martes, 15 de septiembre de 2026

Una fiesta con muchas voces: Milagro en Piquete de Anta

El 15 de septiembre de 2026, Piquete de Anta celebró al Señor y a la Virgen del Milagro con una misa, una procesión y un desfile de gauchos a caballo. Estuve ahí, y escuché un sacerdote que habla de renunciar a lo que creemos merecer, una locutora que convierte el desfile en ofrenda, una feria que cobra por transferencia y un grupo de jóvenes gays que miran, ríen, aprenden una receta y cuidan del regreso a casa. Entre el rito solemne del templo y la fiesta que se despliega afuera, descubrí que lo popular no se opone a la fe, sino que la traduce a su propio idioma. Y que, cuando la tradición es de todos, también sabe resistir con humor, deseo y memoria.

Una fiesta con muchas voces: lo que vi y escuché en la celebración del Señor y la Virgen del Milagro en Piquete de Anta



Por Fernando Pequeño Ragone


Contenidos:

Introducción

1.Qué pasó ese día: la misa, la procesión y el desfile

2.La voz que animó el desfile

3.Las palabras del sacerdote

4.Dos maneras de vivir la misma fiesta

5.La fiesta vista por jóvenes gays

Conclusión:lo popular sabe resistir

 

Introducción

Cada septiembre, en Piquete de Anta, un pueblo de la provincia de Salta, se celebra al Señor y a la Virgen del Milagro. El 15 de septiembre de 2026, entre las 11 y las 14 horas, estuve en esa fiesta. Vi una misa, una procesión con las imágenes sagradas, un desfile de gauchos a caballo y una feria de comidas a la vera del camino. Grabé mi descripción de la jornada inmediatamente regresé a casa como requiere el registro etnográfico, focalizando descripciones y emotividades en la misa, el desfile y la feria, y usé ese registro después con atención para escribir este texto.

Lo que registré no se limita a lo que cualquiera esperaría de una fiesta religiosa y tradicional. Entre la multitud había jóvenes varones gays, hijos de familias rurales que hoy viven entre pueblos más urbanizados y su lugar de origen. Su presencia es parte de la fiesta, porque ellos también miran, comen, conversan y eligen cómo participar. Sus voces, que quedaron en mi grabación, permiten ver esta celebración desde un ángulo que rara vez se cuenta.

Aunque la escena es salteña, creo que lo que muestra resulta familiar en cualquier lugar donde una tradición antigua convive con gente diversa. Por eso escribí este ensayo para lectores de cualquier parte, con o sin experiencia del campo.

1. Qué pasó ese día: la misa, la procesión y el desfile

Tres momentos en una sola mañana

Cuando ordené lo que había registrado, la jornada se resumía en tres palabras: liturgia, pacto y tradición gaucha. La liturgia es la misa. El pacto es la promesa de fidelidad que la comunidad renueva cada año ante sus patronos. La tradición gaucha es el desfile de jinetes, con sus ponchos, sombreros y banderas.

Qué buscaba cada parte de la fiesta

Al escuchar los audios distinguí cuatro propósitos que conviven sin estorbarse:

  • Un propósito espiritual: recordar que la fe pide constancia y desprendimiento, sobre todo en los momentos difíciles.
  • Un propósito comunitario: ordenar la procesión, acompañar a las autoridades presentes y cuidar el lugar donde se celebra.
  • Un propósito cultural: valorar la tradición gaucha y pasarla a los chicos y jóvenes.
  • Un propósito económico y social: dar trabajo a los vendedores y ofrecer un espacio de encuentro familiar.

Quiénes participaron

Varios grupos dieron vida a la jornada. El Padre Arturo, sacerdote de la comunidad, celebró la misa, y todos lo reconocen también como gaucho. Un monitor guio las oraciones de los fieles. Una locutora animó el desfile por micrófono. Un coro cantó en la iglesia y siguió cantando en la calle desde una camioneta con sonido. Los vendedores ofrecieron helados, frutas y manzanas caramelizadas. Un grupo de asistentes comentó todo lo que veía. Y el pueblo, es decir los gauchos a caballo, los peregrinos en bicicleta, las familias, el intendente, su esposa Silvia y otras autoridades, llenó las calles.

Lo que dijo cada uno

El sacerdote habló de renunciar a los caprichos y de cumplir la palabra dada. El monitor pidió por una Iglesia fiel a la verdad, por gobernantes justos y por la paz de los pueblos golpeados por guerras y catástrofes, e invitó a una colecta para quienes más lo necesitan. La locutora pidió cuidar la identidad criolla, la tierra y el ambiente. Los vendedores anunciaron sus precios: helado de fruta, naranja o vainilla a $3000, ensaladas de fruta a $4000, manzanas o frutillas a $1000. Los asistentes hablaron de la sorpresa de ver a un cura en el desfile, de recetas, de pagos por transferencia y de cómo volver a casa.

Lo que la comunidad se comprometió a hacer

La jornada dejó una lista de compromisos simples. Se renovó la promesa de fidelidad a los patronos y se pidió juntar la basura en bolsas y dejar el lugar limpio. Se ordenó el cortejo, con la cruz adelante, luego la Virgen, el intendente y su esposa, los funcionarios, las autoridades policiales, judiciales y educativas, la imagen del Señor del Milagro y, al final, el pueblo. Se resguardaron las imágenes del sol y la iglesia quedó abierta hasta las 18:00 h. Se pidió despejar la calle para los ciclistas peregrinos y se buscó al dueño de un celular perdido, el de la Sra. Maradita Vanela.

Hay un dato que no quiero omitir: aunque las autoridades estuvieron presentes, en mis registros no aparece que asumieran compromisos concretos en materia de políticas públicas u obras.

2. La voz que animó el desfile

Una mujer al micrófono

Mientras los jinetes pasaban, una mujer conducía la fiesta con un micrófono. No llegué a registrar su nombre, pero su papel fue central: presentaba a cada agrupación, daba avisos prácticos y hablaba con la gente como quien habla con vecinos.

Un relato lleno de cariño

Su tono era alegre y cercano. Saludó a Don Paulino Gusto, a los demás gauchos y al Padre Arturo, "el cura gaucho". Recordó con emoción a Paulino Freezer, gaucho fallecido, como alguien que acompaña el desfile desde el cielo. Dedicó un largo tramo a las "damas gauchas": dijo que "los gauchos no son nadie" sin una mujer que sostenga la familia y cuide el hogar. Y se detuvo en los niños y jóvenes que desfilaban, a quienes llamó "los futuros gauchos que no dejarán morir nuestra tierra ni nuestro trabajo".

Pidió también que el público participara: vivas, aplausos, pañuelos al viento, chasquidos de rebenque, y frases como "¡Que no se acaben los aplausos, hermanos, es fiesta!". Fue nombrando con devoción las banderas argentina, salteña y papal, y las imágenes sagradas.

Entre saludo y saludo, avisos de utilidad

Cada tanto interrumpía el clima festivo con información útil. Avisó que las imágenes se guardarían por el sol fuerte y que la iglesia seguiría abierta hasta las 18:00 h. Anunció el celular perdido y pidió despejar la calle para los ciclistas. Presentó las chacareras que bailaron los chicos en plena calle.

Lo que quiso transmitir

Al analizar su mensaje encontré cuatro ideas. La primera es que el desfile es una ofrenda de fe y no un simple espectáculo, ya que amar la tierra y las costumbres criollas es una manera de agradecer. La segunda es el consuelo: rezó por los enfermos, por los ancianos y por los peregrinos que sufrieron un accidente camino a la capital salteña. La tercera une la fe con el cuidado del entorno, porque ser "buenos cristianos" es dejar limpio el lugar. La cuarta mira hacia adelante, con el deseo de volver a encontrarse el año próximo.

3. Las palabras del sacerdote


Una idea central

En su homilía (la reflexión que el sacerdote ofrece durante la misa), el Padre Arturo habló de un tema exigente: la mortificación cotidiana, que significa aprender a renunciar a lo que uno cree merecer. Para él, celebrar el Milagro es asumir un compromiso serio con la fe, no una costumbre más.

Cómo lo explicó

Comenzó por la vida de Jesús. Nació en una familia pobre, en un pesebre, y muy pronto tuvo que huir a Egipto. El sacerdote, apoyándose en una carta bíblica, dijo que Jesús "aprendió en el sufrimiento lo que es obedecer" y que su entrega fue una renuncia diaria, un "morir cada día", y no solo un hecho ocurrido en la cruz.

Luego describió, sentido por sentido, lo que Jesús habría soportado en la Pasión: el mal olor de sus verdugos, los latigazos en lugar de caricias, los insultos en lugar de las palabras de consuelo de su madre, el vinagre en lugar de agua. Con esas imágenes buscó mostrar hasta dónde llega la entrega.

