domingo, 22 de junio de 2025

De las Aulas a la Microrregión: a un año del Nacimiento del Proyecto "Reino Yungas" en Lumbreras

Domingo 22 de junio en Pacha Kanchay

 

La idea del proyecto para la microrregión de Yungas, inicialmente denominada "Microregión Tierra de Reyes" y luego convenida como "Micro Región Reino Yungas", surgió en el Foro de Turismo Microregional. Fue durante setiembre de 2024. Este evento tuvo como objetivo presentar las fortalezas turísticas de los alrededores de Lumbreras. Durante el foro, estudiantes del Colegio Secundario "Profesor Virgilio Choque" de Lumbreras, quienes habían relevado los atractivos naturales y culturales de la zona, presentaron su visión de un corredor turístico que integrara Lumbreras, Río Piedras y Las Lajitas. Lo revolucionario de este génesis fue su modelo de gobernanza horizontal, priorizando el diálogo entre estudiantes, guardaparques, vecinos, emprendedores y autoridades locales, incluyendo a la intendenta Moira Dantur, en lugar de discursos protocolares o imposiciones jerárquicas. Este enfoque colaborativo, donde "Somos todos", sentó las bases para un proyecto de turismo sostenible y desarrollo comunitario que desafía las lógicas verticales del poder.


A un año de distancia, algunos interesados con representaciones institucionales diversas, nos reunimos en Pacha Kanchay para evaluar los pequeños avances de la idea y evaluar como consolidar el Proyecto.

Vista lateral de Pacha Kanchay


jueves, 15 de mayo de 2025

El Sabor de la Esperanza y el Desencanto: Un Almuerzo en Pacha Kanchay como Espejo de una Comunidad en Transición

En el corazón polvoriento de la ruta 20, camino al majestuoso Parque Nacional El Rey, se alza Pacha Kanchay, un parador cuyo quincho se convierte, por un instante fugaz, en el epicentro de una comunidad que palpita entre la tradición rural y las punzantes expectativas de la juventud. El almuerzo que Cristina Pérez, alma y sazón del lugar, sirve con la generosidad de quien conoce el hambre del cuerpo y del espíritu, trasciende la mera necesidad fisiológica para transformarse en un ritual de encuentro, un espacio donde las emociones se despliegan y las visiones de futuro, a menudo contradictorias, encuentran voz. Este relato, tejido con los hilos del apetito compartido y las confesiones espontáneas, nos revela la emotividad de una juventud rural que, arraigada a la tierra por lazos ancestrales, anhela un horizonte más allá de los límites conocidos, mientras la figura de Cristina emerge como un faro de conexión en un paisaje social en constante redefinición.


La llegada de Aníbal Teseyra y Nahuel Flores a la mesa de Cristina no es casual. Estos jóvenes trabajadores de Lumbreras, cansados por el trabajo reciente en las sendas de El Mollar, personifican la fuerza vital de una comunidad que se aferra al trabajo como un legado y una necesidad. Su entusiasmo palpable ante los fideos con "tuco", descritos con la visceralidad de un apetito genuino ("coma de hombre", "alpado", "zarpado"), no solo celebra la maestría culinaria de Cristina, sino que también subraya la importancia de estos momentos de pausa y camaradería en una rutina marcada por la exigencia física. Sin embargo, tras la satisfacción de los primeros bocados, emergen las notas de una emotividad más compleja: la de una juventud que, a pesar de su conexión intrínseca con el trabajo rural, vislumbra un futuro distante de los surcos y el monte.

Sus relatos laborales, que se remontan a la caza y la pesca de la infancia y se extienden a las cosechas lejanas y los proyectos municipales, pintan un cuadro de resiliencia y adaptabilidad. Han aprendido oficios sobre la marcha, forjando su identidad en la práctica y la necesidad. Pero es precisamente esta familiaridad con la dureza del trabajo rural la que alimenta su anhelo de "irse a otra parte". En sus voces resuena la emotividad del desencanto ante la falta de oportunidades sociales en Lumbreras, un pueblo que perciben como "aburrido" y donde la tradición parece haber perdido su brillo. Su franqueza al describir a sus habitantes con un términos crudos revela una profunda sensación de alienación y un quiebre con la identidad comunitaria que quizás las generaciones anteriores daban por sentada. Sus expectativas se dirigen hacia un horizonte urbano, hacia un dinamismo y una anonimidad que contrastan con la vida pausada y la omnipresente mirada vecinal de su pueblo natal.

