La noche en la Casa de la Cultura no fue solo la
presentación de un libro; fue un encuentro, un regreso a lo esencial, un
anclaje en la tierra y en el alma que resonó profundamente en mi propio sentir.
Al escuchar a Marta Navarrete compartir sus versos y reflexiones, percibí cómo
las ideas que vertebran su obra —el afecto, la exploración interior, el amor a
la naturaleza y la afirmación de la identidad a través del arte— no solo
configuraban su universo poético, sino que también tendían puentes directos hacia
mi propia experiencia y mi profundo sentimiento de familia en la región anteña.

Mi llegada a la Casa de la Cultura esa noche ya venía
cargada de la particular topografía emocional y geográfica que describo: la
larga cañada de la ruta 5, los cerros del Parque El Rey y la loma del Yeso, el
mosaico de identidades –propietarios, campesinos, finqueros– que pueblan este
territorio que siento como propio, como hogar. Es un espacio que configura
capas, que entrelaza y a veces separa, pero que indudablemente moldea a quienes
lo habitamos. En Marta Navarrete, mujer nacida en Campo Santo, reconocí de
inmediato esa impronta del territorio rural y periurbano que la atraviesa y la
contiene, que la forma. Su abrazo a los mandatos de la familia y el amor a los
suyos, tan palpable en su celebración de una vida larga y próspera junto a sus
seres queridos, se conecta de manera visceral con mi propio sentimiento de
pertenencia a esa "gran familia" regional que se dio cita esa noche.
El afecto y las relaciones humanas, ejes centrales en la selección de poemas de
Marta según el análisis de sus ideas, no son para mí conceptos abstractos, sino
la savia misma que nutre mi conexión con esta tierra y su gente. Su sincero
agradecimiento, el emotivo homenaje a su cuñado, la inclusión de poemas de
amor, todo ello resonaba con la valoración que doy a esos vínculos que, como
ella misma afirma con su poesía, nos sostienen y conectan corazones.
Pero la identificación con Marta fue más allá de la
celebración comunitaria. Cerrar los ojos en ese salón y visualizarla a ella y a
Ricardo armándose en un mundo de manuscritos, un mundo que contrasto con el enmarañado
tecnológico de las urgencias digitales, fue un acto de profunda celebración. Marta
y Ricardo no usan computadoras, ni teclados, ¡escriben “a mano”! Es un mundo
que siento que se extingue y que, al igual que Marta, celebro con fuerza. Esta
resistencia, esta elección consciente de la lentitud, de la palabra escrita a
mano, de la conexión con un proceso creativo artesanal, me devuelve a una
valoración de lo interior, de lo no mediado por la prisa digital. Y aquí, las
ideas de Marta sobre la exploración del sentimiento y el mundo interior
("hechos con el alma"), así como su afirmación de la identidad a
través del arte y la tradición (manifestada en su afinidad con la copla), se
entrelazan con mi propia añoranza y valoración de ese universo. Sus poemas son,
para mí, la materialización de esa profundidad interior que se opone al vacío
de la superficie digital, un recordatorio de que el alma y sus emociones son un
paisaje digno de ser explorado y compartido en su forma más pura.
La naturaleza, ese lenguaje vivo y contexto emocional que
Marta tan bellamente "traduce", fue quizás el punto de conexión más
directo y potente. Pienso en la gran cañada tras los cerros de Güemes, en Anta,
el tramo de la ruta cinco, como parte de "nuestras historias y espacios
vitales", estoy hablando el mismo idioma que Marta cuando evoca las
imágenes vívidas del entorno en sus versos. Su capacidad para hacer que la
tierra, el viento, el sol y la noche palpiten en sus poemas, estableciendo una
conexión profunda entre el ser humano y el mundo que lo rodea, fue como una
flecha que salió de su alma directo a mi corazón. Me encontré sobrevolando con
ella esa misma cañada que compartimos, reconociendo en su poética el eco de mi
propio sentimiento por ese paisaje que nos contiene y nos da identidad. Es una
conexión que trasciende la simple observación; es sentir el territorio como
parte constitutiva del ser, como espejo de las propias emociones, tal como
Marta lo plasma en su obra.
La identificación con Marta Navarrete, entonces, se teje a
través de estos hilos conductores: la profunda valoración de los lazos humanos
y la familia que ancla mi ser a esta región; la celebración de un mundo
interior rico y de una forma de crear arraigada en la tradición y opuesta a la
superficialidad digital; y, sobre todo, el amor compartido por una naturaleza
que no es solo paisaje, sino lenguaje y hogar. Sus poemas, "hechos con el
alma" y anclados en la tierra que ambos conocemos en la ruta 5,
"llenaron mi alma" esa noche, confirmando que, a pesar de las
diferencias generacionales o de trayectoria, habitamos y celebramos un mismo
universo de afectos, memorias y paisajes interiores y exteriores. La aparente
sencillez de su copla, conviviendo con la profundidad de sus poemas de amor y
espiritualidad, refleja para mi esa búsqueda constante de significado en lo
cotidiano y en lo trascendente que también me interpela. En la poesía de Marta
Navarrete, encontré no solo la voz de una poeta, sino el eco de un sentimiento
compartido, un recordatorio palpable de que la identidad y el afecto florecen
en la conexión profunda con la tierra, con los otros y con nuestro propio mundo
interior. La noche en la Casa de la Cultura fue, en esencia, un reencuentro con
esa gran familia que somos quienes habitamos y amamos una región anteña de la
ruta cinco, unidos por los tejidos invisibles del alma y la tierra que Marta,
con su arte, hizo visibles y vibrantes.