Un espejo para la comunidad

Después pasó a lo cotidiano. Contrastó el silencio de Jesús con nuestra costumbre de reclamar: "yo merezco respeto", "merezco vacaciones", "merezco un asado", "por qué no me llevaron a mí". Aclaró que la fe no prohíbe disfrutar de las cosas buenas, y que lo que pide es no poner el corazón en ellas ni convertirlas en exigencias.

Presentó a María como modelo de esa actitud. Al pie de la cruz, dijo, no protestó ni reclamó justicia, sino que acompañó en silencio y guardó todo en su corazón.

Una promesa mutua

Cerró con una frase que resume su mensaje: "celebrar el milagro es cosa seria". La fe, explicó, es un pacto de dos: "Yo soy tuyo porque tú eres mío". Invitó a mirar hacia las cosas del cielo sin quedar atrapados en las vanidades del mundo. Me llamó la atención su manera de hablar: usa ejemplos de la vida diaria, como el asado o las vacaciones, para que ideas difíciles se entiendan sin esfuerzo.

4. Dos maneras de vivir la misma fiesta

Un cuadro para ver las diferencias

Al llegar a este punto quise comparar lo que ocurrió dentro de la iglesia con lo que ocurrió afuera. Armé este cuadro.

Dentro: la misa

Afuera: el desfile y la feria

Quiénes hablan

Sacerdote, monitor, coro, asamblea

Locutora, vendedores, asistentes

Cómo se habla

Solemne, con un orden fijo

Alegre, cercano, espontáneo

Qué se busca

Renovar el pacto con Dios

Celebrar la identidad criolla y la convivencia

Símbolos

Cruz, altar, pan y vino, rosarios

Banderas, sombreros, ponchos, rebenques

Dónde ocurre

En el templo y el inicio de la procesión

En calles, feria y orillas del río

Qué se pide a la gente

Ser solidaria y humilde

Cuidar el ambiente y la seguridad

Lo que cambia y lo que se parece

Adentro se habla de renuncia, y afuera se celebra la vida del campo. Adentro todo sigue un libreto antiguo, con Credo, consagración y cantos como "Sobre tu altar", "Santo" o "Cordero de Dios". Afuera manda la espontaneidad: vivas, pañuelos, música folklórica y chacareras improvisadas. La procesión tiene un orden estricto de personas y funciones, mientras que en la calle importan cosas más cotidianas, como cuidar el lugar, devolver lo perdido y evitar accidentes. Y mientras el templo tiene su colecta solidaria, la feria tiene su economía informal, con precios anunciados a viva voz y cobros por transferencia y tarjeta.

Un puente entre ambos mundos

Las dos dimensiones no se dan la espalda. El Padre Arturo es un puente: es sacerdote y es gaucho, celebra la misa y desfila con los fortines. Y lo que se promete adentro se vuelve visible afuera, cuando los jinetes saludan con el sombrero a las imágenes de los santos.

5. La fiesta vista por jóvenes gays

Quiénes son y por qué importan

Rio del Valle a la altura de Piquete

En este último apartado retomo las conversaciones que registré entre los asistentes con un dato esencial: quienes hablaban eran jóvenes varones gays de la comunidad LGBTIQ. Se criaron en familias rurales y hoy se mueven entre pueblos más urbanizados y su lugar de origen. Para leerlos me apoyé en pensadores latinoamericanos como Néstor Perlongher y Marlene Wayar, que estudiaron cómo las personas diversas habitan los lugares tradicionales.

Este grupo está entre dos mundos. Conoce el campo, pero también otros ámbitos, y su forma de participar mezcla humor, ironía, cariño y observación.

Tres voces del grupo

Distinguí tres maneras de hablar dentro del grupo.

El que mira y coquetea. Comentaba con picardía cómo la gente se mira en el desfile. Decía, por ejemplo, "se lo pasan mirando más" y "a mí me molesta que me miren", y recordaba con nostalgia una época en que le resultaba más fácil pedir un número de teléfono. Interpreto en esas frases una mezcla de incomodidad y disfrute, muy propia de quien vive en un lugar donde todos se conocen. Un desfile pensado para exaltar la masculinidad del jinete se vuelve también un escenario donde se mira con deseo, algo que rara vez se dice en voz alta.

El que observa y aprende. Le llamaba la atención la belleza de los jóvenes que desfilaban ("Pero si son hermosos, ¿cómo no te van a mirar?") y celebraba la imagen del cura gaucho: "la primera vez un cura coqueando y desfilando. Está bonito". (Coquear es masticar hojas de coca, una costumbre andina extendida.) También quería aprender a hacer las manzanas acarameladas, y explicaba el procedimiento: pasar la fruta un instante por agua hirviendo, elegir buenas manzanas y usar azúcar rubia con colorante. Además notaba que los vendedores ya cobran por transferencia y tarjeta, y que la feria cambió con la tecnología. Su mirada me mostró que se puede querer una tradición sin someterse a sus reglas, gozar de su belleza y reírse con cariño de sus rigideces.

El que cuida y organiza. Era quien recordaba no dejar el celular al sol, buscaba dónde estacionar, atendía que el grupo llegara a un baño y planeaba cómo cruzar el río sin caer en los pozos. También fijaba la hora de regreso: a las dos de la tarde, en casa. Con humor se quejaba de que "no le tocó ningún lindo", y lo cerraba con un "disgustos". Su papel muestra que el grupo funciona como una pequeña red de cuidado mutuo, un lugar seguro donde se puede hablar sin filtro.

Lo que este apartado agrega

Los compromisos del grupo son modestos: proteger los teléfonos del calor, resolver baños y estacionamiento, cruzar el río con seguridad y llegar a la casa familiar a las 14:00 h. Pero dicen algo importante. Estos jóvenes no son visitantes ni extraños en el campo. Conocen el río, los pozos y los horarios de su familia. Pertenecen a los dos mundos a la vez, y por eso son una prueba de que la tradición también los incluye.

Conclusión: lo popular sabe resistir

Si algo me enseñó la fiesta de Piquete de Anta, es que una celebración religiosa no vive solo de su ritual. La misa tiene un orden que casi no cambia, una jerarquía y palabras fijadas por siglos. Pero la fiesta que se despliega alrededor no obedece del mismo modo. Mientras el sacerdote habla de renunciar, la calle celebra. Mientras adentro se guarda silencio, afuera se aplaude, se baila, se vende, se cobra, se comenta y se mira.

Ese desborde tiene algo de resistencia, en el sentido más amable de la palabra: la capacidad de una cultura para conservar su propia voz, aun dentro de un marco que no le pertenece. Lo popular no se enfrenta a la Iglesia ni rechaza el pacto de fidelidad. Lo traduce a su idioma. La locutora convierte el desfile en una ofrenda, los jinetes saludan a los santos con el sombrero, y ser un "buen cristiano" pasa a significar, además de rezar, dejar limpio el lugar. Incluso el cura se vuelve gaucho, como si la tradición local también supiera dar forma a la institución.

Los jóvenes gays hacen algo parecido, con otra sutileza. No piden permiso ni disputan el altar. Miran, ríen, aprenden una receta, se cuidan entre sí y vuelven a tiempo para el almuerzo familiar. Habitan la fiesta como propia, con el mismo derecho que cualquier otro vecino, y así ensanchan la tradición sin romperla.

La fiesta del Milagro puede entenderse, entonces, como un doble pacto. Hay uno solemne, que se proclama en la iglesia. Y hay otro silencioso, que el pueblo renueva por su cuenta, hecho de humor, cuidado, memoria, comercio y deseo. Ese segundo pacto no necesita bendición, y probablemente es el que hace que todos vuelvan al año siguiente. Yo me fui de Piquete de Anta con esa sensación: la de haber visto una fe que se sostiene en el templo y una fiesta que se sostiene sola.

 

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

El algarrobo que reverdece

Vuelvo de La Esperanza y en el camino se me abre otra vez el mismo mapa: el algarrobo que reverdece, el galpón parado sobre la casa donde dormía de chico, el pozo del río donde aprendí de los silencios un 23 de diciembre con mi hermano todavía niño, llorando por atención en la orilla. No hay una sola versión mía que se quede quieta en esta tierra. Está el que a los diecinueve escondía a Carlos de su padre y hoy defiende banderas ajenas frente al fuego de un vecino. Está el que se ahogaba en Los Pozos y hoy vuelve a la finca buscando aire. Está el hermano que lloraba junto al agua y hoy administra conmigo, con otra lógica, el mismo suelo. Nombrar esto no lo resuelve: lo nombré hace años y el dibujo se repite, apenas un poco más alto en la espiral. Quizá envejecer en el campo sea solo aprender a cultivar alrededor de las heridas, no a cerrarlas.