En este contexto de anhelos juveniles y una comunidad en búsqueda de su nueva identidad, la figura de Cristina Pérez se vuelve un faro donde mirarse. Su establecimiento no es solo un lugar para saciar el hambre; es un punto de encuentro donde las historias se cruzan, las generaciones dialogan y, por un instante, se mitigan las distancias. Cristina, con su "fama de buena cocinera", no solo alimenta cuerpos cansados, sino que también nutre el tejido social. Su habilidad para preparar desde un sustancioso estofado hasta los emblemáticos "sandwichitos de milanga" la convierte en un referente para trabajadores de la ruta, viajeros y lugareños por igual. Su cocina, meticulosamente sincronizada con los horarios de llegada y las peticiones por mensaje, es un acto de servicio constante, una demostración de su arraigo y compromiso con la comunidad.

Es en torno a su mesa donde las expectativas y la emotividad de los jóvenes se confrontan con las realidades de una comunidad en transición. Aunque Aníbal y Nahuel expresen su deseo de partir, su presencia en Pacha Kanchay, su disfrute de la comida de Cristina y su interacción con Fernando sugieren un lazo que aún los une a su lugar de origen. Cristina, sin idealizar la vida rural, ofrece un espacio de acogida y conexión, un punto de referencia en un mundo que parece estar cambiando rápidamente. Su rol trasciende el de simple comerciante; se convierte en un eslabón que une diferentes generaciones y perspectivas, facilitando un diálogo implícito sobre el pasado, el presente y el futuro de la comunidad.

El almuerzo en Pacha Kanchay, en su fugacidad, captura la esencia de una comunidad rural que intenta reidentificarse en el contexto del trabajo y las cambiantes aspiraciones de sus jóvenes. La emotividad del desencanto juvenil, el anhelo de nuevas experiencias y la búsqueda de un lugar en el mundo contrastan con la figura central de Cristina, cuyo establecimiento se erige como un espacio de conexión y arraigo. En este cruce de caminos y de generaciones, la comida compartida se convierte en un símbolo de la persistencia de los lazos comunitarios, aunque estos se vean tensionados por las expectativas de un futuro incierto. Pacha Kanchay, con el sabor inconfundible de la cocina de Cristina, se convierte así como un microcosmos en la región de la ruta 5 próxima al Parque El Rey que, entre el trabajo duro y los sueños de la juventud, busca un nuevo camino para integrarse y definirse en el siglo XXI.

viernes, 25 de abril de 2025

Puentes de Papel y Tierra: Un Encuentro Poético con Marta Navarrete

La noche en la Casa de la Cultura no fue solo la presentación de un libro; fue un encuentro, un regreso a lo esencial, un anclaje en la tierra y en el alma que resonó profundamente en mi propio sentir. Al escuchar a Marta Navarrete compartir sus versos y reflexiones, percibí cómo las ideas que vertebran su obra —el afecto, la exploración interior, el amor a la naturaleza y la afirmación de la identidad a través del arte— no solo configuraban su universo poético, sino que también tendían puentes directos hacia mi propia experiencia y mi profundo sentimiento de familia en la región anteña.

Mi llegada a la Casa de la Cultura esa noche ya venía cargada de la particular topografía emocional y geográfica que describo: la larga cañada de la ruta 5, los cerros del Parque El Rey y la loma del Yeso, el mosaico de identidades –propietarios, campesinos, finqueros– que pueblan este territorio que siento como propio, como hogar. Es un espacio que configura capas, que entrelaza y a veces separa, pero que indudablemente moldea a quienes lo habitamos. En Marta Navarrete, mujer nacida en Campo Santo, reconocí de inmediato esa impronta del territorio rural y periurbano que la atraviesa y la contiene, que la forma. Su abrazo a los mandatos de la familia y el amor a los suyos, tan palpable en su celebración de una vida larga y próspera junto a sus seres queridos, se conecta de manera visceral con mi propio sentimiento de pertenencia a esa "gran familia" regional que se dio cita esa noche. El afecto y las relaciones humanas, ejes centrales en la selección de poemas de Marta según el análisis de sus ideas, no son para mí conceptos abstractos, sino la savia misma que nutre mi conexión con esta tierra y su gente. Su sincero agradecimiento, el emotivo homenaje a su cuñado, la inclusión de poemas de amor, todo ello resonaba con la valoración que doy a esos vínculos que, como ella misma afirma con su poesía, nos sostienen y conectan corazones.

