Viaje 114.
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En el corazón polvoriento de la ruta 20, camino al majestuoso Parque Nacional El Rey, se alza Pacha Kanchay, un parador cuyo quincho se convierte, por un instante fugaz, en el epicentro de una comunidad que palpita entre la tradición rural y las punzantes expectativas de la juventud. El almuerzo que Cristina Pérez, alma y sazón del lugar, sirve con la generosidad de quien conoce el hambre del cuerpo y del espíritu, trasciende la mera necesidad fisiológica para transformarse en un ritual de encuentro, un espacio donde las emociones se despliegan y las visiones de futuro, a menudo contradictorias, encuentran voz. Este relato, tejido con los hilos del apetito compartido y las confesiones espontáneas, nos revela la emotividad de una juventud rural que, arraigada a la tierra por lazos ancestrales, anhela un horizonte más allá de los límites conocidos, mientras la figura de Cristina emerge como un faro de conexión en un paisaje social en constante redefinición.
La llegada de Aníbal Teseyra y Nahuel Flores a la mesa de Cristina no es casual. Estos jóvenes trabajadores de Lumbreras, cansados por el trabajo reciente en las sendas de El Mollar, personifican la fuerza vital de una comunidad que se aferra al trabajo como un legado y una necesidad. Su entusiasmo palpable ante los fideos con "tuco", descritos con la visceralidad de un apetito genuino ("coma de hombre", "alpado", "zarpado"), no solo celebra la maestría culinaria de Cristina, sino que también subraya la importancia de estos momentos de pausa y camaradería en una rutina marcada por la exigencia física. Sin embargo, tras la satisfacción de los primeros bocados, emergen las notas de una emotividad más compleja: la de una juventud que, a pesar de su conexión intrínseca con el trabajo rural, vislumbra un futuro distante de los surcos y el monte.
Sus relatos laborales, que se remontan a la caza y la pesca
de la infancia y se extienden a las cosechas lejanas y los proyectos
municipales, pintan un cuadro de resiliencia y adaptabilidad. Han aprendido
oficios sobre la marcha, forjando su identidad en la práctica y la necesidad.
Pero es precisamente esta familiaridad con la dureza del trabajo rural la que
alimenta su anhelo de "irse a otra parte". En sus voces resuena la
emotividad del desencanto ante la falta de oportunidades sociales en Lumbreras,
un pueblo que perciben como "aburrido" y donde la tradición parece
haber perdido su brillo. Su franqueza al describir a sus habitantes con un
términos crudos revela una profunda sensación de alienación y un quiebre con la
identidad comunitaria que quizás las generaciones anteriores daban por sentada.
Sus expectativas se dirigen hacia un horizonte urbano, hacia un dinamismo y una
anonimidad que contrastan con la vida pausada y la omnipresente mirada vecinal
de su pueblo natal.
En este contexto de anhelos juveniles y una comunidad en
búsqueda de su nueva identidad, la figura de Cristina Pérez se vuelve un faro
donde mirarse. Su establecimiento no es solo un lugar para saciar el hambre; es
un punto de encuentro donde las historias se cruzan, las generaciones dialogan
y, por un instante, se mitigan las distancias. Cristina, con su "fama de
buena cocinera", no solo alimenta cuerpos cansados, sino que también nutre
el tejido social. Su habilidad para preparar desde un sustancioso estofado
hasta los emblemáticos "sandwichitos de milanga" la convierte en un
referente para trabajadores de la ruta, viajeros y lugareños por igual. Su cocina,
meticulosamente sincronizada con los horarios de llegada y las peticiones por
mensaje, es un acto de servicio constante, una demostración de su arraigo y
compromiso con la comunidad.
Es en torno a su mesa donde las expectativas y la emotividad
de los jóvenes se confrontan con las realidades de una comunidad en transición.
Aunque Aníbal y Nahuel expresen su deseo de partir, su presencia en Pacha
Kanchay, su disfrute de la comida de Cristina y su interacción con Fernando
sugieren un lazo que aún los une a su lugar de origen. Cristina, sin idealizar
la vida rural, ofrece un espacio de acogida y conexión, un punto de referencia
en un mundo que parece estar cambiando rápidamente. Su rol trasciende el de
simple comerciante; se convierte en un eslabón que une diferentes generaciones
y perspectivas, facilitando un diálogo implícito sobre el pasado, el presente y
el futuro de la comunidad.
