El Corazón Lodoso de la Autenticidad: Un Retrato de Vida en Los Pozos
Viaje y encuentro en el Parque Nacional El Rey
La Compañía de Malko y Chocolate
La casa de Los Pozos y la conexión con el pasado
La casa de Humberto López y el alambre del viejo
El ternero, la represa y el renacer
Reflexiones sobre el corral y los terneros
Viaje y encuentro en el Parque Nacional El Rey
El viaje del 23 de diciembre de 2021, un día antes de
la navidad, fue el día del encuentro con Eloy López, intendente del Parque
Nacional El Rey. El propósito era medir la hectárea de tierra que le
quería yo donar en El Molar al Parque Nacional El Rey para que construyera
un lugar sobre la ruta. En ese momento, yo no tenía idea de la estructura de
Parques Nacionales. En ese momento, no tenía idea de la estructura de
Parques Nacionales. Queda para mí la reflexión de describir lo que es
esa estructura y la forma en que mira esa tierra que yo amo y a la gente que yo
amo, y cómo me mira a mí mismo.
Fue un día lluvioso. Ese día se hizo presente el
arquitecto de la APN dirección noa que me cayó tan mal, el arquitecto que no
quiso ir a la casa del gaucho. Imagino las tensiones internas entre la gente
que trabaja en la Dirección Regional NOA de Parques Nacionales. Cuando uno anda
camino, comienza a poder ver cómo funcionan las instituciones.
La Compañía de Malco y Chocolate
La compañía de Malco y Chocolate es para mí una extensión
de mí mismo para entrar al monte. La velocidad a la que se desplazan la
interiorizo como mi propia velocidad mental y mi fuerza. Es un poco la fuerza
con la que ellos me alimentan.
Una entrada sobre la mano derecha de la ruta hacia el gran
peñón del Juramento, cerquita al centenario puente de hierro que cruza
Lumbreras, se ha vuelto con el tiempo el camino o la parada obligada
porque a Malko y a Chocolate les encanta bajarse un rato y correr ahí después
de casi una hora de disfrute del viaje en auto.
Mas tarde en el día, el disfrute de Malco y Chocolate en
el barro de la represa que comienza a llenarse como de una vida que empieza
a rebrotar ahora más mía que nunca, me impulsa a buscar con fuerza tirar mis
raíces ahí. La alegría y el disfrute de ellos es lo que nutre mi propia energía
necesaria para sentarme ahí.
Ya en ese diciembre de 2021, a casi cinco meses de la muerte
de mi papá, había encontrado y apropiado el lugar en la casa donde iban a
comer Malko y Chocolate, y ya les había llevado su recipiente donde toman
agua y donde comen, que uso desde hace cuatro años, es decir, desde que mi papá
ya no está.
La casa de Los Pozos y la conexión con el pasado
En la casa de Los Pozos están dispuestos alrededor los
restos de lo que quedó de la obra de reparación y mejora de la casa familiar que estaba haciendo mi viejo cuando
se murió y la disposición espacial y emotiva que tenían los hombres que a
él lo acompañaban.
Yo limpié todo eso como una parte de mi herida. Cada
carretilla de basura y de mangueras que sacaba era como limpiar el alma y
autorizarme a habitar este mundo. Fue la primera acción de apropiarme del
espacio.
El balido de los terneros del destete que tuvimos que
hacer por la seca de ese verano del 2021 cuando se murió mi papá, también me
aferran a esa tierra, me permiten habitarla porque me conectan con mi infancia.
Ese mismo balido de las vacas en el corral temprano en la
mañana, cuando yo, cargado de la emoción y la energía de un chico de siete u
ocho años, iba corriendo al corral a encontrarme con Natividad y sus hijos para
ordeñar las vacas, también me conecta con el lugar.
La gran cantidad de cítricos, básicamente mandarinas, al
costado de la casa en el predio alambrado, me conectan con el esfuerzo de
mis padres en la década del 90 para poner sus marcas de utilidad en el lugar y
verlos hoy es la continuidad del esfuerzo de ellos. Los contemplaba esa mañana
bajo la lluvia con el disfrute de que estaban recibiendo el agua que tanto
necesitábamos por la sequía inmensa de ese año. Supe después que son mandarinas
muy amargas. Desde este 2025 tan húmedo que hemos tenido, veo ahora el retraso
de esos mandarinos por las secas y por la falta de atención de poder
hacerles llegar el agua que necesitan. Entonces, quiero comprometerme a
extender las mangueras necesarias para poder regarlos.