El algarrobo que reverdece

Crónica de una visita a La Esperanza — Paso de la Cruz, Anta, 10 de septiembre de 2026

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

Vasos comunicantes: auto-presentación metodológica y epistemológica


I. El portón de doble hoja

Hacía un par de años que no cruzaba ese portón, aunque Julián vive a seis kilómetros de donde yo vivo, aunque somos vecinos en el sentido más antiguo y más exigente de la palabra: los que comparten alambrado, agua y memoria. La distancia nunca se mide solo en la huella que separa dos tranqueras. Se mide en el tiempo que uno decide entregarle a lo que tiene cerca. Abrí el portón metálico de doble hoja —el nombre de la finca inscripto en el hierro, La Esperanza— y avancé con la camioneta negra por una senda ancha, prolija, emparejada para el paso de dos vehículos. Ya en ese primer tramo empecé a leer los signos de una mutación profunda: hacia la derecha, un camino nuevo que muere en un desbajerado, en una loma que pronto será corral de engorde a feedlot para terneros. La tierra cambiando de vocación bajo mis ojos, como cambia un cuerpo que empieza a ejercitarse de otro modo.

Y mientras la huella de la camioneta iba dejando su rastro hacia el casco de la finca, donde compartiría un asado con Julián, se me vino encima —sin permiso, como vienen siempre estas cosas— el recorrido que hacía por el mismo camino cuatro décadas atrás, de niño, con mi padre, con mi madre Clotilde y con mi abuela Flora, para las yerras en el puesto que comandaba Elías Gómez. El mismo sitio, exactamente el mismo suelo, donde hoy se levanta la finca moderna de Julián. Reconocí el terreno como se reconoce un palimpsesto: ahí estaba el gran algarrobo que este setiembre empieza a reverdecer, el mismo que ya daba sombra entonces; y donde hoy hay un galpón nuevo, enorme, estuvo la casa de Elías y de Esperanza Chávez, la mujer que le dio nombre a esta tierra sin saber que su nombre iba a seguir nombrándola. A esa casa del puesto me quedaba a dormir, en tantas oportunidades que perdí la cuenta, y ahí jugaba con los chivos armando, a mi manera infantil, la misma ceremonia que los adultos hacían en serio con el ganado vacuno en la yerra: marcar, sujetar, nombrar lo que es de uno.

No es la única capa de esta geografía que me pertenece. En este mismo departamento de Anta, a una distancia que en la infancia me parecía continental y que hoy sé que es apenas un puñado de kilómetros, queda Los Pozos, la finca de mi familia. Ahí cumplí diecinueve años, un diciembre de hace cuarenta y dos, y lo escribí esa misma noche: un día aburrido, sin gracia, casi penoso. Estaba en la finca porque acepté ir para hacer buena letra —esas fueron mis palabras entonces— y poder viajar después a Tucumán; y porque a un nivel menos confesado quería averiguar cómo ayudar a mi padre, a quien todavía no conocía bien, a quien en ese diciembre empezaba recién a dejar de ver como el monstruo que siempre había representado para mí. Un repuesto de tractor que no aparecía, una hacienda que no se pudo vender, un viaje a Tucumán que se cayó por decisión de mi padre bajo la influencia de mi madre: y yo escribiendo que sentí como si me hubiesen cortado una manguera de oxígeno. Diecinueve años y ya sabía nombrar la asfixia con esa precisión.

Hoy volví a cruzar ese paisaje y no sentí nada de esa asfixia. Al contrario: el encuentro con Julián está siempre cargado de afecto y de reconocimiento, y liga mi adultez con mi infancia sin necesidad de que yo tenga que forzar el gesto. En torno al fuego, con la carne ya en la parrilla y las humitas y los tamales que trajo de Tucumán calentándose al costado, empezó la primera parte de la charla. Sería luego a la mesa con los peones, y más tarde entre los toros, en el corral.

II. El alambrado que linda con el río

La charla junto al fuego —techo de chapa, sin cerramiento, esa cocina improvisada que es marca registrada de los puestos sobre la ruta 5 de Anta— fue, ante todo, una conversación de coordinación agropecuaria, pero yo la escuché también como se escucha un mapa de lo que un hombre teme y de lo que un hombre protege. Julián me habló de la necesidad de encuadrar y declarar formalmente ante el SENASA la actividad del corral de recría, para no quedar mal categorizado y no exponerse a inspecciones impositivas desmedidas; me habló de una intoxicación por guindilla y de afecciones en los toros que había que resolver rápido, coordinando con los veterinarios el envío de antitóxicos y antibióticos; me habló del Manejo de Bosques con Ganadería Integrada como el modo correcto —el modo que no genera multas— de hacer los desbajerados que necesita. Y me habló, también, del recambio completo del alambrado deteriorado en la franja que linda con el río.

Ese alambrado, esa frontera de hierro entre el potrero y el agua, fue la que me devolvió otra vez a Los Pozos, a otro río, al que fuimos aquel domingo 23 de diciembre de 1984 con Ana, el Negro, Juana y mi hermano Rodrigo. Rodrigo tenía entonces la costumbre de llorar por caprichos, gran parte del tiempo, hasta que —al ver que nadie le prestaba demasiada atención— se cansaba y se integraba al grupo por su cuenta. Lavamos la camioneta en la orilla; nos bañamos en un pozo del río lo bastante profundo como para nadar; Ana y Juana se quedaron mirando desde la playa, y yo, paranoico y esperanzado a la vez, les pregunté de qué hablaban y me dijeron que de todo, entre risas. Escribí esa noche que el campo era lindo cuando lograba mirarlo con tranquilidad, separando los problemas de mis padres de los míos.

Cuarenta y dos años después decidí volver a instalarme en la finca en tramos de quince días corridos, en sociedad con mi hermano, para encarar un proyecto de engorde de terneros que me saque del aislamiento. La misma palabra —aislamiento— que en 1984 yo le aplicaba al encierro forzado en el campo, hoy la uso para nombrar exactamente lo contrario: lo que el campo, compartido con Rodrigo, viene a resolver. No sé si eso es una cura o apenas un cambio de nombre para la misma herida. Lo que sí sé es que instalé internet en el establecimiento para no perder el contacto operativo, y que el vecindario rural sigue siendo tan heterogéneo como entonces: está César Alderete, aislado en la Estancia González, casi sin nadie que le tienda una mano; y está Evelia, a quien trato de sostener regulando el paso de sus chanchos hacia los campos linderos. Julián, con su misma lógica pragmática de siempre, prefiere absorber el costo del tratamiento veterinario del rodeo antes que pelearse con el vecino, y tolera la intrusión ocasional de los cerdos de Evelia a cambio de algún lechón. Se puede vivir en el campo sin estado que contenga, aprendí de chico y confirmo ahora, siempre que uno arme, con lo que tiene alrededor, una red de reciprocidades que haga las veces de institución.

III. Raíces y banderas provisorias

Ya en la mesa del quincho, con los peones, la charla se volvió más ancha y más honda. Hablamos del contraste entre el engorde intensivo en corral y el manejo semi-intensivo en piquetes; de las pérdidas que la chicharrita le infligió al maíz de Los Pozos. Julián contó que mi hermano Rodrigo hace cuchillos artesanales, un oficio que a la vez cura y da de comer. Reconoció, sin drama, el cierre de su antiguo emprendimiento de gaseosas, y se quejó de las lluvias que atrasaron el alambrado y la obra de su casa dentro del predio.

Y fue ahí, entre bocado y bocado, que Julián señaló una bandera del arcoíris en la fachada de una casa del pueblo y dijo, con esa franqueza sin filtro que tiene la camaradería rural, que él nunca pondría una bandera diciendo que es hétero, que esas cosas son del ámbito privado. Yo le respondí que no se trata de una provocación personal sino de un símbolo de visibilidad de todos, de la diversidad como hecho social y no como intimidad que hay que guardar. Discutimos sin que se alterara el clima de trabajo, sin que dejáramos de compartir el mismo asado, y eso —lo pienso ahora, ya lejos de la mesa— también es una forma de habitar el campo: la que permite disentir sin fractura.

Pero mientras yo defendía en voz alta el derecho a la visibilidad, algo en mí volvía, otra vez sin permiso, a diciembre de 1984. A esa misma finca de Los Pozos donde, mientras esperaba una llamada de Carlos que no llegaba, calculaba con qué estrategia evitar que la noticia de esa relación llegara hasta mi padre; donde recuerdo que pensé que sería mejor no llevar a Carlos a la casa familiar sino a la de mi abuela Flora —la misma abuela que años antes me llevaba a las yerras de Elías Gómez—, porque ahí, en ese territorio custodiado por una mujer y no por la ley del padre, algo podía respirar sin vigilancia. A los diecinueve yo administraba mi propia clandestinidad con la misma prolijidad con la que Julián hoy administra el SENASA: declarando lo mínimo indispensable, ocultando lo que pudiera traer inspección. Lo que entonces no tenía nombre público, hoy lo defiendo en voz alta frente al fuego de otro. No sé si eso es coherencia o apenas la distancia que separa a un adolescente asustado de un hombre de casi sesenta años, a meses de cumplir cincuenta y ocho, que ya no necesita el permiso de nadie. Sospecho que es las dos cosas a la vez, y que ninguna cancela a la otra.