El almuerzo en Pacha Kanchay, en su fugacidad, captura la
esencia de una comunidad rural que intenta reidentificarse en el contexto del
trabajo y las cambiantes aspiraciones de sus jóvenes. La emotividad del
desencanto juvenil, el anhelo de nuevas experiencias y la búsqueda de un lugar
en el mundo contrastan con la figura central de Cristina, cuyo establecimiento
se erige como un espacio de conexión y arraigo. En este cruce de caminos y de
generaciones, la comida compartida se convierte en un símbolo de la persistencia
de los lazos comunitarios, aunque estos se vean tensionados por las
expectativas de un futuro incierto. Pacha Kanchay, con el sabor inconfundible
de la cocina de Cristina, se convierte así como un microcosmos en la región de
la ruta 5 próxima al Parque El Rey que, entre el trabajo duro y los sueños de
la juventud, busca un nuevo camino para integrarse y definirse en el siglo XXI.
La noche en la Casa de la Cultura no fue solo la presentación de un libro; fue un encuentro, un regreso a lo esencial, un anclaje en la tierra y en el alma que resonó profundamente en mi propio sentir. Al escuchar a Marta Navarrete compartir sus versos y reflexiones, percibí cómo las ideas que vertebran su obra —el afecto, la exploración interior, el amor a la naturaleza y la afirmación de la identidad a través del arte— no solo configuraban su universo poético, sino que también tendían puentes directos hacia mi propia experiencia y mi profundo sentimiento de familia en la región anteña.
Mi llegada a la Casa de la Cultura esa noche ya venía
cargada de la particular topografía emocional y geográfica que describo: la
larga cañada de la ruta 5, los cerros del Parque El Rey y la loma del Yeso, el
mosaico de identidades –propietarios, campesinos, finqueros– que pueblan este
territorio que siento como propio, como hogar. Es un espacio que configura
capas, que entrelaza y a veces separa, pero que indudablemente moldea a quienes
lo habitamos. En Marta Navarrete, mujer nacida en Campo Santo, reconocí de
inmediato esa impronta del territorio rural y periurbano que la atraviesa y la
contiene, que la forma. Su abrazo a los mandatos de la familia y el amor a los
suyos, tan palpable en su celebración de una vida larga y próspera junto a sus
seres queridos, se conecta de manera visceral con mi propio sentimiento de
pertenencia a esa "gran familia" regional que se dio cita esa noche.
El afecto y las relaciones humanas, ejes centrales en la selección de poemas de
Marta según el análisis de sus ideas, no son para mí conceptos abstractos, sino
la savia misma que nutre mi conexión con esta tierra y su gente. Su sincero
agradecimiento, el emotivo homenaje a su cuñado, la inclusión de poemas de
amor, todo ello resonaba con la valoración que doy a esos vínculos que, como
ella misma afirma con su poesía, nos sostienen y conectan corazones.
Pero la identificación con Marta fue más allá de la
celebración comunitaria. Cerrar los ojos en ese salón y visualizarla a ella y a
Ricardo armándose en un mundo de manuscritos, un mundo que contrasto con el enmarañado
tecnológico de las urgencias digitales, fue un acto de profunda celebración. Marta
y Ricardo no usan computadoras, ni teclados, ¡escriben “a mano”! Es un mundo
que siento que se extingue y que, al igual que Marta, celebro con fuerza. Esta
resistencia, esta elección consciente de la lentitud, de la palabra escrita a
mano, de la conexión con un proceso creativo artesanal, me devuelve a una
valoración de lo interior, de lo no mediado por la prisa digital. Y aquí, las
ideas de Marta sobre la exploración del sentimiento y el mundo interior
("hechos con el alma"), así como su afirmación de la identidad a
través del arte y la tradición (manifestada en su afinidad con la copla), se
entrelazan con mi propia añoranza y valoración de ese universo. Sus poemas son,
para mí, la materialización de esa profundidad interior que se opone al vacío
de la superficie digital, un recordatorio de que el alma y sus emociones son un
paisaje digno de ser explorado y compartido en su forma más pura.
La naturaleza, ese lenguaje vivo y contexto emocional que
Marta tan bellamente "traduce", fue quizás el punto de conexión más
directo y potente. Pienso en la gran cañada tras los cerros de Güemes, en Anta,
el tramo de la ruta cinco, como parte de "nuestras historias y espacios
vitales", estoy hablando el mismo idioma que Marta cuando evoca las
imágenes vívidas del entorno en sus versos. Su capacidad para hacer que la
tierra, el viento, el sol y la noche palpiten en sus poemas, estableciendo una
conexión profunda entre el ser humano y el mundo que lo rodea, fue como una
flecha que salió de su alma directo a mi corazón. Me encontré sobrevolando con
ella esa misma cañada que compartimos, reconociendo en su poética el eco de mi
propio sentimiento por ese paisaje que nos contiene y nos da identidad. Es una
conexión que trasciende la simple observación; es sentir el territorio como
parte constitutiva del ser, como espejo de las propias emociones, tal como
Marta lo plasma en su obra.