La casa de Humberto López y el alambre del viejo
La casa de Humberto López, esa cocina llena de
perros, llena de pavas, el humo del fuego que nos calienta en ese día frío y
húmedo y lluvioso y nublado de diciembre, me conecta también con mi forma de
habitar Los Pozos en la adolescencia.
Ese Humberto, ahora adulto, frente a este otro adulto que
soy yo, me retrotrae al Humberto de fines de los 80, cuando atrapábamos los
caballos en el corral y en el potrero próximo a la casa en Los Pozos y salíamos
en andanzas hacia la Laguna de castellanos y hacia tantos sitios. Es también
una forma de poder apropiarme hoy de esa tierra. En esa tierra de la Laguna
estaba creciendo como yo, Matilde Córdoba, con quien me encontraría en estos
años buscando el arraigo. Alamas que se miran entre los vericuetos del tiempo
de cada quien.
El recorrido del alambre, junto a Humberto, Eloy, el
arquitercto, ese día de lluvia; el recorrido de ese viejo alambre que hizo
mi viejo por el lado norte del Mollar, que lindera con los vecinos hasta el
límite de la finca de Francisco Arias en el este, arriba en El Mollar, también
me ha permitido ingresar a esa tierra, a ese monte, hacerlo tangible para mí. Lo
estábamos recorriendo con Eloy y el arquitecto para ver el deslinde, acompañado
por Humberto. Él es el que me ayuda a introducirme a esta tierra. Todavía no lo
conocía al Rana y todavía no había ni imaginado la posibilidad del convenio con
Rana para habitar esa tierra.
El ternero, la represa y el renacer
La visita a la casa del gaucho Amado y la caricia a ese
ternero también me conectaba con esa tierra y con mi deseo de tener un ternero
para poder vivir ahí. A ese ternero quiero llamarle "Oaky", como me
llamo yo porque mi abuelo Ragone así lo dispuso cuando yo era un pequeño
travieso a comienzos de la década de los setenta. Es como la fortaleza que me
dan mis perros cuando corren. Es proyectar o introyectar, no sé, la fuerza de
ellos en mí, el monte en el que ellos se desplazan tan naturalmente, meterlo en
mí.
Veo la represa seca de Los Pozos por esa seca intensa
de unos tres años que ya venía produciéndose y que iba a terminar dos años más
adelante, en 2024. Habíamos decidido invertir plata para cavar esa represa
que estaba seca.
Creo que será la única vez en la vida que pueda verla tan
seca y marca como un recomenzar, como un nuevo tiempo después de la
muerte de mi papá, como un límite final para poder salir hacia adelante
inaugurando una nueva época. La sequía de esta represa y la decisión de
conservarla y de rearmarla junto a mi mamá, a mi hermano y a mi hermana
también.
El bebedero improvisado para las vacas con un viejo tacho
lleno de lonas enclavado en algunos postes improvisados al costado de la
represa, para tirarles agua con la bomba, me emociona hasta el infinito. Me
habla de la precariedad y de la resistencia para improvisar soluciones,
que es uno de los rasgos más fuertes de quienes habitan esa región. Y un rasgo
que yo quiero copiar para apropiarlo también: a veces menos proyectos, menos
planificaciones y más pragmatismo. Es lo que te enseña el monte.
Encuentro esa parte más profunda de la represa donde había
entrado algo de agua de lluvia muy poquito. Y donde día a día le tirábamos agua
con la bomba para que fuera llenándose y siempre resultaba insuficiente. Pero
fue lo que salvó a las vacas de morirse de sed ese verano del 2021.
Camino con esos botines que heredé de mi papá entre
ese barro de la tierra recién removida de la represa excavada y las primeras
plantas que brotan encima, todo húmedo. Y no hay nada más descriptivo de la vida
que brota con fuerza, también inaugurando una nueva era.
Reflexiones sobre el corral y los terneros
Los terneros del destete en el corral, al acercarme a
verlos con Malko y Chocolate y observar el encuentro entre ellos, esos
terneritos tan hermosos y tan sacrificables para alimentarnos, me marcan
siempre un contraste que me paraliza, casi que me atormenta.
Es el contraste entre el amor del cuidado y el
pragmatismo del sacrificio para que ellos también se transformen en vida. Pienso
aquí, ¿cómo será ese juego de elaborar yo el terror que me produce la
violencia? Tendré que analizarlo alguna vez.
Y pensaba, mirando ese corral de barro, lo necesario que se
hace intervenir el desnivel de la loma para desviar el agua y preservar el
corral tanto de la erosión como para hacerlo vivible para esos terneros y esas
vacas.