Del otro lado de la mesa, Juampi —el encargado, estudiante a distancia de Producción Agropecuaria— defendía el feedlot con el entusiasmo de quien encontró en los libros una forma de ordenar lo que antes era puro oficio heredado: el encierro y la ración balanceada, decía, evitan el gasto energético del desplazamiento en campo abierto y afinan la conversión de alimento en carne; programa la parición para que coincida con el rastrojo del maíz; controla el peso de entrada y salida de los terneros —ciento cincuenta, doscientos cincuenta kilos— para no perder plata en la venta. Julio, el plomero tucumano que oficiaba de asador, aportó su saber técnico sobre calefones a gas envasado, recomendó la marca Orbis y explicó cómo limpiar los quemadores cuando la garrafa deja hollín. Cada uno defendiendo, a su modo, un fragmento de orden dentro del desorden general del campo.

IV. Los toros y las marcas que duelen

Después del almuerzo caminamos hasta el corral, entre medio centenar de toros reproductores Hertford. Ahí la charla cambió de textura: se volvió cuerpo, cojera, herida. Le señalé a Julián que alguno rengueaba; discutimos sobre el dolor articular que arrastran los animales de servicio. Y fue en ese mismo terreno, entre las patas de los toros, donde retomamos la discusión de la bandera, como si el cuerpo animal fuera el lugar más honesto para seguir hablando de lo que el cuerpo humano todavía no termina de decir del todo.

Después la mirada se corrió hacia las marcas a fuego. Le dije a Julián que no entendía por qué tenían tantos números marcados a hierro sobre el mismo animal, que eso es sufrimiento innecesario, que alcanza con la caravana o con el botón electrónico para identificar a un reproductor. Él me explicó la necesidad de la trazabilidad, de un identificador único e indeleble. Inspeccionamos a un toro grande, de diez años, con el cuerpo ya gastado por tantas temporadas de servicio, y de ahí pasamos a lo genital: toros "apistolados", con la vaina del pene desviada, la penetración imposible, bolsitas irritadas por raspaduras contra el monte, tratamientos antibióticos que a veces dejan secuelas visibles en la zona ventral, cicatrices que quedan como una segunda marca, esta vez no elegida.

No sé si es casualidad que la anatomía de la reproducción sea, entre todos los cuerpos del corral, el punto donde con Julián discutimos con más franqueza sobre lo público y lo privado del deseo. La empatía por el dolor animal y la honestidad de la discrepancia ideológica convivieron sin pelearse, media hora entera, hasta que llegó una camioneta blanca con el proveedor del bebedero nuevo. Julián se despidió y se fue a mostrarle el sitio de la obra. Yo seguí solo, en mi camioneta negra, hacia la casa de Evelia, para llevarla a buscar el maíz que gestioné con Alcorta —el productor más grande de granos de la región— y que necesita para sus chanchos, los mismos que cruzan hacia la finca de Julián y que él tolera a cambio de algún lechón. Dormí una siesta en esa casa, y después fuimos por los granos con Mariana, la hermana de Evelia.

Coda: vuelta al pozo

Manejando de regreso pensé en el algarrobo que empieza a reverdecer, en el galpón que ocupa el lugar exacto donde dormía de chico en la casa de Elías y Esperanza, en el pozo del río donde aprendí a de los silencios un 23 de diciembre con mi hermano todavía chico llorando por atención. Pienso que no hay una sola versión de mí mismo que se pueda quedar quieta en esta tierra: está el que a los diecinueve escondía a Carlos de su padre y hoy defiende banderas ajenas frente al fuego; está el que se ahogaba en Los Pozos y hoy vuelve a la finca en busca de aire; está el hermano que lloraba en la orilla del río y hoy administra conmigo, con otra lógica, el mismo suelo. Nombrar esto no lo resuelve. Lo nombré hace años y el dibujo se repite, apenas un poco más alto en la espiral, con un poco más de conciencia y la misma tierra debajo. Quizá de eso se trata, en definitiva, envejecer en el campo: no de cerrar las heridas sino de aprender a cultivar alrededor de ellas, como se cultiva alrededor de un pozo de agua que nunca se termina de secar.

Viaje 151

 Viaje 151




sábado, 5 de septiembre de 2026

Laguna de Castellanos: entre el agua y la loma

 

 

El espejo flotante

Apuntes sobre la loma, la Laguna, el agua y lo que nunca se enterró

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA

…Ahí está otra vez la vieja herida familiar, disfrazada de gestión rural: la doble conducción de la finca es, en el fondo, la repetición de la doble conducción de nuestra historia, esa incapacidad heredada de ponernos de acuerdo sobre quién manda cuando el que debía mandar fue arrancado de cuajo...

…Si la laguna es el lugar donde deposito el duelo que no pude cerrar, el brete es el lugar donde recuerdo que, antes de la ruptura, hubo estructura, hubo fiesta, hubo un nombre marcado a fuego que decía que yo pertenecía a algo…

Queda el brete desvencijado donde en los '70 vi trabajar juntos a mi abuelo
Miguel Ragone y a mi padre J F Pequeño. En mi devenir de niño
 entre la laguna en el bajo y los corrales en la loma. 


I. La Loma

El brete: la fiesta del orden

Antes de que supiera nombrar nada de esto, ya lo sabía en el cuerpo: hay una loma en La Laguna de Castellanos donde todavía se sostiene, gris y correosa, la madera dura del viejo brete. La miro hoy y no es un corral en desuso: es un esqueleto que resistió el tiempo del mismo modo en que yo necesito creer que algo de mi familia resistió también. Ahí se hacía la yerra, y la yerra no era solamente trabajo: era una fiesta del orden. El fuego calentando el hierro, el olor a bosta seca y a humo, el grito de los peones arreando, las mujeres de mi familia organizando la comida y el paso de cada tarea como si tejieran, sin decirlo, la trama que nos sostenía a todos.

La marca en el cuero de cada animal era, en el fondo, la inscripción de un nombre: esto es nuestro, esto tiene linaje, esto pertenece a una casa. Yo tenía cinco, seis años, y ese orden con fuego y gritos no me asustaba: me daba, por primera vez, la certeza de formar parte de algo con estructura, algo que no se iba a derrumbar.

Los que eran más jóvenes que yo ahora

Ahora tengo 57 años y vuelvo a pararme frente a esa madera, y me pasa algo que todavía no termino de asimilar: en las fotos que llevo grabadas más que en papel, mi abuelo Miguel y mi padre trabajando en ese mismo brete son más jóvenes de lo que soy yo hoy. El tiempo se pliega sobre sí mismo de una manera que no es cómoda. Ya no soy el nieto que mira hacia arriba a dos hombres que lo saben todo: soy, sin haberlo pedido, el que quedó más viejo que ellos en esa imagen, el que ahora tendría que cuidar a esos muchachos jóvenes si el tiempo funcionara de otra manera.

Cargo la memoria de mi abuelo y de mi padre como quien carga a un hijo, no como quien todavía espera ser cargado. Nadie me preparó para esa inversión, y sin embargo ahí estoy, todas las veces que piso esa loma, sosteniendo yo a los que se supone deberían haberme sostenido a mí.

II. La Laguna

El juego incesante entre las dos orillas

Pero mi infancia entre La Laguna y Los Pozos no vivía instalada de un solo lado. Entre ese brete de la loma y la laguna de Castellanos en la planicie yo iba y venía sin parar, en un tránsito que ahora reconozco como el juego más importante de mi vida. Bajaba corriendo con el cuerpo todavía caliente del corral, del fuego y del polvo, y lo enfriaba en el agua quieta de la laguna, para después volver a subir. Era como caminar entre el padre y la madre, entre la regla y el sueño, sin tener que elegir ninguno de los dos: la loma me daba estructura, ley, pertenencia; la laguna me daba silencio, misterio, recogimiento.

Ese ir y venir extasiado era mi manera de sostener juntos dos mundos que, muchos años después, la historia se encargaría de separar a la fuerza.

Antes de la ruptura

Necesito arrancar por el sol, aunque me cueste, aunque hoy me resulte casi obsceno nombrarlo sin que la voz se me quiebre. Hubo una infancia en la que el calor de Salta no pesaba: era una membrana tibia que me sostenía sin pedirme nada a cambio. Mi abuelo Miguel todavía caminaba por el mundo y yo no sabía que ese caminar era prestado, que la historia ya le había puesto fecha. Después vino lo que vino: se lo llevaron, lo hicieron desaparecer, y en la familia empezó a crecer una grieta que no era metáfora sino intemperie real, un aire de desamparo que se instaló en cada comida, en cada silencio, en cada Navidad donde faltaba algo que nadie nombraba.

Ese fue el primer diluvio de mi vida: no de agua sino de ausencia. Y sin embargo —lo entiendo recién ahora, escribiendo esto— fue el agua la que se ofreció, años después, a cargar con lo que la palabra no podía.