La identificación con Marta Navarrete, entonces, se teje a
través de estos hilos conductores: la profunda valoración de los lazos humanos
y la familia que ancla mi ser a esta región; la celebración de un mundo
interior rico y de una forma de crear arraigada en la tradición y opuesta a la
superficialidad digital; y, sobre todo, el amor compartido por una naturaleza
que no es solo paisaje, sino lenguaje y hogar. Sus poemas, "hechos con el
alma" y anclados en la tierra que ambos conocemos en la ruta 5,
"llenaron mi alma" esa noche, confirmando que, a pesar de las
diferencias generacionales o de trayectoria, habitamos y celebramos un mismo
universo de afectos, memorias y paisajes interiores y exteriores. La aparente
sencillez de su copla, conviviendo con la profundidad de sus poemas de amor y
espiritualidad, refleja para mi esa búsqueda constante de significado en lo
cotidiano y en lo trascendente que también me interpela. En la poesía de Marta
Navarrete, encontré no solo la voz de una poeta, sino el eco de un sentimiento
compartido, un recordatorio palpable de que la identidad y el afecto florecen
en la conexión profunda con la tierra, con los otros y con nuestro propio mundo
interior. La noche en la Casa de la Cultura fue, en esencia, un reencuentro con
esa gran familia que somos quienes habitamos y amamos una región anteña de la
ruta cinco, unidos por los tejidos invisibles del alma y la tierra que Marta,
con su arte, hizo visibles y vibrantes.
Esta noche compartí con la familia Nayar, la presentación del quinto libro de Marta. Fue en La Casa de la Cultura de Salta.
En el umbral de la
presentación de la obra de Marta Navarrete, la figura de Mercedes Rizo es una voz cálida que ilumina la
trayectoria y el espíritu de la escritora. Las palabras de agradecimiento de Marta,
al referirse a Mercedes como su "presentadora" y una "gran gran
persona", sientan las bases de una conexión profunda que trasciende lo
profesional.
Un Encuentro Luminoso: Mercedes Rizo Presenta a
Marta Navarrete - Y dijo de ella MónicaOvejero a su lado - Las Palabras de MartaNavarrete - Tejidos del Alma y la Tierra: UnMosaico de Afectos en la Poesía de Marta Navarrete - Un "Inmenso Mano" que Reúne Corazones: LaPerspectiva de Ricardo Nayar sobre la Obra de su esposa Marta Navarrete - El agradecimiento a los amigos presentes
La semblanza que
Rizo traza de Marta va más allá de sus habilidades literarias. La describe como
una "excelente escritora, poeta" y, fundamentalmente, como una gran
persona, estableciendo un vínculo entre la calidad humana y la sensibilidad artística.
Esta conexión se expande al evocar los versos de Hamlet Lima Quintana sobre la
"gente necesaria", aquellos seres que encienden la ilusión, invitan a
la alegría y disipan la soledad con gestos sencillos. Al identificar a Marta
con esta "gente necesaria", Mercedes Rizo nos anticipa una obra que
emana calidez, esperanza y una profunda conexión con la vida.
Al adentrarse en el
libro Entre el fulgor y mi tiempo, Rizo lo acoge como un
"nuevo hijo literario", una "obra magnífica" donde la
maestría de Navarrete se manifiesta en la delicada unión de "prosa y
poesía". Esta fusión no es un mero ejercicio estilístico, sino una
herramienta para traducir el "lenguaje de la naturaleza", sugiriendo
una sensibilidad aguda hacia el entorno y sus misterios. Además, la obra se
adentra en el "lenguaje del amor" en sus múltiples facetas: la
devoción a Dios, el afecto familiar, el arraigo a la tierra y la perdurabilidad
del cariño hacia quienes ya no están.
La presentación de
Mercedes Rizo no olvida la sólida trayectoria de Marta Navarrete, mencionando
sus cinco libros publicados y su activa participación en el ámbito literario a
través de antologías y encuentros. El hecho de que sus obras transiten en establecimientos
educacionales subraya su capacidad para conectar con nuevas generaciones. Los
reconocimientos recibidos, tanto de la Sociedad Argentina de Escritores Sesalta
como a nivel nacional, certifican la valía de su propuesta literaria.