Pero la identificación con Marta fue más allá de la celebración comunitaria. Cerrar los ojos en ese salón y visualizarla a ella y a Ricardo armándose en un mundo de manuscritos, un mundo que contrasto con el enmarañado tecnológico de las urgencias digitales, fue un acto de profunda celebración. Marta y Ricardo no usan computadoras, ni teclados, ¡escriben “a mano”! Es un mundo que siento que se extingue y que, al igual que Marta, celebro con fuerza. Esta resistencia, esta elección consciente de la lentitud, de la palabra escrita a mano, de la conexión con un proceso creativo artesanal, me devuelve a una valoración de lo interior, de lo no mediado por la prisa digital. Y aquí, las ideas de Marta sobre la exploración del sentimiento y el mundo interior ("hechos con el alma"), así como su afirmación de la identidad a través del arte y la tradición (manifestada en su afinidad con la copla), se entrelazan con mi propia añoranza y valoración de ese universo. Sus poemas son, para mí, la materialización de esa profundidad interior que se opone al vacío de la superficie digital, un recordatorio de que el alma y sus emociones son un paisaje digno de ser explorado y compartido en su forma más pura.

La naturaleza, ese lenguaje vivo y contexto emocional que Marta tan bellamente "traduce", fue quizás el punto de conexión más directo y potente. Pienso en la gran cañada tras los cerros de Güemes, en Anta, el tramo de la ruta cinco, como parte de "nuestras historias y espacios vitales", estoy hablando el mismo idioma que Marta cuando evoca las imágenes vívidas del entorno en sus versos. Su capacidad para hacer que la tierra, el viento, el sol y la noche palpiten en sus poemas, estableciendo una conexión profunda entre el ser humano y el mundo que lo rodea, fue como una flecha que salió de su alma directo a mi corazón. Me encontré sobrevolando con ella esa misma cañada que compartimos, reconociendo en su poética el eco de mi propio sentimiento por ese paisaje que nos contiene y nos da identidad. Es una conexión que trasciende la simple observación; es sentir el territorio como parte constitutiva del ser, como espejo de las propias emociones, tal como Marta lo plasma en su obra.

La identificación con Marta Navarrete, entonces, se teje a través de estos hilos conductores: la profunda valoración de los lazos humanos y la familia que ancla mi ser a esta región; la celebración de un mundo interior rico y de una forma de crear arraigada en la tradición y opuesta a la superficialidad digital; y, sobre todo, el amor compartido por una naturaleza que no es solo paisaje, sino lenguaje y hogar. Sus poemas, "hechos con el alma" y anclados en la tierra que ambos conocemos en la ruta 5, "llenaron mi alma" esa noche, confirmando que, a pesar de las diferencias generacionales o de trayectoria, habitamos y celebramos un mismo universo de afectos, memorias y paisajes interiores y exteriores. La aparente sencillez de su copla, conviviendo con la profundidad de sus poemas de amor y espiritualidad, refleja para mi esa búsqueda constante de significado en lo cotidiano y en lo trascendente que también me interpela. En la poesía de Marta Navarrete, encontré no solo la voz de una poeta, sino el eco de un sentimiento compartido, un recordatorio palpable de que la identidad y el afecto florecen en la conexión profunda con la tierra, con los otros y con nuestro propio mundo interior. La noche en la Casa de la Cultura fue, en esencia, un reencuentro con esa gran familia que somos quienes habitamos y amamos una región anteña de la ruta cinco, unidos por los tejidos invisibles del alma y la tierra que Marta, con su arte, hizo visibles y vibrantes.

"Droneando" en El Mollar de JFP