La planicie que muere en la represa

Hay una mañana de julio, la del 24 de 2022, que vuelve a mí como una diapositiva que se proyecta sola. Estoy en Los Pozos, miro la planicie que muere en el corral hacia la represa, y no veo solamente pasto seco y alambre: veo, superpuestas, las fotografías viejas de los Paz retozando en ese mismo suelo, décadas antes de que yo naciera. La tierra ahí no es solamente productiva, es un palimpsesto: una cubierta donde sedimentan capas tras capas las generaciones, como las membranas de una cebolla. Cada vez que piso esa planicie estoy caminando sobre gente que ya no está, sobre una risa fotografiada que el tiempo canceló pero que el paisaje se niega a soltar.

La represa, en ese sentido, no contiene solamente agua para las vacas: contiene todo lo que en mi familia no tuvo dónde depositarse. Yo llego ahí, hijo y nieto de fantasmas, y el agua quieta me devuelve una calma que no me pertenece del todo: es una calma prestada, la que el paisaje sueña por mí cuando yo todavía no me animo a soñarla.

El barro de la doble conducción

Pero la Laguna no es solamente contemplación, y sería una trampa quedarme en la estampa. El 23 de julio de 2023, sentado con las hermanas Córdoba en su puesto, recordaba con ellas que fueron parte de aquellos días, los momentos donde las vacas bajaban con dificultad desde el corral en la loma hacia la laguna en el bajo plano, arriadas a los gritos por Hilario (el tío Hilario). Y en ese recuerdo compartido con las Córdoba entendí que ese territorio también es un lugar donde todo se traba. Los terneros se mueren de frío o se los come el león por las distancias que nadie termina de resolver. Hilario peleaba solo contra un terreno que le quedaba grande.

Y yo veo —con una lucidez que no me alivia, más bien me pesa— que Rodrigo no logra mirar de frente esa realidad, no acompaña a quienes hacen la vida de cada día en la finca, no ordena lo que hay que ordenar, no quiere ser parte estando sino a la distancia, que es como no serlo. Ahí está otra vez la vieja herida familiar, disfrazada de gestión rural: la doble conducción de la finca es, en el fondo, la repetición de la doble conducción de nuestra historia, esa incapacidad heredada de ponernos de acuerdo sobre quién manda cuando el que debía mandar fue arrancado de cuajo. El barro de la Laguna se me pega a las botas igual que se me pega esa parálisis: quiero empalizar, poner orden, y en cambio me encojo, siento que todo se vuelve imposible, que el barro tira para abajo cualquier intento de estructura.

Lo que el agua sostiene por mí

Y sin embargo vuelvo, semana tras semana, insistente, a esa Laguna que ni siquiera en mis cuadernos aparece siempre nombrada completa —Castellanos—, como si nombrarla del todo fuera demasiado. Ahora entiendo por qué. Mi abuelo no tuvo tumba. No hubo ritual, no hubo tierra removida con nuestras propias manos, no hubo ese cierre brutal y necesario que permite después seguir viviendo sin cargar todo el tiempo con el muerto a upa.

Cuando el duelo no puede completarse, busca dónde alojarse, y en mi caso eligió el agua quieta de un campo en Anta. La Laguna es el lugar donde deposito lo que no pude enterrar: no como metáfora bonita sino como necesidad psíquica concreta. Cuidarla, nombrarla, volver a ella, es mi manera de decirle a Miguel que todavía no lo solté, que sigo dándole sepultura todos los días, un poco, sin terminar nunca.

II. El agua

El dique, el deseo, el padre esquivo

Si la Laguna guarda el duelo, el agua en general —el dique, el río, la humedad de la madera de un banco— guarda también otra cosa: el deseo que insiste a pesar de todo. Mayo de 2014, el Cabra Corral. Recuerdo la humedad, el frío calándome, el cuerpo buscando refugio contra otro cuerpo frente al espejo de agua del dique. Y ahí, en medio del deseo, aparece —siempre aparece, no falla— la figura de mi padre, esquivo, y junto a él la finca inalcanzable, la que todavía no era mía, la que todavía no sabía habitar.

El agua, en esas escenas, no es solamente escenario: es la superficie donde se filtra todo lo que me falta de virilidad heredada, de linaje que se pueda tocar. Busco en el cuerpo de otro lo que no terminé de recibir de mi padre, y elijo, sin planearlo nunca, escenarios de agua para hacerlo, como si necesitara ese elemento de testigo.

Laguna de Castellanos.


Estar en el umbral

Me doy cuenta, escribiendo esto, de que toda mi vida el agua me ha puesto en el umbral: ni en la ciudad ni en el campo del todo, ni en la academia ni en el trabajo de la tierra del todo, ni en el duelo cerrado ni en el duelo ausente del todo. Frente al agua —sea la Laguna, sea el dique, sea la represa— dejo de ser el investigador de derechos humanos, dejo de ser el hermano en conflicto por la finca, dejo de ser el amante que busca padre en cada abrazo, y me convierto, por un rato, en alguien suspendido entre esas identidades, esperando a ver cuál se impone cuando vuelva a pisar tierra firme.

Ese estar-entre no es cómodo, pero es honesto: es el único lugar donde todas mis filiaciones —la intelectual, la rural, la militante, la deseante— pueden estar presentes a la vez sin pelearse a los gritos, como si el agua, por ser líquida, les permitiera por fin no competir por la forma.

Padre / Lugar seguro

Convertirme en finquero, a esta altura de mi vida, nunca fue un plan de negocios. Fue, y sigo sospechando que es, el intento de construir con mis propias manos el lugar seguro que la historia le negó a mi familia cuando se llevaron a mi abuelo. Cada vez que reviso los muros de las represas construidos por mi padre, cada vez que discuto con Rodrigo por el manejo del agua en el corral de engorde de los terneros, cada vez que vuelvo solo a mirar la Laguna sin decirle a nadie que voy, estoy negociando lo mismo: si un territorio puede, finalmente, sostenerme sin desaparecer también. Me abruma  la posibilidad que uno de los hermanos venda antes que yo me vaya de este mundo, y aún después.

No tengo la respuesta cerrada, y sospecho que no la voy a tener nunca, y quizás esa sea la única verdad que el agua me enseñó con paciencia: que hay preguntas que no se resuelven, se habitan. Yo habito esta, todos los días, un poco más cerca del fondo.

Pararme en la loma

Y sin embargo algo se corrige cuando vuelvo a la loma de la laguna de castellanos y no solamente al agua en la planicie. Si la laguna es el lugar donde deposito el duelo que no pude cerrar, el brete es el lugar donde recuerdo que, antes de la ruptura, hubo estructura, hubo fiesta, hubo un nombre marcado a fuego que decía que yo pertenecía a algo. Hoy, más viejo que Miguel y que mi padre en esa foto que no existe pero que llevo clavada en los ojos, entiendo que no vuelvo a ese corral para lamentar lo que perdimos. Vuelvo para pararme de pie en la misma loma donde aprendí, antes de saber nada de desapariciones ni de barro ni de hermanos que no se ponen de acuerdo, que yo era parte de un linaje.

No es una respuesta a la parálisis del barro ni al vacío que la laguna todavía guarda: es otra cosa, una vara distinta clavada en el mismo terreno. Sigo sin saber cuál de las dos orillas manda. Tal vez, como de chico, la verdad esté en seguir yendo y viniendo entre ellas.

martes, 28 de julio de 2026

Del ternero al novillo: Por qué el Estado le sigue la pista a los cumpleaños de las vacas

 En el sector ganadero argentino, el SENASA actúa como una "oficina de registro civil" que monitorea formalmente el crecimiento de los animales. El cambio de categoría —como el paso de ternero a novillo— no es un simple papeleo, sino el pilar fundamental que sostiene la sanidad y la trazabilidad nacional. Contar con registros precisos permite organizar campañas de vacunación eficientes contra enfermedades como la Fiebre Aftosa, evitando el desperdicio de recursos. Además, este control garantiza la inocuidad alimentaria para las familias y funciona como la llave para acceder a los mercados internacionales. En el caso de los equinos, la actualización de inventarios es obligatoria para prevenir enfermedades específicas y combatir el abigeato mediante la identificación individual. Informar estos "cumpleaños biológicos" es un acto de responsabilidad comunitaria que protege el esfuerzo del productor y la economía del país.

Síntesis auditiva del texto

Imaginemos por un momento la libreta de enrolamiento de una persona o su documento nacional de identidad. A lo largo de la vida, cambiamos de foto, renovamos el domicilio y actualizamos nuestro estado civil. En el mundo de la ganadería ocurre algo muy similar: los animales que nacen en el campo no se quedan siendo «terneros» para siempre. Crecen, cambian de peso, pasan a ser «vaquillonas», «novillos» o «vacas», y ese cumpleaños biológico tiene que asentarse formalmente en un registro oficial.