En suma, la
presentación de Mercedes Rizo constituye un abrazo anticipado a la obra de
Marta Navarrete. A través de sus palabras, vislumbramos no solo una escritora
talentosa, sino una persona luminosa cuya sensibilidad se derrama en cada verso
y cada línea de prosa. Entre el fulgor y mi tiempo se nos
presenta así como un espacio donde la belleza del mundo y la profundidad de los
sentimientos se entrelazan, invitándonos a un viaje íntimo y revelador de la
mano de una voz auténtica y necesaria.
En su breve presentación, Mónica Ovejero elogia a Marta
Navarrete como una "excelente escritora" y la destaca como esposa de
Ricardo Nayar, socio honorario de SADE, expresando su orgullo por acompañarlas.
Con una emotiva analogía, compara un libro con un "hijo" gestado en
silencio que, al ser compartido, se entrega a sus lectores, pidiendo finalmente
al público que "amen ese libro" como una muestra de afecto hacia
Marta.
Marta Navarrete expresa una profunda gratitud y alegría por
la presencia de todos en la presentación de su libro. Inicia dando las "buenas
noches a todos, amigos, amigas, mis parientes, mis sobrinas, mis cuñadas, mis
cuñados", manifestando que los "quiere mucho" y está "encantada
de recibirlos en esta noche mágica y tan para mí".
Agradece a la Sociedad Argentina de Escritores (SADES)
por su "tanto cariño y dedicación" y a la Casa de la
Cultura por "abrirnos las puertas" de su "prestigiosa
institución", incluyendo a sus directivos y personal. De manera
especial, agradece a Mónica Ovejero por estar "siempre dispuesta
escuchándome", a Mercedes Rizo, su "presentadora",
y a su prima Susana Nayar por haberse venido "de Quebrachal".
Reitera su agradecimiento a todos los presentes, a quienes considera "lo
máximo para mí", "buenas personas", y "bellísimos".
Sobre el evento, desea que sea una "noche de alegría
compartida" y que sus palabras "llenen el alma" de
los presentes. Se siente "muy agradecida por cada uno" que
vino a acompañarla, calificando la noche como "muy especial"
al ser la presentación de su "quinto libro" y estar "muy
contenta".
Acerca de su escritura, menciona que sus poemas están "realmente
hechos con el alma", escribiendo "así con gran cariño y
alegría" y teniendo "ilusiones con todos".
Al introducir los poemas que leerá, explica que son textos "hechos
con el alma". El primero que presenta es un "homenaje a mi
cuñado querido Abi Nayar", escrito "con toda el alma",
y expresa la certeza de que él la estaría acompañando si estuviera presente,
porque "siempre me acompañó".
La selección de poemas que Marta Navarrete elige compartir
durante la presentación de su obra, junto con sus palabras introductorias, nos
ofrece un acceso privilegiado al corazón de su universo creativo. A través de
esta ventana íntima, emergen con claridad varias ideas centrales que vertebran
su poética, entrelazadas con reflexiones secundarias que enriquecen la
comprensión de su sensibilidad artística y personal.
El afecto y las relaciones humanas se erigen como un eje
fundamental que guía la selección de Navarrete. Su agradecimiento sincero a los
presentes, el emotivo homenaje a su cuñado Abi Nayar, y la inclusión de poemas
de amor como "Sueños" y "Justo ahora..." revelan una
profunda valoración de los vínculos que nos sostienen. El acto mismo de
compartir su poesía se convierte en una extensión de este afecto, una ofrenda
lírica destinada a conectar corazones.
Íntimamente ligada a esta idea central se encuentra la exploración
del sentimiento y el mundo interior. Navarrete afirma que sus poemas son
"hechos con el alma", una declaración que se materializa en la
intensidad de las emociones que atraviesan sus versos. El amor en su plenitud,
la sombra de la pérdida, la alegría vibrante de la creación y una profunda
convicción espiritual son los hilos que tejen su paisaje emocional poético.
La naturaleza no es un mero telón de fondo en la obra de
Marta Navarrete; se presenta como un lenguaje vivo y un contexto emocional. Tal
como Mercedes Rizo señaló su capacidad para "traducir el lenguaje de la
naturaleza", los poemas elegidos por la autora evocan imágenes vívidas del
entorno, transformándolo en una fuente constante de inspiración y un espejo de
sus propias emociones. La tierra, el viento, el sol y la noche palpitan en sus
versos, estableciendo una conexión profunda entre el ser humano y el mundo que
lo rodea.