El Corazón Lodoso de la Autenticidad: Un Retrato de
Vida en Los Pozos
El video filmado en "Los Pozos" durante un día de
diciembre de 2021 es un poema visual que captura la esencia de una vida rural
sin adornos, una sinfonía de barro, lluvia, fuego y lealtad animal. No es un
mero registro de un día en el campo, sino una inmersión profunda en un
ecosistema donde el ser humano, sus animales y la tierra coexisten en una
simbiosis tan tangible como el lodo que lo cubre todo.
El relato comienza con el Río Juramento como protagonista
silencioso y poderoso. Sus aguas, turbias y crecidas, no son las de una postal
turística, sino las de un afluente vivo y enérgico, que moldea el paisaje con
su fuerza. Los barrancos rojizos que lo flanquean actúan como guardianes de
este escenario, mientras dos perros, nuestros guías a lo largo de esta jornada,
corren con una libertad que solo el campo puede ofrecer. Son ellos los que nos
introducen al verdadero espíritu del lugar: una energía vital que no se detiene
ante el clima adverso, sino que se nutre de él.
La lluvia, que podría ser un elemento de melancolía, se
transforma aquí en un catalizador de comunidad. La cámara nos lleva al interior
de un rústico refugio donde el fuego se convierte en el epicentro de la vida.
Alrededor de sus llamas danzantes, no solo se congregan los humanos, sino
también una comunidad Inter especie de perros y gatos que buscan calor y
compañía. Esta escena, cargada de una calidez conmovedora, revela el núcleo
emocional del video: en medio de la humedad y el frío del exterior, el hogar es
un santuario de afecto compartido, donde las barreras entre especies se
disuelven ante la necesidad universal de refugio y consuelo.
Sin embargo, el verdadero clímax de esta oda a la vida
rústica se encuentra en la explosión de alegría pura y sin filtros de los
perros jugando en una represa de barro. Lejos de evitar la suciedad, se
zambullen en ella con un abandono total, transformando el lodazal en su paraíso
personal. Cada salpicadura, cada carrera y cada sacudida es una declaración de
intenciones: la felicidad no reside en la pulcritud, sino en la capacidad de
abrazar el momento presente con todo el cuerpo y el espíritu. Esta escena es
una metáfora poderosa de la filosofía que impregna todo el video: la vida
auténtica es inherentemente desordenada, y es en ese desorden donde se
encuentra la alegría más genuina.
Pero el lodo de Los Pozos no es meramente un patio de recreo; es también el escenario donde se desarrollan los rituales diarios del trabajo y la vida, un lienzo sobre el cual se escribe la historia del sustento. Esta realidad se manifiesta con una fuerza sobrecogedora en la escena del valido de terneros en el viejo corral. Bajo el cielo plomizo de la mañana de diciembre, un mar de lodo espeso y profundo define el espacio. El corral, una estructura de postes irregulares y alambre, parece tan antiguo como los árboles que lo rodean, con su madera curtida por incontables inviernos y veranos. Dentro, un mosaico de pieles —negras, pardas, manchadas de blanco— se mueve con una mezcla de curiosidad y aprensión. Son los terneros, el futuro del rancho, con sus ojos grandes e inquisitivos y sus balidos agudos que se mezclan con el sonido sordo de sus pezuñas hundiéndose en el fango. El hombre y sus perros trabajan en armonía, guiando al joven ganado hacia una sección del cercado. El perro oscuro, ágil y concentrado, se mueve con un propósito instintivo, mientras el labrador observa desde la periferia. No hay prisa, solo el ritmo constante y metódico del trabajo de campo, un ciclo ininterrumpido de nacimiento, cuidado y labor que ha definido esta tierra por generaciones.
Esta escena de
trabajo colectivo, sin embargo, no borra el afecto individual. Es el mismo
hombre que, minutos antes o después, acariciará con ternura a un ternero en
particular, reconociendo en cada animal no solo un número en el rebaño, sino
una vida a su cargo. Este equilibrio entre la pragmática labor ganadera y la
conexión personal es lo que dota a la vida en Los Pozos de su profunda
humanidad.
Al final, cuando los perros, cubiertos de barro, pero
satisfechos, regresan a la casa para comer su ración en el porche, el círculo
se completa. El video de "Los Pozos" nos deja con una sensación de
profunda paz. Es un recordatorio de que existe una belleza profunda en la
simplicidad, en el olor a tierra mojada, en la lealtad de un perro y en el
calor de un fuego en un día de lluvia. Es un canto a la autenticidad, un
testimonio de que la vida más rica no es la que se exhibe, sino la que se vive
con las manos, y las patas, firmemente plantadas en la tierra.
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