El organismo encargado de llevar esta «oficina de registro civil ganadero» en la Argentina es el SENASA (Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria). Pero, ¿por qué a una entidad del Estado le importaría tanto saber si en una finca de Las Lajitas o del Impenetrable un ternero ya se convirtió en un novillo? La respuesta no es una simple obsesión burocrática: detrás de cada trámite de «cambio de categoría» se esconde un engranaje fundamental para la salud pública, la economía del país y la paz social.

La biografía de un rodeo: ¿Qué es el cambio de categoría?

En la jerga del campo, la hacienda vacuna se clasifica según su edad, sexo y función reproductiva. Un ternero recién nacido pasa a ser recriado y, con los meses, se transforma en novillito o vaquillona; eventualmente, si la hembra tiene cría, se convertirá en vaca, o el macho entero en toro.

Cuando un productor ganadero se presenta ante la oficina local del SENASA o ingresa a su sistema informático para declarar un cambio de categoría, no está vendiendo ni trasladando animales a otra finca. Lo que está haciendo es actualizar la «foto» de su campo. Está diciendo: «Aquellos 102 terneros que declaré el año pasado crecieron y hoy son 102 vaquillonas».

Este ajuste en la planilla parece un mero trámite administrativo, pero en realidad es el punto de partida para que funcionen las dos grandes columnas que sostienen a la ganadería moderna: la sanidad y la trazabilidad.

La razón sanitaria: Escudos invisibles contra las epidemias

La principal razón por la que el SENASA necesita saber con precisión cuántos animales de cada edad hay en cada rincón del país se llama planificación sanitaria.

El ejemplo más claro es la lucha contra la Fiebre Aftosa, una enfermedad viral altamente contagiosa que puede devastar la producción ganadera. Para proteger al país, se realizan campañas periódicas de vacunación obligatoria. Sin embargo, no todas las campañas son iguales:

  • Hay campañas donde se vacuna a todo el rodeo (desde el toro más grande hasta la vaca más vieja).
  • Hay campañas intermedias donde únicamente se vacuna a las categorías menores (los animales más jóvenes, como los terneros, que son los más vulnerables).

Si el sistema informático del SENASA no estuviese actualizado y registrara a un grupo de animales maduros como si fueran terneros, se generaría un caos operacional: el vacunador del ente sanitario acudiría al campo esperando aplicar una dosis a un animal joven que ya no existe como tal, gastando recursos, tiempo y dosis de manera ineficiente.

Saber exactamente quién es quién en el corral permite aplicar los medicamentos adecuados, en las dosis correctas y en los momentos biológicos precisos. Un rodeo bien categorizado es un rodeo protegido contra epidemias.

La razón social y económica: De la mesa familiar a los mercados del mundo

Más allá de la veterinaria, existen profundas razones sociales y de seguridad alimentaria que justifican estos controles.

1. Saber lo que comemos (Seguridad e Inocuidad)

Cuando una familia compra carne en la carnicería del barrio o en el supermercado, da por sentado que ese alimento es seguro, fresco y libre de enfermedades. Esa confianza no es casualidad; es el resultado de la trazabilidad, que es la capacidad de reconstruir la historia de un pedazo de carne desde el plato hasta la finca donde nació el animal.

Si un animal cambia de categoría de forma transparente en el sistema oficial, el Estado puede garantizar que no se utilicen medicamentos prohibidos para su edad o que cumpla con los períodos de carencia necesarios antes de ser enviado a la faena.

2. La llave del comercio exterior

La Argentina es famosa en todo el planeta por la calidad de sus carnes. Países de Europa, Asia y América compran carne argentina porque confían en los controles del SENASA. Un país exportador no puede darse el lujo de tener "números fantasma" en sus campos. Mostrar un registro actualizado de categorías demuestra la seriedad institucional que permite abrir mercados, generar divisas y sostener miles de puestos de trabajo en los pueblos del interior.

3. Paz social y combate al abigeato

El control estricto de las existencias ganaderas es también una herramienta de seguridad ciudadana. La actualización constante de los inventarios mediante declaraciones juradas dificulta el robo de ganado (abigeato) y el comercio ilegal de carne no inspeccionada, protegiendo tanto el esfuerzo de los productores como la salud de los consumidores.

Un pacto de responsabilidad compartida

El cambio de categoría de los vacunos es mucho más que un papeleo entre un productor y un funcionario público. Es un ejercicio de responsabilidad comunitaria.

Cuando el ganadero declara con honestidad y a tiempo el crecimiento de su hacienda, no solo está cumpliendo con la ley: está cuidando la salud de sus vecinos, asegurando la calidad del plato de comida de millones de familias y garantizando que la producción de su tierra siga siendo un orgullo competitivo a nivel nacional e internacional.

 

A cerca de los equinos

Sí, se aplica al ganado equino, pero con modalidades, objetivos y herramientas normativas muy distintas a las del ganado vacuno.

Aunque en los caballos no existe la rutina de "cambio de categoría" en los mismos términos ni con la misma frecuencia masiva que en las vacas, la actualización de la edad, la categoría biológica y el inventario ante el SENASA es obligatoria y cumple funciones sanitarias y legales clave.

A continuación se explican las diferencias principales y cómo opera el control en los equinos:

1. ¿Cómo se categorizan los equinos en el SENASA?

Al igual que con los vacunos, el sistema informático del SENASA (SIGSA) clasifica a los equinos según su edad y función biológica:

  • Potrillo / Potranca: Animales desde el nacimiento hasta aproximadamente los 2 o 3 años (según el fin productivo o deportivo).
  • Caballo: Macho adulto castrado.
  • Yegua: Hembra adulta.
  • Padrillo: Macho adulto entero (destinado o no a la reproducción).
  • Macho castrado / Burro / Mula: Otras especies e híbridos de trabajo o tiro.

2. ¿Por qué el trámite es diferente al del ganado vacuno?

La gran diferencia entre vacas y caballos radica en el destino del animal y las enfermedades a prevenir:

A. No hay vacunación masiva de aftosa, pero hay exigencias de Anemia y Adenitis

A diferencia del vacuno, los equinos no se vacunan contra la Fiebre Aftosa. Sin embargo, el SENASA exige controles sanitarios estrictos para enfermedades específicas de la especie:

  • Anemia Infecciosa Equina (AIE): Exige un análisis de sangre de laboratorio negativo obligatorio para cualquier movimiento (el famoso "test de Coggins").
  • Encefalomielitis Equina e Influenza Equina: Vacunaciones obligatorias que varían según la categoría y si el animal realiza desplazamientos (campos, hípicos, jineteadas, domas, etc.).

Saber si un animal es un potrillo de pocos meses o un caballo adulto determina qué vacuna le corresponde y cada cuánto se le debe realizar el test de laboratorio.

B. La identificación es individual (Documento/Pasaporte vs. Caravanas)

Mientras que en los vacunos se maneja el concepto de "lote" o "rodeo" (por ejemplo, declarar 100 terneros que pasan a novillos), en los caballos —especialmente de deporte, trabajo o pedigree— la identificación suele ser individual:

  • Poseen la Pasaporte Equino / Libreta Sanitaria Equina (LSE) o microchip.
  • En la libreta se asientan la reseña gráfica (las manchas, pelaje y marcas del animal) y su fecha de nacimiento real. El "cambio de categoría" ocurre de forma automática en los papeles a medida que el animal cumple la edad establecida en su reseña.

3. Las necesidades sociales y de control en el ganado equino

El control del inventario y las categorías de equinos responde a motivos particulares:

  • Control del Abigeato y Tránsito Ilegal: El caballo es un animal de gran movilidad y valor (afectivo, deportivo o de trabajo). Para emitir el DT-e (Documento de Tránsito electrónico) para trasladar un caballo, la categoría declarada en el sistema (ej. padrillo o yegua) debe coincidir exactamente con el animal cargado en el tráiler para evitar la circulación de animales robados.
  • Uso Deportivo y Tradicionalista: En disciplinas como el polo, el salto, las jineteadas o las carreras, la categoría (edad y sexo) determina la aptitud para competir y los requisitos de bioseguridad en las concentraciones de animales.
  • Faena y Exportación (Trazabilidad y Carencia): Argentina es un importante exportador de carne equina hacia Europa. Aunque no es una carne consumida habitualmente en el mercado interno, para que un caballo pueda ir a faena de exportación debe estar registrado en el SENASA, no haber recibido ciertos medicamentos veterinarios no autorizados y tener su historial de categorías y propiedad perfectamente trazado.

Cerrando

Si un productor o propietario posee equinos registrados en su predio (RENSPA), debe mantener actualizado su stock en el sistema del SENASA. Si bien no hace "recategorizaciones masivas" al ritmo de la invernada vacuna, la actualización de categorías es indispensable para realizar análisis de laboratorio, certificar vacunaciones, gestionar traslados (DT-e) y respaldar la propiedad legal del animal.