Finalmente, la identidad de Navarrete se manifiesta a través
del arte y la tradición. Su elección de incluir "Coplas al aire"
subraya su afinidad con esta forma poética popular, arraigada en la tradición
oral y en la expresión sencilla pero profunda del sentir. La presentación de su
libro se convierte así en una afirmación de su trayectoria como escritora, un
acto de autoafirmación a través de la palabra poética.
En la trama de estas ideas centrales, encontramos hilos
secundarios que enriquecen la lectura. El recuerdo y la memoria se hacen
presentes en el homenaje a Abi Nayar y en la persistencia de la figura amada en
el reino de los sueños, revelando la importancia del pasado en la construcción
del presente emocional. La espiritualidad personal emerge con fuerza en el
poema dedicado a Cristo, mostrando una relación íntima y particular con la fe,
despojada de formalismos. La aparente sencillez de la copla, asociada a su
identidad, contrasta con la profundidad de los poemas de amor y espiritualidad,
revelando una búsqueda constante de significado en los sentimientos y en la
conexión con lo trascendente. Por último, el acto de compartir la creación se
enfatiza en sus palabras, concibiendo el libro y la noche como espacios de
encuentro y la poesía como un vehículo para "llenar el alma" de los
demás.
Desde una perspectiva íntima y afectuosa, Ricardo Nayar,
esposo de Marta Navarrete, comparte sus impresiones sobre la presentación y,
fundamentalmente, sobre la obra literaria de su compañera. Sus palabras,
impregnadas de un cariño palpable y un humor cómplice, nos ofrecen una visión
complementaria a las presentaciones formales, revelando el impacto personal y
comunitario del "nuevo hijo literario" de Marta.
Nayar describe el libro con una poderosa metáfora: un
"inmenso mano". Esta imagen sugiere una obra que no solo se ofrece,
sino que también acoge, que establece un vínculo tangible con el lector. Esta
idea de conexión se expande cuando señala que el libro tiene la capacidad de
"juntarnos todo", actuando como un punto de convergencia para seres
queridos de diversas esferas de la vida de Marta y Ricardo. Amigos, hermanos,
parientes, cuñadas, sobrinos, primos y amigos de la infancia se ven congregados
por este evento literario, trascendiendo la mera presentación para convertirse
en una celebración de los lazos afectivos. La mención explícita del
"cariño de todos ustedes" que acompaña al libro refuerza esta noción
de una obra que florece en un ambiente de afecto y apoyo mutuo.
La capacidad del libro para actuar como catalizador de
reencuentros se ilustra vívidamente con la anécdota de su prima Susana, quien
viajó desde Quebrachal para estar presente. La frase "todo eso ha
producido este" subraya el poder de la obra de Marta para generar
conexiones y revitalizar lazos que quizás la distancia había atenuado. En este
sentido, el libro se erige como un vehículo de afecto y memoria, uniendo a las
personas a través de la sensibilidad de su autora.
Ricardo revela una profunda admiración por la vitalidad y la
entrega a la existencia de su esposa Marta. La convicción con la que afirma que
"va a seguir escribiendo" no solo celebra su presente logro, sino que
anticipa un futuro literario prometedor. Incluso la nota de humor al mencionar
que la dedicación de Marta a la escritura a veces le "molesta ya tanto
pero bueno aguantando" añade una capa de autenticidad y cariño cotidiano a
su elogio, mostrando una complicidad que solo la vida compartida puede forjar.
En definitiva, las palabras de Ricardo Nayar pintan un
cuadro conmovedor del impacto de la obra de Marta Navarrete. Más allá de su
valor literario intrínseco, el libro se presenta como un lazo que une
corazones, un catalizador de afectos y un reflejo de la vitalidad de su
creadora. Su perspectiva nos recuerda que la literatura, en su esencia más
profunda, tiene el poder de conectar a las personas y celebrar la riqueza de
las relaciones humanas.
Ricardo Nayar, esposo de Marta Navarrete (el "Chacho"),
agradece la presencia y menciona a diversas personas y grupos. Ve en este
encuentro, propiciado por la obra de su esposa, un "alimento espiritual
impresionante" y valora estos momentos como "imborrables".
Se refiere a la diversidad de asistentes, incluyendo "amigos,
hermanos, parientes, cuñadas, sobrinos, primos, amigos de la infancia". Menciona
a la Sociedad Argentina de Escritores (Sades), a su prima Susana Nayar que "se
vino de Quebrachal". Menciona también a sus amigos de la infancia Roberto
y Jorge Conejo. Un recuerdo especial para su fallecido hermano Salvón (Abi
Nayar), homenajeado también por Marta en el poema que le dedica y lee junto a los
presentes.