sobre el río, cruzando el paisaje con una calma que no era
de este mundo, volaba un unicornio. Las alas eran blancas, enormes, del color
del cielo cuando todavía no es de noche. El cuerno captaba el último sol de la
tarde y lo devolvía como un faro suave. No hacía ruido. Pasó sobre el
Castellano como pasan las cosas que nadie olvida aunque nadie pueda explicar:
despacio, con dignidad, como si supiera exactamente adónde iba: hacia el alto
de la peña donde Fernando quiere hacer su cabaña.
Lalo y Rana no dijeron nada. El río siguió corriendo. Los
perros volvieron a caminar.
Después, cuando el unicornio ya era solo una mancha blanca
perdiéndose hacia el monte, detrás de la peña; Lalo habló en voz baja, casi
para él mismo:
— Hay cosas que este campo guarda que no aparecen en ningún
mapa.
Siguieron cabalgando junto al Castellano hasta que el puesto
de La Laguna en lo alto de la loma apareció a lo lejos con su luz encendida y
los viejos corrales. Esa noche hablarían de Evelia, del almuerzo de la semana
pasada, de los proyectos que venían. Pero también, sin decirlo demasiado, de lo
que habían visto: que hay lugares en la tierra donde el orgullo de haber
construido algo verdadero llama a cosas que el ojo común no ve.
La zanja de los pozos brillaba en la oscuridad con el agua
adentro. El río Castellanos corría como siempre. Y La Laguna dormía, entera,
sobre su propia historia.
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