 

lunes, 20 de julio de 2026

El aire y el barro: a cerca de doble conducciones y proyectos propios

Un almuerzo familiar en La Puló a cerca de Los Pozos —tractores rotos, un rodeo desbandado, el reproche de un hermano que se siente desautorizado— se convierte en la puerta de entrada a cuatro décadas de un mismo conflicto repetido en espiral. "El aire y el barro" cruza la escena del 20 de julio de 2026 con otros registros del diario: la "vacunada" de enero, casi idéntica; el encontronazo por la instalación eléctrica de 2023; la vez, en 2022, en que estuvo a punto de perderse un hermano de verdad, no en sentido figurado. Entre la pena que sostiene a un peón viejo y la que sostiene a un hermano, entre el mando que se ejerce desde el aire acondicionado y el que se aprende pisando el barro, el ensayo persigue una pregunta que no termina de cerrarse: quién hereda la tierra y quién hereda solamente la palabra, y si esa herencia partida todavía puede llamarse familia.



El aire y el barro:
a cerca de doble conducciones
y proyectos propios

Crónica de una sobremesa en La Puló, sobre Los Pozos,
con el eco de otros veranos e inviernos — 20 de julio de 2026



Síntesis auditiva

I. La mesa como escena primaria

Hay almuerzos que son, en realidad, juicios. Nos sentamos con mi hermano y con mi madre entre nosotros como quien pone una almohada entre dos cuerpos que se han empujado toda la noche, y ahí, sobre el mantel, volvió a abrirse la vieja herida: quién manda, quién sabe, quién decide en Los Pozos cuando el barro está fresco y el tractor no arranca. No fue una discusión sobre alambres. Fue, otra vez, la discusión de siempre, la que vengo escribiendo desde que tengo memoria de escribir: quién es el hijo que se queda con la tierra y quién es el hijo que se queda con la palabra.

Rodrigo llegó cargado. "Cómo me tratás, pelotudo", me dijo, y en ese insulto cariñoso y filoso a la vez reconocí algo que no es nuevo: el reproche de quien se sintió abandonado en el momento exacto en que más necesitaba que yo lo sostuviera. Había un quilombo de tractores, un rodeo desbandado, un peón que decidía por su cuenta lo que debía articular con otros. Y en medio de esa emergencia, yo le exigí algo que él no pudo darme: prever. Anticiparse. Sostener la escena antes de que se rompiera. Lo humillé, dice él, delante de otro pelotudo. Yo digo que no fue delante de nadie. Pero la memoria de la humillación dela cantidad de veces en que medió la posición de nuestro padre frente a los peones, no negocia con los hechos: se aloja en el cuerpo y ahí se queda, esperando el próximo almuerzo para salir a cobrarse.

Y mientras escribo esto caigo en la cuenta de algo que no es casual: esta misma escena, casi con el mismo reparto y el mismo libreto, ya la escribí seis meses antes. El 16 de enero anoté, después de una vacunada, que mi hermano había hecho catarsis delante de mi mamá, acusándome de haberlo "frustrado" porque en cinco años la finca solo creció veinte terneros. Julio no inaugura nada. Julio repite enero con otra excusa —los tractores en vez de las vacas—, como si el conflicto necesitara, cada seis meses, un pretexto nuevo para decir siempre lo mismo.

II. La pena que hereda del padre

Hay una frase de Rodrigo que no dejo de masticar: a Sato, dice, "lo banco por el papá". Ahí está todo. Ahí está el nudo que ninguno de los dos nombra en voz alta pero que los dos arrastramos como un objeto interno pesado, heredado, no elegido. Sato no es un empleado ineficiente: es un resto del padre, una prueba viviente de que el padre existió, mandó, quiso, protegió a los suyos aunque fueran unos vagos. Sostener a Sato es, para Rodrigo, sostener un pedazo de la autoridad paterna que ya no está. Por eso lo defiende aunque lo insulte. Por eso lo llama "viejo gordo choto" en la misma frase en que lo justifica.

Y yo, que en esta familia cargo fama de sensible, de intelectual, de archivista de mis propios sentimientos, soy el que dice: a mí también me da pena, pero lo define la plata. Me sorprendo escribiéndolo. Porque durante años pensé que el límite, la ley, el corte, era terreno de Rodrigo, el pragmático, el que administra. Y resulta que en Los Pozos el orden simbólico se invirtió: yo introduzco la norma y él sostiene el afecto desregulado.

Ya lo había anotado en enero de este año, cuando escribí sobre "la camioneta del sufrimiento": mi hermano se negaba a prestármela para cargar cemento, no porque la necesitara él, sino porque no soporta someterla a la carga. Ahí mismo anoté algo que hoy releo con otros ojos: que no lo veía como algo recurrente frente a la figura de nuestro padre, sino como algo que lo oprime y le produce sufrimiento a él mismo. Su miedo a no poder sostener el nivel de vida actual, a no alcanzar la imagen que tiene de nuestro papá, se manifiesta en el cuidado excesivo de una herramienta que para mí es solo una herramienta de trabajo. Sato y la camioneta son la misma cosa disfrazada dos veces: objetos que no se pueden tocar porque tocarlos sería aceptar que el padre ya no está para juzgar cómo los tratamos.

III. Doble conducción, doble herida

"Yo no quiero que haya una doble conducción", le dije. Y en el momento de decirlo pensé en el campo, en Rafucho haciendo una picada sin entenderse del todo con Rodrigo, en Sato negándose a buscar el repuesto porque prefiere bañarse. Pero ahora, escribiéndolo de noche, entiendo que la doble conducción no es solo un problema de organigrama. Es la estructura misma de nuestra fraternidad. Somos dos mandos que nunca terminaron de repartirse el territorio: el de Rodrigo, que administra desde la ciudad, desde el aire acondicionado, desde el WhatsApp; y el mío, que se ensucia las botas, que camina el kilómetro que él calcula como  trescientos cincuenta metros, que sabe exactamente dónde está caído el alambre porque lo pisé.

Cuando Rodrigo me dice "manéjalo vos, a vos te respetan diez veces más", no me está delegando: me está devolviendo, con rabia, un lugar que en el fondo le duele haber perdido. Ahí hay celos, sí, pero también hay algo más antiguo: la competencia entre hermanos por el amor de un padre que ya no puede repartir nada, ni afecto ni autoridad, porque está muerto y solo queda su nombre flotando sobre la finca como una nube que no llueve.

Y esa doble conducción no es una figura retórica mía: es un riesgo real, que ya se cobró una víctima este mismo año. En abril anoté, camino a Lajitas, que Rafucho estaba pensando en irse de la finca porque "tanto mi hermano Rodrigo como yo hemos estado ausentes": él con un manejo que apenas sostiene por falta de diálogo, yo desconociendo el manejo del dinero y las tensiones internas. No es que Rafucho se retobe por gusto, como leí el episodio del repuesto con Sato en julio. Es que dos mandos ausentes, cada uno mirando para otro lado, terminan produciendo el mismo vacío que después nombramos como insubordinación. La culpa que le pongo a los peones es, muchas veces, el nombre que le doy a nuestra propia ausencia repartida.

Yo tuve que aclararle a Rodrigo, con una firmeza que me costó encontrar, que no estoy compitiendo por su lugar. Que mi proyecto en Los Pozos no es una copia del suyo ni una revancha. Es mío. Se relaciona con el de él, se cruza con Sato y con Roberto, pero no le pertenece. Decirlo en voz alta fue, quizás, la frase más importante del almuerzo, aunque haya quedado sepultada bajo el ruido de los tractores.

IV. El hilo que se repite: la electricidad del padre

Cuando Rodrigo insiste en dividir el potrero con un alambre eléctrico improvisado, minimizando el esfuerzo que eso requiere, no es la primera vez que la electricidad de Los Pozos nos hace chocar. En enero de 2023, después de un "encontronazo" con él por la instalación eléctrica de la finca, anoté algo que hoy vuelve casi textual: que el dolor no era por los postes ni por los cables, sino por el traslado que hago en mi hermano de la reminiscencia de mi viejo viva en él. Me pasé cuatro días masticando esa frase entonces. La sigo masticando ahora, dos años y medio después, frente al mismo tipo de discusión, con otro alambre y otro potrero.

Hay algo revelador en que sea justamente la electricidad —la instalación que ilumina, que conecta, que hace habitable la casa de noche— el símbolo recurrente de nuestro desencuentro. Instalar luz en Los Pozos es, en el fondo, decidir qué parte de la finca queda iluminada y quién se queda en la zona de sombra. En abril de este año escribí que llevaba seis meses sin registrar el estado de las baterías de electricidad en Los Pozos, y que esa ceguera simbolizaba mi propia ausencia del proyecto. El alambre eléctrico de julio, entonces, no es un capricho de Rodrigo: es el enésimo capítulo de una disputa que ya lleva, por lo menos, tres años de historia escrita, y que probablemente sea mucho más vieja que mi diario.

V. El mando de aire y el mando de barro

Llevo años notando esta diferencia sin encontrarle nombre justo, y hoy, revisando la escena, aparece con claridad: Rodrigo gestiona la finca con el hábito adquirido de quien nunca tuvo que aprender el territorio con el cuerpo. Calcula mal las distancias —confunde trescientos cincuenta metros con más de un kilómetro— no por descuido, sino porque su relación con Los Pozos siempre fue mediada: por mi madre, por los capataces, por los informes que alguien más le lleva. La finca, para él, es un mapa mental. Para mí, cada vez más, es una topografía que piso, que huelo después de la lluvia, que conozco por los alambres que se caen y por los que resisten.

No lo digo con soberbia. Sé que mi propia relación con la tierra también fue, durante mucho tiempo, prestada: entraba a Los Pozos de la mano de mi madre, como visita autorizada, como hijo que acompaña pero no decide. En abril, en una entrada que titulé "El Umbral", escribí algo que hoy leo como una premonición de este almuerzo: que sé, de manera vaga pero firme, que no puedo seguir siendo el hombre que pide permiso para plantar; que no puedo seguir midiendo mi lugar en la finca según la sombra de un árbol que otros pusieron ahí antes de que yo naciera. Y anticipé, con una lucidez que me sorprende releer, que Rodrigo iba a llamar "enredo" a lo que yo llamo necesidad, y que mi madre iba a seguir soltando sin soltar.

Eso fue exactamente lo que pasó el 20 de julio, casi palabra por palabra, aunque yo no lo tuviera presente mientras discutíamos. Puede que esto sea lo que verdaderamente estábamos negociando en la mesa, sin decirlo: quién de los dos, a esta altura, tiene un vínculo autónomo con la tierra, y quién todavía la mira desde una ventana con aire acondicionado.

VI. Lo que casi se pierde: la vez que estuve a punto de perder un hermano

Hay una razón por la que esta pelea, con toda su dureza, nunca alcanza cierto punto de no retorno entre nosotros, y esa razón tiene nombre y fecha. En enero de 2022 estuve a punto de perder algo mucho más grave que una discusión sobre alambres: casi pierdo a mi hermano de verdad, no en sentido figurado. Un proyecto que armamos con sus hijos, un bar que sostuve durante años, se desmoronó en un conflicto con Laura, su mujer, que terminó con sus hijos y su cuñada sacando cosas del local mientras yo, del otro lado, sentía que mi ofrecimiento de incorporarlos a la familia se leía como codicia. Escribí entonces una frase que todavía me duele: "Hoy yo perdí tres sobrinos y una cuñada, que tal vez nunca tuve. Ellos perdieron un tío y una herencia. Me queda averiguar que no haya perdido un hermano."

Leído desde julio de 2026, ese enero de 2022 es la clave que le falta a la escena del almuerzo. Cuando hoy me peleo a los gritos con Rodrigo por un tractor o por un alambre, lo hago sabiendo, en algún lugar que no siempre está a la vista, que ya estuvimos al borde de algo peor y que sobrevivimos. La doble conducción de la finca es grave, pero no es lo más grave que nos pasó. Tal vez por eso, después de pelear, todavía podemos reírnos de la tormenta del catamarán: porque los dos sabemos, sin decirlo, que la pelea de hoy no es la que de verdad podría separarnos.

VII. El nudo: lo que mi madre sostiene al sostenerlo a él

En marzo de este año escribí una entrada que titulé "Nudo de hermanos: silencio y dependencia", y ahí aparece, dicha con una crudeza que en la mesa del almuerzo no me permito, la otra cara de la pena que Rodrigo siente por Sato: la pena que mi madre siente por Rodrigo, y que se traduce en autoridad. Anoté que ella volvió a su rigidez de siempre: que mi hermano define el futuro de la finca y su modalidad de trabajo porque siempre fue así, porque él conoce ese oficio y yo no, y porque —dijo— me porté mal con él y con mi hermana al expresar mis sentimientos.

Admite que mi diferencia puede ser correcta, escribí esa noche, pero me destituye entre ellos: me pinta agresivo, incapaz de hacerme entender. Y agregué algo que no me atrevo a decir en voz alta frente a ella pero que aquí, en el diario, puedo nombrar con su peso exacto: que sentía la castración que ella operó sobre mí toda la vida, sosteniendo a Rodrigo como quien no se banca perder al último hijo que le queda cerca. Cuando en el almuerzo de julio Rodrigo me dice que a mí me respetan diez veces más, no me está regalando nada: me está devolviendo, por un instante, un poder que mi madre nunca terminó de darme del todo. Y cuando yo insisto en poner límites de plata, de organización, de mando, estoy discutiendo con dos personas a la vez, aunque en la mesa solo hable con una.

VIII. Jubilar la orfandad

En medio de la tensión apareció un acuerdo inesperado para ordenar lo que quedó suelto. Me sorprendió lo fácil que fue coincidir en esto, después de tanto pelear por el resto. Y entiendo por qué.  Ahí donde no hay herencia afectiva en juego, Rodrigo y yo somos capaces de una lucidez quirúrgica. Donde sí la hay —en Sato, en los alambres del padre, en la manera en que se organiza el trabajo— todo se vuelve pantano.

Me pregunto si no es momento de aplicar la misma lucidez, poco a poco, en los otros terrenos. No para desprendernos de la pena, que probablemente nunca deje de dolernos ver envejecer y fallar a quienes acompañaron a nuestro padre, sino para separar, como aprendí a hacerlo con la plata frente a Sato, el afecto legítimo de la parálisis que ese afecto produce cuando se disfraza de lealtad. Cuidar no tiene por qué significar sostener indefinidamente el desorden. Cobrar lo que se nos debe —en trabajo, en respeto, en orden— no tiene por qué ser un acto de crueldad extractiva. Esa distinción, que vengo trabajando en mí mismo desde hace años, hoy la vi actuada en una mesa, entre el arroz y las milanesas, sin que nadie la nombrara.

IX. La tormenta que nos volvió hermanos otra vez

Lo que más me conmueve, al releer el almuerzo, es lo que pasó después de la pelea. Cuando ya no quedaba nada más que reclamarnos, apareció el relato del catamarán, la tormenta, la manguera que chupó aire y casi los da vuelta, y ahí, en el miedo compartido y ya pasado, Rodrigo y yo volvimos a ser simplemente dos hermanos contando una anécdota. Después vino el partido de Argentina contra Inglaterra, la bronca futbolera, tan liviana comparada con la bronca de los tractores. Fue como si el peligro real —el agua entrando en el bote, el miedo físico y concreto— nos devolviera a un territorio donde no hace falta pelear por el mando, porque ahí el mando es de nadie: es del viento, de la ola, de la suerte.

Y no es la primera vez que una reconciliación así nos salva. En mayo de este año, después de otra pelea con mi madre, anoté que almorzamos juntos con Rodrigo en el Café de los Poetas, que compramos mercadería para la finca y arreglamos juntos una rueda pinchada del auto, y que hablamos de comprar entre todos una camioneta usada para Los Pozos. Fue un día lindo, escribí entonces, casi con sorpresa, como quien anota un hallazgo. Creo que ahí está la clave de por qué, a pesar de todo, seguimos sentándonos a la misma mesa. No porque hayamos resuelto la doble conducción, ni la herencia, ni el lugar de cada uno frente al fantasma de nuestro padre. Sino porque en algún momento siempre aparece esa otra escena —el catamarán, la rueda pinchada, la mercadería compartida— que nos recuerda que antes de ser administradores en pugna fuimos, y todavía somos a ratos, dos hermanos sin más.

Cierre. Lo que queda del barro en las manos

Escribo esto de noche, lejos ya de la mesa, y pienso que Los Pozos no es solamente una finca que administrar: es el lugar donde Rodrigo y yo seguimos discutiendo, entrada tras entrada en mi diario, año tras año, quién de los dos va a ser digno de sostener lo que el padre dejó sin instrucciones claras. Lo escribí en enero con la vacunada, lo escribí en 2023 con la electricidad, lo escribí en abril con el árbol caído, lo escribí en marzo con el nudo de silencio, y lo vuelvo a escribir ahora, en julio, con los tractores y el alambre. No es que no aprenda: es que la espiral no se cierra de una vez, se recorre de nuevo cada tanto, un poco más alto cada vez.

No hay organigrama que resuelva eso del todo. Pero algo se movió hoy: dije en voz alta que mi proyecto es mío, que no compito, que puedo poner un límite sin necesidad de humillar a nadie. Y descubrí, con algo de vértigo, que ya no entro a la finca de la mano de mi madre. Entro con mis propias botas, calculando yo mismo la distancia entre un poste y otro, un kilómetro ó trescientos cincuenta metros que ya no necesito que nadie me confirme.


"Droneando" en El Mollar de JFP